Cherchez la femme
por
Francisco
Domínguez
No
me concede treguna ni reposo
Esta
guerra civil de los nacidos
QUEVEDO
Empecé
a sospechar de las infidelidades de mi marido una noche en que se
mostró especialmente inquieto, dando vueltas y más
vueltas en la cama; tantas, que no logré conciliar el sueño
hasta bien pasadas las cuatro de la mañana. Fue entonces
cuando una voz proveniente del salón me despertó: él
estaba hablando por teléfono en un tono especialmente bajo, no
sabía si por temor o por consideración. Estuve haciendo
esfuerzos por captar algo de la conversación, pero tan sólo
algunas palabras aisladas se hacían inteligibles; nada que me
permitiera hilvanar aunque fuera una parte de su discurso. Oí
nítido el ruido de colgar el auricular, y sus pasos cuidadosos
sobre la moqueta del salón, cuya intensidad fue creciendo a
medida que se acercaba a la puerta de nuestra habitación, que
abrió con suma discreción. Una vez dentro, anduvo con
cautela para no despertarme, que yo no desvirtué fingiendo
seguir dormida. Rodeó la cama y se dirigió a la
terracita contigua, cosa que pude adivinar al oír el suave
chasquido de la silla de anea. Allí, sentado, debió de
pasar unos quince minutos, inmóvil, sin suspirar siquiera, lo
que habría indicado la continuación de su inquietud tan
cercana. La silla volvió a crujir, antecediendo el suave
sentarse en su lado de la cama. Se echó con sumo cuidado y no
tardé en percibir la profunda y acompasada respiración
que suele acompañar la consecución del sueño.
Yo
le daba la espalda, con los ojos abiertos, completamente desvelada y
sabedora de que tardaría mucho rato en volver a dormirme. Al
cabo de unos veinte minutos aproximadamente me levanté y
deshice el camino que había andado mi marido para salir al
salón. En aquel momento no sabía muy bien qué
buscaba, qué podía guiarme en la resolución de
un enigma casi inexistente. Hasta que de manera casi profética
vi el teléfono en su mesita, iluminado como si de un foco se
tratara por un rayo de la luna –o de una farola– que entraba por
la ventana. La verdad es que me acerqué a él sin una
idea precisa de qué podría hacer, incapaz de retrazar
la conversación de mi marido a esa hora avanzadísima de
la noche. Sin embargo recordé al instante aquella escena de
Carne trémula en que
se ve, a través de
una lupita, el dedo de Francesca Neri pulsando el botón de
repetición de llamada. Poco decidida, temerosa ante lo que
pudiese encontrar al otro lado del hilo, apreté la negra tecla
y esperé. Tres tonos y el sonido característico de un
contestador que se dispara: "Este es el contestador automático
de Lucía Carballedo. Puede dejar su mensaje después de
escuchar la señal."
Ese
día habíamos sido invitados por el banco de Carlos a un
almuerzo en uno de los mejores restaurantes de las afueras. Le
acompañé en calidad de dama consorte, y no demasiado a
disgusto, pues yo ya conocía a algunos de sus compañeros
por reuniones que había celebrado Carlos en casa; o por haber
mantenido relaciones comerciales con la empresa: en dos o tres
ocasiones habían requerido mis servicios como decoradora
floral para engalanarles la sala de conferencias y la totalidad de la
planta baja de la sede social del banco. Así que no iba con el
temor de no poder hablar con nadie o de sentirme apartada del meollo.
Tras
la llegada tan esperada de los jefes, en medio de marcados gestos de
admiración y sumisión, se dio el banderazo de salida a
la comida propiamente dicha. Los trabajadores, casi exclusivamente
hombres, comieron mucho y bebieron más, lo que provocó
que rápidamente se aparcaran chaquetas y se aflojaran
corbatas. La verdad es que la cosa estuvo muy animada, y enseguida
entablé conversación con uno de los compañeros
de Carlos, interventor de la sucursal, sentado cerca de mí.
Tras los postres, los puros y las copas largas, la distensión
y el relax: el ambiente estaba cargado de relaciones en suspensión,
de cosas no dichas durante el tiempo de trabajo y que no esperaban
sino la ceremoniosa y artificial creación del escenario apto
para el acercamiento.
Fijándome
tan sólo un poco, pude darme cuenta de lo superficial de su
contacto; sus confidencias se limitaban al intercambio de pareceres
sobre la rentabilidad financiera de tal o cual proyecto familiar; o
al de consejos ofrecidos desde la altura que otorga la experiencia de
la jerarquía sobre automóviles, restaurantes, pistas de
esquí o centros de vacaciones al sol. En algunos sectores del
abarrotado comedor, sin embargo, se oían sonoras carcajadas de
corto recorrido, que otorgaban a los directivos el derecho a ser el
foco de atención del momento.
–
Marga –me dijo Carlos–, que voy un momentito a la terraza con
Pedro, que aquí no se puede hablar.
Hacía
calor en la sala, el humo casi se podía modelar con las manos,
y el interventor compañero de Carlos estaba cada vez más
cargado. De manera un tanto difusa me estaba confesando que las cosas
con su esposa no iban del todo bien, que en realidad el ambiente en
su casa estaba cada vez más enrarecido; ya no sabía qué
hacer, si dejarlo todo por imposible o contraatacar con una aventura
extraconyugal que hiciese ver a su mujer hasta qué punto él
le era necesario. Sostuve la mirada de esos ojos vidriosos,
interrogantes, durante unos segundos en los que se debía
dirimir si yo estaría dispuesta a participar en el juego o no.
Lejos de contestar siquiera con la mirada, dirigí mi atención
hacia el resto de las mesas, donde había varias parejas en la
misma actitud que el interventor y yo. Tal vez era ese el escenario
propicio, las comidas de empresa, para que se urdieran planes de
seducción o ententes amorosas.
Busqué
con la mirada a Carlos a través de la cristalera y le vi
departir alegremente con Pedro y con una compañera desconocida
para mí. Dudé entre acercarme y arriesgarme a parecer
una celosa dueña –lo que de seguro perjudicaría la
imagen de mi marido–, y quedarme en el sitio preocupada por lo que
podía haber tras esas risas y esos comentarios de apariencia
chistosa que se dirigían mutuamente. El interventor seguía
destilando su relato, en el comedor empezaban a verse huecos de gente
que debía de haber huido al bar o a la planta baja. Así
que decidí levantarme para encaminar mis pasos hacia la puerta
abierta en mitad de la cristalera que daba al exterior. Conforme me
acercaba, vi cómo Pedro se apoderaba de los vasos de mi marido
y de su acompañante y desaparecía de la escena. No
estoy segura de haber leído en el rostro de Carlos una
expresión de alarma o de tranquilidad cuando me llegué
hasta ellos; lo cierto es que me recibió con una sonrisa
frágil e insegura, como de payaso despechado.
–
Mira, Lucía, esta es mi mujer. Marga, te presento a Lucía,
colaboradora habitual del banco. Lucía, Marga.
Nos
besamos las mejillas con fingida efusividad. Lucía venía
de una empresa de consultoría que se ocupaba de los cursos de
formación de directivos. Su actitud por ello mismo era
distendida y segura, con la autoridad que puede dar ser quien dicta
cómo se debe dirigir una oficina.
–
Yo a tu mujer la conozco –dijo Lucía–. Perdona que te lo
pregunte, pero... ¿tú estudiaste en el Sagrado Corazón?
Porque creo reconocerte ahora que te veo de cerca...
Y
resulta que nos conocíamos, que habíamos coincidido en
el mismo instituto. La certeza de tal coincidencia me sobrevino antes
de contestarle, pero le dije que su cara no me sonaba.
– Tal vez algún
conocido común... Mentí, me di cuenta de quién
era ella al fijarme rápidamente en sus gestos, su forma de
morder el cigarrillo, y su parsimonia para expulsar el humo.
–
Sí, mujer... ¿No recuerdas que estuvimos en el mismo
equipo de vóley durante un mes, en los entrenamientos...? ¡Qué
coincidencia! ¡Pero qué pequeño es el mundo,
Marga! ¿De verdad que no te acuerdas de mí?
Carlos
cortó para comunicar que empezaba a sentirse cansado, que
creía que sería mejor retirarse antes de que la cosa
decayera. Más valía no estar entre los últimos
que abandonasen el restaurante.
–
Además..., tú también debes de estar cansada...,
¿verdad, querida?
Yo
asentí y aplaudí la idea de marcharnos de una terraza
en la que ya estaba atardeciendo con toda la fuerza de mediados de
primavera, con los mirlos cargando el perfume que subía del
jardín del restaurante con sus cantos. Y Lucía
sonriendo, moviendo su correcta melena contra la brisa de la tarde.
En
el viaje de vuelta a casa apenas hablamos; tan sólo algunos
detalles de la conducción y el anuncio de que Carlos no iba a
cenar nada esa noche.
Al
día siguiente había quedado en pasar por casa de mi
madre a la hora de la merienda.
Mi
madre siempre se daba
cuenta de si algo me está
martirizando el pensamiento. Al entrar en el recibidor rehuí
el encuentro con sus ojos y su expresión de júbilo para
que no adivinara mi estado de ánimo. Pero de nada me sirvió,
pues enseguida trastocó su sonrisa por una fugaz mueca de
preocupación, que reprimió con premura para aliviarme
de la tensión que su perspicacia podía añadir a
mi pesar.
Intenté
estar afable y mostrar contento, pero era consciente de que ella se
daba cuenta de todo. Hablamos de diversos temas, al principio los de
rigor, con el único fin de prepararnos mutuamente a la
confesión que ella estaba esperando.
–
Y las cosas con Carlos..., ¿van bien, hija mía?
Ante
la insistencia de su mirada bajé la mía, presta a
admitir que ella tenía razón al hacer semejante
diagnóstico. Añadió que me lo preguntaba porque
me veía un tanto apesadumbrada, que qué estaba
ocurriendo.
Le
comenté muy por encima cómo veía la situación
con mi marido últimamente. Le hablé de los vacíos
en nuestra comunicación, de que apenas nos hacíamos
partícipes de nuestras cosas, que me daba la impresión
de que estábamos entrando en los derroteros típicos de
una pareja clásica, en la que cada miembro cumplía nada
más que el papel que administrativamente le había
otorgado el matrimonio. O sea, que yo ejercía de esposa y él
de marido de cara al exterior, pero que la realidad era bien otra.
–
¿Y en la cama? Dime, hija mía, si no te parece una
falta de indiscreción que te lo pregunte tu madre, dime qué
tal os van las cosas en la cama. La cosa... ¿funciona o no
funciona entre vosotros dos? ¿Os entendéis o no os
entendéis?
Me
quedé un tanto traspuesta ante tal demanda de confianza por su
parte. Nunca me acostumbraron a tratar estos temas abiertamente ante
ellos, ante mis padres; siempre que lograba iniciar una conversación
sobre sexualidad discurría entre sobreentendidos y alusiones,
jamás recibí una educación sexual familiar. Pero
mi madre me estaba proponiendo que me desahogara con ella, y no era
cuestión de desaprovecharlo. Le confesé que últimamente
nuestra vida sexual estaba bajo mínimos, por no decir muerta,
que incluso temía que él se hubiera buscado un arreglo
fuera de casa.
Mi
madre quitó rápidamente hierro al asunto, exclamando
con energía que eso no tenía importancia, que los
hombres necesitaban reafirmarse en todos los frentes para sentirse
más seguros en su papel dominante. Que en la medida en que a
mí no me afectara demasiado podía considerar ese
posible escarceo incluso como una liberación, como una
disminución en la responsabilidad que toda esposa tiene de
procurar mantener contento a su marido. Sin embargo, se daba cuenta
de que yo no podía mantenerme fría ante una aventura de
Carlos, que estaba demasiado implicada emocionalmente.
–
¿Habéis hablado alguna vez de tener un hijo? Porque si
te quedases embarazada las cosas cambiarían muchísimo,
te lo aseguro. En ese caso, tú ya no serías únicamente
la esposa de tu marido, sino también la madre de sus hijos, la
persona que haría posible que su semilla y su nombre se
perpetuaran. Y no hay nada que enaltezca tanto el orgullo de un
hombre como saberse continuado en la dinastía... Y sobre todo
para Carlos, que tiene alma de directivo: le encantaría ver
puesta la primera piedra de lo que él consideraría su
propia empresa, su empresa familiar, su obra.
Si
bien era cierto que en los últimos tiempos nuestros contactos
sexuales podían contarse con los dedos de una mano, debido en
parte a su constante indisposición anímica y, en la
otra parte, a mi falta de insistencia, no me pareció imposible
crear las condiciones necesarias para que una velada desembocara en
una escena de cama. Prepararlo todo para un día de especial
fecundidad... Pero, ¿y si no me quedaba embarazada? Ya me veía
recurriendo ficticiamente al predíctor para suscitar las
expectativas en mi marido, para dotarle de una parte de
responsabilidad en un proyecto común, de aportarle ilusión
y ánimo a continuar en la construcción de nuestra
propia familia.
La
verdad era que no me interesaba por el momento tener hijos, ni me
apetecía lo más mínimo. Pero he de reconocer que
la observación de mi madre arrojó mucha luz para que
vislumbrara una solución en ese ya largo pasillo que estábamos
atravesando Carlos y yo desde hacía algunos meses.
–
Date cuenta, hija mía, de que puede llegar a ser muy
importante convertirse en la mejor amiga del marido de una; que puede
ser determinante convertirse en su mejor amante; pero que todo esto
no es nada comparado con la importancia de convertirse en una madre:
el hombre verá en ti la continuación de la suya propia,
y por ello mismo te respetará y adorará. Cambiará
por completo su percepción de tu persona y de tu papel en el
mundo.
Yo
no deseaba que me adorasen; que me respetaran..., pues sí, por
qué no. Pero lo que yo necesitaba realmente era que me amasen,
que me echaran de menos en mi ausencia, que me necesitaran... No que
me considerasen una maravilla de la Naturaleza, capaz de dar la
vida...
En
realidad sí que habíamos hablado en alguna ocasión
de tener hijos. Fue cuando decidimos que nos íbamos a casar,
pues no concebíamos una cosa sin la otra y ambas se
complementaban.
El
procedimiento de nuestro enlace y posterior boda fue clásico,
sin sorpresas. Carlos pidió formalmente mi mano a mis padres,
en una visita familiar hecha con toda la pompa necesaria en un
acontecimiento de esta índole. Mi padre, todavía
intacto por la enfermedad que le comería la vida, recibió
al que sería mi marido con los brazos abiertos, como quien no
pierde una hija sino que gana un heredero. Lo corriente: intercambio
de regalos, presentación de las respectivas familias...
Etcétera.
Nos
casamos casi al año de la petición, tras un noviazgo
moderadamente apasionado en el que no pasábamos juntos más
que los fines de semana: cada uno tenía su piso de alquiler
independiente, y nunca nos propusimos vivir en común a pesar
de haber adquirido tres meses antes de la boda un piso grande y
luminoso en una de las principales vías de la ciudad. La
ocasión requería hacer las cosas como mandaban los
cánones, y no valía la pena estropearlo todo con
urgencias innecesarias.
Invitamos
a unas 150 personas, entre familiares, amigos y compañeros de
trabajo, que asistieron a la ceremonia religiosa cumpliendo con la
exigencia formulada por mis padres sobre la etiqueta: de vestido
largo ellas y de esmoquin ellos. Siempre me pregunté si no
sería más cómodo celebrar un acto sencillito y
rápido en el ayuntamiento, para así evitarse tanto
farragoso asunto y, sobre todo, no deber cumplir con un acto que yo
consideraba innecesario desde el punto de vista práctico:
hacía ya mucho tiempo que Carlos y yo habíamos dejado
de asistir a todo tipo de oficio, aun conservando nuestras
convicciones religiosas intactas –o, para decir mejor, sin
cuestionar–. La verdad es que el argumento de más peso fue
la presión de las familias, así como la necesidad
finalmente patente de que todos nuestros allegados se tomaran nuestra
unión como algo mucho más serio y fiable que lo que
podría dictar el beneplácito de un alcalde. De hecho,
todas mis amigas se habían casado por la iglesia, y no sabía,
en realidad, por qué mi boda debería ser diferente de
la de ellas.
Hubo
un gran banquete en uno de los mejores restaurantes de la ciudad, en
el que disfrutamos de una estupenda orquesta y un inmejorable
ambiente. Tras lo cual, y antes de que los ánimos se empezaran
a encender atizados por el alcohol, nos retiramos al hotel donde
pasaríamos la noche de bodas.
Carlos
y yo no teníamos nada nuevo que ofrecernos en materia de
intimidad sexual, salvo tal vez alguna petición por su parte
un tanto escabrosa que yo sólo satisfacía a
regañadientes. Así que nuestra noche de bodas fue un
mero trámite, en el que nos desvestimos con parsimonia,
descorchamos una botella de cava, e hicimos el amor poco convencidos,
la verdad, de estar viviendo un momento especial. Al terminar de
lavarme en el cuarto de baño, Carlos ya había encendido
la televisión y miraba despistado un programa deportivo. De
vez en cuando respondía con una silenciosa sonrisa a los
últimos apuntes que yo le hacía sobre nuestro viaje de
novios. Destino: Jordania y el Próximo Oriente, elección
que todos nuestros amigos calificaron de "genial y original".
El
viaje, que duró diez fatigosos días, durante los cuales
apenas disfrutamos de momentos de verdadero descanso, nos dio la
impresión de habernos permitido conocer nuestra mutua
disposición a la convivencia. Ninguna riña ni conflicto
asomaron durante los trayectos que, por otra parte, casi nunca
hicimos solos: siempre nos acompañó una pareja de
recién casados de Ávila la mar de agradable, con
quienes compartimos mesa y distracciones en muchas ocasiones.
Creyéndonos
verdaderamente preparados para vivir juntos, por fin nos instalamos
en nuestra nueva casa. El ambiente lúdico del viaje
desapareció rápidamente en cuanto se presentaron los
primeros síntomas del estrés debido a nuestras
respectivas ocupaciones. Si antes de la boda habíamos evitado
presentarnos ante el otro desquiciados, o enfadados, o simplemente de
mal toque, ahora no podíamos hacer otra cosa más que
compartirlo, y hacer partícipe y receptor al otro de la
frustración y el cansancio continuados.
La
relación se fue suavizando poco a poco, en el sentido de que,
tras algunos enfrentamientos causados por la actitud de qué
más da quién de los dos en esas situaciones extremas de
fatiga laboral, decidimos que cada uno se guardara para sí
esos malos momentos y, lejos de compartirlos con el otro, los
almacenara bajo la alfombra en aras de una cordial convivencia. No
creo ahora que esa hubiese sido la mejor decisión que
tomáramos como matrimonio, aunque nos evitó muchos
problemas; pero también nos quitó las necesarias
intimidad y confianza que creo que debe compartir toda pareja.
Tal
vez había llegado el momento de introducir algún
elemento que catalizara nuestras maltrechas confianzas en la
relación.
No
tuve demasiado cuidado en elegir bien el día; habría
debido estudiar su agenda y escoger uno sin demasiados compromisos
laborales, para que llegara a casa descansado y con el ánimo
ocioso. Aunque vete a saber si eran precisamente esos días más
tranquilos los que él aprovechaba para ir a visitar y
solazarse con su querida. Con lo cual nunca podía saberse qué
días eran buenos y cuáles malos. Tal vez el fin de
semana habría sido más propicio para hallarle más
relajado y dispuesto; pero estábamos a martes, y ni mi
paciencia ni mi ovulación podían esperar.
Nada
más entrar por la puerta, a eso de las ocho de la tarde, se
percató del aroma.
–
Huele a pescado, Marga. ¿Qué estás haciendo,
lubina? –preguntó en voz alta desde el recibidor, pues el
olor debía de haberse extendido por todo el piso.
–
Sí, querido. He pasado por el mercado, y las he visto tan
frescas y a tan buen precio que no he podido resistir la tentación
–le contesté, al tiempo que salía de la cocina y lo
localizaba admirando unas orquídeas preciosas que yo había
traído esa misma tarde: esperaba que sus formas pudiesen
animar su deseo. Al verme en el quicio de la puerta de la cocina,
embutida en mi delantal, me dirigió una mirada de desgana,
para añadir que había comido mucho al mediodía y
que lo único que deseaba era pegarse una ducha e irse a la
cama rápidamente.
Yo
no mostré desfallecimiento ninguno, todo lo contrario. Le
indiqué en el tono más maternal de que era capaz que
sería esa una buena ocasión para cenar juntos algo del
gusto de los dos, que ya nos lo íbamos mereciendo, con la
cantidad de trabajo que habíamos tenido últimamente. Le
aconsejé que se duchara primero y que intentara relajarse, que
enseguida se sentiría mejor.
Cuando
creí que ya habría salido del cuarto de baño,
terminando de secarse, entré en la habitación con dos
copas de un cava que yo sabía que a él le encantaba.
Estaba él sentado encima de la cama, con el albornoz puesto
con el cordón flojo, mientras se secaba la cabeza. Sopesó
con extrañeza mi oferta, pues no creía conveniente el
momento, y así me lo dijo con los ojos. Pero yo no me achanté
y le dije que hiciese lo que quisiera, que la botella ya estaba
abierta y que yo me la pensaba beber, sola o con él. Dicho
esto, le dejé la copa llena encima del sinfonier y salí
del dormitorio. A los diez minutos apareció vestido en el
salón, donde yo esperaba a que terminase la cocción en
el horno. Me mostró, vacía, su copa, al tiempo que
añadía con una sonrisa que no podía resistirse a
ese cava, que era algo más fuerte que él. Le señalé
con mi copa dónde estaba la cubitera con la botella; me sirvió
y se sirvió.
Cenamos en silencio,
glosando la calidad del pescado y del cava, haciendo tímidas
incursiones en otros temas que yo consideré más
adecuados para crear un ambiente propicio para el amor. Aún
con todo, la conversación decayó sumiéndonos en
un largo silencio. Carlos se levantó para agarrar el mando a
distancia de la televisión.
–
Por favor, no pongas la tele ahora.
–
Pero si no estamos hablando... ¡Qué más da que la
veamos un poco...!
–
Es que... si no no podemos hablar... y tendría que contarte
algo...
Me
preguntó con gesto preocupado que qué era eso tan
importante. Le dije que no era tan importante, bueno, en principio.
Le comenté que estaba pensando en hacer un viaje, sola, que
estaba empezando a necesitar un pequeño cambio que me
centrara. Él se asombró de que yo, alguien tan
perfectamente constante, pudiera sentirme mal, y quiso saber si me
pasaba algo.
–
No sé..., me siento últimamente como si me faltara el
aire..., como si mi vida hubiera llegado a un punto en que todo es ya
aburrido y monótono... No sé si esto se debe a mi
trabajo, a nuestra relación o a qué..., pero creo que
debería replantearme muchas cosas antes de aceptar como
duradero este estado de cosas. No sé si me explico...
Carlos
me miró fijamente a los ojos, para ir alternando con mis
labios, a ver si podía encontrar nuevos elementos que le
ayudaran a encontrar la clave de todo eso.
–
¿Tú crees..., crees que nuestra relación está
haciendo aguas? –preguntó en tono verdaderamente
preocupado–. No sé, tal vez te ha parecido ver algo que no
has sabido cómo interpretar, y de ahí tu malestar...
–
No sé a qué te refieres, de verdad. Pero, por favor, no
me digas que nuestra relación no se ha vuelto de lo más
monótono: ya no compartimos nada, ni por tu parte ni por la
mía; parece que nos hemos internado por un absurdo y aburrido
camino, aunque cómodo, por el que, al no aparecer problema
alguno, ¿sabes?, la narración de nuestra vida en común
fluye como un río en su último tramo antes de dar al
mar. No sé, es como al final de algunas novelas muy largas,
cuando eres consciente de que los acontecimientos más
importantes ya han sufrido su desenlace, y sólo te queda
esperar el fin, que no llega nunca; se cuenta entonces las
consecuencias que esos hechos han tenido en los personajes. En
nuestra relación, Carlos, podría estar pasando lo
mismo: es como si las grandes cosas ya hubiesen sucedido y ahora nos
estuviésemos dejando llevar por la corriente de esa narración
de curso bajo: suave, implacablemente, nos acercamos hacia algo... Yo
no sé muy bien qué es ese algo, te lo aseguro.
Carlos
se levantó y dio unas vueltas en torno a la mesa, cavilando.
Tras un tiempo que me pareció eterno, quise decir algo, pero
él debió de salir entonces de su ensimismamiento y
empezó a hablar al mismo tiempo que yo. Nos interrumpimos cada
uno para ceder la palabra al otro, que tomó él.
–
Tal vez tengas razón. Nos estamos acomodando demasiado en
nuestro matrimonio, sin verle ya alicientes dignos de un esfuerzo en
común. No sé qué decirte... eso es normal y
sucede en todas las parejas... Lo que sí sé es que si
te vas ahora de viaje, consciente de que el motivo principal es
replantearte no sólo las constantes de tu vida, sino nuestra
relación..., sé que no lo podré soportar; que
estaré esperando tu vuelta pendiente de tu decisión,
con la espada de Damocles sobre mí... No creo que pueda
soportarlo.
Carlos
se acercó y me abrazó, agachándose, repitiéndome
al oído su última frase, como para dar seguridad a su
confesión. Me besaba, pegaba su mejilla contra la mía,
para decirme que no podría soportarlo, que él me seguía
queriendo, que me quería de verdad, que no podía
dejarme marchar así. Nos besamos largamente, con fruición,
como si se tratara de recuperar el tiempo malgastado en trabajar y
descansar para volver a trabajar y no ocuparnos el uno del otro.
Enseguida nos levantamos para seguir besándonos y
acariciándonos de pie. Me cogió en brazos y me llevó,
así, en volandas, al dormitorio. Yo sonreía.
En
la cama los acontecimientos se aceleraron. Rápidamente me vi
desnuda entre sus abrazos y sus besos, a merced de su boca ávida
y jugosa, sedienta e insaciable. Casi sin transición se me
puso encima y me penetró sin que yo se lo pidiera, ansioso por
revivir el vínculo que habíamos dejado morir. Hundió
su cabeza entre mi cuello y el hombro, lo que me permitió
mirar nuestro reflejo en el espejo de la pared: me vi con las
rodillas levantadas, incapaz de moverme, resoplando como para
conjurar la llegada del placer. Me puse seria ante mí misma
para alejarme del escenario de los hechos y observarlo todo con
objetiva distancia. Intenté imaginar cómo amaría
a Lucía, si también se perdería entre su hombro
y su cuello... Me sentí mal, ridícula, manipulada, aun
habiendo propiciado yo misma ese desenlace. Pedí a Carlos que
me dejara ponerme a mí encima, a lo que accedió sabedor
de que yo solía disfrutar más así que estando
debajo. El cerró los ojos y se agarró a la cabecera de
la cama, lo que me dio por pensar que así debía de
follar con Lucía o con cualquier otra: ciego ante la llegada
del placer. Yo quería sentir que Carlos estaba haciendo el
amor conmigo y no que estaba simplemente haciendo el amor... con
alguien. Cuando creí que su orgasmo se aproximaba, dejé
que recuperara su posición inicial y que, así, pudiera
manipular los movimientos a sus anchas. Y me volví a ver en el
espejo: triste, desatendida. Cuando Carlos se separó, alcé
las piernas para que su semilla se abriese camino con mayor facilidad
en mis entrañas. Al bajarlas, él ya había
recobrado el aliento; me besó en la mejilla y se metió
en el baño. Cuando salió, me encontró echada
sobre el costado, dándole la espalda. Esquivó la cama y
se fue hacia el salón cerrando la puerta tras de sí.
Enseguida se oyó el rumor tenso de la televisión.
Al
cabo de una semana me volvió la regla. Y me alegré, la
verdad sea dicha...
Me
sentí durante un tiempo como en los días posteriores a
la primera vez que Carlos y yo hicimos el amor. Tanto había
insistido él en aquella ocasión que, cuando por fin
acepté, los hechos no estuvieron a la altura de las
expectativas creadas, dejándonos en un marasmo que duraría
unos cinco o seis días. Ninguno de los dos sabía cómo
reaccionar ante el acontecimiento al que otorgamos tanta importancia
en nuestra relación, que selló de manera imperecedera
nuestro compromiso.
Yo
no era virgen cuando nos acostamos por vez primera, ni mucho menos.
Sin embargo, Carlos, que aparentaba ser un chico conservador en sus
planteamientos, no se molestó lo más mínimo
cuando se lo conté. Le hice esperar mucho e insistir mucho
hasta que por fin le dije que sí, que pasaríamos la
noche juntos. De la misma manera que le hice esperar y suspirar
muchos y largos días hasta que acepté su compañía
cotidiana.
Nos
conocimos a través de unos amigos comunes, una noche tomando
copas. Estuvimos charlando un rato largo, de mil y una cosas, sin que
por ello apareciese una afinidad fuera de lo normal: lo justo para
seguir conversando cualquier otro día en que coincidiéramos.
Al fin de semana siguiente, mientras mi amiga Sandra y yo avanzábamos
cogidas del brazo hacia la puerta de un bar, apareció él
con otro amigo en estado claro de embriaguez. Intercambiamos saludos
y bromas, que mi amiga y yo aceptamos de buena gana pues los chicos
estuvieron verdaderamente divertidos. Así que entramos juntos
en el bar y pedimos juntos de beber. Una copa, otra copa, y la
conversación que, en un principio había sido colectiva,
se compartimentó. No sabría decir muy bien de qué
hablamos, sólo que el tono se iba haciendo cada vez más
íntimo. Llegó un momento en que Carlos no contestó
a una pregunta que le había hecho, sumiéndose en un
silencio enigmático. Creo que dijo algo así como que se
iba a estrellar, y me pidió que le ayudase a detenerle en su
caída. No puedo evitar pensar en esa escena de "Tesis",
en que Eduardo Noriega le dice lo mismo a Anna Torrent encima de la
cama de ésta. Los hechos por mí vividos son anteriores
al estreno de esta película; por lo que, una de dos, o era una
frase típica en el repertorio de la seducción juvenil
(idea que no me complace demasiado), o es que hubo filtraciones (en
este caso, Amenábar le debería a Carlos parte de los
derechos de autor de su guion).
La
cuestión es que Carlos acercó sus labios lentamente
hacia los míos y yo no los rechacé: esa fue su manera
de estrellarse. Nos besamos primero suavemente, después con
pasión. Fue un beso con sabor a cubata y tabaco, con fondo
musical popular, y escenario plagado de colillas. Seguimos toda esa
noche juntos, como si el beso hubiera establecido un pacto entre
nosotros. Aunque nada más lejos de mi intención, ya que
había salido para bailar y divertirme con Sandra, no
precisamente para cargar con un adolescente en estado de lírica
embriaguez. Nos despedimos románticamente, sin quedar para los
días venideros, que ya nos veríamos por ahí,
quién sabía cuándo. No volví a verlo
hasta cuatro o cinco días más tarde.
Yo
trabajaba en aquel entonces en una pequeña tienda cercana a la
zona de bares y tabernas en que nos habíamos conocido. En
cuanto se enteró, Carlos empezó a pasar por allí
con la excusa de que había quedado con tal o cual amigo para
tomar un café, y que si me apetecía unirme a ellos. No,
siempre no, nunca quise acompañarle a lo que sabía que
era una trampa. Yo no me atrevía a decirle de viva voz que no
me interesaba lo más mínimo, aunque él debió
de darse cuenta porque mi recibimiento era cada vez más frío.
Pero él jamás se amilanó ni cejó en sus
intentos de quedar conmigo, ni dejaba de pasar por la tienda un día
sí y otro también. Empezaba a molestarme tanta
solicitud, incluso temía por la reacción de mi jefa
ante la presencia de ese joven insistente a quien me unían
misteriosos vínculos: nunca le comenté que se trataba
de un ligue o de un enamorado, sino de un amigo un poco pesado.
Así
que, un buen día, accedí a que quedáramos a
tomar un café. Era una bonita tarde de primavera, soleada y
llena de la esperanza que trae el buen tiempo. Caí en la
trampa: paseamos un ratito, nos besamos, y completamos el camino
cogidos de la mano. Ante nuestros únicos ojos nos convertimos
en novios, aunque llevó mucho tiempo hacerlo oficial, es
decir, que se enteraran nuestros respectivos amigos. Esto no hizo
sino exacerbar las ansias de posesión de Carlos, que no
deseaba otra cosa más que asegurarse mi adhesión y
fidelidad.
Al
final, un acontecimiento decidió por mí y me empujó
a considerar la oferta sentimental de Carlos con verdadero interés.
Tal vez no venga al caso profundizar en el asunto, pero un episodio
de infidelidad me hizo replantearme mis sentimientos por él.
Me sentí atada, necesitada de lo que había creído
hasta entonces inagotable y que veía en ese momento peligrar
debido a la acción de una tercera persona. Empecé a
inquietarme realmente en saber qué podía interesarle a
Carlos no sólo de mí, sino en general, de su trato con
las mujeres: qué buscaba en ellas, qué le gustaba. Para
ello repasé los innumerables relatos de antiguos ligues que me
hizo sin prestar demasiada atención; y, asimismo, hice mis
averiguaciones sobre esa tercera persona que vino a sembrar la
discordia en la hasta entonces plácida relación que
manteníamos.
