domingo, 17 de julio de 2016

CHERCHEZ LA FEMME

Cherchez la femme
por Francisco Domínguez



No me concede treguna ni reposo
Esta guerra civil de los nacidos
QUEVEDO



Empecé a sospechar de las infidelidades de mi marido una noche en que se mostró especialmente inquieto, dando vueltas y más vueltas en la cama; tantas, que no logré conciliar el sueño hasta bien pasadas las cuatro de la mañana. Fue entonces cuando una voz proveniente del salón me despertó: él estaba hablando por teléfono en un tono especialmente bajo, no sabía si por temor o por consideración. Estuve haciendo esfuerzos por captar algo de la conversación, pero tan sólo algunas palabras aisladas se hacían inteligibles; nada que me permitiera hilvanar aunque fuera una parte de su discurso. Oí nítido el ruido de colgar el auricular, y sus pasos cuidadosos sobre la moqueta del salón, cuya intensidad fue creciendo a medida que se acercaba a la puerta de nuestra habitación, que abrió con suma discreción. Una vez dentro, anduvo con cautela para no despertarme, que yo no desvirtué fingiendo seguir dormida. Rodeó la cama y se dirigió a la terracita contigua, cosa que pude adivinar al oír el suave chasquido de la silla de anea. Allí, sentado, debió de pasar unos quince minutos, inmóvil, sin suspirar siquiera, lo que habría indicado la continuación de su inquietud tan cercana. La silla volvió a crujir, antecediendo el suave sentarse en su lado de la cama. Se echó con sumo cuidado y no tardé en percibir la profunda y acompasada respiración que suele acompañar la consecución del sueño.
Yo le daba la espalda, con los ojos abiertos, completamente desvelada y sabedora de que tardaría mucho rato en volver a dormirme. Al cabo de unos veinte minutos aproximadamente me levanté y deshice el camino que había andado mi marido para salir al salón. En aquel momento no sabía muy bien qué buscaba, qué podía guiarme en la resolución de un enigma casi inexistente. Hasta que de manera casi profética vi el teléfono en su mesita, iluminado como si de un foco se tratara por un rayo de la luna –o de una farola– que entraba por la ventana. La verdad es que me acerqué a él sin una idea precisa de qué podría hacer, incapaz de retrazar la conversación de mi marido a esa hora avanzadísima de la noche. Sin embargo recordé al instante aquella escena de Carne trémula en que se ve, a través de una lupita, el dedo de Francesca Neri pulsando el botón de repetición de llamada. Poco decidida, temerosa ante lo que pudiese encontrar al otro lado del hilo, apreté la negra tecla y esperé. Tres tonos y el sonido característico de un contestador que se dispara: "Este es el contestador automático de Lucía Carballedo. Puede dejar su mensaje después de escuchar la señal."

Ese día habíamos sido invitados por el banco de Carlos a un almuerzo en uno de los mejores restaurantes de las afueras. Le acompañé en calidad de dama consorte, y no demasiado a disgusto, pues yo ya conocía a algunos de sus compañeros por reuniones que había celebrado Carlos en casa; o por haber mantenido relaciones comerciales con la empresa: en dos o tres ocasiones habían requerido mis servicios como decoradora floral para engalanarles la sala de conferencias y la totalidad de la planta baja de la sede social del banco. Así que no iba con el temor de no poder hablar con nadie o de sentirme apartada del meollo.
Tras la llegada tan esperada de los jefes, en medio de marcados gestos de admiración y sumisión, se dio el banderazo de salida a la comida propiamente dicha. Los trabajadores, casi exclusivamente hombres, comieron mucho y bebieron más, lo que provocó que rápidamente se aparcaran chaquetas y se aflojaran corbatas. La verdad es que la cosa estuvo muy animada, y enseguida entablé conversación con uno de los compañeros de Carlos, interventor de la sucursal, sentado cerca de mí. Tras los postres, los puros y las copas largas, la distensión y el relax: el ambiente estaba cargado de relaciones en suspensión, de cosas no dichas durante el tiempo de trabajo y que no esperaban sino la ceremoniosa y artificial creación del escenario apto para el acercamiento.
Fijándome tan sólo un poco, pude darme cuenta de lo superficial de su contacto; sus confidencias se limitaban al intercambio de pareceres sobre la rentabilidad financiera de tal o cual proyecto familiar; o al de consejos ofrecidos desde la altura que otorga la experiencia de la jerarquía sobre automóviles, restaurantes, pistas de esquí o centros de vacaciones al sol. En algunos sectores del abarrotado comedor, sin embargo, se oían sonoras carcajadas de corto recorrido, que otorgaban a los directivos el derecho a ser el foco de atención del momento.
– Marga –me dijo Carlos–, que voy un momentito a la terraza con Pedro, que aquí no se puede hablar.
Hacía calor en la sala, el humo casi se podía modelar con las manos, y el interventor compañero de Carlos estaba cada vez más cargado. De manera un tanto difusa me estaba confesando que las cosas con su esposa no iban del todo bien, que en realidad el ambiente en su casa estaba cada vez más enrarecido; ya no sabía qué hacer, si dejarlo todo por imposible o contraatacar con una aventura extraconyugal que hiciese ver a su mujer hasta qué punto él le era necesario. Sostuve la mirada de esos ojos vidriosos, interrogantes, durante unos segundos en los que se debía dirimir si yo estaría dispuesta a participar en el juego o no. Lejos de contestar siquiera con la mirada, dirigí mi atención hacia el resto de las mesas, donde había varias parejas en la misma actitud que el interventor y yo. Tal vez era ese el escenario propicio, las comidas de empresa, para que se urdieran planes de seducción o ententes amorosas.
Busqué con la mirada a Carlos a través de la cristalera y le vi departir alegremente con Pedro y con una compañera desconocida para mí. Dudé entre acercarme y arriesgarme a parecer una celosa dueña –lo que de seguro perjudicaría la imagen de mi marido–, y quedarme en el sitio preocupada por lo que podía haber tras esas risas y esos comentarios de apariencia chistosa que se dirigían mutuamente. El interventor seguía destilando su relato, en el comedor empezaban a verse huecos de gente que debía de haber huido al bar o a la planta baja. Así que decidí levantarme para encaminar mis pasos hacia la puerta abierta en mitad de la cristalera que daba al exterior. Conforme me acercaba, vi cómo Pedro se apoderaba de los vasos de mi marido y de su acompañante y desaparecía de la escena. No estoy segura de haber leído en el rostro de Carlos una expresión de alarma o de tranquilidad cuando me llegué hasta ellos; lo cierto es que me recibió con una sonrisa frágil e insegura, como de payaso despechado.
– Mira, Lucía, esta es mi mujer. Marga, te presento a Lucía, colaboradora habitual del banco. Lucía, Marga.
Nos besamos las mejillas con fingida efusividad. Lucía venía de una empresa de consultoría que se ocupaba de los cursos de formación de directivos. Su actitud por ello mismo era distendida y segura, con la autoridad que puede dar ser quien dicta cómo se debe dirigir una oficina.
– Yo a tu mujer la conozco –dijo Lucía–. Perdona que te lo pregunte, pero... ¿tú estudiaste en el Sagrado Corazón? Porque creo reconocerte ahora que te veo de cerca...
Y resulta que nos conocíamos, que habíamos coincidido en el mismo instituto. La certeza de tal coincidencia me sobrevino antes de contestarle, pero le dije que su cara no me sonaba.
Tal vez algún conocido común... Mentí, me di cuenta de quién era ella al fijarme rápidamente en sus gestos, su forma de morder el cigarrillo, y su parsimonia para expulsar el humo.
– Sí, mujer... ¿No recuerdas que estuvimos en el mismo equipo de vóley durante un mes, en los entrenamientos...? ¡Qué coincidencia! ¡Pero qué pequeño es el mundo, Marga! ¿De verdad que no te acuerdas de mí?