El
problema se solucionó con un pacto de amor y fidelidad que
sellamos definitivamente una tarde de abril. Fuimos a pasarla a una
ciudad vecina, con la encubierta promesa de dormir esa noche juntos
en cualquier hotelito o pensión. Cenamos y, a la hora de
decidirnos, tomamos el camino de vuelta. No dormimos juntos hasta un
día en que un amigo de Carlos nos dejó una habitación
que tenía alquilada en el barrio viejo de la ciudad: en ese
asqueroso cuartucho, ruidoso por la cercanía de una zona de
bares y discotecas, no pasé precisamente la noche más
romántica de mi vida. Es más, recuerdo nuestros juegos
eróticos como una obligación, como una asignatura
pendiente cuyo estudio nos sorprendiera en mitad de la noche y nos
conminara a ejercitarnos medio dormidos, con los miembros doloridos e
irritados. Pero la ocasión así lo exigía.
Tras
creer haber superado esos exámenes, nos concedimos mutuamente
y de acuerdo tácito un pequeño período de
vacaciones: extrañados de sentirnos obligados a seguir juntos,
inexorablemente unidos por la costumbre y las expectativas creadas.
Ahora
era otra mujer la que parecía interponerse entre mi marido y
yo; y lo digo así porque estaba convencida de la validez de
los indicios: Carlos me engañaba, probablemente con Lucía.
Ella era el punto de fuga de nuestra relación, por el que se
escapaba toda la energía latente de nuestra vida en pareja.
Lucía aparecía como un obstáculo que
ensombreciera cualquier proyecto que yo pudiera crear. Necesitaba
saber algo más sobre ella; no me bastaba con los datos que ya
poseía desde el instituto del Sagrado Corazón. Sí,
habíamos coincidido en el équipo de vóley
durante apenas un mes; la recordaba como una chica un pelín
díscola, pero amable y gustosa de conversar con los profesores
sin mostrar por ello sumisión ni pelotilleo; de fácil
trato con los chicos, que la rodeaban no por poseer un físico
extraordinario, sino porque sabía crear a su alrededor un
clima lúdico e inteligente del que rara vez se disfrutaba en
el instituto; además, su manera de vestir, moderna pero
arreglada, colorista, con esa melena corta que le daba aires de
mecenas centroeuropea, le otorgaba credibilidad a primera vista. Era
una chica más adulta que el resto, a quien se le imaginaba más
mundo y experiencias que a los demás, pobres angelillos de una
ciudad de provincias. Eso no era suficiente; necesitaba saber más,
sobre todo de la Lucía que ahora se estaba acostando con mi
marido. Así que, cosa que creí que nunca haría,
contraté los servicios de un detective privado.
Encontré
su nombre en la guía de teléfonos, y, así, sin
referencia alguna, puse mi caso en sus manos. Me citó en su
despacho, un apestoso cuarto en una finca antigua del centro de la
ciudad. "Mala suerte, he elegido mal", me dije al entrar
allí. Pero me esforcé en no poner en duda su
competencia sólo por el aspecto de su oficina. Cierto que unas
dependencias más cuidadas pueden dar confianza al cliente,
algo muy importante cuando tu trabajo se realiza de cara al público.
Aunque este gachó debía de ocuparse de asuntos más
bien oscuros... y tal vez no estuviese en el mejor momento de su
carrera.
Él
era un tipo de unos 45 años, mal afeitado, con un traje
gastado y de corte pasado de moda, zapatos deslustrados y calcetines
de color beige. Por cortesía me ofreció rápidamente
asiento y me propuso un café u otra cosa –que yo supuse
sería el sempiterno whisky de las peliculas, puesto que la
botella esperaba al lado de la máquina cafetera–. Pero sus
modales no pertenecían a los de una persona que yo tildaría
de cortés. Se repantingó en su butaca y me espetó
una inconveniente advertencia.
–
Yo no me ocupo de divorcios, que quede bien claro. Si viene usted
aquí por un tema de este tipo, puedo recomendarle a algún
colega de la profesión que le atienda mejor que yo.
Me
quedé verdaderamente pasmada, y debí de poner una cara
de poema, porque el detective se dio cuenta y rectificó.
–
Perdone por la brusquedad, pero prefiero que las cosas queden claras
desde el principio. No, si ya me lo dice mi novia..., que debería
preguntar antes de sacar mis propias conclusiones. Pero..., no se
ponga usted así, señora, venga, discúlpeme...,
dígame qué se le ofrece... Le ruego que me perdone.
Me
repuse y de sopetón le expuse que lo único que
necesitaba es que alguien investigara sobre los hábitos de una
persona, de una mujer cuya conducta me hacía albergar
sospechas.
– No le pido que saque
conclusiones sobre su modo de vida ni sobre las cosas que hace: sólo
deseo que usted me informe de a quién ve, con quién se
encuentra y dónde. Eso es todo.
El
detective reflexionó durante unos segundos. Yo no sé si
se debió a la lástima que mi reacción le había
creado, o a que su cartera de clientes debía de andar más
que floja por esos días. La cuestión es que me pidió
datos sobre la persona que sería objeto de sus pesquisas. Yo
dudé, pero al final accedí sin pensarlo demasiado, por
quitarme de encima cuanto antes la responsabilidad de encargarle a
alguien un asunto que me incomodaba. Así que le di nombre y
apellidos de Lucía, y dónde trabajaba; datos que
consideraba, le indiqué, más que suficientes para
iniciar una investigación de tan poca envergadura.
A
la semana me llamó para comunicarme que ya tenía
resultados. Según sus indagaciones, Lucía acudía
a la sucursal de mi marido dos veces por semana, además de a
otros centros de negocios donde impartía cursos sobre recursos
humanos. Llevaba alguna actividad deportiva, natación, que
compaginaba con muchas visitas a galerías de arte y a cines.
En lo tocante a su vida íntima, esta señora mantenía
relaciones con un caballero que acudía cada dos o tres días
a su piso, caballero que atendía al nombre de Carlos Rosales;
y mantenía relaciones también con una señorita
muy guapa, estudiante de bellas artes, cuya gracia era Julia Beltrán.
Tenía un Audi 3 de color blanco, y le gustaba correr, eso
aseguraba el detective.
Por
otra parte, su padre, un señor ya mayor, de quien decía
el detective que haría mejor en quedarse en su casita, era el
propietario de una gran empresa de consultoría de ámbito
internacional, así como asociado de la empresa en la que
trabajaba "mi amiga".
Tuve
que interrumpirle en el relato de la vida y milagros de Lucía:
me bastaba con lo que tenía, más que suficiente. Al fin
y al cabo, lo que había venido buscando era la confirmación
de mis sospechas: que Carlos y ella se entendían. El resto era
mera decoración, simples anécdotas que suelen rodear el
núcleo duro de la banal existencia de las personas. Ni
siquiera me inmuté ante el hecho de que Lucía se
acostara también con mujeres. Aunque, pensándolo mejor,
me dolió siquiera imaginar la posibilidad de que Carlos se
acostara con dos al mismo tiempo...
–
Mi trabajo es amargo a veces, porque revelar cosas así no es
que suela poner contenta a la gente... ¡Resignación,
señora! –me dijo con superioridad. Su sucia sonrisa me
pareció integrarse perfectamente en ese ambiente gastado y
rancio, impregnando su viejo traje y su cabello de los olores de la
decadencia del negocio. ¡Cómo me dejé arrastrar
hasta allí!
Las conclusiones de la
investigación me dejaron triste y desarmada. Si antes las
suposiciones habían ocupado un espacio difuso y lleno de
incertidumbres, ahora flotaba en un universo de certezas y hechos
consumados. Se abría ante mí un infinito de
iniciativas, vasto e inabarcable, que estaba segura de tener que
recorrer en soledad.
Al
volver a casa me di cuenta de que vivía en un triángulo
del que yo era un vértice insignificante pero no por ello
menos necesario para la estabilidad del conjunto. Me vi como Andie
MacDowell en Sexo, mentiras
y cintas de vídeo:
la devota y pusilánime esposa, sustituida en la cama por Laura
San Giacomo. En la película se presenta una posible salida
honrosa a la desesperada situación de la mujer con la llegada
de James Spader: un alma cómplice dispuesta a empatizar,
presta al entendimiento, necesitada de comprensión y afecto a
niveles iguales o superiores a los del personaje de Andie. Sin
embargo, yo, Margarita Lozano Arribas, acababa de descubrir la
infidelidad de mi marido con una antigua compañera de
instituto, y no tenía a nadie en perspectiva con quien poder
compartir esa ansiedad; nadie a quien confiar lo más profundo
de mi dolorida alma.
Carlos
debía de estar al corriente del lesbianismo de Lucía,
lo que de seguro revestía para él un atractivo añadido.
Me pregunté si en alguna ocasión compartieron a la
amante; estoy segura de que a Carlos no le hubiera importado, ya que
es raro el hombre heterosexual que no se excite presenciando el amor
entre dos mujeres. Recuerdo una ocasión en que, de visita en
casa de unos amigos, se planteó la posibilidad de alquilar una
cinta de vídeo pornográfica. Carlos exigió
tajantemente que en la película no aparecieran hombres, pues
le desagradaba sobremanera la visión de un miembro viril en
erección. En ese momento temí detectar en esa violenta
negativa un mecanismo de defensa ante la asunción de su
posible homosexualidad, por el hecho de que en su infancia o
adolescencia hubiese tenido experiencias en este sentido durante su
intensa vida de campamentos y gimnasios. Sea como fuere, los dos
hombres trajeron del vídeoclub una cinta de sexo
exclusivamente entre mujeres. Concha, nuestra anfitriona, y yo
demostramos escandalizarnos ante lo disparatado de tales actividades,
lo que no daba sino alas a los comentarios de nuestros maridos sobre
la naturaleza de las actrices–amantes. A la luz de sus
exclamaciones, la búsqueda activa del placer en la mujer,
sobre todo si lo halla fuera de las coordenadas del tálamo
conyugal, era algo sucio, indigno, contranatura. Entre risotadas se
dirigían infantiles a las chicas de la cinta,
diagnosticándoles contra su enfermedad los parabienes de una
buena polla; o que el motivo primero de esa desviación era no
haber sido bien folladas. No tardamos ni diez minutos en refugiarnos
en la cocina, Concha y yo. A ella volvieron al término de la
película nuestros maridos con expresión triunfante, la
expresión de quien se sabe necesario, imprescindible para el
buen desarrollo de las cosas.
Bien
pudiera ser que, en caso de conocer la doble sexualidad de Lucía,
Carlos adoptara la actitud de quien cree poder redimir a una pecadora
de su condena, esforzándose en recordarle lo bueno que podía
ser hacer el amor con todo un hombre como él. Me lo imaginé
durante las sesiones de formación en el banco: el alumno
aventajado por la intimidad existente con la profesora; su
superioridad de macho dominador; la conciencia de ser el antídoto
contra lo que él consideraría un acceso de
sofisticación innecesario en su amante, una enfermedad debida
a la mala suerte en su pasado erótico. Fuera de allí,
su orgullo viril se vería engrandecido, inconsciente de que
Lucía lo estaba utilizando como mera herramienta de placer.
Aun
siendo un mecanismo complicado el que yo creía ponerse en
marcha para que Carlos se sintiera atraído por Lucía,
estaba segura de que su atracción no se limitaba a ello y que
había algo más. ¿Quién era Lucía,
en realidad? No la conocía lo más mínimo. No
sabía nada de ella, si era disciplinada o hedonista,
voluptuosa o rígida. Poco a poco, estas incógnitas
fueron haciéndose cada vez más importantes, hasta el
punto de considerar necesario su esclarecimiento para conocer en qué
consistía verdaderamente la atracción que sentía
Carlos por ella. Creía que sólo lo que nos diferenciase
podía resultarle interesante a mi marido, puesto que, hasta la
aparición de Lucía, yo me había bastado para
manternerlo satisfecho y contento, sin que su libido necesitara
estímulos externos a nuestra intimidad.
Armándome
del valor necesario, me aposté durante dos tardes seguidas en
la cafetería en frente de la empresa del padre de Lucía.
A la segunda conseguí verla aparecer sola por la puerta del
edificio, andando en la dirección que me convenía.
Habiendo abonado la consumición nada más pedirla, salí
disparada a la calle, hasta llegar al lado opuesto del paso de cebra
en el que ella se había detenido esperando a que el semáforo
se pusiera verde. Iba impecable en su traje sastre color granito.
Ella ni me vio cuando empezó a cruzar la calzada, lo que me
permitió demorarme lo justo para que nos encontráramos
a un par de metros de mi lado de calle. Pareció costarle
trabajo reconocerme.
–
¿Marga? Eres tú, ¿verdad? ¡Qué
sorpresa!
–
¿Lu... Lucía? ¡Qué casualidad! ¿Qué
haces tú por aquí?
–
Pues, mira, trabajo justo en ese edificio... ¡Qué
pequeño es el mundo! Pero..., vamos hasta la acera antes de
que nos atropelle un coche y lamentemos las dos habernos encontrado
–dijo riéndose con suavidad–. ¿Y tú, qué
haces tú por este barrio? Nuca te había visto antes por
aquí.
Le
comenté que, de haber cumplido estrictamente con mi deber,
deberíamos habernos encontrado mucho antes, ya que no iba por
el barrio tan frecuentemente como exigía la responsabilidad
que yo tenía sobre una tienda. Me preguntó, claro está,
que de qué tipo de tienda se trataba, a lo que contesté
que era una franquicia de una gran empresa de artesanía
floral, a un par de manzanas de allí.
–
Oye, por qué no me acompañas, que sólo será
cuestión de un par de minutos, y nos vamos luego a tomar un
café juntas. Ha pasado tanto tiempo...
Ella
pareció dudar, no atreviéndose tal vez a trastocar mis
planes con su presencia. Aderecé la oferta proponiéndole
que, si lo prefería así, podríamos acercarnos
hasta una pequeña sala de exposiciones, casi puerta con puerta
a la tienda.
–
Me han comentado que hay algunos cuadritos impresionistas
deliciosos... ¡Venga, anímate!
Ella
siguió dudando hasta que el semáforo de los peatones se
puso verde. Entonces, con una amplia sonrisa, accedió a
acompañarme.
He
de reconocer que no tengo mucha idea de arte ni de escuelas ni
corrientes. Sólo conozco los grandes nombres que asoman de vez
en cuando a los telediarios, y poco más. El Impresionismo me
interesó en su momento por las capacidades decorativas que
tenían láminas y reproducciones en estancias decoradas
con flores. Así, conocía medianamente bien a Renoir y a
Monet, sobre todo este último por haberle dedicado un pequeño
artículo en una revista a propósito de las "Nymphéas".
Del resto, y sobre todo del arte contemporáneo, no tengo más
que una noción vaga y difusa, que no me da ni siquiera para
mantener una conversación de café. Sabía que,
con Lucía, me enfrentaba a alguien a quien yo suponía
un conocimiento del tema más que superficial. Pero veía
necesario entrar en un terreno en que ella se sintiera segura para la
consecución de mis fines: llegar a saber qué le daba a
mi marido.
En
la exposición ella mostró interés por mis
comentarios sobre los cuadritos en cuestión. No pudiendo dar
mi opinión sobre cuestiones históricas o técnicas,
me limité a hablar de bonito y feo, de delicioso y grotesco,
dejándome llevar por mi pobre puesta en palabras de las
emociones que tantos colores pastel despertaban en mí.
–
Veo que eres una persona muy sensible a la belleza, Marga. ¡Qué
diferencia con los compañeros de curso de Carlos, tu marido!
Ellos son más bien indolentes ante este tipo de cosas.
¿Sabes?, siempre que les sugiero que introduzcan en su lugar
de trabajo alguna que otra reproducción de arte para que su
labor de dirección se realice en un ambiente más
humano, todos, sin excepción, me miran con escepticismo, como
preguntándose que qué dice esta tía...
Mentiría
si dijese que me molestó el comentario. Al contrario, creí
ver en él una nueva muestra de la ineptitud de mi marido para
cosas que a mí me tocaban muy de cerca, una corroboración
de su primitivismo emocional: condiciones que le alejaban de mí
proyectándole hacia los brazos de Lucía.
Al
salir de la sala, me contó que tenía una amiga que
exponía en esos días. Que le resultaría
interesante mi opinión. Puesto que era ese barrio donde se
concentraba el mayor número de galerías de la ciudad,
debía de ser allí al ladito. Providencialmente sonó
mi teléfono móvil: mi madre, que necesitaba consultarme
algo. Le dije a mi madre que sí, que podía acercarme
hasta su casa en un instante. Así que me excusé ante
Lucía proponiéndole que dejáramos esa visita a
la exposición de su amiga para otro día, ¿por
qué no para mañana?, a lo que ella respondió que
excelente, que al día siguiente no debería salir a
hacer curso a ningún sitio y que estaría libre más
o menos a la misma hora.
–
Dale recuerdos a tu marido, que ya hace días que no lo veo...
– me dijo al despedirnos. Disimulé el dolor que me produjo
tal encargo y, mientras me alejaba de ella, no pude evitar que mi
imaginación me torturara con visiones de su felicidad
clandestina.
Lucía
y Carlos subían a la habitación que este último
tenía asignada en el hotel. Él le quitaba el desleído
vestido de flores, mientras ella le liberaba de la rigidez de su
uniforme de conserje. Se echaban sobre la cama entre mil abrazos y
vueltas, él en calzoncillos, ella en esa combinación
color carne que una vez le tomé prestada a mi madre. Con la
violencia de los revolcones, deshicieron por completo el orden de
sábanas y mantas de la cama, terminando por caer sobre la
alfombra del lado derecho. En su caída, golpearon la mesilla,
donde aguardaba expectante un vasito que se arrojó al suelo.
Carlos, imbuido por las funciones inherentes a su cargo, creyó
necesario recoger los añicos del vaso, lo que le ocasionó
un profundo corte en el pulgar. Su amante lo agarró por la
muñeca, llevándose el dedo ensangrentado a la boca. Lo
chupó con fruición, cerrando los ojos, como poseída
por un éxtasis religioso. Abrió los ojos, que clavó
en los de Carlos, y dirigió la mano de éste, engalanada
por una roja mota en la punta del pulgar, hacia su bajo vientre. Al
introducirlo en sus entrañas, exhaló un profundo
suspiro mientras se retorcía dentro de su vieja combinación.
En
ese preciso instante aparecí yo en escena, con un vestido de
tergal y un abrigo largo que apenas podían disimular mi
prominente embarazo.
–
¿Ves, Marga, como a ella sí que le gusta? –me dijo,
hiriente, mi marido.
Me
despertaba entonces nadando en sudores, encendiendo la luz de la
mesilla para cerciorarme de que esa era mi habitación y no la
de Charlotte Rampling en El
Portero de Noche. Pero dejó
de ser necesario dar la luz a partir de la tercera noche en que se
repitió la pesadilla, pues debí de acostumbrarme a esa
entrada brusca al mundo de la realidad desde el tortuoso ambiente de
mis sueños. Todo tenía que deberse, sin lugar a dudas,
al visionado de esa célebre película un par de noches
antes. Recuerdo que la escena de la que extraje el material para mi
sueño me impresionó sobremanera, tal vez por la
delgadez extrema de la actriz, o por el gesto lívido, siempre
asombrado, del actor de origen holandés.
En
una ocasión, durante nuestro noviazgo, tuvimos un problema de
infidelidad, del que ya he hablado antes. Una amiga común me
avisó, al atardecer de una bella jornada de otoño,
momento propicio para las confidencias –pensé en aquel
entonces no sin sorprenderme a mí misma de mi sangre fría–,
de que había visto a Carlos saliendo de un bar agarrado de la
cintura de una joven rubia. Mi primera reacción fue de
sorpresa, que dio paso a un intenso sentimiento de rabia. Decidí,
sin embargo, tomar la iniciativa en un caso que debía
resolverse de cualquier manera posible a mi favor.
Tras
enterarme de quién era la bella afortunada, receptora de los
devaneos de mi novio, me propuse averiguar sus cualidades, con el
único fin de discernir hasta qué punto se trataba de
una ligera aventura sensual o de una afinidad real. Mónica,
que este era su nombre, estudiaba Magisterio especialidad Ciencias.
Su carácter y su imagen contrastaban con el de sus compañeros:
entre una generalidad de forros polares y zapatillas deportivas,
Mónica embutía un cuerpo rotundo y fuerte en minifaldas
y tops ceñidos;
entre la unanimidad en el chiste soez y la ingestión bárbara
de cañas de cerveza, la conversación de Mónica
era inteligente y variada, así como sus gustos en la barra. El
primer día que la avisté, recuerdo que fue cuando me
acerqué a la Escuela de Magisterio a ver a la amiga delatora:
sentadas las dos en un banco del pasillo central, la tal Mónica
salía en ese momento del lavabo con un lado de la minifalda
aprisionado por el elástico de la braguita. Es decir, con
media cacha al aire. Más tarde forzaría un encuentro
con ella en la cafetería de la Escuela, sin la menor intención
de revelarle mi conocimiento del asunto. Ella no supo conservar la
sangre fría y se escabulló como una trucha entre las
manos.
Esto,
lejos de convencerme, me incitó a apuntillar el trabajo con
una pirueta si cabe aún más atrevida. Rechacé
durante varios días las invitaciones para salir de Carlos,
arguyendo constantemente que había quedado con Matías,
un guapo compañero de mi facultad, para estudiar. La idea no
era del todo mala, pues se acercaban fechas de exámenes, lo
que permitía mantener la duda en la mente de Carlos y disipar
toda posibilidad de que aquello fuera un montaje. Un buen día,
pasé con Matías por una calle que yo sabía que
Carlos solía tomar para dirigirse a su facultad, y agarré
a mi acompañante del brazo con actitud familiar. Obtuve el
efecto deseado, pues fuimos avistados por mi novio y sus amigos.
Fue
una pequeña triquiñuela, lo confieso, una jugada
malvada, pero que puso a Carlos a mi completa disposición.
Este, claro está, me suplicó tras varias tentativas que
accediese a hablar con él, pues teníamos muchas cosas
que aclarar. Yo le conté que sí, que Matías me
había pedido que saliese con él, y que me lo estaba
pensando. Carlos se derrumbó viendo cómo estaba
perdiendo una relación en la que se había encontrado
tan seguro hasta entonces –de ahí que su sorpresa fuera
mayor–. Me increpó que yo era una insensible, que no podía
romper su relación con él así como así,
sobre todo sabiendo como yo debía de saber que él me
amaba de todo corazón.
–
Todo eso es muy bonito, de verdad –le dije con la mayor frialdad de
que era capaz, aunque por dentro me muriera de ganas de abrazarle–,
pero no son más que palabras. Creo que no debo confiar en ti,
que tras esa fachada de enamorado apasionado se esconde un mentiroso.
Se
quedó paralizado y mudo, como confesando con su silencio que
me había traicionado. Yo sólo esperaba que me relatara
en plena confianza qué era lo que había pasado con
Mónica –más tarde me contaría que se habían
limitado a besarse y a algún que otro tocamiento infantil–,
pero su cobardía me decidió a dejarle allí, en
el sitio, pasmado.
Mi
estrategia aún se extendió durante todo el mes de
exámenes, que Carlos suspendió estrepitosamente y a mí
me costó un desgaste mental superior a mis fuerzas. Una tarde
nos cruzamos en el Paraninfo, y lo vi tan demacrado que consentí
que me hablara. Retomamos la relación tras varios días
de conversaciones y declaraciones desgarradas.
Creo
haber tenido la sartén por el mango hasta que nos casamos.
Entonces la cosa se relajó mucho, como si él pensara
que yo, habiendo conseguido el objetivo buscado por tantas mujeres,
daría por hecha su fidelidad a unos valores. Valores, los del
matrimonio, que nos liberaban de la obligación de demostrarnos
constantemente que nos amábamos.
La
situación de infidelidad se volvía a producir, y yo
creía poderla atajar con el mismo tipo de artes que me sirvió
a los 20 años.
Sentada
ante el ordenador, nos recibió una mujer de mediana edad con
una enorme sonrisa, que saludó la entrada de Lucía en
la galería. Tras una expresión de júbilo, se
besaron en ambas mejillas y mi introductora pasó a presentarme
como una amiga a la gerente de la galería que tan amablemente
había cedido su espacio para que Julia expusiera su obra.
– Nada de amabilidad
–exclamó dirigiéndose a mí para deshacer el
equívoco–: Julia se merece por completo que esta humilde
galería le abra sus puertas. O, para decir mejor, es un
inmenso honor que artistas de la talla de Julia nos elijan para
exponer. Bueno, ¿qué te parece mi réplica,
Lucía?
– Eres un verdadero
cielo, Angela, bonita. Todo esto, Marga, que no parece más que
palabrería en boca de una oradora como Angela (pues te habrás
dado cuenta de que una de sus principales pasiones es hablar), es un
inmenso cumplido para Julia, ya que han pasado por aquí los
mejores pinceles no sólo del país, sino del mundo
entero.
Angela quitó
hierro a tal afirmación con una sonora carcajada, añadiendo
que la verdadera retórica era Lucía y no ella.
– Todo esto unido al
hecho de que Angela no deja de confiar en su olfato como galerista
para promocionar valores ocultos y en principio poco comerciales …
– Bueno, bueno…,
menos lobos…
– ¿O acaso no
obraste de esa manera en el caso de Casimiro, Angela?. No me digas
que no. Era este un vagabundo, bueno, no, un…, vamos a decir un
colgao
del barrio que un buen día se puso a pintar. Huelgo decirte
–me indicó– que su producción era de lo más
variopinta y totalmente carente de un común denominador. Pues
bueno, Angela acogió su obra e hizo con ella una exposición
que para sí la habría querido cualquier artista
consagrado. ¡Encomiable!
Angela no dejó de
negar con la cabeza y de chasquear la lengua, incómoda por
tanta alabanza.
–
Tengo que añadir para enturbiar el retrato que ha hecho tu
amiga, que logré vender toda su obra sobre cartón y
sobre papel, lo cual me proporcionó no pocos beneficios…
–
Es un encanto –aseveró Lucía al tiempo que le
propinaba un sonoro beso en la mejilla. Julia debía de estar
todavía en la cafetería de enfrente, nos informó,
pues había tenido una súbita necesidad de comer algo y
seguro que la cogíamos atizándose un buen bocadillo.
Comprensiva, añadió que había tenido mucha
actividad últimamente y que necesitaba alimentarse para
aguantar tantas emociones. Depositando la confianza de sus ojos
azules en los de Lucía, le pidió que la cuidara, que su
bienestar dependía en parte de ella.
En efecto, Julia estaba
en la cafetería dando cuenta de un hermoso bocadillo de jamón
con tomate, de pie en la barra. Al vernos entrar pareció
sentirse sorprendida en la comisión de un acto impuro e
intentó tragar con rapidez el pedazo que le llenaba la boca.
–
Así que mi artista preferida se merienda bocadillos de jamón.
Para que veas, Marga, que el mundo del arte tiene un lado prosaico
que los profanos desconocemos. Pero, a decir verdad –añadió
Lucía justo antes de besarle ampliamente en la mejilla–,
incluso el acto de devorar con avidez el más vulgar de los
alimentos se convierte en algo exquisito cuando es Julia quien lo
realiza. Lucía, te presento a Julia; Julia, esta es Lucía,
una compañera del instituto que he vuelto a encontrar por
azar.
Julia terminó de
masticar y me dio dos suaves besos. Recibió tranquila el
anuncio de parte de Lucía de que ésta deseaba mostrarme
la obra expuesta en la galería, para lo cual necesitaba su
presencia allí. Dicho esto, mi antigua compañera pagó
la cuenta y salimos de la cafetería. Ya en la galería
hicimos un recorrido por las dos escuetas salas que la componían.
Todo lo allí expuesto me pareció trufado de referencias
femeninas, desde el concepto de maternidad representado por
muñequitos, hasta compresas y tampones que no vendrían
sino a decir que las obligaciones de la mujer para con la naturaleza
son muchas.
– El arte conceptual
está un poco pasado de moda –apuntó Angela por
detrás–, pero cabe decir que la apuesta de Julia es
suficientemente innovadora como para tenerla en cuenta.
Yo aceptaba atónita
todo lo que me decían, sin saber muy bien en qué aguas
estaba nadando. El único punto de arranque que podía
encontrar para mis comentarios era la condición de la mujer,
que intenté decorar con mis mejores palabras.
– Lo cierto es que el
tributo que pagamos al mundo por existir no es pequeño. La
posibilidad de dar la vida nos plantea una serie de inconvenientes,
de los cuales la renovación mensual de nuestras entrañas
no es el menos importante. De hecho, la sociedad nos atribuye un
papel difícil de asumir, debiendo mantener de cara a la
galería una actitud “femenina“, si me permitís
decirlo así, que dé fe de nuestra disposición a
la maternidad. Y ello se traduce en la imagen, que pone de relieve
nuestros atributos femeninos –o lo que es lo mismo–, nuestra
capacidad de engendrar.
Julia había
escuchado muy atenta mi discurso, que debió de provocarle
reacciones internas. Se mantuvo un silencio discretamente largo, pues
las tres mujeres consideraron que por alusiones era Julia la que
debía responder a mis observaciones.
–
Y eso es todavía más visible en el caso de una mujer
joven que apenas está empezando a plantearse si debe cumplir
el rol que le propone la sociedad, o, por el contrario, ausentarse de
ese mercado de las entrañas para dedicarse en cuerpo y alma al
puro desarrollo de su personalidad.
–
Julia es todavía jovencita, sólo tiene 22 años
–señaló Lucía pasando un brazo sobre lo
hombros de su amiga.
–
Por eso. Y me parece estupendo que sea la contemplación de mi
obra la que te haya inspirado esas reflexiones, pues intento plasmar
en ella todas esas inquietudes. Te lo agradezco, de verdad. Y a ti
también, Lucía, por escoger tan bien a la gente que
traes a la exposición.
El
ambiente terminó de distenderse cuando Angela propuso
descorchar una botella de cava para celebrarlo. Entre anécdotas
y risas pude observar cuánta era la intimidad que existía
entre las dos amigas, hasta el punto de hablarse entre cuchicheos
mientras la dueña de la galería y yo conversábamos
relajadamente. Y no sólo eso, sino que en un momento
determinado se ausentaron para ir al cuarto de baño juntas:
supuse que necesitarían esconderse para besarse. Alguien
propuso que fuéramos todas juntas a cenar por ahí, que
la noche era joven y que una mujeres hechas y derechas como nosotras
no teníamos que rendir cuentas a nadie.
–
Salvo tal vez tú, Marga, que estás casada, y con un
hombre tan atractivo como Carlos –apuntó divertida Lucía.
–
Pero eso se soluciona con una simple llamada –aseveró Angela
señalándome el emplazamiento del teléfono en su
mesa de trabajo.
Utilicé mi móvil
para prevenir a Carlos, quien se habría preocupado mucho al no
verme llegar a casa para cenar. Me limité a dejarle un mensaje
en el contestador, aconsejándole que se preparara algo de lo
que había en la nevera, que no llegaría tarde. Fue un
gesto un tanto convencional por mi parte, sobre todo si lo comparamos
con la enorme libertad con que contaban las mujeres que me rodeaban,
pero necesario dentro de la política de un matrimonio
tradicional como era el nuestro.
Cenamos en un coqueto y
recoleto restaurante del centro, en una salita de pequeñas
mesas y casi codo con codo con los clientes de la de al lado. En un
ambiente de franca camaradería entre las tres amigas yo me
sentía un poco desplazada, con la plena convicción de
que ese mundo de viajes, exposiciones, películas y sesudos
libros de ensayo no era el mío. Pero no por ello me dejaron de
lado, sino que escucharon atentamente toda narración que de mí
viniera como complemento a las suyas. Desde luego, mis salidas al
extranjero eran mucho más banales que las suyas, pero no me
acobardé y afronté mi propia vida con valentía,
sin muestra alguna de autoconmiseración ni nada por el estilo.
Eso no me evitaba contemplar mi situación vital con una
sensación de ridículo difícil de evitar: me veía
a mí misma como una ciudadana vulgar que sacaba sus
conclusiones y sus pautas de comportamiento de las revistas femeninas
internacionales y de las series de televisión que pretendían
retratar a la mujer urbana profesional.
–
La verdad es que me siento bastante identificada con la serie de Ally
McBeal –dije en un fatuo alarde de referencias. Pero pronto me
arrepentí de tal aseveración, viéndome como
alguien previsible y moldeable por los vientos de las modas. Pienso
ahora con ridículo al oírme decir eso de nuevo, en boca
de una decoradora floral casada y con problemas de infidelidad.
–
Es cierto que los medios de comunicación y la publicidad se
empeñan en hacer de nosotras –arguyó Julia–, unos
seres cuyos principales intereses residen en el amor y en la
constitución de un marco favorable para nuestra condición
de madres en potencia. Yo creo, sin embargo, en un nuevo tipo de
mujer menos preocupada por ese tipo de consideraciones, más
libre y menos sujeta a las garras de la sociedad –establecida, no
lo olvidemos, en torno a la dominación masculina–. Ese
desapego a los valores de la sociedad no significaría
necesariamente que la mujer dejara de lado el amor, como manera de
ennoblecer el instinto de conservación: el amor es importante,
aunque no lo más importante. Estamos atravesando una época
en que las posibilidades de desarrollo personal de la mujer pasan o
por el trabajo o por la maternidad de un hospital (y la búsqueda
incansable del amor no vendría más que a corroborar la
satisfacción de esta última necesidad). Ahora bien, yo
sostengo que el desarrollo de una persona sólo se puede llevar
a cabo mediante la crítica de todos aquellos factores sociales
que tienen como único objetivo hacer de la persona, y en el
tema que nos toca, de la mujer, un ser maleable y manejable. Por eso
soy artista, para, al crear un discurso crítico, emanciparme
de las obligaciones a las que la sociedad querría someterme.