Carlos cortó para comunicar que empezaba a sentirse cansado, que creía que sería mejor retirarse antes de que la cosa decayera. Más valía no estar entre los últimos que abandonasen el restaurante.
– Además..., tú también debes de estar cansada..., ¿verdad, querida?
Yo asentí y aplaudí la idea de marcharnos de una terraza en la que ya estaba atardeciendo con toda la fuerza de mediados de primavera, con los mirlos cargando el perfume que subía del jardín del restaurante con sus cantos. Y Lucía sonriendo, moviendo su correcta melena contra la brisa de la tarde.
En el viaje de vuelta a casa apenas hablamos; tan sólo algunos detalles de la conducción y el anuncio de que Carlos no iba a cenar nada esa noche.

Al día siguiente había quedado en pasar por casa de mi madre a la hora de la merienda.
Mi madre siempre se daba
cuenta de si algo me está martirizando el pensamiento. Al entrar en el recibidor rehuí el encuentro con sus ojos y su expresión de júbilo para que no adivinara mi estado de ánimo. Pero de nada me sirvió, pues enseguida trastocó su sonrisa por una fugaz mueca de preocupación, que reprimió con premura para aliviarme de la tensión que su perspicacia podía añadir a mi pesar.
Intenté estar afable y mostrar contento, pero era consciente de que ella se daba cuenta de todo. Hablamos de diversos temas, al principio los de rigor, con el único fin de prepararnos mutuamente a la confesión que ella estaba esperando.
– Y las cosas con Carlos..., ¿van bien, hija mía?
Ante la insistencia de su mirada bajé la mía, presta a admitir que ella tenía razón al hacer semejante diagnóstico. Añadió que me lo preguntaba porque me veía un tanto apesadumbrada, que qué estaba ocurriendo.
Le comenté muy por encima cómo veía la situación con mi marido últimamente. Le hablé de los vacíos en nuestra comunicación, de que apenas nos hacíamos partícipes de nuestras cosas, que me daba la impresión de que estábamos entrando en los derroteros típicos de una pareja clásica, en la que cada miembro cumplía nada más que el papel que administrativamente le había otorgado el matrimonio. O sea, que yo ejercía de esposa y él de marido de cara al exterior, pero que la realidad era bien otra.
– ¿Y en la cama? Dime, hija mía, si no te parece una falta de indiscreción que te lo pregunte tu madre, dime qué tal os van las cosas en la cama. La cosa... ¿funciona o no funciona entre vosotros dos? ¿Os entendéis o no os entendéis?
Me quedé un tanto traspuesta ante tal demanda de confianza por su parte. Nunca me acostumbraron a tratar estos temas abiertamente ante ellos, ante mis padres; siempre que lograba iniciar una conversación sobre sexualidad discurría entre sobreentendidos y alusiones, jamás recibí una educación sexual familiar. Pero mi madre me estaba proponiendo que me desahogara con ella, y no era cuestión de desaprovecharlo. Le confesé que últimamente nuestra vida sexual estaba bajo mínimos, por no decir muerta, que incluso temía que él se hubiera buscado un arreglo fuera de casa.
Mi madre quitó rápidamente hierro al asunto, exclamando con energía que eso no tenía importancia, que los hombres necesitaban reafirmarse en todos los frentes para sentirse más seguros en su papel dominante. Que en la medida en que a mí no me afectara demasiado podía considerar ese posible escarceo incluso como una liberación, como una disminución en la responsabilidad que toda esposa tiene de procurar mantener contento a su marido. Sin embargo, se daba cuenta de que yo no podía mantenerme fría ante una aventura de Carlos, que estaba demasiado implicada emocionalmente.
– ¿Habéis hablado alguna vez de tener un hijo? Porque si te quedases embarazada las cosas cambiarían muchísimo, te lo aseguro. En ese caso, tú ya no serías únicamente la esposa de tu marido, sino también la madre de sus hijos, la persona que haría posible que su semilla y su nombre se perpetuaran. Y no hay nada que enaltezca tanto el orgullo de un hombre como saberse continuado en la dinastía... Y sobre todo para Carlos, que tiene alma de directivo: le encantaría ver puesta la primera piedra de lo que él consideraría su propia empresa, su empresa familiar, su obra.
Si bien era cierto que en los últimos tiempos nuestros contactos sexuales podían contarse con los dedos de una mano, debido en parte a su constante indisposición anímica y, en la otra parte, a mi falta de insistencia, no me pareció imposible crear las condiciones necesarias para que una velada desembocara en una escena de cama. Prepararlo todo para un día de especial fecundidad... Pero, ¿y si no me quedaba embarazada? Ya me veía recurriendo ficticiamente al predíctor para suscitar las expectativas en mi marido, para dotarle de una parte de responsabilidad en un proyecto común, de aportarle ilusión y ánimo a continuar en la construcción de nuestra propia familia.
La verdad era que no me interesaba por el momento tener hijos, ni me apetecía lo más mínimo. Pero he de reconocer que la observación de mi madre arrojó mucha luz para que vislumbrara una solución en ese ya largo pasillo que estábamos atravesando Carlos y yo desde hacía algunos meses.
– Date cuenta, hija mía, de que puede llegar a ser muy importante convertirse en la mejor amiga del marido de una; que puede ser determinante convertirse en su mejor amante; pero que todo esto no es nada comparado con la importancia de convertirse en una madre: el hombre verá en ti la continuación de la suya propia, y por ello mismo te respetará y adorará. Cambiará por completo su percepción de tu persona y de tu papel en el mundo.
Yo no deseaba que me adorasen; que me respetaran..., pues sí, por qué no. Pero lo que yo necesitaba realmente era que me amasen, que me echaran de menos en mi ausencia, que me necesitaran... No que me considerasen una maravilla de la Naturaleza, capaz de dar la vida...

En realidad sí que habíamos hablado en alguna ocasión de tener hijos. Fue cuando decidimos que nos íbamos a casar, pues no concebíamos una cosa sin la otra y ambas se complementaban.
El procedimiento de nuestro enlace y posterior boda fue clásico, sin sorpresas. Carlos pidió formalmente mi mano a mis padres, en una visita familiar hecha con toda la pompa necesaria en un acontecimiento de esta índole. Mi padre, todavía intacto por la enfermedad que le comería la vida, recibió al que sería mi marido con los brazos abiertos, como quien no pierde una hija sino que gana un heredero. Lo corriente: intercambio de regalos, presentación de las respectivas familias... Etcétera.
Nos casamos casi al año de la petición, tras un noviazgo moderadamente apasionado en el que no pasábamos juntos más que los fines de semana: cada uno tenía su piso de alquiler independiente, y nunca nos propusimos vivir en común a pesar de haber adquirido tres meses antes de la boda un piso grande y luminoso en una de las principales vías de la ciudad. La ocasión requería hacer las cosas como mandaban los cánones, y no valía la pena estropearlo todo con urgencias innecesarias.
Invitamos a unas 150 personas, entre familiares, amigos y compañeros de trabajo, que asistieron a la ceremonia religiosa cumpliendo con la exigencia formulada por mis padres sobre la etiqueta: de vestido largo ellas y de esmoquin ellos. Siempre me pregunté si no sería más cómodo celebrar un acto sencillito y rápido en el ayuntamiento, para así evitarse tanto farragoso asunto y, sobre todo, no deber cumplir con un acto que yo consideraba innecesario desde el punto de vista práctico: hacía ya mucho tiempo que Carlos y yo habíamos dejado de asistir a todo tipo de oficio, aun conservando nuestras convicciones religiosas intactas –o, para decir mejor, sin cuestionar–. La verdad es que el argumento de más peso fue la presión de las familias, así como la necesidad finalmente patente de que todos nuestros allegados se tomaran nuestra unión como algo mucho más serio y fiable que lo que podría dictar el beneplácito de un alcalde. De hecho, todas mis amigas se habían casado por la iglesia, y no sabía, en realidad, por qué mi boda debería ser diferente de la de ellas.