Mientras
Julia hablaba, Angela no dejaba de afirmar con movimientos de cabeza;
Lucía, por su parte, miraba fijamente a su amante, en una
mezcla de atención y de reflexión propia, como si se
estuviese planteando ella misma el alcance de su relación
amorosa. Yo imaginaba que debía de sentirse orgullosa, por una
parte, de la elocuencia de su amada; pero dolida por la otra, pues la
aceptación y el orgullo de lo primero podría desembocar
en el fin de su amor. Pero todo esto no eran sino consideraciones
mías: tal vez ese nuevo amor que predicaba Julia, que
pretendía cambiar por completo las constantes de las
relaciones íntimas entre los individuos, formaba parte también
de las convicciones de mi antigua compañera de instituto, y
todo este discurso no hacía más que reforzar los
vínculos entre las dos mujeres. Me sentí perdida por un
momento entre tantas digresiones, y casi agradecí la negativa
de Lucía a continuar la charla en algún pub: las dos
teníamos que madrugar al día siguiente y a ella le
esperaba una jornada monstruosa. Así que nos despedimos y
tomamos dos taxis para volver a casa: yo uno, y las tres mujeres
otro, que les conduciría a ese centro neurálgico de la
ciudad donde ellas vivían y del que tanto a mí me
separaba.
En
casa, Carlos dormía como un bendito, cosa que no dejó
de agradarme porque me evitaba tener que darle explicaciones. A la
mañana siguiente, sin embargo, el encuentro durante el
desayuno fue más bien frío.
–
¿No vas a preguntarme dónde estuve anoche? –le espeté
en un tono mezcla de pesadumbre y cinismo. Lo único que se le
ocurrió contestar, con un gesto de desdén, es que yo ya
era mayorcita como para no deber rendirle cuentas a nadie, y que, no,
que no me iba a preguntar nada porque eso no era asunto suyo. La
altanería con que dijo todo esto, tan poco habitual fuera de
los accesos de rabia contenida, me hizo ver que mi marido se estaba
resistiendo a sucumbir en la típica escena de celos; que
optaba por esconder ese sentimiento a veces tan poco reflexivo tras
una cortina de mal humor y distancia, siempre preferible a tener que
confesar haber perdido la seguridad de quien se cree vencedor en
todos los frentes.
Se
despidió de mí sin darme el consabido beso en la
mejilla, mostrando su clara intención de establecer frialdad
entre nosotros: desaprobación de mi conducta, castigo,
incapacidad para afrontar con seriedad algo tan normal como mi salida
nocturna... No sé, de todo un poco. Permaneció apoyado
en el quicio de la puerta durante unos segundos, como pensando en
algo que debiera exponerme de la manera más satisfactoria para
su orgullo. Yo esperaba unas palabras que me hubieran sido muy útiles
en ese momento, pero que no llegaron.
–
A propósito: esta noche vienen Jaime, Alberto y otros a ver el
partido de fútbol. Espero que no te moleste.
Esa
era una manera típica de Carlos de aportar una solución
a un conflicto dentro de la pareja: tras sembrar la discordia, me
obligaba a entrar en su área de influencia para someterme a su
voluntad; después las cosas volvían a su estado normal
sin que hubiéramos aclarado los motivos del conflicto, lo que
provocaba el almacenamiento de resquemores al que sólo dábamos
salida en caso de enfrentamiento directo y montaraz. Entonces, la
discusión provocaba algo que yo asemejaría a un
incendio en ese almacén, poniendo en peligro las cajas que,
apiladas según importancia o antigüedad, dormitaban
esperando la llegada del olvido definitivo. Las ansias de herir al
adversario con reproches, o simplemente de inhabilitarlo moralmente
para emitir autoridad, nos obligaban a salvar de la quema del fuego
del olvido aquellas cajas, aquellos acontecimientos dolorosos que, de
no ser referidos en esas situaciones (puesto que sólo
utilizables en las mismas), podían pasar al limbo de los
hechos banales e inservibles. De ahí que cargásemos
tanto las tintas en nuestras riñas.
Esta
vez las cosas no serían diferentes, y la borrasca pasaría
sin provocar destrozos mayores, aunque cargase de electricidad el
entorno. De hecho me alegré de no tener que dar explicaciones,
pues habría despertado las sospechas ante Carlos. Pero no me
apetecía nada tener que soportar la compañía de
sus amigotes en el marco de un partido de fútbol televisado.
Llegaron
a eso de las ocho de la tarde, y se encontraron con la mesa llena de
tapas y aperitivos. Durante la retransmisión creí
conveniente ausentarme en la cocina, desde donde podía oír
sus aullidos: tanta pasión derrochada en la defensa de un
orgullo ajeno, de algo tan gratuito e inútil como una
competición deportiva; prestar una atención desmedida a
las declaraciones de un sudoroso y balbuceante futbolista, que en el
peor de los casos apenas era capaz de hilvanar dos frases seguidas
sin errores. Todo se me antojaba fútil e infantil, pero, a la
vista estaba, alimentaba las pasiones de mi marido y sus amigos.
Al finalizar el partido
me presenté en la salita para, por lo menos, participar un
poco del encuentro. Carlos estaba relajadísimo, y reía
distendido los comentarios y chanzas de los otros. Apuraron sus copas
y se fueron, reinstaurando el silencio en la casa, tan sólo
mitigado por la musiquilla de los anuncios de la tele. Empecé
a recoger vasos, platos y ceniceros para llevarlos a la cocina. En el
segundo viaje de acarreo, Carlos me alcanzó en el fregadero,
depositando un sosegado beso en mi tenso cuello. Con los labios
recorrió el espacio entre mi nuca y mi boca, donde se detuvo a
la espera de su apertura. Yo me volví para abrazarlo y nos
besamos profundamente, con la avidez de quien bebe tras muchos días
de sediento caminar en el desierto. Poco a poco nos fuimos despojando
de la ropa para terminar cayendo desnudos en la cama.
Carlos me poseyó
en el estricto sentido de la palabra, sin darme opción a
movimiento ninguno. Paralizada por su abrazo, con las piernas
levantadas, miré temerosa nuestro reflejo en el espejo, en el
que me vi de nuevo invadida y utilizada. Observé a Carlos y
parecía estar trabajando ausente de mí, sudoroso y
preocupado por el ritmo, poseído de un demonio del que
pretendía liberarse mediante una ceremonia a la mayor gloria
de su placer y de su persona. En su mirada creí ver la
determinación del futbolista por culminar su carrera en las
redes de la portería, esquivando para ello cualquier obstáculo
personificado en un defensa del equipo rival o de su portero. Para
inflingir mayor velocidad a su esfuerzo, el deportista bajó la
cabeza y la escondió a un lado de la mía, a salvo de mi
mirada. Allí se le deshizo el ímpetu, allí se le
terminó la carrera, allí se quedó amarrado a las
mallas hasta que el marcador electrónico lo llamó al
vestuario. Se levantó dejándome las piernas abiertas y
húmedas de sus sudores, abrumada y desorientada, confiscado mi
orgullo y menospreciada mi presencia allí. La convicción
de que mi marido se había masturbado en mi interior hizo que
me sintiera súbitamente sucia, como si el esperma que en otras
ocasiones había recibido con avidez se hubiera convertido en
caldo de colector.
Salió
del cuarto de baño reposado y limpio, sonriente. Sin decir
palabra me dio un suave beso en la mejilla, que yo interpreté
como el gesto del masturbador que cierra su revista pornográfica
para dar por terminada su sesión de placer. Cuando hubo
abandonado la habitación, sólo la rabia me empujó
fuera de la cama, raptándome de la codicia de la tristeza.
La
primera vez que me acosté con un chico tenía 22 años
recién cumplidos. Lo conocí precisamente la noche en
que salí con mis amigas del curso de inglés de la
Universidad de Bradford, en Inglaterra, para celebrar mi cumpleaños.
Era un italiano del sur, alto y fuerte, rubio y con ojos azules: todo
un don Juan, poseedor de la totalidad de los tópicos del latin
lover. Quedamos en
llamarnos la noche siguiente, lo que hicimos para concretar una cita.
La cosa parecía más o menos segura, en el sentido de
que poco haría falta para que yo me dejara seducir por sus
encantos. Pero entre mis intenciones y que esa misma noche un hombre
me desflorase mediaba un abismo. Accedí a que tomáramos
una última copa en su habitación de la residencia –la
mía era de estricto acceso a señoritas–, donde los
acontecimientos se aceleraron sobremanera. Él descubrió
asombrado mi inexperiencia, y he de decir que supo llevar el asunto
con suavidad. Tras largos prolegómenos, consiguió
penetrarme con dulzura y sin dolor, como tampoco fue doloroso el
vaivén de su miembro en mis entrañas en pos de su
placer. Observando que yo asistía impávida a tanta
ceremonia debió de dejarse ir y eyaculó sobre mi
vientre. Me sentí entonces incapaz de articular cualquier tipo
de movimiento, temiendo que ese líquido pegajoso desbordara el
cuenco de mi abdomen. Tomó aliento y, ya más reposado,
me limpió con un pañuelo de papel. Yo accedí al
reflejo irracional de abrazarme a su cuerpo tendido en la cama para
buscar tierna justificación a tan extraño acoplamiento
y su desenlace, a lo que él respondió con una marcada
indiferencia.
Como
debiera ocurrirme en lo sucesivo y durante largos años hasta
conseguir quitarme esa obsesiva obligación de la cabeza en mis
relaciones con el otro sexo, me quedé convencida de que esa
experiencia, para Fabio, estaba siendo más bien poca cosa y
que su ardor necesitaba de mayores placeres. Recuerdo que le propuse
masturbarlo, no sólo para satisfacerle sino también por
curiosidad propia. La verdad es que no sabía muy bien cómo
manejar su miembro para darle placer, pero a fe mía que me
apliqué con empeño al menearlo de arriba abajo. Tal
debió de ser la violencia de mi manipulación que el
joven napolitano se apartó sorprendido y dolorido, terminando
por reír ante mi inexperiencia. Ahora bien, no por eso dejó
de reclamar la satisfacción que mi insistencia había
anunciado. De muy buenas maneras y con la dulzura consabida se volvió
a apoderar de mi bajo vientre para extraer de su suave humedad el
roce que le procuraría el goce.
Esa
primera ocasión sólo sirvió para que desconfiara
de una actividad que mi imaginación había adornado con
letras de oro: ni había disfrutado ni mi experiencia había
sido acrecentada, además de que guardé la convicción
de que Fabio me había utilizado vilmente, sentimiento este que
se vio corroborado cuando mi amante rehusó toda continuación
de trato íntimo que, a la larga, me habría resultado
tremendamente frustrante.
Todo
esto marcó indeleblemente mi posterior relación con los
hombres en el plano erótico. Aún conocería a
otro chico antes que a Carlos, un tal Jaime que se portó muy
bien conmigo, pero a quien tuve que dejar convencida de que lo que
más le interesaba era saciar su apetito: en medio de una total
ausencia de comunión y de la mayor imposibilidad de
comunicación profunda, sólo nos unían su
insistencia y mi relativamente frecuente consentimiento.
Con
Carlos fue diferente desde el principio, sobre todo por la espera a
la que le sometí y que ya he comentado unas cuantas páginas
antes. Ahora bien, no porque mi vida genital se desarrollara a partir
de entonces con periodicidad rutinaria, ya fuera semanal u otra, dejé
de experimentar la misma sensación de desazón al
término de cada sesión erótica. Jamás
llegué a percibir mi cuerpo como capaz de actuar en la propia
búsqueda del placer. Tanto fue así que conseguí
convencerme de que mi satisfacción en el sexo estaba
únicamente determinada por la intensidad del goce de Carlos.
Durante los primeros años aún colaboraba en que él
disfrutara; luego pasé a entender el sexo como parte del
débito conyugal, necesario para el buen funcionamiento de la
pareja. Tal vez provenga de todas estas circunstancias que considere
que la genitalidad masculina sea veleidosa y fútil: la misma
arbitrariedad que determinaba el arranque del deseo conllevaba su
corto alcance más allá de las fronteras del placer.
Así,
no en pocas ocasiones llegué a alegrarme de que Carlos se
hubiera buscado fuera de casa un apaño con Lucía: eso
me eximía de tener que colaborar en un juego cuya recompensa
personal siempre se me antojó pequeña.
Dos
días más tarde recibí en mi móvil una
llamada de Lucía, quien deseaba que volviéramos a
vernos. Podíamos aprovechar e ir juntas a otra pequeña
galería de la ciudad antes de probar suerte en un restaurante
que una amiga le había recomendado.
–
Aunque no sé si Julia y Angela estarán disponibles...
¿Te molestaría que fuéramos solas las dos, tú
y yo? –me preguntó, cauta, lo que no dejó de
sorprenderme, creyendo ver en esa cautela una tímida
exposición de intenciones. He de confesar que me sentí
incómoda; pero correr ese riesgo me permitiría tal vez
adentrarme en la personalidad de Lucía, parte de los objetivos
que me había marcado.
–
No, no, qué cosas dices, cómo va a molestarme... Al
contrario... Si apenas hemos tenido tiempo de hablar de nosotras
mismas...
Lucía
reaccionó con serenidad, mostrando un leve entusiasmo ante lo
que suponía la concreción de un plan que su seguridad
en sí misma ya había dado por hecho. Me propuso quedar
en la cafetería frente a su oficina suponiendo que eso me
serviría para cumplir con parte de la responsabilidad que yo
tenía con la floristería de la franquicia que
representaba en ese barrio. Cuando, ese día, llegué a
la cita, mi nueva amiga me estaba ya esperando. No me dio tiempo
siquiera para pedir algo, so pretexto de que la galería era
muy puntual en su horario de cierre si no había ningún
cliente en su interior.
En
el taxi me contó por encima de quién se trataba: era un
antiguo profesor de Angela en Bellas Artes, que trabajaba en torno al
concepto de poesía visual y de los poemas–objeto que un tal
Brossa había popularizado. Temí demostrar mi absoluta
ignorancia y no pregunté nada acerca de esa poesía
visual, pero en la exposición pude darme cuenta de qué
significaba dicha denominación: grosso
modo, todo consistía
en plasmar de manera gráfica el resultado de la combinación
más o menos afortunada, con un toque humorístico, de
dos o más conceptos. Así, este Obdulio Fernández
(vaya con el nombrecito..., me dije) jugaba muy a menudo con letras,
a las que tocaba con un sombrero, disponiéndolas sobre la
superficie del cuadro de mil maneras distintas. Etcétera. No
me pareció muy ocurrente, la verdad, tal vez debido a mi falta
de costumbre.
Lucía
estaba disfrutando, a la vista de la sonrisa que no dejó de
esbozar durante toda la vísita. En un momento en que nos
habíamos detenido delante de un cuadrito que, bajo el título
de "Idea Visual II", figuraba un sombrero hongo del que
caía una lluvia de piedrecitas con una letra cada una, nos
abordó un joven completamente vestido de negro que había
venido observándonos desde que entramos en la galería.
Preguntó a Lucía si ella era la amiga de Julia, pues la
recordaba de haber hablado con ella en la inauguración de su
exposición. Era por lo visto un compañero de estudios
de la pintora, antiguo alumno él también del profesor
Fernández, y artista en sus horas ociosas.
–
Mi campo es la videocreación, terreno en el que, salvo
Muntadas y alguno más, se hacen pocas cosas realmente
interesantes en este país –nos comentó con la vista
puesta en un lejano horizonte de glorias. Lucía me miró
de soslayo con una sonrisa en los ojos, que no hizo sino confirmarme
la personalidad advenediza del chaval. Con una entonación
digna de la mayor de las admiradoras del artista, mi amiga le
preguntó que qué le parecía la exposición.
El joven tomó aire, se rascó la lampiña barbilla
y el cogote, y contestó no sin haberse estirado previamente:
– Creo que el lenguaje
de Obdulio roza con esta su última producción el
paroxismo expresivo que sólo podemos encontrar en pocos
artistas de su generación.
Mi amiga me miró
con complicidad, aprovechando que el joven artista se había
quedado absorto rascándose de nuevo la barbilla. Nos sonreímos
y, despidiéndonos de nuestro interlocutor y del encargado de
la galería, salimos a la calle, donde sucumbimos a un ataque
de risa. Cosa que, para ser sincera, no sólo distendió
mucho el ambiente, sino que me evitó tener que dar mi opinión
sobre lo que habíamos visto.
–
Espero poder resarcirte de la baja calidad de la exposición
con el restaurante –se lamentó Lucía sin perder la
sonrisa–.
El
camarero nos acompañó a la mesa que había
reservado para nosotras y nos propuso un aperitivo mientras
escogíamos en la carta. El local era muy agradable, con una
luz muy buen dispuesta, así como una cuidada selección
en los adornos de plantas y flores. Sonaba de fondo una muy suave
melodía de violines, un cuarteto de cuerda debía de
ser. Me sentí súbitamente a gusto y no pude por menos
que esponjarme en mi silla, como si mi cuerpo quisiera demostrarle a
mi pensamiento su autonomía.
Durante
la cena hablamos mucho de la vida que habíamos llevado desde
los tiempos del instituto. Coincidimos, en nuestros respectivos
relatos, en haber viajado a países de habla inglesa para
aprender el idioma. Pero en nada más, pues mientras el ámbito
de Lucía había sido estrictamente urbano, en torno a
centros de negocios y grandes escuelas de finanzas, yo me había
formado en escuelas siempre localizadas en el exterior de las
ciudades. Tal vez de ahí hubieran dependido también
nuestras diferencias en materia de ocio, en gustos y aficiones.
Lucía
desmadejaba el intricado relato de su vida con mínima
afectación, dotándole de tanta normalidad como si se
tratara de una excursión de boyscouts. Y no por mucho indagar
con todos mis sentidos a pleno rendimiento logré descubrir un
mero asomo de conmiseración al referirse a sus relaciones de
pareja o a su pasado proyecto de matrimonio.
–
Convinimos en que sería lo mejor para ambos: tras convencernos
de que de nuestra inicial intención de casarnos sólo
quedaba el aspecto social nos separamos. Él lleva ahora casado
más de cinco años, y cuenta con dos niños en su
haber. ¡Buen ritmo, desde luego!
Dijo
no arrepentirse nada de la decisión tomada, puesto que las
obligaciones de la vida en pareja casarían mal con su estilo
de vida actual, acostumbrada como estaba a una independencia que
había conseguido a fuerza de imponerse a una familia, la suya,
de corte más bien tradicional. Ni su trabajo, ni el cuidado
que decía poner en cultivar sus numerosas amistades, le
hubiesen permitido cuidar de un matrimonio que, en caso de haberse
consumado con el novio de quien me había hablado, habría
resultado excesivamente asfixiante. Yo creí poder colegir que
en ese momento no estaba saliendo con nadie, lo que le pregunté
con el mayor tacto de que fui capaz.
–
De hecho sí; estoy saliendo con una persona que me resulta muy
beneficiosa en unos planos, pero muy peligrosa en otros...
Retiré
rápidamente los ojos de su mirada firme, como para abortar
cualquier posibilidad de esbozar siquiera un gesto de interrogación
ante tal indefinición por su parte. Aunque casi quedé
convencida de que en caso de mantener una relación
heterosexual habría dicho 'con un hombre' en lugar del
escapista 'con una persona', que no hacía otra cosa más
que echar una cortina de humo.
–
Pero, ¡basta ya de hablar de mí, que vas a pensar que
soy una ególatra! ¡Por favor, qué poca modestia
que demuestro! ¿Y tú?, cuéntame, ¿qué
tal te sienta la vida de casada? Seguro que bien, con ese marido tan
encantador que tienes...
Esperé
unos segundos antes de contestar, que me torcieron el gesto pasando
de la dulzura a la gravedad. La llegada del maître,
quien quería conocer nuestro punto de agrado, vino a salvarme
de poner en palabras mi descontento, llevada por el tono de
confidencia que Lucía había sabido imponer a la
conversación. Mi amiga elogió el servicio y la cocina,
y aseguró haber quedado muy satisfecha con su elección.
Ese mero con gratén de almendras le había parecido
exquisito, y añadió que su amiga no había
quedado menos contenta con sus medallones rellenos. Yo me limité
a asentir con una sonrisa melancólica, que satisfizo al
camarero e instauró un clima un tanto melodramático en
la mesa cuando se hubo marchado. Lucía me acarició la
mano con suavidad exquisita al tiempo que me ofrecía una
mirada de empatía, inteligente, desprovista de toda carga de
compadecimiento. Casi me sentí culpable al ser merecedora de
tanta confianza, pues no dejaba de ser mi actitud una puesta en
escena, una exageración de un estado de ánimo, que rara
vez afloraba a mi expresión.
Nos
levantamos en silencio, y calladas llegamos hasta la salida, donde me
volví hacia atrás para ver cómo se despedía
Lucía del camarero jefe. Y fue esa sonrisa luminosa acompañada
de la mirada profunda de mi amiga, a la que se debía de haber
enganchado mi marido. Era ella una persona cercana, de trato afable,
que otorgaba a quien le hablaba confianza y calidez. Incluso caminar
en silencio a su lado imponía seguridad.
Me
propuso que tomáramos algo, pues sentía que la velada
no se había terminado todavía.
–
En esta zona hay muchos bares y muy buenos, pero tal vez nos apetezca
más tomarnos una copa en mi casa, que está aquí
cerquita...
Acepté
con la curiosidad encendida por ver dónde y cómo vivía.
Mi trabajo me lleva a considerar la manera en que una persona decora
su casa como una extensión de su personalidad. Y lo que es
más, el trato que la gente mantiene con las plantas en su
casa, el lugar que estas ocupan en la misma, es revelador.
El
piso era más sencillo de lo que yo esperaba para la hija de un
gran empresario. Tan sólo se sentía la familiaridad con
el lujo en algunos objetos sabiamente dispuestos; o en la profusión
de grandes libros de arte, que yo siempre atribuí a la alta
burguesía ilustrada; o en la composición de la pequeña
bodega acomodada en una despensa aneja a la cocina. Tan sólo
disponía de dos habitaciones: su dormitorio, marcado por la
solemne presencia de una enorme cama, y el de los invitados, que un
precioso armario de cerezo iluminaba con su brillo. Mi amiga había
rechazado las ventajas de la posición económica de su
padre para construirse un alojamiento más acorde con su
independencia.
En
cuanto a las plantas, el salón estaba engalanado por un
estupendo ramo de rosas rojas, conspicuamente dispuesto en un jarrón
encima de un mueble. Y justo delante de la puerta del balcón
que daba a la calle, un enorme ficus mostraba agradecido el cuidado
que Lucía le dispensaba. En la barandilla del balcón
tres macetas con geranios, que ya en aquella altura del año
dejaban entrever unos brotes llenos y cargados, que debían
eclosionar en cualquier momento para provocar la explosión
roja de su contemplación al subir la persiana todas las
mañanas.
Bebimos
un cava muy seco con fruición de náufragos, riendo por
encima de la música que sonaba en su equipo ultra sofisticado.
Un piano y un cello se disputaban el protagonismo de una melodía
vivaracha. Por segunda vez en esa noche me sobrevino un arranque de
bienestar, violento, casi de arrobo místico. Le dije a Lucía
que tenía que dejarme ese disco, que era precioso. Me alcanzó
la caja justo cuando empezaba a sonar la segunda pista, que era un
movimiento lento. Lo saboree llenándome la boca de cava, con
el olfato invadido por el picorcillo agradable del gas. Imaginé
escenas de gloria, momentos de delectación extrema llevada por
la música, que ni siquiera la nostalgia del cariño de
Carlos vino a enturbiar.
–
Te agradezco mucho que me hayas invitado a cenar esta noche, Lucía
–le dije sinceramente emocionada, sin fingimiento alguno–. Estoy
verdaderamente bien, no sé, como drogada, como poseída
de una sensación de bienestar, de una sensación de
armonía con el mundo que hacía mucho tiempo que no
experimentaba. Debe de ser este cava tan rico que me estás
dando... O la música... O todo a la vez. Sería tan
feliz si pudiese disfrutar de momentos como este en mi vida de todos
los días... No sé, a veces tengo la impresión de
haber malgastado gran parte del tiempo vivido, de no haber
aprovechado esas cosas que podrían haberme hecho un poco más
feliz..., como la música, como el arte.... No sé...,
como que no he cultivado lo suficiente ese aspecto de mi persona, del
que me siento llena, del que me siento pletórica en momentos
como este.
Lucía
me miraba fijamente, estudiando tan pronto mi mirada como el
movimiento de mis labios. Durante unos segundos nos mantuvimos
mirándonos: ella con una sonrisa de orgullo ante mi arrobo, yo
con un interrogante que necesitaba ser despejado.
–
Es una pena que trabajando rodeada de la delicadeza exquisita de las
plantas y de las flores no hayas conseguido poblar tu vida de
belleza. Es incluso extraño que, viendo tu extrema
sensibilidad, viendo tu capacidad de éxtasis, no te hayas
dedicado en cuerpo y alma al arte.
Recibí
esas palabras con un agradecimiento enorme, que casi me hizo llorar.
Me sentí tan segura de su sinceridad que algo se rompió
en mi interior para desbordarse en mis ojos. Asomó una frágil
lágrima, amplificado su brillo por una sonrisa grandiosa que
yo no ordené, que ninguna intención había
determinado. Lucía acercó su cuerpo al mío en el
sofá y me acarició la mejilla con la mano. Tenía
la sensibilidad a flor de piel, y besé emocionada la palma de
esa mano tan suave y olorosa. Nos abrazamos y nos besamos en las
mejillas, ella sonriente, yo temblando como un pajarito entre sus
brazos, esbozando tímidas excusas por mi actitud.
–
Chica, de verdad, no sé qué me pasa...
Lucía
me miró con dulzura y me besó largamente en la frente.
Debí de sonreír beatíficamente, pues recuerdo
que casi rompo a llorar cuando, desde la frente, trasladó sus
labios hasta los míos. Sus besos cortos al principio se iban
alargando a medida que recorrían toda la longitud de mis
labios, entre una comisura y otra. Poseída por el arrobo, puse
mis manos en sus mejillas y abrí ligeramente la boca para
acariciar sus labios. Tuve ganas de desnudarme y de darme a ese
cuerpo en que me veía reflejada; esos brazos, esas caderas,
esas piernas que deseaba besar y acariciar como si besara y
acariciara mis brazos, mi cadera, mis piernas... Nos abrazamos
estrechamente y sentí mis pezones tiesos bajo la blusa,
oprimidos por los de mi amiga, que enseguida rocé con mi mano,
ávida de exploración y de conocimiento. Me besó
las sienes y los ojos, me acarició el cuello y la nuca...
Hasta que algó se despertó en mí para avisarme
de que estaba bajando demasiado la guardia, que me estaba dejando
llevar por una sensualidad extrema a la que rara vez me había
abandonado antes. Tímidamente me pregunté que qué
estaba haciendo, al tiempo que con la mayor tranquilidad y bienestar
del mundo reposaba la cabeza en el hombro de Lucía.
–
Creo que será mejor que me vaya...
–
Sí, tal vez tengas razón.
Deshicimos
el abrazo y le pedí permiso para ir al cuarto de baño,
que me mostró con la mano. Ante el espejo me palpé la
cara, que ardía completamente enrojecida. Mantuve el reflejo
de mi mirada y, lejos de la buscada reprimenda que hubiese anunciado
el subsiguiente perdón de la culpa, sonreí. Estaba
abotargada, incapaz de pensar.
Lucía
me acompañó a la calle para ayudarme a encontrar un
taxi. Enseguida salimos a una gran avenida poblada de árboles
y de fragantes jardines. Acababa de llover, y un profundo olor a
tierra mojada se imponía sobre el habitual de los tubos de
escape. La noche era oscura, y agradecí la cercanía de
la mano de mi amiga, de la que apenas recogí un par de dedos.
Un taxi apareció con su lucecita verde y levanté el
brazo para detenerlo. Miré a mi acompañante con
dramática expresión, que ella deshizo con un tierno
beso en los labios.
–
Adiós.
Hice
todo el trayecto ensimismada, con doble miedo a las consecuencias de
lo hecho y a que no se repitiera. Pero me auscultaba las entrañas
y me sentía dichosa, sin duda alguna. Ya en casa logré
no despertar a Carlos al acostarme, y ni siquiera sus ronquidos
disiparon mi alborozo. Tardé horas en dormirme, pues desde que
conseguí salir de ese marasmo emocional para analizar lo que
había ocurrido, las ideas me venían en tromba a la
cabeza, impidiéndome olvidarme de mí misma.
Era
perfectamente consciente de haber fracasado en parte de mis
objetivos, pues no sólo no había logrado hacer
inteligibles las razones de mi marido para acostarse con Lucía,
sino que yo había sucumbido ante una indefinible e inesperada
sensualidad. Tal vez en eso consista el amor, me dije, en no poder
razonar los motivos del bienestar de una.
Me
dormí temerosa de mi incapacidad para controlar mis propios
impulsos, nerviosa. Desperté con el día clareando por
entre la persiana, con una sensación de plenitud provocada por
las arenas movedizas de mi sueño, que me habían
engullido hasta la profundidad de no sé qué paraíso
desconocido...
Pero
no sólo era ese el motivo de mi preocupación: también
estaban mis prejuicios eternos contra la homosexualidad.
Esa
misma tarde asistí con mi madre a un recital de lieder y
diversas arias interpretadas por una soprano de nacionalidad belga,
acompañada por un pianista de la ciudad. Recuerdo que, durante
la emotiva interpretación del "Mi
chiamano Mimi",
de Puccini, observé la expresión de la cantante, presa
de la concentración y del lirismo de la pieza. Su amplio
escote anunciaba un regazo generoso y confortable, que debía
de procurar una cálida sensación de sosiego mientras,
al acariciarlo, su propietaria se deshacía en las mismas
sonrisas que en ese instante estaba ofreciendo al público como
agradecimiento por su ovación. Me sorprendió que
afloraran a mi mente tales pensamientos, que nunca hasta ahora habían
tenido el arrojo suficiente para abrirse camino entre la oposición
de todos mis principios. ¿Acaso algo había cambiado en
mí para que esas sensaciones se manifestaran en modo que nunca
el pasado igualara? Me convencí de que esa capacidad de
apreciar la belleza había existido siempre en mi persona en
estado de germen, en estado seminal, que sólo necesitaba el
banderazo de salida para zafarse de la resistencia de mis prejuicios.
Y eso lo había provocado Lucía con su conversación,
con sus caricias, con su presencia todavía tan viva casi 24
horas después de haberme separado de ella en esa húmeda
avenida de la noche.
Esperando
al ascensor me encontré con Carlos, que volvía de la
oficina. Frialdad absoluta durante la subida al piso; desapego
completo por mi persona; desdén manifiesto, en general. Me
asaltó un devastador sentimiento de culpa.
–
Carlos, tenemos que hablar.
–
Lo siento, pero no tengo tiempo ahora. Me voy corriendo porque he
quedado para cenar. Otra vez será...
Le
pregunté que con quién había quedado, temerosa
de que Lucía se repartiese entre nosotros dos.
–
¿Acaso te he preguntado yo qué hiciste anoche? Pues
bueno; dejemos las cosas como están... –añadió,
subrayando la violencia de su acento cerrando con fuerza la puerta
del vestidor tras de sí. Me quedé pasmada ahí,
de pie, en mitad del salón, como esperando a que una
iluminación me sacara de mi marasmo y me ayudara a comprender.
Cuando Carlos apareció de nuevo con un rebuscado toque
informal en su atuendo, yo ya me había sentado ante la ventana
que da a la calle, donde el atardecer se desgranaba en mil tonos
pastel. Me indicó que, aunque no llegaría muy tarde, no
le esperara levantada. Y se fue.
Empecé
a cargarme de inquina contra Lucía, convencida de que Carlos
no podía verse con nadie más que con ella. No sólo
había logrado seducirme a mí y sacado partido de mi
ternura, sino que también se aprovechaba de mi marido. Doble
juego, doble pose, doble impostura que desvirtuó por completo
las cualidades que tanto había apreciado en su persona.
Humillada, en lo más profundo del embudo del desasosiego, creí
mi felicidad terminada y rota mi vida, condenada a vagar por un
bosque seco y sin sentimientos, que sólo podía dar
salida a la más árida llanura en que me derrumbaría
presa de la sed, víctima de la nostalgia.
Sonó
mi teléfono móvil dentro del bolso, y lo dejé
desgañitarse, hasta que se cansara quien estuviera llamando.
Tanta insistencia me irritó, y corrí para apagarlo o
para atenderlo. El número impresionado en la pantalla no
estaba registrado, y me asaltó la curiosidad. Lucía.
Tensión. Respiré sabiendo que, por lo menos, Carlos no
estaba con ella.
–
Escucha, Marga: me gustaría mucho verte otra vez. Y espero que
sea pronto. Cuanto antes mejor, pues tengo miedo de que lo que pasó
ayer te haya incomodado y se te hayan quitado las ganas de volver a
verme... Lo siento, de verdad, siento haberme dejado llevar de esa
manera...
Había
en la voz de mi amiga tanta dulzura, tanta sinceridad para
convencerme de que le importaba más lo que yo sintiera que la
satisfacción de su deseo, que experimenté una muelle
ternura, semejante al dejarse hundir en la bañera llena de
agua caliente y jabonosa. Por eso, cuando me dijo que eso no volvería
a ocurrir, yo le dije, haciendo acopio de todo el valor que poseía
en esos momentos tan emocionados:
–
Pero... a mí sí me gustaría que eso volviera a
ocurrir...
Lucía
calló. Sólo oía ahora el zumbido electrónico
del teléfono móvil y mis palpitaciones, que acentuaba
la presión del auricular sobre mi oreja. Me preguntó si
de verdad deseaba que nos viéramos otra vez, y yo le dije que
sí, que cuanto antes mejor.
En
el trayecto en el taxi me esforcé en acallar el estruendo de
la lucha que se estaba desatando en mi interior. Por una parte, la
esposa se debatía entre la culpa y la liberación; por
la otra la heterosexual convencida intentaba sobreponerse a sus
prejuicios. Estaba muy nerviosa cuando llegué a casa de Lucía.
Me
abrió la puerta con una amplia aunque reservada sonrisa,
atenta a la reacción que pudiera ver en mí. Suspiré,
como tomando fuerzas antes de cruzar la frontera que separaba una
vida de otra; una vez dado el primer paso dentro de la casa de Lucía
creí entrar en un mundo diferente y sin retorno posible. Se
cerró la puerta detrás de mí y me dio la
sensación de que los objetos del recibidor cobraban vida,
iluminados por la relación que yo establecía entre
ellos y esos primeros besos con mi amiga.
–
¿Te apetece tomar algo? –preguntó, denotando
tranquilidad–. ¿Qué te parecería que
abriéramos otra botella de ese cava que te gustó tanto?
Yo
no hice más que asentir, presa de un extraño
ensimismamiento. Pasamos al salón y nos sentamos en el mismo
sofá que presenciara nuestros abrazos de la víspera.
Lucía preparó una enorme cubitera llena de hielo sobre
la mesita baja, en la que metió la botella para que alcanzara
la temperatura ideal. Esperando esto, se hizo un incómodo
silencio entre nosotras, que yo creí poder abortar adelantando
la apertura del corcho. Mi amiga detuvo mi mano, asegurándome
que sería mejor esperar todavía un poquito más,
que ni siquiera mi mano se había enfriado al contacto con la
botella. Acto seguido se la llevó a la mejilla, para comprobar
su afirmación, y para que yo me diera cuenta de cuán
ardiente estaba. Acaricié su mentón y la grácil
línea de su mandíbula; pasé el dedo índice
por entre sus labios, que ella abrió lo justo para imprimir un
leve beso. Retomé la caricia de su mejilla, como si ésta
fuera un punto de anclaje a partir del cual pudiese acercar mi barca
a su orilla. Nos aproximamos la una a la otra y nos abrazamos con
decisión, convencidas de la necesidad de tal acto.
Permanecimos largo rato así, como si con ello fuéramos
a despachar toda la tensión acumulada. Conseguí calmar
un sí es no es mi nerviosismo y mis temblores de doncella
enamorada, que Lucía supo apreciar con una mirada comprensiva
y sonriente. Nos besamos, primero con cuidado, para después
dejarnos llevar por la avidez absoluta de la otra. Labios, mejillas,
ojos, frentes, cuello, escote, pechos... Nos besamos como si no
hubiésemos deseado otra cosa en toda nuestra vida. Empezamos a
desnudarnos, primero con timidez, luego con la urgencia que da el
deseo. Cuando Lucía descubrió mi íntima humedad
me pidió que fuéramos al dormitorio, que allí
estaríamos mejor. Sentadas en la cama, me desnudó del
todo, y, despojada por completo de barreras externas, me detuve en
observar la desnudez de mi amiga: no era el suyo un cuerpo perfecto,
modelado en gimnasios, pero era grácil y elegante de
movimientos, que atraía la caricia curiosa y la incitaba a
permanecer en su contacto. Nos besamos y abrazamos durante largo
tiempo, que Lucía marcaba con el vaivén de su cadera,
presa de una ciega excitación. Empezó a masturbarme con
la mano y, súbitamente, me sentí incómoda; no
porque repudiara el contacto femenino allí, en lo más
íntimo, sino que no me sentía preparada todavía
para dejarme llevar por una mujer en el terreno sexual: me faltaba
confianza. Ella lo aceptó de buen grado y siguió
abrazando y besando, devolviendo caricias y acomodando su mano a mis
redondeces. Estábamos pegadas la una a la otra, sentadas de
nuevo sobre la cama, cuando entre jadeo y jadeo Lucía me
preguntó que si me importaría que se masturbara. Le
dije que no, que todo lo contrario, que quería verla gozar.
Conforme se aceleraba su paroxismo yo insistía en mis besos y
en mis abrazos, hasta que explotó con su boca pegada a la mía.
Se me derrumbó entre los brazos, preciosa, como un querubín
en éxtasis de Dios.
–
¡Ay, qué sed tengo...! –exclamó con languidez.
Me levanté y me acerqué al salón en busca del
cava. El hielo se había derretido por completo y la botella
nadaba entre el agua ya calentucha. La cojí y, con ella en la
mano, le dije desde el quicio de la puerta:
–
Esto ya no sirve para nada...
Nos
quedamos mirándonos fijamente durante un ratito para explotar
en carcajadas.
Nos
levantamos para cenar algo, cosa que hicimos medio desnudas, en el
sillón, en una distensión que me hizo olvidar todo lo
que no existiera fuera de las paredes de su casa. Tanto fue así
que permití que se hicieran las dos de la mañana,
dejando de lado que al día siguiente tuviese que acudir al
trabajo. Me vi a mí misma regresando a mi cama de matrimonio,
intentando no hacer ruido para no despertar ese cuerpo indolente y
egoísta que era el de Carlos, y me sobrevino una súbita
inquietud, un miedo a volver a esa rutina dolorosa del enfrentamiento
silencioso. Y yo estaba pasando la noche con su antigua amante...
–
Tengo que decirte algo muy importante, Marga –me dijo en un tono
serio que aún no había conocido en ella–. Tengo que
confesarte algo que creo que no va a gustarte...
–
Creo que ya sé a qué te refieres.
–
¿Cómo? ¿Cómo que ya lo sabes?
–
Quieres hablarme de Carlos, mi marido, ¿verdad?
Lucía
se quedó con la mirada puesta en mis ojos, en busca de
inspiración. Debía de estar preguntándose en
esos momentos que cómo podía acostarse una mujer
engañada con la amante de su marido consciente del engaño.
Cómo hacerlo sin poseer la sangre fría que le
posibilitase soportar la humillación a la espera de poder
inflingir un duro golpe de desquite. Debió de sentir miedo,
seguro; miedo de que todo no fuera más que una farsa que me
facilitase el camino a la venganza.
–
Tú ya lo sabías...
–
Sí, ya lo sabía. Y déjame contártelo
todo, porque nada ha salido como yo esperaba. Desde ese almuerzo
organizado por la empresa, yo sospechaba que Carlos se entendía
con alguien. Por un descuido suyo supe que eras tú (y le conté
el truco de la última llamada en el teléfono), e hice
que os investigara un detective. No contenta con conocer la verdad,
quise averiguar qué empujaba a Carlos a acostarse contigo, qué
atractivo veía en ti para que deseara tenerte cerca; debía
de ser algo que yo no poseyera. Así que tomé la
determinación de acercarme a ti para saberlo, con el único
objeto de conocer las necesidades de mi marido. El resto... bueno,
pues ya lo sabes...: me he dejado llevar... Mientras con Carlos las
cosas van de mal en peor, sobre todo a raíz de mis últimas
sálidas nocturnas, contigo me he encontrado bien: me he reído,
me has abierto las puertas de nuevos mundos que yo no había
visitado y que estaban allí cerquita... Y no me refiero a la
cosa sexual... No, no. Aunque a eso también. Han
coincidido..., te lo aseguro, Lucía, todo esto es verdad, y si
te lo cuento es porque no podía seguir con la mentira más
allá. Han coincidido tu aparición benefactora con una
serie de decepciones de mi vida con Carlos; me sentía
totalmente falta de cariño y atención, y has venido tú
ofreciéndome lo que no te pedí... Y yo necesitaba ese
afecto, aunque contraviniese mis principios, te lo confieso...
Lucía
parecía perder por momentos la serenidad, aunque esto sólo
se manifestara en un suspiro emitido mirando al suelo.
–
No debes, no puedes sentirte traicionada –le dije con aplomo–:
eres tú quien se ha acostado con los dos; eres tú quien
tiene la sartén por el mango...
–
Sí, en eso tienes razón. Pero yo no lo he calculado
todo maquiavélicamente; no he sido yo quien ha jugado con los
sentimientos de alguien para saber de qué pie cojeaba el otro.
No soy yo quien se halla en una posición de ventaja, utilizada
como vara de medir tu amor por tu marido... Puedo parecer frívola
a veces, pero estas cosas me duelen...
–
Te prometo, Lucía –le dije con mi mirada firme en la suya–,
te prometo que esto no estaba calculado. No esperaba que nos
acostáramos, ni que nos besáramos siquiera... Todo esto
ha sido algo inesperado para mí... Me he dejado llevar..., me
he dejado llevar..., y no me arrepiento de haber llegado hasta donde
he llegado: te aseguro que no he pensado siquiera un momento en otra
cosa más que en besarte y en abrazarte mientras lo he hecho.
Ni por asomo me ha venido mi marido a la mente... Esto no ha sido
calculado, Lucía, esto no lo había previsto... Y me
alegro de que no haya sido así.
Mi
amiga se levantó de su asiento y anduvo inquieta por el salón.
Encendió un cigarrillo del que dio enérgicas chupadas.
–
Sí, bueno, pero tú ahora volverás a casa, a tu
maridito y a tu vida de mujer respetable y..., fin de la historia.
"Gracias por habernos ayudado a descubrir cuánto nos
queríamos, Lucía. Has salvado nuestro matrimonio."
Y basta. No es la primera vez que me pasa esto, te lo aseguro.
–
Bueno, y ¿por qué no das tiempo al tiempo y esperas a
ver qué pasa...? –le dije, conciliadora.
–
Porque no puedo. Porque siento la urgencia de saber qué va a
pasar. Porque me da miedo pensar que voy a amarte y que te perderé
después de haberte intentado convencer de que mi amor es tan
bueno como cualquier otro. Porque necesito amar, necesito querer ...
–
Pero, tú tienes también a Julia, con la que existe
tanta complicidad y todo eso..., ¿no? –le espeté con
el ánimo de corregirla.
–
Bueno, Julia... Ya le oíste el otra día sus
consideraciones sobre el amor...
–
Sí, de acuerdo. Pero todo eso no es más que fachada,
¿no crees?
–
Sí, tal vez, pero Julia es joven todavía y no ha
aprendido a amar. No es la mujer que me conviene en estos momentos...
–
No me dirás ahora que quien te conviene soy yo...
–
No lo sé, tal vez no. Que me convenga una mujer casada... , lo
pongo muy en duda. Pero... , sólo haría falta que
quisieras que nos siguiésemos viendo para que me enamorase de
ti como una colegiala. Te lo aseguro, Marga.
No
supe qué contestar. Le di un corto beso y callé. Me
lavé, me vestí y anuncié que me tenía que
ir. Lucía quiso acompañarme y le dije que no era
necesario; y sonriendo, añadí que sería bueno
que me fuera familiarizando con el camino, para ser capaz de hacerlo
sola en un momento dado. Ella no sonrió, sino que recibió
la frase con el aplomo de quien está acostumbrado a bregar con
la ironía y el cinismo. Me hice una tan dolorosa composición
de la vida que habría vivido Lucía en ese mundo de
intrigas y traiciones, de superficiales pasiones pronto agotadas, de
grandes palabras borradas por la contingencia, que en el pasillo que
llevaba a la puerta me volví para besarla larga y dulcemente,
con la vana intención de resarcirle de todas esas
preocupaciones a las que yo había sumado mi entrada en su
vida, aunque fuera anecdótica.
–
Yo no voy a dejar de verte por esto, Lucía, te lo prometo.
Una
vez en la calle me asaltó de nuevo el olor a tierra mojada de
la gran avenida nocturna. Pasaban pocos coches y era tan intensa la
fragancia de temprana madreselva que destilaban los jardines que
parecía que el aire vibrase como si un grupo de palomas lo
atravesara. De lejos vi un taxi libre. Levanté la mano y el
chófer apagó inmediatamente la lucecita verde. El
tiempo pareció detenerse hasta que el automóvil llegó
a mi altura; cuando el taxista me abrió la puerta yo me sentía
rejuvenecida, fortalecida por tan fértil aire de la noche.
Lucía.
Carlos
y yo nos fuimos distanciando de manera evidente, sin duda debido a la
despreocupación que empezaba yo a mostrar ante sus cada vez
más frecuentes ausencias. Estaba claro que había
encontrado un nuevo acomodo para sus instintos y que ya no me
necesitaba en ese sentido; pero no por eso dejamos de presentarnos
ante los demás como la jovial pareja que siempre habíamos
formado. Nuestros padres eran los primeros destinatarios de esa
fachada, siempre vigilantes de que la felicidad de sus vástagos
discurriera por los canales habituales.
Mi
despreocupación se debía también, qué
duda cabe, a que mis encuentros con Lucía se hubieran
convertido en algo habitual. Ya no me enfrentaba a su intimidad con
el candor que caracterizó los primeros compases de nuestra
relación –término que acepté emplear en mis
soliloquios tras no pocas peleas internas–, sino con el arrojo de
quien sabe que en ello le va el amor propio, la propia dignidad, y,
lo que empecé a considerar más importante, el placer de
vivir. Por fin me concedía la posibilidad –intermitente, eso
sí– de disfrutar sin tapujos de la sexualidad, concibiendo
el placer sensual como un valor absoluto y libre de ataduras morales
que lo limiten. Con Lucía aprendí a servirme de mi
cuerpo sin tener que apagar del todo la cabeza: la única
diferencia era que, por fin, la construcción de mi
personalidad sexual dejó de decidir que el placer sólo
debía llegarme por la valiente entrada de un pene en mis
entrañas.
Sin
embargo, lo más determinante en lo que pasaré a
denominar como "mi nueva posición", fue una
conversación que mantuve con mi madre en el apogeo del
distanciamiento entre mi marido y yo.
–
Oye, ¿ya te has enterado de lo de Encarnita la de Millán?
–me dijo con su típico tono entre confidencial y
conspirador–. Pues resulta que la vieron los de Rodríguez
besándose con una chica en la calle. Qué desfachatez,
desde luego. Que a la niña le gusten las mujeres, pase; pero
de ahí a mostrárselo a todo el mundo... ¡Como si
fuera algo para presumir...! Bueno, la cuestión es que sus
padres se han enterado, y... qué quieres que te diga: están
indignadísimos...
–
Bueno, Mamá, tampoco creo que sea para tanto... hoy en día
eso es de lo más normal como para que alguien se siga
escandalizando...
–
Ca, quita, quita. Una cosa es que aceptes lo que pase en el mundo, y
que lo aceptes porque no te queda más remedio; y otra muy
distinta es que esto suceda en tu propia familia. ¡Hay que ver!
Con lo buena chica que ha sido siempre Encarnita y ahora resulta que
ha salido virago... No, si no es que yo esté contra estas
cosas... Lo que es inadmisible es que una mujer de su edad no se dé
cuenta de que está haciendo el ridículo con esas
tonterías. Dime tú qué adelanta esta Encarnita
teniendo líos con mujeres...
Mi
madre dejó de aparecérseme como la figura que emite
juicios desde la altura que su posición familar le otorga, y
que los hijos aplicamos como agentes judiciales, para antojárseme
como una simple emisora de prejuicios inamovibles. No sé si
todo esto se debía a la saludable influencia de Lucía o
a que mi vida conyugal llevaba cierto tiempo discurriendo por
terrenos más bien resbaladizos. Lo cierto es que en ese
momento me sentí muy lejana de mi progenitora, como si creerme
víctima potencial de esos comentarios despectivos me hiciera
ver la injusticia de los mismos; y como si al sentirme menospreciada
indirectamente por mi madre, de quien durante tiempo había
seguido convencida los consejos, necesitara sustraerle toda su
autoridad para proteger mi endeble identidad de esos ataques. Me
sentí tentada de espetarle a la cara que su hija, esa buena
chica que jamás les dio un enojo ni provocó escándalo
alguno, se acostaba con mujeres, de cuyos jugos se llenaba la boca
ávida, y que se restregaba las tetas en sus nalgas.
Pero
no era necesario, ni útil. Sobre todo porque atacar
frontalmente los esquemas que mi familia había intentado desde
siempre inculcarme me habría parecido una actitud beligerante
que no iba para nada con mi concepción de la relación
con Lucía. No quería hacer de ella ni una toma de
posición ni una protesta ante el convencional orden impuesto.
Sólo deseaba disfrutar; y aunque tuviera que esconderme de
todo y todos para ello, así lo haría: lo que menos
deseaba en el mundo era que el exterior se colase en mi esfera íntima
para decidir cómo y por qué tenía que disfrutar.
“Lo personal es político”, me aseguró una vez una
feminista; decidí, no obstante, que mi política fuera
aliada de la discreción.
Me
fui de casa de mi madre con la seguridad de estas reflexiones, pero
con un puntito de inquietud que sólo podía atajarse en
la intimidad de los abrazos de Lucía. Esperé en su casa
a que llegara de no sé qué reunión de la empresa
de su padre, con el ánimo a cada minuto más encendido
por la inminencia del placer. Recordé un partido de tenis
jugado sobre una pista recubierta de plástico; tras una hora
aproximada de juego mi cuerpo se había cargado de tal manera
de electricidad estática que, antes de llegar a tocar siquiera
la mano de mi contrincante al término del set, se estableció
una intensa corriente entre los dos, golpeándonos con un
calambre inaudito. Así recibí a Lucía cuando
entró, electrizada por el ansia de su caricia.
Creo
que a esas alturas de nuestra intimidad ya había logrado
disociar la violencia del deseo con su efecto reparador. En un
principio, intenté justificar mi querencia a Lucía con
la experimentación de un gran número de orgasmos,
verdadera necesidad en que se había convertido antes de la
absoluta sublimación de mi sentimiento de culpa. Más
tarde conseguí mantener un suave y agradable control sobre el
imperio férreo de esa necesidad, conduciendo mis transportes
más sobre un muelle camino de roces y alientos que sobre una
abrupta pista de montaña que se desea abandonar con prontitud.
La satisfacción del deseo, que no se traducía ya
necesariamente en la explosión del orgasmo, era más una
sensación ascendente que otra cosa; más una plenitud
que un vacío. El post-coitum
no me convertía en un animal triste, sino pletórico.
Pero
todo esto no me impedía abandonarme a la
petite mort –como leí
en un magazine femenino– con cierta frecuencia; no consistía
esa nueva sensualidad mía en un dogma de fe. Lo que sí
que es cierto es que al suavizar sus consecuencias nerviosas conseguí
acrecentar la carga erótica (intelectualizada, me atrevería
a decir) del sexo. Vi en ello tanta diferencia con mi experiencia
heterosexual, casi siempre centrada en una sumisión más
o menos encubierta, que todas las muestras evidentes de masculinidad
agresiva se me hicieron poco soportables. Así, cuando
sorpendía por la mañana a Carlos desnudo en el cuarto
de baño, con el sexo enhiesto ante el espejo, con tal
profusión de vello, me felicitaba del refinamiento del cuerpo
femenino y su mayor distanciamiento de la naturaleza ruda y salvaje.
O ante la contemplación de sus músculos tensos tras el
esfuerzo en la bicicleta estática de la terraza, que tanto
excitaba antes mis deseos de ser
poseída, no podía
evitar un acceso de asco. Todo ello no sé si se debía a
una verdadera y ya epidérmica repulsión a los atributos
masculinos, o más bien a una cierta pose distante y desdeñosa
de quien está seguro de detentar el monopolio del buen gusto,
considerando cualquier muestra de fuerza bruta como la suma de la
vulgaridad. En esa actitud estetizante reconocía el influjo de
Lucía, tan refugiada en su dandismo.
Dos meses más
tarde aproximadamente, conseguí que Lucía se tomara
unas pequeñas vacaciones para acompañarme a un
encuentro de artistas florales en Palma de Mallorca. En realidad, las
obligaciones adquiridas con la organización del evento no me
robaron demasiado tiempo, así que aprovechamos para darle un
poco de aire fresco a nuestros afectos. Casi por primera vez paseamos
cogidas de la mano, besándonos con discreción en cada
recodo de los preciosos caminos rurales que tiene la isla. Se
acercaba ya la temporada de baños y el tiempo era excelente,
lo que atrajo a no pocos turistas a la playa. Nosotras, rodeadas de
gente pero en completa autarquía, teníamos la impresión
de vivir en un paraíso extraño, poblado de animales con
quienes toda comunicación era imposible. Esto, desde luego,
excitaba nuestra hilaridad y nuestra sensación de intimidad, a
la que dábamos rienda suelta en el hotel.
Hacíamos
el amor con fervor religioso, como si el mundo fuera a acabarse tras
esos días, como si toda esa belleza a nuestro alrededor fuera
el prólogo del apocalipsis. Insaciables, agotábamos
nuestros cuerpos, aun sufriendo la necesidad de darnos más. No
sé, era algo verdaderamente curioso ese paroxismo del deseo,
seguramente debido –sólo con esto nos aventuramos a
justificar tamaños excesos– a la generosa luminosidad del
Mediterráneo, explosiva en comparación con nuetra
brumosa ciudad. Recuerdo especialmente una tarde en que, al
despertarnos de la siesta, empezamos a hacer el amor entre risas, con
la acostumbrada furia de esos días. Fue tan largo e intenso el
anuncio de mi orgasmo que, poseída por la embriaguez, exigí
a Lucía que me penetrara con algo grande. Nada me satisfacía,
nada saciaba esa repentina necesidad de violencia. Al rato,
charlábamos relajadamente sobre los hombres, sobre ese
componente de violencia que imprimen al sexo, sobre penes, sobre las
ganas que teníamos las dos de corrernos una juerga como
antaño. Así que decidimos compartir un hombre, juntas,
y exprimirlo como si fuera una mera herramienta sexual.
–
Yo creo que sería mejor que buscáramos un profesional
–opinó tajante Lucía–. Si nos ligamos a un guaperas
en una discoteca no se preocuparía tanto de darnos lo que
queremos como un profesional –añadió, con tono
golfillo–. ¿No te acuerdas de esa película,
"Cabaret", en la que Michael York se miraba en el espejo
tensando el biceps y le soltaba a Liza Minelli aquello de "¿No
crees que soy bello?", o algo así? Te aseguro que no lo
soportaría.
Esa
decisión tiñó indeleblemente toda la velada; y
aunque le quitamos hierro con risas y chanzas, para darle el tono
lúdico con que habíamos planteado la cuestión,
no dejábamos de darle vueltas. Intentamos convenir en un tipo
de hombre acorde al gusto de las dos, pero nos fue imposible.
Decidimos al final que sería el azar y según se
presentara el momento quien escojería por nosotras.
Ya
tarde, por la noche, nos dirigimos a un gracioso club de strip–tease
masculino cerca del puerto deportivo. Esperamos pacientes a toparnos
con algún signo que nos identificara a un prostituto. Un mozo
fornido, de unos cuarenta años, con apretada camiseta negra y
pantalones de pinzas, nos preguntó con mucha amabilidad si
estábamos esperando a alguien; que su función en ese
establecimiento era procurar que todo el mundo encontrase lo que
hubiese venido a buscar. Lucía, con su arrojo habitual le
preguntó que todo dependía de lo que ofreciese.
–
Si buscan ustedes algo para ponerse a tono, cualquier cosa, no tienen
más que decírmelo. Si, por el contrario, lo que buscan
es compañía, también tengo algo que les podría
interesar.
Cinco
minutos más tarde yo esperaba sentada a una mesita baja junto
con un chico guapísimo, castaño con melenita corta,
charlando con él de la manera más sosegada del mundo.
Mientras, Lucía había acompañado al relaciones
públicas a un cuarto privado para cerrar un pequeño
negocio de compra de cocaína. Salieron hablando animadamente;
se detuvieron antes de llegar a la altura de nuestra mesa, se
hicieron una última observación al oído, y se
echaron a reír. Se despidieron con un fugaz beso en la
mejilla, tras el cual mi amiga se sentó con el joven y
conmigo. Todo estaba arreglado.
Fuimos
a una discoteca con el puto, que decía llamarse Toni y que
tenía un sabroso acento catalán. Tomamos cada uno un
par de copas entre bailes y charlas al calor de algún rincón.
Dirigiéndonos hacia el hotel, con una Lucía exultante
por los efectos de la coca, íbamos los tres agarrados del
brazo, con el vestido ahuecado por una deliciosa brisa del mar. Mi
amiga nos cortó el paso súbitamente y se puso delante
de nosotros.
–
Toni, si eres bueno, te lo vas a pasar de puta madre. Pero tienes que
portarte muy bien porque esta noche es especial para nosotras.
Dicho
lo cual, me abrazó y me besó con avidez la boca.
–
Creo que no tendré muchos problemas, porque seguro que
vosotras me lo ponéis... pero que muy fácil –dijo
sonriente, lo que nos hizo reír.
En
la habitación todo fue bastante rápido, aun cumpliendo
con el ceremonial de los tópicos consistente en establecer un
clima amistoso, aparentemente necesario para que las chicas se
sientan en confianza. Nosotras nos limitamos a interesarnos levemente
por sus actividades diurnas mientras le quitábamos la ropa.
Todo fue muy natural y como previsto, pues de común acuerdo,
sin mediar negociación, nos metimos los tres en el cuarto de
baño para bañarle sus partes íntimas.
Fue
una noche muy larga en la que Toni se ganó su sueldo con
creces. Tan sumido estaba en el cumplimiento de sus funciones que
llegamos a olvidarnos de que acabábamos de conocerlo: nos
penetraba, nos manejaba según lo que creía que podíamos
esperar; pero los abrazos eran nuestros, pero los besos nos
pertenecían, pero los orgasmos eran el fruto de nuestro amor.
El
despertar nos sorprendió solas en la habitación,
abrazadas y con los pelos desordenados. Una rápida mirada al
suelo emparquetado para percatarnos de los restos de la batalla de la
noche: vasos, botellas, y unos cuantos preservativos. El sexo de
Lucía, en ese mediodía resplandeciente de la isla,
tenía un sabor ácido que nunca había sentido
hasta entonces.
La
conviviencia entre Carlos y yo siguió por los mismos
derroteros. Apenas sí nos veíamos ya un ratito por la
mañana, cuando uno de los dos volvía a casa para
vestirse antes de ir a trabajar. En algunas semanas se daba la
circunstancia de no encontrarnos siquiera. Nuestra casa se había
convertido en un guardarropa, en un anónimo almacén que
pudiesen compartir dos amigos cualesquiera con intereses más o
menos parecidos; sólo nos unía ya la propiedad del
espacio y de los muebles, así como todas aquellas cosas
derivadas del mantenimiento de electrodomésticos e
instalaciones: únicamente entonces nos poníamos en
contacto para solucionar el asunto con la mayor celeridad posible.
Era una situación que los dos aceptábamos con una
cierta distancia, con la frialdad provocada por el temor a abordar el
tema directamente: jamás hasta ese momento nos habíamos
sentado a hablar, aunque sólo fuera para ponernos mutuamente
al corriente de nuestras expectativas.
En
un arranque, tomé la decisión de cortar por lo sano y
romper definitivamente con Carlos: divorciarnos. Lucía, muy
sensata, me recomendó que no me arriesgara a ser acusada de
abandono de hogar y a perder por tanto todos los derechos sobre el
domicilio conyugal. Convencida, seguí con la simulación
ante mi familia y ante la pequeña sociedad de amigos y
conocidos comunes, a pesar de que estos últimos estuvieran
enterados de la realidad del asunto.
Para
no ser acusada, pues, de ese abandono que Lucía me hizo creer
tan terrible, empecé a utilizar de nuevo el piso como estudio.
Compré algunos productos informáticos para hacer más
creíble la situación, y pasaba algunas tardes allí
trabajando. Tan absorbente era a veces la redacción de
informes y proyectos para la franquicia, que se me hacían las
mil y debía quedarme a hacer noche. Llevaba por esos días
una vida de verdadera soltera, pues Carlos nunca aparecía ya
si no eran cinco o diez minutos algún mediodía para
recoger ropa u otras pequeñas cosas. No nos veíamos.
Una
tarde en que había quedado para cenar en el centro con Lucía
y Angela, la de la galería, recibí una nerviosa llamada
del responsable regional de la franquicia, implorándome que le
sacase de un apuro y que realizase el balance semestral por él,
puesto que yo conocía el estado de cuentas y, en definitiva,
el negocio, tan bien o mejor que él. Tuve que cancelar mi cena
y quedarme en casa. El balance me llevó unas buenas cinco
horas, de tal manera que permanecí levantada hasta las dos de
la mañana. Me acosté y logré conciliar el sueño
con facilidad, cansada como estaba. Pero, al rato, me despertaron
unas risas en el salón. Se trataba de unas carcajadas
histéricas que apenas comenzaban se veían reprimidas
por chisteo de otra voz. Creí reconocer a Carlos en esa otra
voz, moderadamente bebido, acompañado sin duda por una mujer
en mayor estado de embriaguez que él. A los pocos momentos,
pusieron música suave, que no permitió acallar el
tintineo del hielo en los vasos y algún que otro cuchicheo
delatador.
De
repente, se abrió violentamente la puerta del dormitorio y
entraron los dos muy decididos. La tenue luz que venía del
salón iluminó la estancia lo suficiente como para que
se dieran cuenta de que yo estaba en la cama. Carlos exclamó
un "¡hostia!", y salieron despavoridos. De nuevo en
el salón se mezclaron sus exclamaciones y juramentos con las
risas apagadas de la mujer. Hubo unos minutos de silencio durante los
que creí que se habían marchado; así que me
levanté para ver en qué estado había quedado esa
batalla campal de los deseos frustrada por mi presencia. Nada más
abrir la puerta de mi dormitorio me vino un murmullo de jadeos y de
crujir de muelles, procedente de una de las pequeñas
habitaciones que daban al pasillo. Me quedé petrificada
durante unos instantes, en los que mi respiración se acopló
a la de los jadeos rítmicos de la chica.
Me
interné por el pasillo, evitando hacer cualquier ruido que
delatara mi presencia; vi la puerta abierta del cuarto de la plancha,
y me asomé al quicio. En esa pequeña cama se debatían
los dos cuerpos: el de una joven rubia de pelo voluminoso y
alborotado, casi inmóvil, zafada por el abrazo; y el de Carlos
encima, con la cabeza escondida tras el cuello de la señorita,
yendo y viniendo con sus caderas. Permanecí en el umbral de la
puerta unos pocos segundos, los suficientes para que la joven se
percatara de que yo estaba allí. Me miró y yo le
mantuve la mirada, asustada y expectante. Ella sonrió
levemente sin cejar por ello en la intensa emisión de sus
jadeos.
Me
aparté de la puerta, sobrecogida por lo que acababa de ver.
Por un lado me torturaba comprobar que Carlos se hubiera atrevido a
acostarse con alguien aun sabiendo de mi presencia allí; por
la otra, la verificación visual de que Carlos en efecto se
entendía con otras mujeres me dolió. Ese cuerpo, que en
otro tiempo considerara propiedad inalienable, prueba irrefutable de
que nuestro vínculo era verdadero, ese cuerpo seguía en
cierto modo perteneciéndome; por lo que me sentí
robada. Sin embargo, estos fugaces sentimientos dejaron rápidamente
paso a una calmada indignación que me retrotrajo a los tiempos
en que me miraba en el espejo mientras Carlos me penetraba ausente de
mí. Volví a ver su cara muda y sudorosa, afanada en la
búsqueda del goce.
Aun
me quedé allí un rato, estudiando las evoluciones de
los jadeos de la pareja. La chica debió de tener un orgasmo,
porque así nos lo dio a saber con sus exagerados grititos.
Acto seguido, anunció que qué bien le había
venido, que ahora le tocaba a él. Carlos aceleró su
respiración para hacerla progresivamente más sonora,
acompañándola de ayes que se fueron haciendo más
audibles a medida que se acercaba al clímax. La chica le ayudó
con nuevas muestras de placer y sonoros suspiros, hasta que los dos
se sumieron en el silencio, momento que aproveché para
volverme a la cama.
El
calor de las sábanas me hizo sentir la humedad que había
aflorado en mi intimidad. Estaba alterada, me había excitado a
lo largo de todo el acto... Tuve un repentino deseo de masturbarme,
lo que aun no había hecho sin estar en presencia de Lucía.
Me debatí entre el deseo y la templanza, para reconocer la
inhibición que venía de la cercanía de Carlos,
del recuerdo de la intimidad común que se desprendía de
todos los objetos del dormitorio, de la casa...
Me
dormí y soñé de nuevo con la habitación
de hotel de El Portero de
noche: Carlos y Charlotte
Rampling, quien lucía una exagerada peluca rubia, yacían
sobre la alfombra a los pies de la cama; yo entraba en escena,
acercándome a la pareja para besar a la mujer; acto seguido,
me levanté el camisón y posé mi sexo sobre la
boca de la onírica amante de mi marido. Me desperté
cuando me sobrevenía el orgasmo, en medio de la oscuridad de
mi habitación, donde empezaba a entrar la mañana por
entre las persianas.
Algunos
días más tarde, tomé por fin la decisión
de dar parte a mi madre del estado de mi matrimonio. Ella aceptó
con desgana que yo hubiese permitido que Carlos se fuera con otra; y,
lo que es más, que él hubiera llegado a tomar la
determinación de abandonar definitivamente
el tálamo conyugal. Ella entendía que lo hubiera hecho
sin temor a la soledad, puesto que ya disponía de otra mujer
que lo atendiese como él necesitaba.
– Pero, ¿y tú,
hija mía? ¿Qué vas a hacer tú?