Hubo un gran banquete en uno de los mejores restaurantes de la ciudad, en el que disfrutamos de una estupenda orquesta y un inmejorable ambiente. Tras lo cual, y antes de que los ánimos se empezaran a encender atizados por el alcohol, nos retiramos al hotel donde pasaríamos la noche de bodas.
Carlos y yo no teníamos nada nuevo que ofrecernos en materia de intimidad sexual, salvo tal vez alguna petición por su parte un tanto escabrosa que yo sólo satisfacía a regañadientes. Así que nuestra noche de bodas fue un mero trámite, en el que nos desvestimos con parsimonia, descorchamos una botella de cava, e hicimos el amor poco convencidos, la verdad, de estar viviendo un momento especial. Al terminar de lavarme en el cuarto de baño, Carlos ya había encendido la televisión y miraba despistado un programa deportivo. De vez en cuando respondía con una silenciosa sonrisa a los últimos apuntes que yo le hacía sobre nuestro viaje de novios. Destino: Jordania y el Próximo Oriente, elección que todos nuestros amigos calificaron de "genial y original".
El viaje, que duró diez fatigosos días, durante los cuales apenas disfrutamos de momentos de verdadero descanso, nos dio la impresión de habernos permitido conocer nuestra mutua disposición a la convivencia. Ninguna riña ni conflicto asomaron durante los trayectos que, por otra parte, casi nunca hicimos solos: siempre nos acompañó una pareja de recién casados de Ávila la mar de agradable, con quienes compartimos mesa y distracciones en muchas ocasiones.
Creyéndonos verdaderamente preparados para vivir juntos, por fin nos instalamos en nuestra nueva casa. El ambiente lúdico del viaje desapareció rápidamente en cuanto se presentaron los primeros síntomas del estrés debido a nuestras respectivas ocupaciones. Si antes de la boda habíamos evitado presentarnos ante el otro desquiciados, o enfadados, o simplemente de mal toque, ahora no podíamos hacer otra cosa más que compartirlo, y hacer partícipe y receptor al otro de la frustración y el cansancio continuados.
La relación se fue suavizando poco a poco, en el sentido de que, tras algunos enfrentamientos causados por la actitud de qué más da quién de los dos en esas situaciones extremas de fatiga laboral, decidimos que cada uno se guardara para sí esos malos momentos y, lejos de compartirlos con el otro, los almacenara bajo la alfombra en aras de una cordial convivencia. No creo ahora que esa hubiese sido la mejor decisión que tomáramos como matrimonio, aunque nos evitó muchos problemas; pero también nos quitó las necesarias intimidad y confianza que creo que debe compartir toda pareja.
Tal vez había llegado el momento de introducir algún elemento que catalizara nuestras maltrechas confianzas en la relación.

No tuve demasiado cuidado en elegir bien el día; habría debido estudiar su agenda y escoger uno sin demasiados compromisos laborales, para que llegara a casa descansado y con el ánimo ocioso. Aunque vete a saber si eran precisamente esos días más tranquilos los que él aprovechaba para ir a visitar y solazarse con su querida. Con lo cual nunca podía saberse qué días eran buenos y cuáles malos. Tal vez el fin de semana habría sido más propicio para hallarle más relajado y dispuesto; pero estábamos a martes, y ni mi paciencia ni mi ovulación podían esperar.
Nada más entrar por la puerta, a eso de las ocho de la tarde, se percató del aroma.
– Huele a pescado, Marga. ¿Qué estás haciendo, lubina? –preguntó en voz alta desde el recibidor, pues el olor debía de haberse extendido por todo el piso.
– Sí, querido. He pasado por el mercado, y las he visto tan frescas y a tan buen precio que no he podido resistir la tentación –le contesté, al tiempo que salía de la cocina y lo localizaba admirando unas orquídeas preciosas que yo había traído esa misma tarde: esperaba que sus formas pudiesen animar su deseo. Al verme en el quicio de la puerta de la cocina, embutida en mi delantal, me dirigió una mirada de desgana, para añadir que había comido mucho al mediodía y que lo único que deseaba era pegarse una ducha e irse a la cama rápidamente.