Se hizo un largo silencio
que intenté colmar mirando a mi madre a los ojos, buscando en
su mirada la necesidad de comprender una salida que fuera, a su
entender, alternativa, una tabla de salvación a la ignominia
de quedarse sola tras el abandono del marido.
– A mí me parece
estupendo que hayas encontrado el apoyo de esa antigua compañera
de estudios, Lucía, y que te haya propuesto que compartáis
su piso hasta que encuentres una solución definitiva. Pero...,
bueno, tú y yo sabemos que eso no puede durar eternamente, que
necesitarás encontrar otro hombre, rehacer tu vida, fundar una
nueva familia..., ¡y tener hijos! Si los hubieras tenido, ¡otro
gallo nos cantaría ahora!
En un repentino acceso de
cobardía, le confesé con la boca pequeña que sí,
que había alguien, que estaba saliendo con alguien incluso
antes de que se planteara la separación definitiva. A mi madre
se le iluminó el rostro de curiosidad: una nueva vida de
intrigas amorosas se abría ante ella; eternas formulaciones de
cábalas sobre la concreción del amor de ese hombre, que
entre las dos deberíamos afianzar y consolidar, se anunciaban
en el horizonte de sus desangeladas tardes. Coquetona, me preguntó
que quién era, que cómo era, que en qué
trabajaba ... Vaya, lo típico.
– Se llama Toni, y es
mallorquín –mentí, sacándome de la chistera el
primer nombre que me vino a la mente, que resultó ser muy útil
para mi escamoteo: hallándose entonces terminando unos
negocios en su isla (pues él se dedicaba al mercado
inmobiliario), no iba a poder volver a la Península durante
tanto tiempo como yo necesitara para hallar la mejor manera de
presentar a mi madre mi relación con Lucía.
–
Me alegro, me alegro... Y
no te olvides decirle que ya me has hablado de él y que tengo
muchas ganas de conocerle...
Fui
una cobarde por no confesar de una vez por todas que amaba a una
mujer. Tras ello debía esconderse un miedo atávico a
forzar la convención; o, más sencillo todavía:
en mis reservas debía subyacer un prejuicio negativo contra la
homosexualidad. Algo habría de hacer antes de que explotara un
conflicto en mi interior, pues en caso de que ese prejuicio existiera
de manera activa yo estaría forzando a mi conciencia a
convivir con él.
Porque,
en definitiva, de lo que se trataba era de mi propio bienestar, que
intentaba conservar gracias al constante refuerzo que suponía
la compañía de Lucía. Había logrado por
fin, aunque fuera someramente, respetarme a mí misma como
persona digna de ser amada : o por lo menos de ser aceptada. En eso
basaba la importancia de mi relación con Lucía, en que
ella había logrado que yo me quisiera mucho más de lo
que había viniendo queriéndome hasta ahora.
Con
Carlos, todo había consistido en averiguar quién
recibía y quién daba, siempre de manera desigual y con
el mismo ganador. Habíamos vivido en una constante pugna por
hacernos merecedores del afecto del otro –utilizando todo tipo de
armas para ello: desde el chantaje emocional hasta la reprobación
continuada. En ambos casos, Carlos aprendió con una rapidez
asombrosa hasta qué punto podía hacerme dependiente de
él mediante una sabia dosificación de ambas armas.
Y
puesto que se trataba de quererse a sí mismo, finalmente, sólo
cabía esperar que las dos comprendiéramos que nuestra
relación debía ser un intercambio igualitario de
refuerzos, conducentes a no sentirse amadas en desigualdad de
condiciones. La satisfacción personal de cada una, por
separado, debía repercutir positivamente en la de la otra:
convencidas de la necesidad de ese refuerzo (incapaces de asumirlo de
manera individual), alimentaríamos el interés en que el
emisor del mismo estuviera en capacidad de ofrecerlo fuera de la
sospecha de toda presión ni extorsión emocional.
Así
me planteé mi vida sentimental para el tiempo a venir. Todo el
mundo sabe que las limitaciones humanas para tal empresa son enormes
y poderosas. Pero, no hay nada malo en proponerse un modo de amar
menos acorde con ese concepto de amor desprendido y desinteresado con
el que tanto nos han predicado desde púlpitos de dudosa
credibilidad.
No existe ese amor,
Lucía. Sólo existe el tuyo y el mío por
separado, puesto que separadas estamos ante la vida y ante las
cuentas que diariamente debemos rendir a nuestras propias
conciencias. El amor es solitario por fuerza, querida, y lo único
que podemos esperar la una de la otra es que nos ayudemos mutuamente.
Todos tenemos nuestras limitaciones, ¿no estás de
acuerdo?
Pasó
el tiempo sin que Carlos y yo decidiéramos qué hacer
con nuestro piso. Él se había instalado en casa de su
nueva compañera, no sé si definitivamente. Lo cierto es
que fue él quien insistió en sacarle rentabilidad
económica a nuestra antigua casa. Yo consideraba accesorio
dejarla a merced de unos arrendadores desaprensivos que maltrataran
nuestros muebles, puesto que ninguno de los dos necesitaba el dinero
del alquiler. Sin embargo me dijo que ya había hablado con una
agencia inmobiliaria (“no te preocupes, la mejor de la ciudad”)
que le daba las mayores garantía y seguridad sobre la calidad
de los candidatos a ocupar el que fue escenario de nuestra pasada
felicidad.
Yo
me enfadé, aunque hubiera debido asistirme la costumbre de que
Carlos me consultara una decisión con posterioridad a haberla
tomado, como si consultarme fuera un imperativo legal de escasa
utilidad. Como en tantas otras ocasiones transigí, no sin
exigir el cumplimiento de la condición de mi visto bueno; en
caso contrario jamás accedería a alquilar el piso por
mucho que la mejor agencia nos ofreciera las más fiables
garantías. Esta exigencia fue más el fruto de la
indignación que de una verdadera convicción.
Al
cabo de dos o tres semanas de esta conversación con mi marido,
Lucía me comentó que Julia le había hablado de
un joven profesor de su facultad que estaba buscando acomodo en la
ciudad. La noticia me sorprendió.
–
¿Y cuándo has visto tú a Julia? ¿Desde
cuándo os estáis viendo? –le espeté sin poder
esconder mi desconcierto. Ella sonrió satisfecha de suscitar
en mí un irrefrenable sentimiento de exclusividad.
–
¿Acaso te molesta? No me digas que vas a ver con malos ojos
que hable con otras mujeres...
Me
hizo la pregunta en un tono de suficiencia que le permitía
adoptar su facilidad para tomar a chanza mis excesos sentimentales.
Yo era plenamente consciente de que Lucía estaba bromeando,
pero sabía que en caso de seguirle la corriente ella podía
mostrar una disposición más irónica todavía
que me sería insoportable: yo no sabía bromear con mis
sentimientos; siempre me sentí insegura respecto al afecto de
los demás. Preferí, pues, evitar el juego que me
proponía Lucía.
Ese
joven profesor había tenido serios problemas para encontrar un
piso de alquiler de su completa satisfacción. Llevaba un par
de meses viviendo con una compañera de trabajo sin disfrutar
de intimidad ni independencia, siempre a expensas de cómo
hubiese decidido su benefactora ocupar su tiempo libre. Se trataba,
por consiguiente, de venir en ayuda de una persona recomendada, que
por ello mismo disfrutaba de las máximas garantías. Sin
embargo el carácter, digamos, humanitario de la cuestión
me importaba poco cuando llegar a ese acuerdo supondría
alentar la posibilidad de que Julia y Lucía tuvieran de nuevo
algo que compartir. Era un miedo que debía vencer para
satisfacer a mi compañera, y, tal vez lo que fuera más
importante, recobrar mi plena confianza en ella.
No
con pocos argumentos logré convencer a Carlos de que ese joven
profesor era el mejor candidato que podríamos encontrar. Eso
sí, deberíamos bajar un poco el alquiler, pues el piso
era demasiado espacioso para una persona sola. No se trataba además
de un alquiler eventual, sino para un período largo de tiempo,
tanto como él considerase quedarse trabajando en la facultad
de Julia.
El
joven profesor, de nombre Marcos, se mostró muy agradecido por
la confianza que depositamos en él, y, para convencernos de
que esa confianza no era infundada insistió en pagarnos dos
meses de fianza en lugar de uno, que era en realidad lo que le
pedíamos, así como en añadir una cláusula
de preaviso de un mes para no hacernos perder dinero en caso de que
tuviera que abandonar el piso antes de lo previsto.
Durante
los cinco primeros meses todo discurrió como la seda, sin que
ningún problema se presentase a ensombrecer nuestra relación
comercial. Marcos empezó a tener a partir de entonces –según
me contaba Lucía que Julia le había referido– serias
desavenencias con el director del departamento al que él
estaba adscrito, llegando incluso a peligrar su permanencia en la
facultad. Marcos nunca llegó a cuajar allí, siendo su
temperamento muy diferente del de los profesores locales, educados y
formados todos ellos en el clientelismo y el amiguismo de una pequeña
universidad de provincias. La cuestión era que seis meses y
medio justos después de haber firmado el contrato, Marcos me
llamó para contarme lo sucedido y anunciarme que iba a dejar
el piso; que si necesitaba que me comunicase formalmente el preaviso
para que contase un mes a partir de entonces me enviaría una
carta certificada que diera fe de su intención de dar término
al contrato de arrendamiento. Yo le dije que no se preocupara, que
podía irse cuando quisiera y que le serían devueltas la
mitad de la mensualidad en curso y la fianza. Lo cual me agradeció
enormemente halagando mi generosidad y mi constante deseo de ayudarle
en lugar de sacar partido de él. Me pareció exagerado,
aunque cierto en lo tocante a aprovecharme de él: yo no iba a
hacerme rica o menos pobre alquilándole el piso.
Quedamos
una tarde para solucionar los últimos asuntos, el papeleo y la
revisión del piso y la devolución de lo estipulado.
Pero ese día me era completamente imposible acudir, ya que
debía asistir a una reunión con el presidente de la
franquicia en la que mi presencia era indispensable por haberme
ocupado yo en los últimos tiempos de hacer los balances. Le
pedí a Carlos que se encargara de todo ello él solo y
que cumpliera con lo estipulado aunque le costara trabajo; que se lo
tomara como un favor que me hiciera a mí.
Por
la tarde, volví a casa y me recibió una furibunda Lucía
que me trataba de traidora y pesetera.
–
¡No me digas que no
estás al corriente de todo, que no me lo creo! No te digo, los
pijos estos...
Yo
no podía imaginarme de qué se trataba, por lo que
perseguía denodadamente a mi huidiza compañera para
averiguarlo. Pero ésta se limitaba a lanzarme diatribas y a
rehuirme sin cesar. Hasta que me enfadé yo también y le
pregunté a gritos que qué era lo que pasaba, que no
comprendía nada.
–
Pues que le habéis
mentido, que nos habéis mentido a todos. Que me parece de una
bajeza tremenda lo que habéis hecho con Marcos. Mira que
cobrarle el mes entero después de haberle prometido que le
devolveríais la parte proporcional... Bueno, él ha
aceptado las condiciones como persona honesta que es, lo cual no
impide que considere que habéis cometido una injusticia con
él. Ahora bien, lo que es Julia, que lo ha acompañado...
lo que ha tenido que soportar la pobre. Tu marido es un hijo de puta,
Marga; y quiero creer que no es verdad lo que me ha dicho Julia.
¡Necesito saber que no es verdad!
–
Pero, qué estás
diciendo –logré balbucear, completamente anodada ante lo que
estaba oyendo–. Te aseguro que yo no sabía nada de esto y
que le había hecho prometer a Carlos que cumpliría con
mi compromiso. No sé qué es lo que ha podido sucederle
para que... ¿Qué es lo que le ha dicho?
Lucía
tomó aire antes de mirarme fijamente a los ojos con expresión
fiera. Yo temblé como temblaba cuando veía avecinarse
una discusión fuerte con Carlos.
–
Tu marido ha asegurado que la decisión de no devolverle la
mitad de la mensualidad no completada era tuya, y que todo lo hacías
para que Julia y yo nos enemistáramos y que ella dejara de
hacer peligrar tu relación conmigo. ¡Me parece de un
ridículo tan espantoso! Pero necesito que me digas que no es
verdad.
El
corazón me dio un vuelco por saberme cazada en unas
intenciones nunca comunicadas. Carlos había actuado en nombre
propio para sabotear una situación que jamás aceptó
de buen grado. Su descontento procedía más de la
impotencia de quien quiere imponer las condiciones y se las ve
imponer a sí mismo. Con su acción, que en nada era
justificable aunque sí comprensible para cualquiera que lo
conociese de cerca, ponía en tela de juicio mi capacidad de
compromiso, mi seriedad, y, lo que era peor, me dotaba de un inseguro
infantilismo emocional que me incapacitaba para merecer cualquier
tipo de confianza. El efecto fue doble: por una parte dinamitaba una
situación que siempre le había desagradado, y, por la
otra, asestaba un golpe vengativo a mi posible armonía con
Lucía. Quien había sido, no hay que olvidarlo, su
amante en el pasado.
De
todas maneras, por mucho que Carlos hubiese sabido descubrir mis
miedos en el asunto del alquiler –como si se tratase de ideas
escritas con tinta simpática en un viejo palimpsesto–, yo
jamás pensé siquiera en actuar como lo hizo él,
so pena –aunque solamente fuera por eso– de parecer ruin y
rastrera. Cuarenta mil pesetas más o menos no merecían
el planteamiento de dilemas morales: más vale pecar de
generoso que de agarrado. Pero, si el objetivo perseguido por Carlos
era provocarme problemas en mi relación con Lucía, no
cabe duda de que lo había conseguido, a tenor del estado de
ánimo en que encontré a mi compañera.
–Esto
no puede ser más que el fruto de una confusión
–contesté con la mayor serenidad de que fui capaz–. Le
había dado a Carlos instrucciones muy precisas sobre Marcos.
Pero ya sabes cómo es él... Sí, ya sé que
eso no justifica nada... –admití en respuesta a sus meneos
de cabeza.
Le
aseguré que el problema se iba a solucionar, que yo misma
daría una explicación a Julia y a Marcos y me ocuparía
de cumplir lo prometido.
–
Me gustaría que
estuvieras presente cuando haga eso –le solicité con humilde
seriedad–. Tal vez podrías acompañarme para, así,
restar importancia a las palabras de Carlos, puesto que ni tú
misma se la das. ¿O es que sí se la das?
Lucía
cogió un cigarrillo y lo encendió, para expeler
violentamente el humo de la primera calada.
–
No lo sé. No sé qué decirte. Es cierto que eres
un poco posesiva... tal vez demasiado; hasta un extremo casi
compulsivo, maniático. Pero no creo que hubieses permitido que
las cosas llegasen hasta este punto, me refiero a permitir que un
amigo de Julia alquilase tu piso con todo lo que eso supone, para
estropearlo todo a última hora –aclaró, más
relajada, deteniéndose en su recorrido nervioso del
saloncito–. Reconozco haberme dejado llevar por la ira, pero es que
Julia me ha descrito la situación como algo indignante; y yo
no he tenido en cuenta el carácter explosivo de esta chica.
– Mujer, el asunto es
fastidioso, desde luego... –intenté añadir.
–
Sí, pero no era
para tanto. Julia no tenía ninguna necesidad de hacer una
defensa tan agresiva de los intereses de Marcos..., a no ser que
buscara utilizar este asunto para rebajarte a mis ojos...
–
Cosa que, visiblemente,
ha conseguido –concluí en un tono vecino a la burla
comprensiva. Lucía me miró fijamente un largo espacio
de tiempo, durante el cual su mirada pasó de los vestigios de
su temible expresión inquisidora a la petición de
clemencia.
–
Perdóname, por
favor. Te lo ruego.
Le
dije que no se preocupara, que el perdón lo tenía
siempre de antemano, y que la culpa era, en primera instancia, mía,
por haber demostrado tan poco dominio de mí misma con mis
temores y mis celos.
–
Ahora mismo voy a
llamarles –le dije, resuelta.
–
Espera –me cortó
Lucía al tiempo que se acercaba a mí con una suave
sonrisa en los labios. Posó sus brazos sobre mis hombros y se
quedó allí, pegado su cuerpo al mío, con sus
ojos clavados en los míos hasta que, de tan grandes, los perdí
cuando avanzó la cabeza para besarme.
Habíamos
quedado en una pequeña taberna del centro histórico,
que se hizo famosa por la calidad de las raciones y la variedad de
los vinos. La planta del local se hallaba por debajo del nivel de la
calle, de tal manera que, antes de entrar, se divisaba la totalidad
de taburetes de la barra y de mesas en la sala. Presidían la
parte trasera del mostrador dos enormes toneles de madera a los que
habían añadido unos estantes, repletos de botellas de
vino. En una esquina, una pizarra señalaba, escrito con tiza
de varios colores, cuál era el vino del mes, junto con su
precio y una somera descripción de sus características.
Lucía
me abrió la puerta y nada más poner el pie en el primer
escalón de descenso al local los avisté acodados a la
barra: Marcos bebiendo de una fina copa, y Julia hablando y hablando
sin parar hasta que nos llegamos hasta ellos. Besé en primer
lugar a la ex–novia de mi compañera, para ponerme a
continuación en situación de poder besar a Marcos y
observar al mismo tiempo a las dos mujeres. Se dieron unos besos
largos en cada mejilla, como para intentar eternizar el contacto de
sus bocas sonrientes, incluso de sus narices, que se golpearon a
mitad del trayecto de una mejilla a otra. El detalle esquimal les
hizo sumergirse en una hilaridad que continuó más allá
del tiempo que Marcos y yo ya habíamos utilizado en decirnos
las dos o tres cosas de rigor de toda salutación. No sabía
adónde mirar para esconder mi azoramiento y que Lucía
no me supusiese presa de un repentino ataque de celos. Mi compañera
se separó del abrazo estrecho de Julia –aunque sin dejar de
mantener el contacto con ella a través de un brazo anclado en
su cadera– para saludar al joven profesor de universidad.
–
¿Qué os parece si vamos a una mesa, eh? –dijo Lucía
en una de las tonalidades más alegres en que jamás le
oí declamar una propuesta–. ¡Venga, vamos!
Los
jóvenes cogieron sus copas para seguir a mi compañera,
mientras yo me quedaba en la barra esperando a encargarle al camarero
que nos sirviera en la mesa. Allí, Lucía y Julia
estaban sentadas muy juntitas, sus caderas pegadas y uno de sus
brazos inmóvil, debido a la cercanía de los cuerpos.
Lucía desbordaba simpatía y buen humor, borracha de la
presencia de Julia.
–
¿Qué, cómo ha terminado el asunto de la
facultad? Vaya movida que te han montado, ¿no? –le preguntó
a Marcos en un tono mezcla de interés y jocundidad.
–
Pues sí, ya lo puedes decir... Nunca imaginé que una
facultad hiciera tan patente y descarado el deseo que tenían
de quitárseme de encima. Y pensar que rechacé la oferta
de una facultad en otra ciudad para quedarme aquí...
–
¿Qué estás diciendo? ¿Tenías otra
oferta y...? ¡Vaya putada! –añadió preocupada
Lucía
–
Sí, sí –contestó Marcos con resignación–.
Y no es que no pareciera una oferta interesante: una gran universidad
pública, con todo lo que significa de meter el pie dentro del
sistema... Lo que pasa es que me dio un ataque tremendo de pereza:
aquí ya me había hecho amigos, llevaba una vida más
o menos arreglada; y después del tiempo que me había
costado encontrar un piso y estar por fin a mis anchas, ponerme de
nuevo a buscar y hacer la mudanza...
–
Así que cuando vivías conmigo no te sentías a
tus anchas, sino todo lo contrario –le replicó Julia uniendo
el enfado a la broma–. No, si ahora aún pretenderás
quedarte un tiempo en mi casa después de lo que has dicho...
–
Mujer, yo no quería decir eso... –explicó Marcos
aceptando la broma pero creyendo necesario aclarar sus palabras ante
dos personas desconocidas–. Aunque, mejor pensado, ya iría
siendo hora de que alguien te quitase de la cabeza la idea de que
eres fantástica e hiciese saber al mundo lo difícil que
es vivir contigo...
Los
jóvenes reían con sana sinceridad. Lucía, a
quien yo había estado observando con atención mientras
miraba bobamente a su ex–amante, pasó de la más
grande alegría a una seriedad que iba desleyendo la sonrisa de
su rostro a medida que los dos amigos bromeaban abiertamente entre
ellos.
En
ese momento apareció el camarero trayendo todo lo que le había
pedido: una botella de vino del Segre –que me había
recomendado Lucía como un caldo amistoso y alegre– junto con
varias tablas de quesos, patés, ibéricos y suaves
cecinas. Conforme iba llenando la exigua mesa con las viandas, se
despertaba la admiración de nuestros invitados ante tantas
cosas apetitosas. El camarero se retiró agradecido ante
nuestras expresiones de júbilo. Todavía quedaban en el
mundo de la hostelería personas corteses y que basaran parte
de la calidad de su servicio en un trato cordial, en lugar de
pretender dotar de exclusividad a su local a fuerza de violentar la
amabilidad de los usuarios.
–
Bueno, Marcos y Julia –anuncié tras un relajado tiempo de
degustación–: espero que sepáis perdonarme por lo
inesperado del final de nuestra relación comercial. Os pido
disculpas, sinceramente. No fui yo, de verdad, quien decidió
en el último momento contradecir lo que habíamos
acordado. Y aunque todavía no lo he aclarado con él,
creo que mi marido reaccionó así por despecho: de
alguna manera quería crear discordia entre nosotras para que
el resultado le fuera provechoso.
–
Tendrías que haberlo visto, Marga, de verdad –explicó
Julia–: la rabia con la que soltó todo ese cúmulo de
despropósitos se contagiaba; consiguió que nosotros
también nos sintiéramos traicionados por tu decisión,
y que la culpa del tono que estaban tomando las cosas la
trasladásemos a ti.
–
Pero... –intervino Lucía–, ¿de verdad creíste
que Marga os estaba puteando para provocar que salieras
definitivamente de mi vida, que no te interpusieras más en su
camino...?
Julia
refugió la mirada en una de las tablas que todavía
ocupaban el centro de la mesa. Dejó que el silencio se
propagara por la totalidad del local, que se hizo doloroso a medida
que levantaba la cabeza y depositaba todo el azul de sus ojos en los
de Lucía. Ésta le mantuvo fijamente la mirada, como
para asegurar el tránsito de una información
incomprensible para mí, hecha de momentos vividos en común,
de ternuras pasadas, de una complicidad afectiva que yo sabía
–lo estaba comprobando– perfectamente activa y viva. Como
seducida por los recuerdos, los ojos de mi compañera empezaron
a pasearse por los labios y el cuello de su antigua amante: ávida,
sedienta de su contacto, pensé. El silencio, que se hizo
interminable a pesar de abarcar sólo unos pocos segundos,
pareció quebrarse ruidosamente cuando Julia respondió a
la pregunta:
–
Sí: de verdad lo creí, parecía tan seguro de lo
que decía... O tal vez era que me convenía creerlo...
La
expresión toda del rostro de Lucía se transformó
con la invasión de una sonrisa de gratitud. Que transformó
la expresión de mi rostro: nunca he sabido disimular las
emociones intensas, ya que mi cara se comportaba una vez más
como el espejo de un alma dolorida, que revivía las más
incómodas inseguridades que fueron tan habituales en los
tiempos de mi vida con Carlos. Todos debieron de darse cuenta,
además, de mi ceño pesaroso cuando Julia me cogió
de la mano para decirme que ahora sabía que eso no podía
ser verdad, que había dudado porque no me conocía.
Cuando
salimos de la taberna alguien propuso que fuéramos a tomar una
copa a un pub un tanto alejado del lugar. Teníamos que caminar
por estrechas aceras durante un buen trecho, por lo que se
compartimentó el grupo: encabezaban la comitiva Julia y Lucía,
hablando quedamente y riendo sin estridencias, cogiéndose de
la cintura de vez en cuando con la excusa de ofrecer pasar primero a
la otra cuando el camino se estrechaba; seguíamos Marcos y yo,
silenciosos el uno detrás del otro salvo cuando el joven
profesor intentaba con poco éxito hilvanar una conversación.
Al llegar a la puerta del pub, yo me sentía tan desfondada que
apenas me quedaban ánimos para anunciar que prefería
retirarme, pues estaba cansada y al día siguiente me esperaba
un montón de asuntos que resolver. No fue necesario defender
mi postura: Julia intentó tímidamente convencerme de
que me quedara, que tan sólo tomaríamos una copa y nos
marcharíamos todos; Lucía se limitó a mirarme
sin decir nada, con el rostro atravesado por una expresión
parecida a la que tenía cuando se recuperaba de los embates
del placer físico. Les besé a todos las mejillas y me
fui para casa liberada de la obligación de ocultar la
incomodidad que me asolaba, conforme aunque dolorida con el cariz que
había tomado este avatar de mi vida sentimental: de nuevo
tenía que asumir la infidelidad; de nuevo tenía que
aceptar el dolor de verme relegada, dolor que debía aceptar
como parte integrante de mis relaciones amorosas; otra vez debía
enfrentarme al miedo atroz a que mi pareja me dejara por otra.
Llegué
al piso con al ánimo por los suelos. Me desvestí
dejando la ropa tirada de cualquier manera en un silloncito de la
habitación, y, en el cuarto de baño, me quedé
pasmada ante el espejo sin que se me ocurriera siquiera coger el
cepillo de dientes o la crema limpiadora. Me acosté
sintiéndome sucia del todo, utilizada y abandonada. Lloré
un rato en la cama hasta que me convencí de la necesidad de
aceptar la fatalidad como viniese; en caso contrario no me quedaba
más que romper con todo y salir por la tangente de una de dos
maneras: o escapar de mi relación con Lucía, o
abandonar para siempre las intrigas y las peleas que conllevaba la
vida sentimental. Incapaz de tomar decisión alguna, no logré
conciliar el sueño aunque sí una cierta paz interior
gracias a un ejercicio de respiración abdominal que me
enseñaron en unos encuentros espirituales.
Lucía
llegó a cosa de las cuatro, oliendo a alcohol, humo y restos
del perfume que llevaba Julia. Yo fingí estar dormida, pero
escuchaba atentamente mientras mi compañera se desvestía
en silencio y se metía en la cama sin cuidado ninguno de no
molestarme: bruscamente, revolviéndose violentamente hasta
hallar una posición propicia para la llegada del sueño.
Enseguida se quedó dormida, respirando aparatosamente sobre mi
nuca. Yo me sentía sola, escandalosamente sola acompañada
de la que había sido la razón de mi alegría en
los últimos meses.
A
la mañana siguiente me levanté y me fui de casa sin que
Lucía se despertara. De camino a la oficina principal de la
franquicia, no podía evitar comparar a la gente y su aparente
sosiego con mi pesar y mi mala suerte. En todas esas jovencitas a las
que el verano subía el nivel de las faldas veía a
Julia, cargada de seducción latente y presta a traducirse en
el objeto de la pasión de cualquiera en cualquier momento. El
mundo se me antojaba hostil y difícil: campo de batalla entre
el dolor infligido y el dolor sufrido, en el que este último
salía vencedor siempre e indefectiblemente.
Me
crucé con un señor de unos 60 años, muy digno en
su traje marrón, a quien imaginé una vida estable y
segura en sus afectos. Debía de haberse despedido de su mujer
para dirigirse a la labor de todos los días, pisando
convencido de la necesidad de su presencia en ese escenario. ¡Qué
fáciles se me antojaban las condiciones de vida de los demás,
y qué difíciles las mías! Decidí
detenerme en una cafetería para reconstituirme el ánimo.
Tras un par de cafés con leche y unas pastas me convencí
a duras penas de que todos esos pensamientos eran el fruto de la
depresión, que me estaba produciendo unas alucinaciones que
jamás había destilado mi optimismo a prueba de bomba.
Tal vez a mis 35 años estaba aprendiendo que la difícil
aceptación de los golpes de la vida era un complicado camino
que concluía o bien con un escepticismo necesario para
soportar la vida consciente –que puede desembocar en un tenaz
cinismo– o con el abandono de la existencia. No me atreví a
decir que fuera mejor tarde que nunca... No me daba miedo aprender,
aunque el aprendizaje fuera duro y en él tuviera que pasar
penas y sacrificar alegrías.
Pasé
todo el día pendiente del teléfono, esperando que Lucía
me llamara y me contara cómo había pasado la velada. Ya
estaba creando una estrategia de lectura de su relato, en cuyos
pasajes oscuros esperaba percibir la ocultación de detalles
escabrosos o, por lo menos, que comprometieran el tácito
acuerdo de fidelidad existente entre nosotras; o, dependiendo de su
tono de voz, esta ocultación podía servir para
despertar mi interés hacia aquellas cosas que mejor le
servirían en su proyecto de tenerme y mantenerme sujeta con la
tensión de la duda. Pero el teléfono no sonó en
toda la mañana, lo que me sumió en una tremenda
agitación que me impediría atender los compromisos de
la tarde. Decidí tomarme el resto del día libre e irme
a comer a casa –a casa de Lucía–, donde tal vez pudiera
pensar mejor sobre el derrotero que estaba tomando el polvo de
estrellas de mis sentimientos: pues así los concebía en
ese momento, como un extraño totum
revolutum, disperso y
caótico, navegando a la deriva hacia quién sabe qué
lugar de la galaxia.
En
casa me vi incapaz de alcanzar el sosiego necesario para la
reflexión, pues el recuerdo de Lucía estaba en todas
partes. Allí unas fotos, aquí su frasco de perfume, en
el galán su camisón ,... Recuerdos miles que hacían
referencia a un rico pasado poblado de caras extrañas,
enemigas; un pasado en el que yo no podía entrar por mucho que
lo deseara y que se me antojaba manantial de experiencias ya
inalcanzables para mi pobre y reducido pasado. Toda esa profusión
de fotos y de objetos provenientes de sus antiguos amantes se me
aparecía como hitos en el relato de su vida, como trofeos en
su continua caza de la tranquilidad y la seguridad de sí. Su
presencia me era tanto más dolorosa cuanto que yo sabía
que cualquier día podría figurar allí mi cabeza,
en un lugar más o menos prominente dependiendo de la
importancia que Lucía quisiera darme. Me asaltó
entonces una sensación de miedo al vacío que suponían
para mí el pasado y el futuro de mi amiga, que jamás
podría alcanzar ni hacer mínimamente míos. Sólo
era mío, sólo podía participar en el presente;
yo era algo pasajero como lo es el tiempo estrictamente actual, que
sólo sirve para proyectarnos hacia el tiempo futuro. Y tuve
celos de su vida vivida, y de su vida por vivir, que yo sabía
inaccesible a mi falta de experiencia, a mi candor, a mi
imposibilidad de hacerla realmente feliz.
Hacerla
feliz. Creía no saber hacerle feliz, incapaz de sacrificar mis
miedos y mis inseguridades para que la persona depositaria de mis
afectos se alzara hasta la estratosfera, para mí en definitiva
inalcanzable, de la valentía y la seguridad ante la vida.
Incapaz de dar la mejor de mis cualidades, la abnegación y el
don de mí misma, para conseguir que la persona por mí
más querida viviera feliz y despreocupada.
Temblé,
como había temblado tantas otras veces antes, por lo que creí
ser la constante de mi vida amorosa: sacrificio. Pero, y yo, ¿qué?
¿Acaso nadie me tenía en cuenta? La respuesta era que
no, que ya que yo había demostrado constantemente mi
inclinación a dar más que a recibir, las dos personas
que habían entrado en mi corazón la habían
tomado como una necesidad personal, y no habían creído
necesario alimentar otra tendencia. Ni siquiera yo había
creído necesario alimentar otra tendencia, haciéndome
totalmente dependiente del bienestar de los demás; sólo
viví en función de la vida de los otros, pendiente de
sus cambios de humor, de sus alegrías y sus penas. Pero
absolutamente ajena a las mías propias: terreno baldío
que no había preparado para ningún tipo de cultivo; que
había dejado agostarse por dedicar todos mis esfuerzos a
cultivar la parcela ajena. Empezando por mis padres, siguiendo por
Carlos, y terminando por Lucía, a quien yo creía
diferente en sus afectos: pero tan aquejada de vampirismo como
cualquier otro.
La
solución del problema era doble: o aceptaba con todas sus
consecuencias mi papel de víctima –adoptando con ello la
estética del sufriente, de quien se eleva en la utopía
del inalcanzable amor correspondido–, o me hacía yo también
vampiresa: difícil aprendizaje para quien estaba acostumbrada
a la espera ansiosa y a que fueran los demás quienes tomaran
las decisiones que me afectaban muy de cerca.
Debía,
pues, aprender un nuevo papel, convencerme de la necesidad de adoptar
una nueva estrategia en esta guerra civil de los nacidos, consistente
en adelantarme a los acontecimientos, en provocarlos a mi antojo y
conveniencia. Establecí una serie de pautas que me conducirían
directamente al dominio de mi entorno sentimental, pensaba.
Escondería mis emociones, no expresaría mis necesidades
sentimentales, ni solicitaría devolución de mis
favores. Mostraría absoluta indiferencia ante las debilidades
de los demás. Demostraría escepticismo ante las
promesas de amor o de fidelidad, aunque éstas me colmaran de
esperanza. Dosificaría con cuentagotas la demostración
de mis afectos, adoptando una retórica utilitaria digna del
mayor de los canallas. Y, lo que sería más importante y
efectivo en todos los frentes, todas mis acciones tendrían un
claro objetivo solipsista: el mundo sería yo, y el resto, mis
satélites.
Para
llevar a cabo todo esto debía ser muy fuerte y no flaquear en
ningún momento. Una falla cualquiera, momentánea, en la
solidez de mi construcción podría derrumbar todo el
edificio y echar por tierra el proyecto. Estaba en juego ya no mi
felicidad –pues adoptar una actitud escéptica ante todo me
hacía dudar incluso de su propia existencia como concepto–,
sino mi estabilidad y la seguridad en mí misma: las dos tan
vapuleadas durante los últimos años.
Debía
ser fuerte y empezar a serlo ya, tomándomelo con disciplina
espartana y voluntad de hierro.
–
¿Se puede saber qué te pasa?
–
A mí no me pasa nada –dije, mirando al suelo.
–
No te creo. Se te nota que estás cabreada. Anda, dime qué
es lo que te pasa por la cabeza, qué te preocupa.
Aparté
la vista de la tostada que estaba untando de mantequilla, y, haciendo
acopio de valor, la miré a los ojos sin que se me moviera una
pestaña: una mirada seria, severa, desafiante.
–
Mira, no sé qué pretendes a estas horas de la mañana,
pero me da igual. No intentes amargarme el día, por favor.
He
de confesar que me sorprendí a mí misma con semejante
presencia de espíritu a la hora de mostrar una actitud
fingida, que no pertenecía a mi naturaleza. Lucía
mantuvo los ojos puestos en mí, fijamente, incluso cuando yo
ya había dejado de mirarla y me concentraba en mi tostada.
Como no obtenía respuesta a su interrogante mirada, se sentó
frente a mí con el fin de captar mi atención. Aún
se mantuvo en silencio cosa de medio minuto, como rebuscando entre
las miguitas de pan que quedaban sobre la mesa el inicio de una
conversación.
–
¿No me vas a preguntar nada?
–
¿Qué quieres que te pregunte?
–
¿No te interesa
saber qué tal me ha ido con Julia?
–
La verdad es que no. Si
te has propuesto llevar una vida sentimental en paralelo, no creo que
eso tenga nada que ver conmigo.
–
Pero, ¿qué
estás diciendo, Marga? Qué rara estás esta
mañana...
–
He comprendido, al final
he comprendido qué significa ser libre en la pareja. No te
preocupes por mí: yo también sabré ser liberal.
–
Pero, Marga...
–
Pero qué. Si
quieres buscarte aventuras fuera de casa yo también me las
puedo buscar, ¿no crees? Al final, lo que cuenta es el
compromiso entre nosotras, ¿no?, y mientras no lo rompamos lo
que pase fuera de entre nuestros brazos no es asunto de nadie.
–
Creo que estás
haciendo una interpretación demasiado rápida. Lo que te
falta es confianza; y sin confianza..., si no confías en mí
no podemos seguir juntas.
–
Tal vez tengas razón.
Tal vez sea mejor separarnos y olvidar que una vez estuvimos juntas.
–
Escúchame, por
favor, Marga. Imagínate por un momento qué tipo de
relación de pareja podríamos llevar si cada una de las
dos fuéramos a buscar la satisfacción a nuestros deseos
fuera de casa. ¿Qué nos quedaría para compartir:
los problemas en el trabajo, las decepciones amorosas, las letras de
los electrodomésticos?
–
Hay parejas que viven
perfectamente así. Y no veo por qué nosotras no
podríamos, sobre todo si tenemos en cuenta que tú has
decidido no dejar a Julia.
–
Si hay parejas que son
capaces de mantener una vida de pareja así, ¡mejor para
ellas! Yo no puedo, ¡ni quiero! No podría vivir contigo
si necesitase alimentar constantemente mi deseo con otras personas;
no podría dormir en la misma cama que tú evitando
rozarte. Y para mantener vivo mi deseo por ti necesito no malgastarlo
por ahí, necesito tener ganas de abrazarte y de acariciarte
todos los días. Porque vivimos juntas, porque al volver a casa
por la noche tú estás aquí, porque comparto casa
por amor, no porque me sea más rentable o cualquier otra
cosa... Compréndelo, Marga, por favor. Necesito que lo
comprendas.
–
Pero a mí me
gustaría comprenderlo, y estar segura de tu fidelidad. La duda
me corroe por dentro, y si sigo contigo aun a pesar de eso, y con una
separación todavía tan cercana, es porque te quiero,
Lucía. Y para estar contigo y que tus infidelidades no me
ofuscaran estaba decidida a buscarme yo también una aventura.
Para no sentirme en inferioridad de condiciones respecto a ti y a tu
vida fuera de las paredes de esta casa. Para no ser menos y no
desmerecer ante ti y tu concepto de pareja liberal. ¡Pero no
puedo! ¡Y estoy harta!
Al
decir esto en voz alta, parecí desear poner el punto final a
la conversación. El eco de mi grito todavía resonaba en
las baldosas de la cocina, y se amplificaba por el conducto de la
campana extractora, y la luz del sol dibujaba con él arabescos
en el aire. Lucía puso una mano sobre mi hombro, que yo
rechacé enfadada. El silencio se hizo entonces pesado y
molesto.
–
En cuanto a Julia..., no puedes permitir que los celos te hagan daño.
Julia y yo estuvimos juntas mucho tiempo, demasiado para que podamos
olvidarnos así como así, de la noche a la mañana.
Debes comprender que me interese saber qué tal le va, si es
feliz o no. Me siento en cierto modo responsable de su estado actual
de ánimo, si no totalmente, sí en parte, pues yo he
tenido influencia sobre ella durante todo el tiempo que estuvimos
juntas. ¡Como ella la ha tenido sobre mí! ¡Yo soy
un poquito Julia, tal vez esa parte que más te gusta de mí!
No lo olvides: a ella la dejé por ti.
El
melodrama se estaba instalando en nuestra relación, de eso me
estaba dando perfecta cuenta. Y no podía permitirlo, ya que
sabía que en ese tipo de guion yo siempre iba a tener el papel
perdedor. Un acceso de cinismo, como no había conocido hasta
entonces en mí, me sobrevino violentamente.
–
¡Venga ya! ¡No me vengas con cuentos! Si dejaste a Julia
para estar conmigo es porque tenías miedo de que ella te
dejase por alguien más joven. Tenías miedo a que ella
ya no se interesase por ti en cuanto tus contactos y tus influencias
se le quedaran pequeños. Y eso sería como confesarte a
ti misma que Julia estuvo contigo sólo por ser hija de quien
eres y lo que eso podía significar para su ascensión
como pintora.
Lucía
me miraba aterrorizada, sorprendida de que pudiera tratarla así,
sin miramientos, con tanta crueldad. Me dolió leer que su
mirada me recriminaba haberla engañado, que se hubiese
enamorado de mí por carecer de esa capacidad destructiva tan
habitual en las relaciones de fuerza. Una capacidad que nacía
con vigor y que me proporcionaba un placer inmenso. Lo sentí
salir de mí como un surtidor, imparable, húmedo,
procaz.
–
Y no sólo eso: yo te vine estupendamente para que te
decidieras a cambiar de pareja. Conmigo encontraste a alguien fácil
de manejar, dócil, y, además, de tu misma edad: con tus
mismos problemas y con tus mismos miedos. Ese temor a que te dejaran
plantada por alguien más capaz, eso es lo hizo que te
enamoraras de mí. ¿Verdad?
Silencio.
Nos estábamos mirando fijamente: ella sorprendida, y yo,
calibrando el alcance de mis palabras. Mientras Lucía no salía
de su asombro, yo no pude evitar que aflorara en mi rostro una
sonrisa de satisfacción: el poder. Me sentía satisfecha
no sólo de haber sabido presentar batalla, de haberme atrevido
a empuñar un arma; sino también de haber tenido la
suficiente presencia de ánimo para asestar con ella un golpe,
y sentirme súbitamente un guerrero temible. Aparté mis
ojos de la pelea que entre nuestras miradas se estaba librando, y
sonriendo me concentré de nuevo en mis tostadas. Lucía
se levantó de la mesa sin decir palabra y se fue de la casa.
Mi
nueva actitud sorprendió a todas las personas que compartían
rutina conmigo. Ya no trataban a la modosita y correcta Margarita,
sino a un espinoso cardo con cuyo contacto podían pincharse a
no ser que lo acariciasen en el sentido conveniente. Mis compañeros
del café de media mañana cambiaron; empecé a
relacionarme con lo más selecto de la maledicencia de la
empresa, todos aquellos directivos que siempre hicieron gala de la
mayor capacidad de crítica: eso sí, siempre velada por
el elemento festivo que sabían dar a sus explosivos
comentarios. Eran en su inmensa mayoría artistas florales que
se ocupaban de labores administrativas y de organización, casi
todos muy afeminados, que hacían bandera y arma de su posible
homosexualidad, lo que les elevaba a una posición de autoridad
que les permitía determinar quién tenía y quién
no tenía estilo, gusto, el glamour suficiente para ser dignos
de su elogio. Un sentido del humor afilado y crudelísimo que
no dejaba de repasar y repasar la superficie visible de los demás.
Gente muy fina, en principio, pero perfectamente capaces de
despellejar en dos segundos al más pintado.
–
Marga, tú eres una chica que ha ganado mucho desde que dejaste
a tu marido, que debía ser el típico macho ibérico
de aquí te pillo y aquí te mato. Antes eras un poco
monjil, ¿no? Pero qué marcha tener un tío así
en la cama, ¿verdad?
–
Tú, sin embargo, has mejorado mucho desde que no te comes una
rosca: se te ve como más simpático con todos los chicos
guapos de la oficina. Y ya iba siendo hora... Te lo dice una que
habla con todos.
Empecé
a frecuentar gente diferente, casi toda proveniente de las empresas
con que la mía tenía tratos; o del gimnasio al que me
apunté con el pretexto de mantenerme en forma. Mi nueva
disposición ante los demás, la enorme seguridad que
destilaba, me atrajeron las atenciones de muchos hombres y mujeres
nuevos, que venían a mí porque sabían que
siempre había algo reservado para ellos. Y lo más
increíble era que incluso aquellos o aquellas a quienes traté
con más indiferencia o mayor desdén volvían con
la lengua afuera, ávidos de su dosis de desprecio, doloridos,
y expectantes por que se produjera un cambio en mi opinión y
les ofreciera siquiera la mínima atención.
Una semana después de la discusión con Lucía en
la cocina se me presentó, por vez primera, la ocasión
de tener una aventura con un tiazo de una empresa afín a la
nuestra que frecuentaba mi gimnasio los jueves por la tarde. Me
propuso que cenáramos juntos en un restarante cerca de su
casa, que no estaba demasiado lejos de la mía. Yo acepté
en una primera instancia, a la espera de que algo me decidiese
finalmente o a acudir a la cita o a llamarle para cancelarla. Me
estuve debatiendo en casa entre una y otra posibilidad, mientras me
arreglaba para salir. Cuando Lucía llegó y me vio ante
el espejo del cuarto de baño pintándome los labios se
le vino abajo toda la alegría que traía: había
comprado un par de botellas de nuesto cava preferido, así como
todo lo necesario para preparar una cena estupenda. Yo la vi tan
vulnerable, tan dependiente de mí en ese momento, allí,
en el quicio de la puerta del dormitorio, que tuve que hacer un
esfuerzo para no abrazarla y colmarla de besos y caricias.
–
Otra vez que hayas preparado algo para las dos, avísame para
que pueda organizarme. Esta noche me es imposible: ya he quedado...
–
¿Y no puedes
dejarlo para otro día? No sé, llama y di que al final
no puedes...
–
¿Y no podría
esperar tu cena hasta mañana, por ejemplo? –le espeté.
Esa
noche cené con mi pretendiente. Ligerito, para no amuermarnos
después, para que la copa no se eternizara y pudiéramos
pasar rápidamente a lo que yo ya había dado por hecho
cuando Lucía me hizo la escena de la esposa despechada. Tuve
que vencer muchas resistencias para acostarme con él, pues
todavía titilaba vívido el recuerdo de la sexualidad
invasora de Carlos, mi ex–marido. Pero mi nueva vida, el nuevo
rumbo que debía darle a mi existencia así lo requería.
Siempre tomando la iniciativa sin que se notara, dejé que
César se consumiera en deseos de quitarme la blusa, de
arrancarme la falda, de someterme a los deseos de su mirada y de sus
ávidas manos. Desnuda me vi rápidamente entre sus
velludos brazos, momentáneamente menuda e indefensa, presa de
un cazador hambriento. Quise dominar el desasosiego con decisión
y le hice saber que no quería estar desnuda yo sola, para lo
cual comencé a a despojarle de su ropa. Quedaron al
descubierto sus fuertes pectorales y sus temibles hombros, así
como un tenso vientre surcado por un marcado canal que prometía
continuar más allá del cinturón. Hasta que no le
quité del todo el pantalón no me atreví a
mirarle al bajo vientre: la excitación le había
hinchado los calzoncillos desde la base del sexo hacia un lado. Quise
concentrame en ello, para no vacilar ante mi temeridad. Sin desviar
la mirada del dilatado paquete, paseé mi mano a lo largo de su
miembro, cosa que le provocó un profundo gemido: el suspiro
del que espera algo y sufre mientras se demora su llegada.
Con
delicadeza le bajé el calzoncillo hasta las rodillas, para
dejar que su sexo se irguiera amenazadoramente ante mí. Me
pareció tan poco dotado de intimidad, de profundidad, ese
garrote cabezudo, tan decididamente proyectado al exterior, que tuve
que reprimir una repentina sensación de vergüenza ajena
antes de poner mi mano sobre él y comenzar a acariciarlo en
toda su longitud. La maquinaria corporal de César se puso en
funcionamiento como si hubiese accionado en su miembro el sistema de
arranque de un motor: su voluminoso pecho se hinchó
desmesuradamente, las nalgas se le tensaron, y los muslos. Me dio
súbitamente asco tanto pelo y tanta fibra en tensión,
pero contesté solícita cuando se agachó para
besarme largamente en la boca en señal de reconocimiento.
En
realidad fue todo muy suave, si exceptuamos los momentos en que mi
amante sentía la proximidad de su orgasmo. Entonces parecía
olvidarse de mí, y, aferrándose a mis nalgas, entraba y
salía con brutal convencimiento hasta que se deshacía
entre jadeos. Luego, al quitarse el preservativo, descubría su
miembro inerte, relucientes las arrugas y oculta la cabeza por el
ridículo prepucio.
Me
tiré a ese tío, lo dejé agotado a las cinco de
la mañana, tirado en su cama cuando yo me fui a mi casa para
encontrarme a mi desvelada amiga fumando en la habitación.
–
¿Qué tal? ¿Te ha gustado?
–
Te rogaría que abrieses la ventana: prefiero dormir aterida
que asfixiada. ¿ No sé por qué fumas en la cama
si sabes que me molesta el humo?
–
Igual lo hago por eso...
Se
me quedó con la mirada fija en una posible reacción
mía. La miré con el ceño fruncido y cansado,
rehuyendo cualquier estúpida discusión a esas horas de
la mañana.
–
Muy bien me parece. Haz
lo que quieras, que para eso estás en tu casa –le repliqué
al tiempo que sacaba mi camisón de debajo de la almohada y me
lo llevaba a la habitación pequeña, la de los
invitados.
Dormimos
separadas bajo el mismo techo aquella noche, sin que discusión
ninguna hubiera enturbiado el ambiente. Cosa que jamás se
repetiría, pues Lucía no volvería a fumar en la
habitación, ni siquiera como represalia para recuperar el
respeto que creía haber perdido. Su actitud fue a partir de
ese momento rayana en la sumisión, constantemente al cabo de
mis deseos y ansiosa por complacerme en lo que fuera. Cualquier
atisbo de enfentamiento que apareciera lo rehuía para darme la
razón y permitir que fuera mi opinión la que imperase,
y que fueran mis caprichos –pues sólo podía ser
capricho cualquier deseo que necesitase ser realizado a toda costa–
el guion de nuestra actividad conjunta. Sólo así –debía
de temer ella– existía la posibilidad de hacer algo juntas.
Lucía,
tan vulnerable, tan complaciente, tan temerosa de perderme. Qué
no habría dado yo por evitarte todos esos sufrimientos y
hacerte bien, y dejar de lado esta intriga para convertirme de nuevo
en tu confidente, en tu amiga, en tu fiel compañera. Pero no
me lo podía permitir: el miedo acechaba ahí al lado, a
la vuelta de la esquina; una bajada de atención, un descuido y
toda mi estrategia se vendría abajo. Estrategia que, para
decirlo claro, me estaba beneficiando por completo: una devota esposa
a mi completa disposición y servicio, un poderoso amante
pronto a darme tanto placer como quisiera, una envidiable posición
en mi empresa... Todo lo que se podía pedir dentro del decoro
que me marcaba mi orgullo lo tenía. En cuanto a lo demás,
la amistad desinteresada, el amor correspondido, la comunión
con algún alma afín..., estaba desengañada y lo
relegué al virtual mundo de las novelas, en el que creí
durante mucho tiempo que se basaban las relaciones humanas.
Nunca
en la vida me había sentido más poderosa, dueña
de mi mundo y de mis afectos, que por fin estaba dirigiendo con mano
segura. Por fin.
Lucía
se iba debilitando por momentos, demostrando una capacidad de
adaptación extraordinaria para una mujer de su temperamento.
Sus demostraciones de cariño eran cada vez más
frecuentes, así como sus peticiones de correspondencia por mi
parte, que yo sólo satisfacía en la medida en que
contravinieran o no mi estrategia. Recuerdo una ocasión en que
acepté acompañarla a la Filmoteca, donde se había
organizado un ciclo de cine alemán. Asistimos a la proyección
de una de las últimas películas de Fassbinder, en la
que se narraba las peripecias de una mujer para ganarse el pan
durante la posguerra de los 40. Hay una escena en que la
protagonista, de nombre Maria Braun, visita con su amiga de la niñez
los restos de la escuela donde juntas aprendieron a leer; se sientan
codo con codo en una viga al descubierto imaginando ahí el
emplazamiento de su pupitre. Ríen recordando las travesuras de
ese mundo perdido de la niñez, y en un acceso de melancolía
se abrazan efusivamente. Lucía me agarró entonces de la
mano, con fuerza, como buscando en ella el calor de una ternura
pasada, tan pasada como la inocencia del primer amor. Sentí su
mirada fija en mi perfil, que decidí recibir con gesto sereno.
Mi amiga debió de pensar que eso suponía un atisbo de
recuperación de nuestra antigua complicidad, y abalanzó
su cara hacia la mía en busca de un beso. Yo giré el
rostro y sus labios se estrellaron contra mi mejilla, donde
permanecieron hasta que su mano intentó separarse de la mía,
defraudada. Se lo impedí tirando con fuerza de su brazo para
retenerlo en mi regazo.
Esa
noche, durante la cena, Lucía bebió mucho, tal vez con
el fin de encontrar las fuerzas necesarias para preguntarme,
preocupada, que qué me ocurría, que eso no podía
seguir así, que qué me había pasado para que mi
actitud con ella cambiase de manera tan radical. Yo ardía en
deseos de decirle que todo eso no era más que una pose, que
todo lo estaba fingiendo para recobrar una dignidad que precisamente
mi afán de sinceridad había echado por tierra en el
pasado, que me debía a la recuperación de mi amor
propio para poder amar como yo creía necesario. Pero no pude.
No quise. Y lejos de disipar las terribles dudas que le estaban
martirizando, me levanté de mi silla para espetarle un
lacónico “nada” mientras deambulaba por el salón.
–
¿Cómo que nada, Marga? Esto es increíble. Te lo
pido por favor, necesito saber qué te está pasando
estas últimas semanas; qué te ha hecho cambiar tanto.
Porque está claro que no eres la misma de antes... Si he hecho
algo que te haya dispuesto así contra mí..., me
gustaría saberlo para intentar solucionarlo como sea. De
verdad, Marga.
–
Pues..., ¿qué quieres que te diga...? No sé, no
sé, no estoy ahora de humor como para pensar en eso.
–
Te lo estoy pidiendo por favor, Marga. ¿No te das cuenta de
que esto es muy importante para mí? Se está yendo
nuestra relación al carajo y tú eres incapaz de mover
un dedo para solucionarlo...
Lucía
estaba cada vez más nerviosa. Se había levantado ella
también de la mesa y deambulaba por el lado opuesto del salón
en que yo me encontraba apoyada en la pared. Se abalanzó sobre
su bolso con la pasión de un náufrago para sacar de él
un paquete de cigarrillos. Cogió uno y se lo llevó a la
boca con violencia, sin mirarme siquiera cuando mordía el
filtro y se daba lumbre.
–
Por lo menos podrías pedirme permiso para fumar, ¿no
crees? –le recriminé para añadir leña al fuego
de mi insidia.
–
Me toca las tetas si te molesta o te deja de molestar. ¿Acaso
haces tú algo para que me deje de molestar esa actitud tuya?
–
Eres tú quien se molesta, Lucía, permíteme que
te lo señale. Y, por favor, no te pongas nerviosa: no es
necesario.
–
De acuerdo, me tranquilizaré si eso va a ayudarte a entrar en
razón. No me digas, porque sabes muy bien que no es cierto,
que no has cambiado de actitud con respecto a nosotras. Que ya no
eres la misma; que no tienes ni un solo detalle conmigo; que te tengo
que robar las demostraciones de cariño; que mantienes una
distancia gélida e indiferente; que ya no te interesa lo que
yo piense, diga o deje de pensar o de decir. No me lo digas otra vez,
porque no me lo creeré. Y creo poder dar una fecha a ese
cambio: desde que fuimos a cenar con Julia y ese profesor amigo suyo,
cuando yo me quedé con ellos hasta tarde. Desde entonces estás
así, transformada por los celos, contra los que te has
blindado para no sufrir; contra los que te defiendes ofreciendo
pelea, intentando darme celos a mí. Dime que no, anda, dime
que me equivoco.
Mi
compañera era más perspicaz e inteligente de lo que yo
creía. Y sobre todo tenía mucha más experiencia
que yo. Un estremecimiento de orgullo me subió por la espalda,
felicitándome de haber hecho temblar las posiciones de alguien
tan aguerrida como Lucía.
–
No te diré que no sea cierto que pasé un par de días
malos después de tu encuentro con Julia. Pero lo superé
y allí se terminó todo. En cuanto al resto, he de
decirte que te equivocas. Tal vez no esté tan afectuosa como
solía, pero eso yo no lo finjo, ni lo preparo. Es posible que
todas las reflexiones que me hice a propósito de mi
inseguridad y mis celos me hayan empujado a ver las cosas de una
manera diferente... Y que para aprender a confiar en ti haya tenido
que esforzarme en que no me afectaran tanto tus salidas, tu libertad
tan querida, tu independencia... ¡Vaya!, todo lo que hace de ti
quien eres.
–
De acuerdo. Todo eso lo puedo comprender. Y me parece lógico.
Pero es que has hecho de lo que debía de ser un proceso
interno, de lo que sólo debería tener consecuencias
para ti, algo que te ha incapacitado para todo contacto físico.
Al abolir en ti el dolor de los celos... no puedes prohibirte
demostrar tus sentimientos, Marga. Porque seguro que los tienes
todavía, aunque estén muy trastornados. A no ser que
toda esa historia que me has contado de mi libertad, mis salidas, mi
independencia..., haya dejado de parecerte atractivo en una
persona...
–
Creo que algo debe de haber de eso, Lucía. No sé, tal
vez todas esas reflexiones que me he hecho, y el deber forzar una
parte de mí misma, de mis sentimientos, a no existir... No sé,
tal vez todo eso ha apagado algo en mi interior. Creo que ya no te
quiero como antes, Lucía. Ni me resultas tan atrayente como
antes. Y es posible que esta distancia que tú dices ver en mí
sea el fruto de una espera, y...
–Pero...,
también podrías hacer algo para que la ternura y el
cariño acudieran como antes. Algo, darles un empujoncito para
que de nuevo se establezcan entre nosotras... Debes buscarlos, Marga,
debes llamarlos para que vengan.
–
Ya. Pero yo no sé fingir. Si han de venir, vendrán por
sí solos. Si me los he de inventar más vale que lo
deje. Prefiero esperar.
Pronuncié
estas últimas frases con un laconismo tal que Lucía se
quedó petrificada, contagiada de mi frialdad. Estaba preciosa,
realmente preciosa, tan alterada, con el pelo alborotado, los ojos
brillantes y vivos; tan ávidos de encontrar algo, una señal,
un gesto, que se salían de sus órbitas. En medio del
paroxismo, mi amiga atravesó el salón en dos zancadas y
se introdujo en la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
La satisfacción de haberme salido de nuevo con la mía
no me permitía moverme del lugar en el que había
terminado la discusión. Lucía había conseguido
arrancarme muchas más palabras de lo que mi estrategia debía
permitirme en un principio. Pero había hecho creíble mi
actitud gracias a que había expuesto unas preocupaciones
verdaderas evitando someterme a su influencia. Había sido
constantemente dueña de la situación sin que por ello
Lucía hubiera creído llegado el momento de lanzarme un
ultimátum. La reconciliación había estado cerca,
cosa que habría sido fatal para mi plan, y sin embargo no la
había hecho imposible. Haría falta tal vez que Lucía
viera mi buena disposición a un arreglo, a una solución.
Una
hora más tarde, Lucía seguía encerrada en la
habitación, de la que no salía ni un solo ruido. Mi
mente novelesca me ofreció la posibilidad de pensar acaso en
que mi amiga hubiera cometido alguna tontería. Lo descarté
rápidamente, pues ella era fuerte y le tenía demasiado
apego a la vida. Para eliminar cualquier tipo de duda pegué el
oído a la puerta y pude escuchar el característico
sonido de la chispa del encendedor. Debía de estar llenando la
habitación de humo de cigarrillo, lo que debiera molestarme en
exceso. Nada más lejos de la realidad: había convivido
con fumadores toda mi vida, y era tal mi costumbre al tabaco que
incluso lo echaba de menos cuando habían pasado unas horas
desde que algún fumador me agradara con su olorosa presencia.
Mi beligerancia para con el humo era parte de mi estrategia; y debo
confesar que había sido hasta el momento muy provechosa.
Si
entraba en la habitación, lo que allí pasara podía
ser decisivo para los días por venir. Así que me armé
de sangre fría y llamé con los nudillos. Lucía
me dio permiso, y, al abrir, me dirigí directamente a mi lado
de la cama para sacar de allí mi camisón de noche. La
ventana estaba abierta de par en par.
–
¿Qué haces? –me preguntó preocupada.
–
Coger mi camisón.
Supongo que después de la discusión lo mejor será
que me vaya a dormir al cuarto de los invitados.
–
No te vayas esta noche.
Por favor.
Lucía.
Mi Lucía querida. Tan bella en su preocupación, tan
tierna y tan vulnerable en su amor. Preciosa. Sonreí a ese
rostro cargado de espera, desbordante de petición, que me
sonrió levemente con sus ojos grises, hinchados y enrojecidos.
Esa mujer me quería de verdad. Se movió sobre la cama
para venir hasta mi lado de colchón, desde el que le serían
mucho más accesibles mis labios. Me besó con una
dulzura que me recordó aquella primera noche en que nos
abrazamos con candor y cuidado de niñas. Nos besamos larga y
detenidamente hasta quedarnos sin ropa, sin defensas, sin barreras.
Pero con una pequeña lucecita encendida en mi interior que ya
no encontraría tregua ni reposo, siempre presta a dar la
alarma y llamar a filas a todos los ejércitos de mi guerra
particular.
Había
conseguido canalizar parte de mis necesidades afectivas en esa noche
de caricias y grandes transportes de pasión. Lucía
había visto cumplirse la reconciliación tan esperada,
sin que por ello yo hubiese perdido un milímetro del terreno
que le había disputado a su poder. La estrategia no había
dejado de ser aplicada a pesar de esa caída en la complaciente
ternura, cuya demostración parecía echar tierra sobre
mis planes. Mi compañera mostraba cada día mayor
sumisión a mi voluntad, y, aunque ello no dejara de halagarme,
observaba con una cierta melancolía la manera en que ella
abandonaba antiguas posiciones en pro del buen funcionamiento de
nuestra relación. Digamos que me dolía saberla
sacrificándose de manera tan evidente ante una situación
ficticia que yo, por mis miedos e inseguridades, había
provocado. Pero ya llegaría el día en que, una vez
dominados los temores, pudiese dar rienda suelta a la expresión
de mi ternura; que no esperaba más que eso, constantemente
agazapada y engordando bajo el peso de la contención.
Veía
este libre fluir de mis afectos como el agua embalsada tras una
enorme presa, cuyo cierre no hace otra cosa más que someter a
la mayor de las sequías a las tierras que estén aguas
abajo. Sin embargo la lluvia no deja de caer y los ríos de
aportar nuevos caudales, con lo cual el nivel del embalse crece y
crece hasta sobrepasar la altura de la presa. Afortunadamente, ese
exceso de contenido es vertido sobre la reseca tierra –con todo lo
que de liberación puede siginificar–, sedienta de tales
demostraciones de buena voluntad. Pero, ¿no se corre el riesgo
de que, bajo la presión de semejantes cantidades de agua, la
presa se resquebraje y deje salir todo el líquido contenido en
medio de una violenta explosión? Eso supondría una gran
catástrofe, el fin del proyecto de almacenamiento, la
conversión de la energía potencial del caudal retenido
en devastadora energía. Las tierras agua abajo se anegarían,
y, ahítas de agua, lamentarían su cercanía al
invento; el ingeniero del mismo sería hecho culpable de la
catástrofe y relegado al ostracismo, olvidado de la profesión
e incapacitado para volver a proyectar presas.
Yo
era consciente del riesgo que corría. Sabía que Lucía
no soportaría durante mucho tiempo tanta contención ni
tanto amago, y que el fin de su paciencia y de su pasión
podrían poner en peligro mi proyecto. Debía actuar,
pues, con sabiduría y dosificar el uso de la oferta
incumplida.
El
ansia de poder se estaba adueñando de mí, y, como si de
una potente droga se tratara, el recuerdo del placer que me procuraba
me acompañaba en todos mis pensamientos. Lo percibía en
ocasiones como una cálida serpiente que se enroscara alrededor
de mi cuerpo para, a partir del bajo vientre, escalar hasta el cuello
donde se detenía, plácida y tranquila, como si hallara
allí su feliz morada. Tenía entonces que tragar saliva,
o beber algo..., o prometerme satisfacer el ansia.
Los
buenos resultados que estaba arrojando mi estrategia con Lucía
me proporcionaban una sensación constante de triunfo,
envalentonándome a continuar. El único temor que tenía
era a que esta sensación de ebriedad desapareciera, y que por
falta de estímulo fuera agostándose poco a poco.
Necesitaba, desde luego, nuevas víctimas que someter a mi
imperio, que revitalizaran el nuevo concepto que me estaba forjando
sobre mí misma. La Marga antigua había sufrido con
sumisión las ansias de expansión de los demás,
ya fueran éstos padres, familiares, amigos, novios o marido;
todos ellos debían de haber sentido la misma ebriedad en su
momento. Pero yo no: me había apagado voluntariamente para que
la gente que me rodeaba brillase con su luz amplificada por la mía,
que me robaban. Me bastaba con eso, creía, para ganarme su
dependencia de mí: mi aplauso siempre presto tenía que
hacérseles necesario día tras día, y su falta,
una carencia.
Ahora
al fin me ofrecía el aplauso a mí misma, vengando así
tantos años pasados a la intemperie de la baja autoestima.
Ahora que ésta subía como un globo sonda me veía
necesitada de su constante presencia: su desaparición me
habría sido fatal en esos momentos álgidos. Estaba,
pues, vengando mi vida pasada al lado de tantos vampiros de mi
vitalidad y de mi aprobación. Así que mis víctimas
ideales serían aquellas personas que en el pasado hubieran
construido su personalidad en detrimento de la mía.
El
primer candidato que se me apareció de manera clara en mi
horizonte fue Carlos, mi todavía marido a quien no había
visto desde hacía mucho tiempo. La mera exposición de
mi intención de someterlo me colmó de un placer
inmenso, que imaginé ínfimo en relación con la
satisfacción que me daría tenerlo a mis pies,
suplicante y humillado.
No me fue demasiado complicado citarle para un encuentro en principio
fugaz. Sabía que era un hombre con recursos y que no iba a
acudir a mi llamada si tan sólo le ofrecía la esperanza
de llenar su soledad. Por lo que me contó por teléfono,
estaba viviendo con alguien diez años más joven que él,
trabajadora primeriza venida de una lejana provincia. Su dependencia
a él debía de ser extrema, sola y extraña en
nuestra ciudad. Sin embargo conseguí que acudiera la misma
noche de la mañana en que le llamé.
Quedamos
en un restaurante del centro, donde se suponía que íbamos
a hablar de algo que afectaría a nuestro estado civil. Él
acertó al imaginar que le pediría el divorcio, pero no
por un motivo tan inhabitual como este: deseaba tener un hijo y,
puesto que no encontraba candidato mejor para actuar como padre
biológico, había pensado en él.
–
Tu carácter y tu personalidad son cosas que una buena
educación pueden modelar. Pero tus líneas faciales y tu
cuerpo son perfectos como herencia para mi hijo –le dije con la
seriedad del científico que expone hechos irreefutables.
Él
se sintió halagado en lo que yo sabía que podía
afectarle. Poco le importaba la idea que los demás pudiera
hacerse de su personalidad, de su gusto, de su carácter. Para
alguien tan básico como Carlos contaba sólo lo que a
primera vista podía palparse, constituyendo un valor seguro de
cada persona: el físico. Por lo tanto sólo podía
congraciarse con una aseveración de tal calibre.
–
Pero no sé –añadí preocupada–, no sé
si sería bueno pedirte esto: luego te engancharías a mí
y no habría quien te aguantara. Siempre llamando para ver si
podíamos repetir, con la excusa de que una sola vez no
basta... No, no sé si sería una buena idea...
–
No creas. Date cuenta de que estoy ya instalado con Cristina, y de
que mi situación es súper estable con ella.
–
¿Os va bien, entonces...? –le pregunté, fingiendo
interesarme.
–
Sí, sí, desde luego. Muy bien. O sea, que no sería
por necesidad de... estar contigo..., sino todo lo contrario.
Hombre..., si tú y yo llegamos a un pacto... Aunque tratándose
de un hijo mío...
–
¡Ah, eso sí que no! –le refuté categórica–.
¡Te pido esto con la condición de que reniegues de todo
derecho paterno sobre el niño! Pues sólo faltaría
eso... No te querría tener cerca, como un moscón,
mendigando el reconocimiento de tu paternidad... No, ni muchísimo
menos, Carlos.
Eso
era lo que necesitaba Carlos para sentirse azuzado en su amor propio:
que le dijeran que no. Un acicate para que él intentara
imponer su voluntad contra viento y marea. Una voluntad que, por otra
parte, no existía a menos que alguien se la indicara por medio
de su contrario.
Logré
dejar el tema en reposo, a merced de lo que deparase el desarrollo de
la velada. La cena transcurrió en un galante intercambio de
nostalgias, referidas al tiempo en que vivíamos juntos y las
supuestas bondades que dejamos atrás al separarnos. Todo ello
encaminado a convencerme de que podía confiar en él, de
que una vez introducida la posibilidad del encuentro físico no
se desaprovechara en inútiles diferencias de pareceres. En el
momento de los postres Carlos ya había adoptado su
característica caída de ojos para enternecerme, cosa
que no dejó de hacerme gracia, así como me satisfacía
darme cuenta de su carácter de jugarreta: al contrario de lo
que había ocurrido durante tantos años de vida en
común.
La
casualidad quiso que Luis, un compañero del trabajo muy
apuesto y galán, hubiese elegido el mismo restaurante para
agasajar a un viejo amigo de facultad. Luis llevaba tirándome
los tejos de manera bastante evidente durante la última
semana, por lo que el encuentro fue para él una oportunidad
extraordinaria de acercar simpatías. En cuanto le hube
presentado a Carlos como a mi ex–marido, pareció aumentar
su buena disposición, animado por la invalidación de lo
que él había creído ser una cortapisa a sus
intenciones, así como por la presencia de su amigo, ante quien
mostró sus mejores artes de seducción como si fuera un
pavo real. Estuvimos charlando y riendo unos buenos cinco minutos,
durante los cuales pude convencerme del partido que podría
sacarle a tan inesperado encuentro: Carlos empezaba a debatirse en su
asiento presa de un incómodo nerviosismo, que se acrecentaba a
medida que le miraba de soslayo entre risa y risa que le ofrecía
a Luis.
Mi
compañero de trabajo se despidió por fin de mí,
besándome largamente en cada mejilla y prometiéndose
que nos veríamos en circunstancias parecidas en una ocasión
no muy lejana. Mi ex–marido ordenaba y desordenaba compulsivamente
los cubiertos.
–
Ese tipo es un verdadero pesado. ¿No se daba cuenta de que
molestaba?
Levanté
los ojos del plato para dedicarle una tensa mirada que, sin
desacreditarlo, pusiera en entredicho la conveniencia del comentario.
–
Además... se creerá muy guapo, el tío... Seguro
que es marica, ¿no? ¿No te lo parece, Marga?
Mi
mirada permaneció posada en él, indolente mientras
masticaba. Al tragar el bocado seguí contemplando cómo
el odio le dibujaba una mueca en el rostro; pero rápidamente
mi atención se concentró en la selección de un
nuevo trozo de pastel que llevarme a la boca.
–
La verdad, no sé cómo te has podido reír tanto
con un tiparraco así. Si es todo superficie... No te pueden
gustar los hombres así, Marga. A ti siempre te han gustado los
hombres más..., menos sofisticados, más sencillos, que
te divirtieran con historias más de todos los días...,
y no como las que contaba este tipo tan estirado... Sí, sí,
a ti siempre te han gustado los hombres sencillos y rectos, que te
hicieran sentir segura...
–
Espero que no lo dirás por ti, Carlos... –le interrumpí
con tono sarcástico, lo que sirvió para que enmudeciera
y se quedara fijado ante mi media sonrisa.– ¿No te habrás
puesto celoso?
La
velada se rehizo medianamente bien. Mientras tomábamos café
atendí a sus preguntas sobre mi vida en común con
Lucía, a pesar de la molesta suficiencia que creía
otorgarle haber pasado antes que yo por sus brazos. Pensé que
sería una buena oportunidad para azuzar su orgullo viril
contarle las excelencias de nuestra intimidad, y sobre todo hablarle
de detalles que sabía que él jamás había
experimentado con su antigua amante. Dejé que el entusiasmo se
apoderara de mí al narrarle pequeñas anécdotas
sobre las sensaciones que en ocasiones acometían mi cuerpo,
hasta entonces completamente ignorante de semejantes posibilidades.
Carlos centraba su sexualidad de manera excesiva, casi enfermiza, en
los genitales, lo que le impedía imaginar siquiera la
existencia de cualquier otro campo de estimulación. Mi cuerpo
permaneció para él un perfecto extraño, puesto
que siempre creyó que la atención que dispensaba a mi
bajo vientre me satisfacía lo suficiente como par dejar de
lado otras cosas.
–
He aprendido la importancia de mantener viva la excitación sin
que el orgasmo sea su necesaria culminación. Y te puedo
asegurar que eso es como un larguísimo y mantenido clímax.
Ese intenso placer jamás lo conocí contigo. Pero,
¡vaya!, no se puede tener todo: ser guapo, rico y encima ser un
excelente amante...
–
Rico no soy... –corrigió con la boca empequeñecida
por la hombría puesta en tela de juicio. Estuve a punto de
estallar en una carcajada, que pude afortunadamente dominar.
–
Pero lo mejor no es sólo eso, sino el amplio mundo de
sensaciones que me ha abierto un mejor conocimiento de mi cuerpo. No
es únicamente con Lucía, sino también con los
hombres. Hace poco tuve un encuentro con uno que, para qué
negarlo, no era un experto, pero...
–
Prefiero que no me lo cuentes, en serio –me interrumpió
visiblemente molesto–. No me interesa saber qué haces con
otros hombres...
Otra
pequeña victoria. Una nueva posición ganada. Las
expresiones de aflicción que le provocaban mis explicaciones
eran para mí como el enfervorizante tono de una arenga. En el
rictus de su boca recordaba tantas y tantas sobremesas terminadas en
silencio, mi ánimo ahogado por el sentimiento de culpabilidad
que Carlos conseguía insuflarme. Mi estabilidad emocional
dependió durante largos años de la manera en que me
tratara, del modo en que él considerara mis acciones y
opiniones. Años más tarde, en ese restaurante a punto
de cerrar, consideraba un pago a tanto desdén sufrido el hecho
de que mi ex-marido reevaluara lo que creía haberme dado
durante nuestro matrimonio. Todo lo que él creía
fundamental en la construcción de su personalidad –todos
aquellos hechos de la historia personal de cada uno que otorgan
orgullo o lo roban– se estaba derrumbando por acción de mis
palabras. Ese hombre reafirmado día a día en el
sometimiento de alguien más débil se estaba negando a
sí mismo en un difícil ejercicio de revisión de
lo que él había considerado hasta entonces hazañas,
y que habían resultado ser meras escaramuzas sin objeto.
Era
agridulce la sensación de venganza, casi incómodo saber
tu amor propio salvado por el sacrificio del verdugo. Curioso estatus
el de la víctima vocacional, que incluso en el momento de
haberse librado del yugo del opresor se siente culpable de su buena
suerte.
Carlos
me acompañó en su automóvil a casa. Halló
un aparcamiento justo en frente del patio de Lucía, en el que
encajó el vehículo con cierta torpeza. Hizo ademán
de querer parar el motor, pero le sugerí que sería
mejor no seguir dándole vueltas al tema, que ya tendríamos
tiempo de hablarlo.
–
Además, Cristina
debe de estar muy preocupada sabiéndote fuera con otra
mujer...
–
Todo es una mentira,
Marga; toda mi vida ha sido una mentira. Lo que creí
importante puede dejar de serlo en pocos minutos. Todo se derrumba...
Mientras
se lamentaba, no pude evitar considerar inútiles su examen de
conciencia y el dolor ante la baja calificación que se
concedió: a ese hombre en apariencia roto le esperaba una
jovencita en la cama dispuesta a hacer suyo su sufrimiento con tal de
hacerle feliz. Al cabo de dos días, esas trágicas
lamentaciones habrían quedado sepultadas bajo otros escombros,
y el deseo de enmienda olvidado.
Le
dije que ya me llamaría cualquier día de estos, que
hablaríamos de todos los temas tratados esa noche –"que
ha sido de verdad intensa, ¿eh?"–. Le besé en
una mejilla y salí del coche. Cuando llegué a casa, aún
le pude ver desde la ventana rehacer la maniobra para desaparcar y
alejarse despacio. ¿Satisfecha? No del todo, aunque saberme
dueña de la relación con mi ex me proporcionaba una
agradable sensación de confianza en mí misma, de
seguridad, de fuerza en definitiva.
A
la semana, volví a llamar a Carlos para que charláramos
otra vez. Se sorprendió gratamente de que deseara volver a
verle después de la desastrosa velada que habíamos
pasado. Le quité hierro al asunto, le señalé que
me parecía un logro que por fin se atreviera a dar rienda
suelta a sus sentimientos, cosa que jamás le vi hacer mientras
estuvimos juntos.
–
Sí tal vez tengas razón. Ahora es..., te veo más
como una amiga, como si ser tu marido me hubiese obligado a mantener
una actitud...
Quedamos,
pues, para volver a cenar juntos al día siguiente. Lucía,
que había asistido con un libro entre las manos a la
conversación por teléfono, me miraba se soslayo de vez
en cuando para intentar captar en mi rostro la expresión que
me delatara, que le diera la certeza de que allí estaba
pasando algo que la arrinconara en el olvido. Tenía razón,
sólo en parte, puesto que mis intenciones con Carlos no la
concernían en absoluto: no debían perjudicarle lo más
mínimo, ni beneficiarle demasiado –tan sólo en la
medida en que su amante, yo, se sintiera más segura de sí
misma y, por consiguiente, de sus afectos–. Seguía Lucía,
pues, mirándome tímidamente sin osar siquiera
intervenir, temerosa de contrariarme. Yo la sabía preocupada,
me daba cuenta de que su humor se estropeaba día tras día
debido al estado de nuestras relaciones; ella necesitaba saber dónde
pisaba, posicionarse en la vanguardia del destacamento para marcar
bien decidida la ruta. Ser relegada a un papel subordinado no debía
de sentarle demasiado bien a su sólido orgullo, poco
acostumbrado a rebajarse. Yo la sabía preocupada por que
quedara con Carlos: tal vez temiera que, cansada de ella y de su
demostrada debilidad, yo abrigara la intención de
reconciliarme con mi ex–marido. Haciendo acopio de valor, decidió
preguntarme.
–
Estás saliendo
mucho últimamente con Carlos... Qué pasa, ¿volvéis
a ser amigos?
Lucía
me miraba desafiante, aguantando mi mirada con ojos temblorosos pero
decididos a desentrañar la verdad. Aún esperé
unos instantes para mantener la tensión: formaba parte de mi
aprendizaje.
–
No tienes por qué
preocuparte. Aún quedan algunos asuntos pendientes entre
nosotros, y cuanto antes los solucionemos, mejor. Además
–añadí mientras describía un círculo en
torno a su butaca–, creo que estoy empezando a conocer a Carlos, de
verdad. Ya no lo veo como el hombre dominador y desdeñoso que
siempre creí que era. No sé, estoy descubriendo algo de
sensibilidad detrás de esa armadura... –al decir esto,
permanecí con la mirada fija en un punto en el infinito, como
si estuviera adentrándome en una ensoñación.
Lucía me miraba fijamente, y las dos permanecimos inmóviles,
como si de una escena congelada se tratara. La oí expulsar con
fuerza el aire retenido, tras lo cual se levantó para
dirigirse a su cuarto. Allí me quedé sola, sin público
para mi representación. Sabía que había
conseguido por fin que fueran creíbles mis falsas reacciones,
pero me preguntaba si no estaría yendo demasiado lejos en mi
melodrama.
Me
reuní con ella en el dormitorio; me senté a su lado,
encima de la cama, y le acaricié las manos posadas inertes
sobre los muslos. Creí que cobrarian vida sólo con el
contacto de mi piel, pero allí permanecieron inmóviles,
sin que un solo dedo reaccionara ante mi caricia. Cogí una de
ellas y me la llevé a los labios, besándola largamente,
con dulzura, al tiempo que pasaba mi brazo sobre sus hombros. Nos
miramos y la besé suavemente, beso que ella recibió con
todo el peso de la cabeza, que ya se abalanzaba sobre mí
buscando el reposo de mi hombro. Le acaricié el rostro con la
avidez de quien quiere hallar una rugosidad en un terso pergamino.
–
Tengo miedo, Marga. Tengo
miedo de que vuelvas con tu marido. Y me siento atenazada por esa
posibilidad. ¿Vas a dejarme? Quiero saberlo antes de que me lo
sueltes así, de sopetón, cualquier día de estos.
En
ese momento, su actitud ante la adversidad me pareció estar a
años-luz de la que yo siempre había mostrado ante el
fracaso en que se convirtió mi matrimonio: jamás me
habría atrevido a hacerle semejante pregunta a Carlos durante
los peores tiempos de mi enfermiza dependencia. Lucía se
negaba a dejarse llevar a ciegas por un terreno movedizo y escabroso,
por lo que exigió que se hiciera algo de luz en la oscuridad.
Prefirió afrontar su posible fracaso con gallardía
antes que encajarlo con débil estoicismo. La admiré por
una fuerza que yo jamás demostré tener, pero en la que
me estaba ejercitando con denuedo.
La
apreté contra mi pecho, sintiéndome presa de un acceso
de ternura que no quise reprimir. Le besé la frente, los ojos,
la nariz y los labios, en los que me demoré para decirle
–convencida de que su boca tenía que escucharme– que no
iba a dejarla, que la quería, que no se preocupara. Nuestro
abrazo se prolongó, trocando el frío de nuestros
cuerpos en un calor que nos invadió el rostro, una febril
subida de temperatura que nos hacía temblar la una en brazos
de la otra. Le abrí la camisa y descubrí su escote
tibio, por el que paseé mi mano aventurera; sus pezones se
pusieron duros como piedra, destacándose en la tela del
sostén, pidiendo a dolorosos gritos la liberación. Le
deshice el corchete de la espalda e introduje mi rostro en medio,
desafiando con mi lengua la dura ereción, ora del derecho, ora
del izquierdo. Ella suspiraba en mi oído, recorriéndolo
cauta con sus labios. Nos volvimos a abrazar estrechamente, lo que me
hizo necesitar el contacto de sus pechos con los míos, que se
empezaban a quejar en su asfixiante escondite. Saltaron con una
alegría desacostumbrada cuando los descubrieron las ávidas
manos y boca de mi compañera, que recorrió con la
sabiduría de un cartógrafo. Bajó por el abdomen
para deshacerme la presión del pantalón, para dejarme
en braguitas al antojo de su deseo.
El
mío, mi deseo, la desnudó a su vez para sentirla sobre
mi piel tan cercana como me había prohibido durante esos
últimos tiempos. Antes de terminar detuvo sus caricias y sus
besos para advertirme, con gesto lastimoso, de que estaba en plena
regla. Yo me culpabilicé de no estar al tanto de la intimidad
de mi pareja, de desconocer su calendario y de no haberlo
sincronizado con el mío, cosa fácil en una mujer de
tanta regularidad como yo. Le dije que no se preocupara, que ya sabía
ella que no me molestaba, tras lo cual le quité las frágiles
braguitas para descubrir el hilito del tampón. Tiré de
él y apareció intensamente manchado. Me enternecí
súbitamente ante la contemplación de su sangre, que con
increíble facilidad interpreté como fruto de la herida
que mi actitud estaba abriendo, día a día, en sus
entrañas; limpié y saneé la herida con mis manos
y mi boca, haciendo mío su dolor y apropiándome de sus
impurezas. Cuando levanté la cabeza del abrazo de su bajo
vientre, mi mirada se encontró con la suya observándome
sorprendida; cogió una punta de la sábana, con el que
me limpió los labios levemente manchados, y me besó
profundamente, como si nunca hubiera esperado otra cosa en la vida,
como si el mundo se fuera a acabar allí mismo, como si su
salvación se escondiera en mi garganta.
Como
si buscáramos recuperar el tiempo perdido, nos amamos durante
largas horas; nos lavamos la una a la otra, para caer de nuevo en los
brazos del deseo. Una tenue luz, que entraba por las rendijas de la
persiana, nos sorprendió abrazadas, agotadas pero temerosas de
perder, aunque fuera momentáneamente, el contacto. Así,
estrechándonos la una a la otra, nos dijimos que tal vez sería
conveniente dormir un poco, un par de horas antes de ir a trabajar.
Apagué la luz de la mesilla y pegué mis labios a los
suyos, abandonándome poco a poco al sueño que me traía
el ritmo de su respiración.
Fue
fácil tiranizar a Carlos gracias al estado en que lo había
dejado nuestra última cita. Quedamos en un bar a la caída
de la tarde para picotear algo. Se mostró grave y serio,
dominado por una secreta preocupación. Y aunque la convivencia
con él me había llevado a conocerlo profundamente,
convencida de que era un manipulador capaz de fingir cualquier estado
de ánimo –y llevarlo hasta sus últimas
consecuencias–, decidí seguirle la corriente en lo que
adiviné como parte de su estrategia conducente a llevarme a la
cama esa misma noche. Se suponía que yo era su despechada
ex–esposa, abandonada por el desmedido gusto de su marido por el
otro sexo, deseosa de recobrar su amor. Eso daba alas a su
imaginación, la seguridad de que yo sólo esperaba que
los acontencimientos se acelereraran a favor de nuestra
reconciliación. Sobre todo cuando, entre bocado y sorbo a mi
copa de vino, le confesé en un susurro, mientras le escrutaba
profunda y mantenidamente los ojos, que estaba en período de
plena ovulación. El rostro se le relajó de repente, se
le detuvo todo el juego de tensión y distensión al que
estaba sometiendo a sus músculos faciales para simular
preocupación, y se quedó mirándome sin verme.
Debió de visualizar el roce de su peludo cuerpo contra el mío,
la invasión violenta de mi sexo por el suyo, el frotarse cada
vez más rápido e insistente de su pene en las paredes
de mi vagina, la descarga tórrida de su simiente en la
profundidad de mis entrañas.
Al
salir de su ensoñación no quedaba en su rostro ni
rastro de su anterior preocupación, sino la más viva
determinación. Permaneció en silencio durante largo
rato, escuchando atento todo lo que yo dijese, tal vez con la
esperanza de que alguna alusión claramente sexual le
permitiese abrirse una vía hacia su objetivo. Así lo
pensé en aquel momento, y a tenor de los resultados no muy
desencaminadamente. Le estaba relatando cómo se había
presentado la última campaña de sensibilización
para el uno de noviembre, y en medio de mis comentarios sobre mis
compañeros de trabajo y sus aportaciones a la estrategia, me
propuse insertar algo que le resultase llamativo, útil, para
la consecución de sus fines.
–
Joaquín Gil estaba proyectando en una pantalla una serie de
gráficos, y mientras hablaba no sólo me di cuenta de
que usaba algunas expresiones que ya te había oído a
ti, sino que guardaba un cierto parecido físico contigo:
moreno, de pelo negro y brillante, con la sombra imborrable de la
barba, la mandíbula angulosa y fuerte. De repente, no sé,
lo imaginé con el torso desnudo y a su cuerpo le aplicaba el
recuerdo que tenía de tu pecho; y como llevada por una inercia
adquirida a lo largo de los años, recorrí su vientre
que era el tuyo; y lo desnudé de cintura para abajo y todo lo
demás era tuyo también...
Su
mirada se concentró en mis ojos, frunciendo para ello las
cejas y enfocando el cristalino, buscando en mi expresión un
destello revelador. Apuró su copa y me propuso que fuéramos
al piso que todavía nos pertenecía como matrimonio. Yo
lo miré con sonrisa dubitativa, fingiendo sorpresa e
impresión; sonreí con picardía más
traviesa que libidinosa para decirle que estaba de acuerdo.
El
trayecto en taxi se desarrolló en un extraño silencio
que ni siquiera su mano a la búsqueda de la mía logró
alterar. En el ascensor me besó, primero dulcemente y luego
con fruición, acariciándome el cuello tal y como él
sabía que me provocaba violentos estremecimientos. Entramos en
el piso cogidos de la mano, rodeados de un curioso mutismo que no
sólo nos impedía hablar, sino que también nos
llevaba a hacer el menor ruido posible al andar. Me sentí como
una adolescente que lleva por primera vez a su novio a casa en
ausencia de los padres, debiendo esconder por ello cualquier señal
que delatara esa presencia prohibida ante el genio de la casa.
Al
llegar a la habitación, Carlos me abrazó con fuerza
durante unos instantes que debieron de parecerle eternos, pues la
violencia con la que se pegó a mis labios y a mis carnes nació
repentinamente, sin que nada anunciara su llegada. Viendo el cariz
que iban tomando las cosas le pedí que hiciéramos como
siempre: que se desnudase primero él, lo que aceptó con
una amplia sonrisa. Estaba delgado, sin duda por exigencias de su
nueva compañera, o por estrés continuado. Se quitó
el pantalón y brillaron en medio de la penumbra de la
habitación sus habituales calzoncillos blancos de lycra; se
despojó de ellos y su sexo osciló tímidamente,
irguiéndose a medida que se acercaba a mí. Yo reculé
hasta tocar el inútil refugio de la pared, presa de una
estudiada impresión que sabía que sería del
agrado de Carlos: cuando llegó hasta mí, su pene había
alcanzado su máximo nivel de erección. Carlos volvió
a estrecharme en un abrazo, esta vez para apoderarse de mis nalgas,
de mis pechos y de mis caderas, al tiempo que me besaba ruidosamente
en el cuello y el nacimiento de las orejas. Inspeccioné su
espalda y su trasero, tan firme como recordaba, pero rugoso en
comparación con el de Lucía. Él suspiró
para separarse un poco de mí y disponer de espacio para buscar
mis pechos con la boca. Al incorporarse de nuevo, agarré su
miembro con una mano y empecé a recorrerlo en toda su
longitud. Carlos se detuvo, electrificado, concentrándose en
esa caricia en que parecía irle la vida. Abrió los ojos
y se abalanzó sobre mi boca, en la que introdujo una lengua
indagadora que movía al ritmo del ir y venir de sus caderas
sobre mi queda mano. Con la otra le acaricé los testículos,
lo que le hizo acelerar sus movimientos y meterme las manos por
debajo del suéter para liberar mis pechos de la presión
del sostén. Me los jaleó un poco, dejando enseguida el
izquierdo a su suerte para pasar una mano por debajo de la falda. Me
excité sobremanera, y tuve verdaderos deseos de darle la señal
conocida por los dos para que me desnudara y me llevase a la cama,
pero no era ese mi objetivo para esa noche. Así que dejé
de acariciarle el pene y rechacé su boca, separándome
de él y de la pared en la que me había aprisionado.
–
¿Adónde vas? –me dijo en el tono cariñoso de
nuestos primeros años de noviazgo.
–
Tú espera aquí.
Salí
de la habitación y fui al cuarto de baño a recomponerme
un poco la cara. No podía presentarme así en casa de
Lucía, con todo el rimmel, el maquillaje y el carmín
engullidos por el ansia devoradora de Carlos. Mientras me maquillaba
no pude evitar que un estremecimiento de satisfacción me
hinchara el pecho y exhalara un profundo suspiro.
Cuando
entré de nuevo en la habitación, Carlos estaba tumbado
en la cama, desnudo, con las piernas abiertas y ligeramente
arqueadas. Al verme todavía vestida me preguntó con
amable inquietud que qué hacía así, que me
acercara.
–
Mira, Carlos: creo que es
mejor que lo dejemos aquí. No estoy demasiado segura de querer
tener un hijo tuyo. Lo siento, pero me estaba empezando a dejar
llevar por el deseo y eso no era lo que buscaba. No. No puede ser que
mi hijo nazca de la indecisión.
Carlos
se incorporó e hizo además de venir hasta mí.
–
Pero..., ¿qué
estás diciendo...? Con lo a gustito que estábamos...
–
No, no: no te acerques.
Quieto allí –le ordené–. Creo que no comprendes que
todo esto lo estaba haciendo para quedarme embarazada. Nada más.
Pero no puedo actuar con tanta frialdad. Es mejor dejarlo aquí,
¿vale?
Dicho
esto me escabullí cerrando tras de mí la puerta de un
golpe. Casi corriendo salí del piso y cogí las
escaleras, que bajé a la mayor velocidad de que fui capaz. Ya
en la calle no me costó mucho trabajo encontrar mi coche, que
había dejado aparcado allí por la tarde, lo
suficientemente cerca de la puerta como para reconocer a quien
saliese por la puerta del patio. A los diez minutos apareció
Carlos con la chaqueta doblada en un brazo, mirando a derecha e
izquierda. Entonces arranqué el coche, salí del hueco
en que estaba aparcado y pasé por delante de él sin
acelerar demasiado. Al verme levantó la mano hasta media
altura en señal de advertencia, quedándose inmóvil
mientras me veía pasar sin que me detuviera. Por el espejo
retrovisor vi cómo seguía allí plantado,
observando la marcha de mi coche como quien ve irse el último
tren que le llevara de vuelta a casa.
Mi
victoria había sido de corto alcance, pensé; los
beneficios obtenidos en la operación no habían sido
demasiado cuantiosos, me dije. Pero me quedó la satisfacción
de haber sido dueña de la situación durante todo el
tiempo, absolutamente capaz de modificar las circunstancias en el
sentido que más me convino.
A
la mañana siguiente recibí un ramo de rosas en la
oficina, para asombro y regodeo de mis compañeros. En la nota,
su nombre y unas palabras garabateadas con cuidado: "Espero que
sepas perdonarme. Besos, Carlos." A los pocos minutos, un
mensaje en mi teléfono móvil: "Siempre me he
dejado llevar por los impulsos y jamás te kejaste. Ahora sé
ke tendré ke ir con más calma contigo. Te han gustado
las rosas? Besos, C." El alcance de la operación había
sido mayor del que creí en un principio: tenía a mi
ex–marido completamente dispuesto a hacer lo que yo quisiera. Lo
que no sabía él, el pobre, es que yo no deseaba hacer
nada en absoluto.
Mi
sed de poder no conocía saciedad. Ahora sabía qué
fácil resultaba dominar a los demás mediante sencillas
prácticas, cuyo único requisito era su voluntariosa
aplicación. Tras el golpe que le di a la sumisión que
antaño me imponía mi marido, con la casa y el despacho
sosegados, mi satisfacción no era completa y sentía que
faltaba todavía algún hueco que rellenar.
El
tiempo presente –el presente de aquel entonces– me pertenecía
por completo, poseedora como era por fin de todas las claves que
decidían su desarrollo en un sentido o en otro: Lucía
me demostraba constantemente una fidelidad absoluta, rayana en la
docilidad; en la oficina había pasado de ser la dispuesta y
pizpireta maruja –ama de casa devota de su amante esposo– a
erigirme en durísima crítica, segura de su papel de
autoridad –aunque éste se basara más en una actitud
que en una verdadera sabiduría–. Pero todo esto no me
satisfacía por completo, ya que era el fruto de maquinaciones
y de estrategias finamente calculadas: no era yo, Marga, quien se
había granjeado ese respeto y esa consideración ajenos,
sino el personaje napoleónico que había hecho de mí
misma. Se trataba, por ello mismo, de una situación que no
dudaría en calificar de "bélica", con sus
bastiones que conquistar y sus objetivos que cumplir.
Ahora
bien, a lo que aspiraba en el futuro, por el bien de mi concepto
personal y de mi vida relacional, era a la normalidad del tiempo de
paz: a dejar la estrategia y a abandonarme a las cálidas aguas
de la despreocupación. Necesitaba que mi trato con los demás
se librase del siempre despierto espíritu de la intriga, de la
tensión que creaba la imposición de objetivos, para
alcanzar por fin el trato personal y relajado de la Marga de siempre.
Y poder dejar de calificar tal o cual conversación en términos
de rentabilidad.
Carlos
había significado para mí un importantísimo
elemento en la definición de mi personalidad: gran parte de mi
historia personal giraba en torno a él y en la obligación
impuesta por el ansia de unirme a él para siempre. Haciendo
míos sus deseos, sus obsesiones y sus miedos, con el único
fin de adecuarme a él comprendiéndole mejor, había
abandonado la construcción de mi yo en beneficio de la sólida
cimentación de nuestra unión. Superar ese estado
significaba superar una parte de mi pasado que me había
constreñido hasta el momento a olvidarme de mí misma; y
lo que era más importante: lograr considerarme como parte
interesada en el asunto, con mis propias necesidades y exigencias.
Por fin me había concedido una existencia propia, hasta
entonces negada por la obligación, digamos, vital que me había
creado de vivir en los
demás.
No
obstante, esta nueva situación se me antojaba vacía e
inútil, puesto que por mucho que la "nueva" Marga
pretendiera construirse una existencia libre y autónoma, su
sistema de referencias le había sido impuesto por la sociedad
en que vivía. No podía romper completamente con todo lo
aprendido desde la niñez, eso estaba claro: eso sería
como negarme a mí misma. Pero sí podía cambiar
mi relación con ese contexto cultural en que mi personalidad
se había desarrollado. La familia y la escuela me habían
educado más en la negación y el don de mí misma
que en la afirmación como individuo poseedor de derechos. La
abnegación me fue enseñada desde mi más tierna
infancia como el modo ideal de alcanzar la dicha, o, por lo menos, la
estabilidad; ceder la responsabilidad de decidir a los demás
–al padre o al marido– tan sólo me había concedido
la felicidad del esclavo, duradera mientras no despertase la
conciencia de hombre libre que subyace en todo ser humano.
Esa
conciencia había despertado en mí y estaba haciendo
todo lo posible para imponerse, aunque sabía que era inútil,
pues nunca conseguiría librarme por completo del sistema de
valores en que había sido educada. Tan sólo me sentía
capaz de acometer actos puramente simbólicos que por lo menos
me reconciliasen conmigo misma y con esa necesidad de afirmación
personal, caprichosa y voluble como lo es todo recién nacido.
Comprender
cuál era el fin último de toda mi estrategia estuvo a
punto de hacerme claudicar, pues me decía que tanto esfuerzo
no valía los resultados que perseguía. Pero, aunque los
cambios que se produjeran en mi vida no fueran radicales, necesitaba
contentar a esa recién nacida conciencia como fuera, de cuyo
veredicto me había hecho absolutamente dependiente. Sí,
todo consistía en liberarme de las cadenas exteriores para
someterme únicamente a las interiores y propias: paradójica
motivación, desde luego.
Entre
los actos puramente simbólicos que me quedaban por acometer,
la relación con mi madre ocupaba una posición
preferente. Ella personalizaba las ataduras con mi viejo mundo de
referencias y valores; ella seguía ejerciendo sobre mí
una influencia importante, como la de un sacerdote de cualquier
creencia que pretende unir al fiel con su divino origen. Yo no quería
abolir en mí la religión, sino modificar mi papel en la
celebración de sus ritos.
Así
que fui a visitarla una bonita tarde de noviembre. Llegué
hasta el portal pisando las hojas amarillas que tapizaban el suelo,
dando patadas a una sí y a otra también de las bolas
que habían caído de los plátanos del paseo. La
proyección del portal de mi madre sobre la acera estaba limpia
de los frutos del otoño, como si de una imaginaria alfombra
roja se tratara. Mi madre me recibió efusiva pero sobria, como
siempre, poniendo más interés en la manera de expresar
sus sentimientos que en la necesidad que ella o yo pudiéramos
sentir de exteriorizarlos. Hacía varias semanas que no nos
habíamos visto, por lo que me uní a ella en un largo y
apretado abrazo del que tuvo que sacar la cabeza para respirar.
Estaba envejeciendo, y notaba en su indumentaria, que cada vez tendía
más a la sobriedad y a los colores apagados, un efecto de su
alejamiento de los demás. Por un momento me pregunté si
valía la pena asestarle un golpe tal a una persona ya enferma
de soledad, si no sería como la puntilla hacer reivindicación
de mi condición en detrimento de sus valores. Confiaba sin
embargo en la inteligencia de mi madre.
Con
mi padre en vida hubiera sido otra cosa. Aunque su sentido de la
rectitud y del orden era muy estricto, bien era cierto que en
ocasiones podía infringirse si el guión así lo
exigía. Ahora bien, la decencia basada en esas dos virtudes
debía ser intachable de puertas hacia fuera. Todo ello debía
de venirle, sin duda, de su pertenencia a la clase militar, reserva
de los valores que él creía esenciales del individuo,
como el honor y el respeto a la jerarquía. Valores que él
intentaba aplicarse a sí mismo y a su entorno, pero cuya
vigencia podía acortar en función de la situación.
El único y verdadero rescoldo donde ardía constante la
llama de la personalidad era la dignidad: uno podía ser el
autor de todas las tropelías imaginables, era la actitud digna
–altiva, majestuosa– la que salvaría en última
instancia al individuo de sus circunstancias. Era este un sistema de
valores más basado en una visión folletinesca de la
vida que en la realidad. Pero mi padre jamás permitió
que esta, la realidad, le fastidiase la vida, negándose a
cualquier contraste en el trato con los demás o con los nuevos
aires que soplaban en la sociedad desde que Franco murió. Tal
vez si yo hubiera sido un poco menos dócil y conformista, o si
algún hermano varón hubiese abierto camino para que
yo... No debía sacarme de encima mi parte de culpa echándosela
a un hermano inexistente: como hija única, la responsabilidad
era estrictamente mía.
Así,
mi padre jamás habría aceptado que una hija suya,
felizmente casada, no sólo abandonase a su marido, sino que se
declarase lesbiana. El simple conocimiento de estos hechos le habría
llevado a considerar su vida como una obra fallida, y a tenerse a sí
mismo por un inútil incapaz de guiar a su única hija
por los rectos senderos del honor y la honra.
En
cuanto a mi madre, sí, confiaba en su inteligencia para
comprender las motivaciones ajenas; temía sin embargo una
reacción suya basada más en su sumisión a un
concepto –ahora que estaba sola, único sustento del honor de
la familia– que en las necesidades de su hija, quien por otra parte
debía plegarse a las obligaciones que conllevaba ser portadora
de sangre tan limpia.
–
Mamá, he de
contarte algo que sé que no va a gustarte –le dije no bien
hubo servido el té y las pastitas.
–
Tal vez no deberías
decírmelo, hija mía, si sabes que me va a dar un
disgusto.
–
Mira, Mamá: creo
que tú eres una persona inteligente y que siempre has
intentado apoyarme en lo que haya hecho. Cuando decidí dejar a
Carlos..., no es que me aplaudieras, pero por lo menos no me
criticaste abiertamente: te limitaste a compararme con las hijas de
tus amigas. Pero jamás me negaste tu apoyo. Eso debo
admitirlo.
–
Gracias, hija mía.
Pero, venga, dime de qué se trata. No puedo ni imaginar qué
será, pero prometo intentar estar a la altura –añadió
esbozando una comprensiva sonrisa para infundirme confianza.
–
Tú sabes que vivo
con una mujer, con Lucía...
–
Y que estás
saliendo con un tal Toni, un joven de Mallorca..., sí, sí,
ya lo sé.
–
Pues mira, te había
mentido: no salgo con ningún Toni que valga. En realidad estoy
enamorada de una mujer: Lucía.
Dicho
así, de sopetón, mi madre no tuvo tiempo de reaccionar
como esperaba, pues necesitaba tomarse su tiempo para asimilar y
comprender la noticia. Se limitó a fruncir el ceño en
señal de incomprensión.
–
Así es, como lo
oyes. Nunca salí con ningún Toni, ni me fui a vivir a
casa de Lucía porque necesitase compartir un piso con alguien
tras mi separación. Me fui con ella porque la quería, y
la quiero, y soy feliz con ella aunque tú pienses que eso es
imposible, y que seguiré a su lado mientras estemos enamoradas
la una de la otra. Y que tenías derecho a saberlo porque eres
mi madre..., y yo a decírtelo no sólo porque sea tu
hija, sino porque debes aceptarlo viniendo de quien viene..., porque
se supone que una madre quiere lo mejor para su hija...
–
¿Y me quieres
hacer creer que eso va a ser lo mejor para ti? –dijo levantándose
de su butaca encaminándose hacia la ventana.
–
Hay dos caminos posibles, Mamá: o pierdes a una hija que
creías normal, o recuperas a una hija lesbiana. No creas que
vas a conseguir que me sienta culpable por querer a quien quiero, ni
por ser como soy. O me aceptas o me dejas: tú eliges. Pero
trata de comprender que es importante para mí que mi madre no
me criminalice.
Se
volvió dando la espalda al espectáculo que se
desarrollaba en la calle, me miró fijamente y, con el rostro
contraído por la emoción me espetó:
–
¿Cómo
quieres que elija? –tras lo cual se tapó la cara con las
manos y corió a refugiarse a la habitación contigua.
Debo confesar que no esperaba esa reacción tan melodramática
ni mucho menos, ante la que me quedé un tanto asombrada. El
mecanismo productor de culpa empezó a ponerse en marcha, y,
lejos de la intención que me había llevado a hacer
partícipe de mi vida a mi madre, me pregunté por el
motivo de su reacción. Ante la posibilidad de que mi
costosamente asumido lesbianismo la hubiese zaherido por lo
convencional de su actitud vital, me reconvine diciéndome que
tal vez habría sido mejor dejar las cosas como estaban y que
cada uno viviera en paz según sus planteamientos. Ante la
posibilidad de que fuera mi tono agresivo –pero necesario para
reafirmarme en mi voluntad– lo que le hubiese molestado hasta ese
límite, me acusé de soberbia con una persona que
siempre había creído en una estricta codificación
del tratamiento marcado por la jerarquía; y que habría
sido más conveniente presentarle el asunto de manera gradual.
Es decir, que me obligaba a mí misma a comprender, al mismo
tiempo que eximía a los demás del esfuerzo necesario
para ello. No quise dar mi brazo a torcer una vez más, y
decidí acallar el sentimiento de culpa aunque para ello
tuviera que batirme en duelo conmigo misma.
Permanecí
sola en el saloncito durante un largo rato, aparentando serenidad
ante mi persona –estaba empezando a basar mi dignidad en algo
personal–,
por lo que tomé como una obligación terminar el té
y las pastas. Aún esperé cosa de cinco minutos, dudando
entre irme o quedarme. Al final opté por lo primero, y,
ruidosamente, me levanté y salí de la estancia. En el
recibidor me demoré con la esperanza de que mi madre
apareciera por el quicio de la puerta que daba a la habitación
en la que se había refugiado, y justo cuando mi mano empezó
a accionar el picaporte de la puerta de entrada, salió de su
escondite. Vino a mí con el rimmel corrido –no sé si
por acción de las lágrimas o de sus necesidades
interpretativas–, pero con la actitud serena de quien ha aceptado
su calvario con resignación. Yo me negué a considerarla
con la conmiseración que ella esperaba sacar de mí.
–
Hija mía, puesto que me haces elegir, he elegido ya: elijo
recuperar una hija, sea como sea. Sobre todo te pido que no me
olvides, que sabes que estoy muy sola en este piso tan grande...
Me
abrazó con fuerza, como si con ello quisiera señalar su
vasallaje a mis exigencias. Aunque sentido, fue corto su abrazo, pues
rápidamente se separó de mí para besarme en
ambas mejillas al tiempo que abría la puerta que daba al
patio.
–
Y no te olvides de venir, ¿eh, hija mía? Y trae a tu
amiga si te apetece, que me gustaría conocer a la persona que
hace feliz a mi hija, ¿verdad?
Salí
al rellano y empecé a bajar las escaleras sin que mi madre
agotase sus fórmulas de cortesía. Hasta que no llegué
al piso inmediatamente inferior no cerró ella la puerta. Había
conseguido que me sintiera como una persona extraña, ajena a
la casa, merecedora de todas las convenciones de recibo de la vida en
sociedad. Había conseguido que me sintiera como una visita a
la que se trata con cortesía pero con distancia; a la que
nunca se critica porque eso sería de mal tono; a la que se
acepta siempre y cuando el río del relato de sus intimidades
no salpique demasiado. Mi madre me aceptaba con ello en su sociedad,
aunque rompiera su vínculo afectivo conmigo en función
de la necesidad que tenía de poblar su soledad de viuda
jubilada. No sin dolor lo acepté, a sabiendas de que ella
dejaba la puerta abierta a una redefinición de nuestras
relaciones –que era, en definitiva, el objetivo perseguido en mi
visita.
Al
salir del portal a la limpia porción de acera que le
correspondía, vacilé un instante antes de adentrarme en
la tupida alfombra de hojas secas. No hube caminado cinco metros
cuando, al mirarme los zapatos, los encontré sucios del polvo
acumulado en la hojarasca. Me embargó una vaga sensación
de desvalimiento.
Decidí
por fin terminar con la puesta en práctica de mi estrategia.
Había conseguido ya que la gente que me importaba me
respetara; aunque sentía que ese respeto se debía más
al miedo que a mi verdadera personalidad. Por lo menos me había
demostrado a mí misma que bastaba con actuar con segura
iniciativa para que se cumplieran mis objetivos. No era una
idealista: sabía que el éxito dependía en gran
medida de la magnitud e importancia de dichos objetivos; por ello me
los había planteado modestos con respecto a las posibilidades
de las que me sentía dotada. Había sabido no perder el
norte ni el sentido de la realidad, cosa que me había ayudado
sobremanera. O, al menos, eso creía.
Se
planteaba ahora un nuevo objetivo (me asusté por tener que
aplicar nuevas estrategias, me dio miedo verme incapaz de separarme
por completo de la intriga, del debe y el haber en mis relaciones con
los demás), consistente en recuperar la confianza de Lucía.
Había tiranizado hasta tal punto su deseo que sentía
que su apego a mí se debía más al miedo a
perderme definitivamente que a un afecto verdadero. Ignoraba por
completo si sus sentimientos se habían mantenido intactos tras
esos meses de tira y afloja. Tal vez en un exceso de complacencia
magnifiqué el alcance de mi estrategia, al creer que los
resultados conseguidos eran más que buenos. Por ello me creí
obligada a comenzar casi desde cero para recuperar la confianza de mi
amante; ella recobraría así su seguridad y su aplomo
acostumbrados, cualidades que me agradaron desde que nos concimos.
Quería enamorarme de nuevo una vez que mi autoestima había
sido realimentada y reforzada.
No
podía evitar, pues, crear una nueva estrategia para justificar
ante sus ojos el cambio de actitud, en realidad tan brusco, que
pretendía operar con respecto a Lucía. Esta consistiría
en simular una grande y continuada fatiga debida a la acumulación
de trabajo en la oficina. Ello me permitiría presentar en casa
mi cara más vulnerable sin que pareciera debido a una clara
voluntad. Lucía debería entonces sobreponerse a mi
debilidad, hacer suyas las decisiones domésticas, y, en pocas
palabras, ocuparse de mí. Su confianza, esperaba, iría
reforzándose poco a poco hasta alcanzar el nivel deseado; y de
nuevo mi espíritu y mi cuerpo navegarían, cuales
seguros galeones, en el vasto océano de la pasión
correspondida.
Empecé
a llegar sistemáticamente tarde a casa, con trabajo pendiente
que debía terminar tras la cena –lo que me vino
estupendamente bien para avanzar en un proyecto que tan sólo
existía antes en estado de germen–; pasábamos las
veladas juntas, por lo menos, ella sentada leyendo un libro mientras
yo tecleaba en el portátil de la empresa. De vez en cuando
contenía una expresión de hartazgo, pero no lo
suficiente como para que Lucía la percibiera: me conocía
y reconocía mis señales de socorro, pero no tanto como
para discernir si éstas eran falsas o no; entonces ella me
recomendaba que parase un momento, que me relajara, que saliéramos
a dar una vuelta aunque sólo fuera hasta un bar cercano. Mis
continuas negativas justificaron la aparición de los síntomas
habituales del estrés: tensión de cuello y pequeñas
crisis de histeria. Lucía tomó la costumbre, durante
esa semana en que fingí estar sobrecargada de trabajo, de
aplicarme masajes en el cuello cada media hora–tres cuartos, lo que
me dejaba como nueva para continuar tecleando y maquinando. El
bienestar que me procuraban sus manos era tan intenso que no me
costaba esfuerzo alguno abandonarme, tan de vez en cuando como lo
permitiese la intriga, a la voluptuosidad; pasar de allí a no
muy insinceras demostraciones de gratitud no podía resultar
sospechoso, por lo que me dejé llevar en más de una
ocasión por el deseo de acariciarle o besarle las manos, o de
seguirla hasta el sofá o donde pudiese continuar con sus
masajes. Era dulce entonces aferrarme a su cuerpo como si fuera la
tabla de salvación ante la vorágine del mundo exterior,
justificando esto toda manifestación de afecto que pudiera
acometer.
El
miércoles de esa misma semana debí cancelar la reserva
que había hecho en un restaurante para cumplir con la
tradicional cena de media semana que llevábamos haciendo desde
casi el principio de nuestra vida en común. Lucía lo
aceptó sin ningún problema, comprendiendo cuán
importante era para mí en ese momento disponer de todo el
tiempo posible para satisfacer mis exigencias profesionales. Le
aconsejé que saliera, en un exceso de liberalidad que me
sorprendió a mí misma, ya que no iba a ser la mejor de
las compañías sentada ante el ordenador y la
calculadora. Ella aceptó socorrerme en semejante trance,
prestándome a alimentarme y a relajar mi cuello. Fue tan
solícita conmigo, y tan metida en la caracterización
del estrés me sentía yo, que me fue fácil
simular cargo de conciencia ante el reconocimiento de su sacrificio.
–
Estás siendo muy buena conmigo, Lucía –le dije
mientras daba cuenta de una sabrosa crêpe
que había preparado–. Yo, en tu lugar, seguro que habría
salido por ahí a divertirme un rato... Porque la verdad es que
tú también, cuando estás hasta las orejas de
trabajo, no veas cómo te pones ...
–
¿Y no estuviste tú allí cuando a mí me
iba mal? ¿No me atendiste cuando más necesité tu
apoyo?
–
Sí, la verdad es que sí –afirmé mirando al
suelo, perfectamente consciente de que estaba mintiendo.
–
Pues eso. Así que ahora come y calla, que se enfrían.
Terminé
el último pedazo que esperaba en el plato y, mientras bebía
vino la observé a través del cristal de la copa; estaba
ensimismada untando una rica mousse
en una tosta, bella y altiva en su olimpo de perfección: una
perfección humana porque la sabía capaz de ternura,
capaz de bajar de ese pedestal de estatua clásica para
mancharse con las miserias humanas, para empaparse del desprecio al
que yo le había estado sometiendo durante tanto tiempo. Me
asaltó un súbito temblor en la zona alta del estómago,
para nada incómodo, anuncio de un transporte sentimental. Ella
se percató de que la observaba atentísima, y sonrió
al preguntarme, con una complicidad que pertenecía al pasado,
que qué miraba, que qué me pasaba. Rápidamente
me puse en su mirada para observarme a mí misma mientras
dejaba la copa en la mesita, alargaba la mano para acariciarle el
mentón y acercaba mi cara a la suya para depositar un lento
beso en su mejilla. La sentí sonreír con mayor
convencimiento aún, lo que supuso un aplauso a mi astuta
representación. De la mejilla paseé mis labios hasta su
cuello, apreciando cómo el músculo central comenzaba a
vibrar al tempo de una inaudible música interior. Lamí
con suavidad toda su longitud, haciendo míos los restos de su
perfume. Me separé un tanto de ella para mirar sus risueños
ojos, quienes me dieron licencia para posar mi boca en la suya y
recrearme nada más que en el contacto, sin mover ni abrir los
labios.
–
¡Huuuy, cómo te estás poniendo, Marga! –exclamó
con elegante suavidad mientras se zafaba, sonriente, de mi abrazo–.
Venga, déjame, que te estás perdiendo...
–
¡Déjame sólo
un poquito así, así! –le pedí con infantil
actitud para apoyar mi cabeza en su hombro. Ella accedió y
permanecí allí no sé cuánto rato, sumida
en un soporífero bienestar, acunada a un tiempo por el olor de
su cuerpo y por la satisfacción por el objetivo cumplido que
me subía desde el vientre hacía arriba, ejerciendo un
efecto semejante al del ronroneo de los gatos. Me sentí
repentinamente culpable de perfidia, de falta de espontaneidad, lo
que me hizo abrir los ojos súbitamente y someterlos a la
visión del escote de Lucía. Volví a la realidad
con premura, dejando de lado la pertinencia o no de introducir una
mano en su pecho, abrirme camino entre la tensión de los
elásticos del sostén, y cubrir un seno con mi mano. El
pezón se irguió, altivo.
–
¿Pero qué
haces, loca? Venga, venga, déjame.
Posé
mi boca de nuevo en la suya, sonriente y sorprendida, yo creo que
satisfecha por vivir otra vez una escena de irrefrenable ternura
–aunque, desde luego, cauta, porque si bien era enorme su capacidad
de entrega, debía de temer que las flores de hoy sólo
fueran mustios pétalos mañana. Yo sentía crecer
el deseo en mí, imparable, que me convertía en una
araña dotada de innumerables brazos y de una boca posesiva e
invasora. Lucía rió unos instantes, hasta que se puso
rígida ante mis continuados besos en el larguísimo
hueso de su clavícula. La desnudé, me desnudó, y
allí en el sofá dimos cuenta de nuestros temblorosos
cuerpos con la avidez de una leona que se abriera paso en el vientre
de una gacela para alcanzar sus entrañas, la parte más
tierna y sabrosa, saciar su hambre y su sed, y eructar al final,
ahíta, el alma de su presa que se le escapa por entre los
incisivos colmillos.
Abrazadas
la una a la otra, el tiempo pareció correr más
despacio. Habíamos manchado el sofá, lo que nos haría
reír cuando Lucía se diera cuenta y se quejara de tener
que llevar la funda otra vez al tinte... El saloncito parecía
un campo tras una cruenta batalla; nosotras, bellas durmientes, como
ese soldado del poema de Rimbaud –oh, Lucía, qué de
cosas me has enseñado– que yace en la vaguada, con los pies
en la dalias, dos agujeros rojos en el costado. Cerré los ojos
de nuevo y sentí el fragor de mi campo de batalla interno, en
el que mis miedos sonaban las cornetas. Quise hablarle de todos esos
meses pasados, de mis estrategias, del cuento que había hecho
de mí misma. Pero no osé; temí perder no sólo
la magia del momento, sino también la confianza de mi
compañera; temí perderme yo misma en unos excesivos
transportes que mostraran hasta qué punto era dependiente de
unos brazos, de unos besos, de su afecto demostrado sin fisuras. Alcé
la cabeza y me contenté con besarle las mejillas otra vez,
abrazarle más fuerte, mirarle a los ojos y besarla larga y
efusivamente los labios, para marcar el final del abrazo.
Se
levantó, se puso una bata, recogió un poco todo el
cambalache, y extendió una mano hacia mi desnudo cuerpo,
yaciente apelotonado en el sofá. "Venga, deberías
levantarte y terminar lo que te habías propuesto hoy", me
dijo. Yo sonreí porque, en realidad, ya había
conseguido lo que me había propuesto, e incluso antes de
tiempo. Así que me di impulso con su mano para levantarme y
ponerme de pie; le abrí la bata y me metí dentro de
ella, abrazándola directamente sobre la piel. "¡Que
le den morcilla al trabajo!", exclamé. "El único
proyecto realmente importante es el que tengo ahora entre manos, que
es el de cuidar esta flor para que no se me marchite." Lucía
rió agradecida y me abrazó con los faldones de su bata,
dentro de los que le acompañé hasta la habitación.
Aún
quedaba mucha noche por delante, que utilizamos para cuidar la una de
la otra: nos bañamos abrazadas, enjabonándonos la una a
la otra; nos dimos cremas, nos limamos las uñas... Mil y una
cosas que nos permitieran mantener nuestros cuerpos en contacto,
cómplices de intimidad, que nos acercaran la una a la otra...
Yo quería decirle de manera no verbal toda la culpa que me
hinchaba el pecho, todo mi arrepentimiento, todo lo agradecida que le
estaba por haber sabido permanecer al lado de alguien incapaz de
dejar de tomar la vida amorosa en términos de campaña
militar. Era algo que debía aprender de nuevo, para lo que
tendría que civilizar mis sentimientos y dejarlos libres,
fuera de la ordenada y disciplinada vida del cuartel.
O
eso o asumir la promoción de grado como algo connatural a la
vida militar, que condujera indefectiblemente a la soledad del
general; rodeado por meros engranajes de la máquina de su
ambición, pero solo definitivamente en su elevada posición
de autoridad, incapaz de compartir las miserias del soldado.
A
la mañana siguiente, Lucía se deshizo de mi abrazo y se
deslizó al cuarto de baño sin que yo me percatara. Me
despertó el frío de su lado de cama y enseguida oí
el ruido del agua al caer en el lavabo. Me desperecé alegre y
relajada, con el recuerdo todavía vívido de nuestros
afectos; subí la persiana y miré afuera, donde se había
adueñado de la calle una densa niebla que apenas sí
podían cortar las farolas todavía encendidas. El día
ya había amanecido, y yo estaba tan tranquila observando el
panorama desde la ventana... Fue la costumbre más que la
necesidad real lo que me empujó a apresurarme, aunque en
realidad no hubiera la más mínima urgencia en que yo
apreciera a primera hora de la mañana en la oficina: tan sólo
debía mantener la farsa ante Lucía.
Llamé
con los nudillos en la puerta del lavabo y solicité su permiso
para entrar. Desde dentro su voz me llegaba disminuida, por lo que no
entendí que me negara la entrada. Al abrir la puerta la
encontré sentada en la taza del váter, sorprendida de
que la importunase en ese momento tan personal. Le dije que tenía
mucha prisa, que tenía que empezar a arreglarme para no llegar
tarde al trabajo. "¿Pero no ves que estoy haciendo de
vientre?", me dijo. La miré y olfateé el aire,
percibiéndolo cargado del perfume de sus entrañas al
que ya me había familiarizado tras esos meses de compartir
cuarto de baño. "¡Ya lo creo que me doy
cuenta...!", le espeté, bromista. Ella se rió de
buena gana contagiándome la carcajada, y me acerqué a
celebrarlo dándole un beso. Mientras posaba mis labios en los
suyos nos vino otro acceso de risa y rompimos a reír las dos,
como dos memas. La abracé y le dije que me encantaba el olor
de su caca, que era lo más limpio y tierno que había
olido nunca, y que toda ella era limpieza y santidad. "¡Venga
ya!", me contestó, a lo que le repliqué que nada
me gustaría más que lavarla esa mañana en
reconocimiento a todo el amor que me había dado la noche
anterior. "¡No lo dirás en serio...!", me
disparó. Yo permanecí mirándola sin decir nada,
y debí de poner cara de circunstancias porque en ella encontró
Lucía respuesta a su pregunta. Estiró la mano para
agarrarme del cuello y atraerme hacia ella para besarme y preguntarme
después: "Si quieres limpiarme tendrás que empezar
ahora mismo." Yo sonreí para asentir, de verdad
sorprendida de que ella accediera a compartir su más secreta
intimidad conmigo. La vi realmente tan pulcra con su cuerpecito
envuelto en una camiseta blanca sin mangas que sentí un arrobo
desconocido hasta entonces, una alegría extraña de
saber que todas las puertas de acceso al cuerpo de mi amante estaban
abiertas para mí; que todo lo suyo, incluso lo más
impuro, los restos, los compartía conmigo dejando de lado
prejuicios y pudores. La besé con ternura y sentí el
sabor de la noche todavía presente en su aliento.
"Vamos
a ello, pues", le dije. Hice que encorvara la espalda para
llegar a limpiarle los restos de caca que se le hubieran quedado
pegados al ano. Utilicé varios trozos de papel en esa
operación delicada y tierna, que se hizo eterna debido a que,
al acurrucarse sobre sí misma, su boca se situaba tan cerca de
mi vientre que me hacía cosquillas con su aliento, o con los
dientes, o con sus besos. Riendo terminé con el papel y empecé
a llenar el bidé con agua caliente, evitando echar agua fría.
Cuando acercó las nalgas para sentarse en la cubeta, tan sólo
necesitó que la piel aflorara el agua para darse cuenta de lo
caliente que estaba. Le indiqué que esperara sentándose
en los bordes del bidé, con las piernas abiertas, mientras yo
le quitaba la camiseta y descubría de nuevo sus preciosos
pechos: los pezones, erectos, sólo esperaban una hábil
caricia para empujar el vaho de su propietaria al húmedo
ambiente del cuarto de baño. La besé mientras me
apoderaba con ambas manos de sus senos, que no pude evitar mirar
desde mi privilegiada altura: entre medio se abría un canal
perfecto que continuaba por el abdomen, bien marcado hasta el
vientre; mi mano se aventuró por esa senda camino del pubis.
Cuando puse un dedo entre sus labios sentí la humedad cálida
de la secreción reciente, que le había inundado el sexo
de flujo. Sabiamente, guiada por la costumbre y el conocimiento de
los resortes de su placer, le acaricié el clítoris,
arrancándole un gemido largo, que parecía brotar de las
profundidades de su estómago. Envalentonada por sus
demostraciones, me agaché para introducir el índice de
la otra mano en la vagina, por detrás. Nuevo gemido que, unido
a los anteriores, marcó un nuevo acento en el ritmo de su
respiración. Metí el pulgar en el ano, limpio de
inmundicias pero recientemente humedecido por el vapor del agua del
bidé, que entró atrevido y sin encontrar resistencia
alguna.
Mis
dos manos entraban y salían del cuerpo de Lucía,
arrancándole suaves chillidos al compás de la
respiración; parecía que le estuviese arrebatando la
vida por esos orificios, y que ella se defendiese de mi acoso brutal.
Cuando le sorprendió el orgasmo le sacudieron el vientre unas
convulsiones violentísimas que a punto estuvieron de
lesionarme la mano ocupada en acariciarle el sexo por delante. Se
relajó y alzó la cara, extremadamente congestionada y
con los ojos a medio abrir; una expresión voluptuosa le
surcaba la mirada grave, inmersa en la seriedad y la ceremonia del
placer. La besé y ella se agarró a mí con las
fuerzas que el exceso le había dejado.
Mientras
ella se recuperaba yo me planté ante el espejo para recogerme
el pelo antes de ir a la ducha, pero me asaltó un repentino
escrúpulo al acercar mis manos a la cabeza: debería
lavármelas antes de tocar cualquier cosa, impregnadas como
estaban de las intimidades de mi amante. Me llevé los dedos a
la nariz para reconocer sus olores, los olores de su interior, acto
en el que ella me sorprendió por el espejo. Nos mantuvimos la
mirada, olfateé de nuevo, y me metí la uve de mis dedos
en la boca: al lado del sabor reconocible de sus secreciones
vaginales percibí otro, extraño, acre, que me impidió
mantener el contacto más allá. Me lavé los dedos
y me enjuagué la boca, tras lo cual sorprendí la
sonrisa de Lucía en el espejo: yo creo que orgullosa de mi
atrevido experimento.
Las
semanas fueron pasando y Lucía recuperaba poco a poco la
confianza perdida en sí misma. Tras el acontecimiento del
cuarto de baño, que debió de parecerle la señal
del fin de las hostilidades, no hubo un día en que mi mujer no
volviera a casa con algún presente. Al principio fueron
flores, que iba reponiendo periódicamente con nuevos ramos que
sustituyeran a los que empezaban a marchitarse; pronto la casa entera
estuvo llena de floreros a rebosar, lo que hacía del deambular
por las estancias una especie de navegación por odoríferos
océanos de bienestar. Cuando las flores fueron perdiendo
interés por habernos acostumbrado a ellas, Lucía traía
otros presentes destinados a señalar el júbilo: una
botella de vino que había hallado en una bodega, un disco
recomendado por una amistad, un par de billetes de avión para
ese mismo fin de semana. Tantas otras sorpresas que tenían
como finalidad mantener viva la llama del afán de celebración.
Lo
más interesante de todo eso era que Lucía empezó,
tras esos meses de silencioso comedimiento, a exponer sus opiniones
con la misma fuerza de cuando nos conocimos. Si antes su deseo de ir
a ver una película se expresaba mediante una tímida
opinión, que encerraba visiblemente una petición, ahora
la misma se exponía con arrojo y seguridad, señalando
la obligatoriedad de la asistencia. O un concierto, o una exposición:
todo recobró el tono de consejo dado desde el púlpito
de su gusto refinadísimo y convencido de su superioridad.
Me
sentí realmente dichosa cuando pude recuperar el respeto que
antes me inspiraba mi mujer; las cualidades que antaño me
sedujeron volvían a tener la importancia acostumbrada. Sus
juicios y sus opiniones marcaron de nuevo el ritmo de nuestros días,
ya que yo me plegaba de buena gana al gusto que sabía que
guiaba sus elecciones de una película, una exposición,
una visita, un restaurante... Recuperamos la costumbre de cenar fuera
todos los miércoles, que por nada del mundo me hubiese perdido
en ese período de paz. Todo parecía volver a su cauce,
al lecho de la seguridad que da saber por qué estábamos
juntas: ella su buen gusto, yo mi autoridad, que aún debía
utilizar de vez en cuando para dejar bien clara mi posición en
la pareja.
Lo
negativo de todo esto fue que nunca pude abandonarme totalmente a mi
pasión. Saber qué me ataba a Lucía convirtió
mi amor por ella en algo mensurable: como una regla con escala que
podía alargar o acortar en función de mis necesidades
amatorias. De esta manera, el día en que veía a mi
amante en exceso retraída ante mi desdén de la víspera
bajaba la guardia y permitía que su cabeza sobresaliese de la
niebla para tomar aire; el día en que, por el contrario, la
veía demasiado gallarda, dos o tres observaciones bien hechas
la ponían en su sitio y me devolvían a la posición
que yo sabía inalienable.
Nada
fue, en ese sentido, como antes. De la rutina en que se instala toda
pareja segura de los roles que asume cada una, pasamos aquí a
la alternancia periódica, por la que tan pronto la una como la
otra se instalaba en la autoridad. Eso provocaba que nunca supiéramos
a priori cómo iba a funcionar la cosa, puesto que todo
dependía de nuestro estado de ánimo. Lucía nunca
sabía cómo iba a reaccionar yo, por lo que dejó
de tomar iniciativas de celebración ante el miedo de que mi
mal humor se las chafara. Por eso tomé la decisión de
regularizar los períodos de alternancia: cada dos días
cambiarían las tornas, dos días de completa aceptación
de sus opiniones, dos días de negación y de
consiguiente imposición de mi voluntad. Lucía podría
así saber a qué atenerse, y reconocer gracias al pasado
inmediato a qué momento de ánimo le había
llegado el turno.
Estaba
planteando un estado de permanente y medida zozobra, del que yo creía
poseer las claves y por el que pensaba poder moverme con completa
seguridad. Ahora bien, ¿cómo evolucionarían los
sentimientos de Lucía en ese ambiente enrarecido, en el que la
franca camaradería había sido abolida por completo? Y
yo, ¿estaba dispuesta a cambiar la sincera emisión de
los afectos por la seguridad de quien piensa controlar la situación?
Creo que había llegado a un punto en que los afectos y los
sentimientos habían perdido la importancia que antaño
tuvieran; entendía que eran más un lastre que una
demostración positiva. Su presencia en mi horizonte se me
antojaba peligrosa, por lo que creo que no pude hacer nada mejor que
abolirlos. A partir de ese momento comprendí que todo sería
una inmensa farsa, que la sensación de cercanía a mi
amante era completamente ficticia, puesto que no era más que
una endeble construcción, cuyo fin era la de contrafuerte de
mi personalidad. Pero, ¡qué se le va a hacer!, era
lógico que en el nuevo derrotero que había tomado mi
vida existieran las dudas; por lo menos, éstas, las nuevas
dudas, me sentía capaz de asumirlas, mientras que las otras,
las antiguas, estaban totalmente fuera del alcance de mi comprensión.
El conflicto no se había resuelto, pero ahora se me antojaba
un conflicto propio, propiciado por mí; el conflicto en que
había vivido hasta entonces tenía existencia
completamente autónoma, no dependía de mí y, lo
que es más, me hacía depender de él. Algo había
salido ganando, creo... ¿O acaso me estaba engañando a
mí misma con ese endeble mecanismo de defensa?
No
lo sé; realmente no lo sé. Y lo digo tras lectura
detenida de estas páginas, en un momento en que puedo decir
que la continuidad de mi estrategia ha pasado por momentos altos y
bajos. Nos respetamos mutuamente, eso desde luego; nos proporcionamos
aquello que nos satisface a las dos... Ahora bien, ¿seguimos
(o sigo) haciéndolo por su propio valor o esperando que cotice
constantemente en el debe y el haber de nuestra relación?
Me
da miedo pensar, me horroriza imaginar siquiera, que he apartado de
mi vida la sinceridad de unos sentimientos pretendidamente gratuitos,
que antaño creía que no esperaban nada a cambio. El
sentido de intercambio es ahora tan evidente que me siento incapaz de
vivir fuera del te–doy–porque–me–das. Me horroriza, pero sigo
en esa tesitura, absolutamente impotente ante cualquier tipo de
comportamiento alternativo: esto ya no es el amor con el que siempre
había soñado, libre de ataduras y únicamente
sometido a la fuerza de una tormentosa pasión. Las ataduras
están repletas de sentido, y la pasión ... me veo
obligada a renovarla casi diariamente. ¿He cambiado yo o me ha
cambiado mi relación con Lucía?
Y
así sigo. No sé si continuaré así, tras
haber propiciado la situación de mutua dependencia, o si algún
día me lanzaré a la carretera buscando la libertad de
movimientos del autoestopista. Ahora circulo con la seguridad de
quien tiene el depósito lleno y muchos kilómetros por
delante de conducción sosegada. ¿Para llegar adónde?
Quizás alguien me señale que lo verdaderamente
relevante es viajar, que importan poco el medio de locomoción
y la velocidad mientras una se esté moviendo. Y viajando, con
la duda como medio de locomoción, he llegado a este paraje que
ha resultado ser un desierto de respuestas.