Yo no mostré desfallecimiento ninguno, todo lo contrario. Le indiqué en el tono más maternal de que era capaz que sería esa una buena ocasión para cenar juntos algo del gusto de los dos, que ya nos lo íbamos mereciendo, con la cantidad de trabajo que habíamos tenido últimamente. Le aconsejé que se duchara primero y que intentara relajarse, que enseguida se sentiría mejor.
Cuando creí que ya habría salido del cuarto de baño, terminando de secarse, entré en la habitación con dos copas de un cava que yo sabía que a él le encantaba. Estaba él sentado encima de la cama, con el albornoz puesto con el cordón flojo, mientras se secaba la cabeza. Sopesó con extrañeza mi oferta, pues no creía conveniente el momento, y así me lo dijo con los ojos. Pero yo no me achanté y le dije que hiciese lo que quisiera, que la botella ya estaba abierta y que yo me la pensaba beber, sola o con él. Dicho esto, le dejé la copa llena encima del sinfonier y salí del dormitorio. A los diez minutos apareció vestido en el salón, donde yo esperaba a que terminase la cocción en el horno. Me mostró, vacía, su copa, al tiempo que añadía con una sonrisa que no podía resistirse a ese cava, que era algo más fuerte que él. Le señalé con mi copa dónde estaba la cubitera con la botella; me sirvió y se sirvió.
Cenamos en silencio, glosando la calidad del pescado y del cava, haciendo tímidas incursiones en otros temas que yo consideré más adecuados para crear un ambiente propicio para el amor. Aún con todo, la conversación decayó sumiéndonos en un largo silencio. Carlos se levantó para agarrar el mando a distancia de la televisión.
– Por favor, no pongas la tele ahora.
– Pero si no estamos hablando... ¡Qué más da que la veamos un poco...!
– Es que... si no no podemos hablar... y tendría que contarte algo...
Me preguntó con gesto preocupado que qué era eso tan importante. Le dije que no era tan importante, bueno, en principio. Le comenté que estaba pensando en hacer un viaje, sola, que estaba empezando a necesitar un pequeño cambio que me centrara. Él se asombró de que yo, alguien tan perfectamente constante, pudiera sentirme mal, y quiso saber si me pasaba algo.
– No sé..., me siento últimamente como si me faltara el aire..., como si mi vida hubiera llegado a un punto en que todo es ya aburrido y monótono... No sé si esto se debe a mi trabajo, a nuestra relación o a qué..., pero creo que debería replantearme muchas cosas antes de aceptar como duradero este estado de cosas. No sé si me explico...
Carlos me miró fijamente a los ojos, para ir alternando con mis labios, a ver si podía encontrar nuevos elementos que le ayudaran a encontrar la clave de todo eso.
– ¿Tú crees..., crees que nuestra relación está haciendo aguas? –preguntó en tono verdaderamente preocupado–. No sé, tal vez te ha parecido ver algo que no has sabido cómo interpretar, y de ahí tu malestar...
– No sé a qué te refieres, de verdad. Pero, por favor, no me digas que nuestra relación no se ha vuelto de lo más monótono: ya no compartimos nada, ni por tu parte ni por la mía; parece que nos hemos internado por un absurdo y aburrido camino, aunque cómodo, por el que, al no aparecer problema alguno, ¿sabes?, la narración de nuestra vida en común fluye como un río en su último tramo antes de dar al mar. No sé, es como al final de algunas novelas muy largas, cuando eres consciente de que los acontecimientos más importantes ya han sufrido su desenlace, y sólo te queda esperar el fin, que no llega nunca; se cuenta entonces las consecuencias que esos hechos han tenido en los personajes. En nuestra relación, Carlos, podría estar pasando lo mismo: es como si las grandes cosas ya hubiesen sucedido y ahora nos estuviésemos dejando llevar por la corriente de esa narración de curso bajo: suave, implacablemente, nos acercamos hacia algo... Yo no sé muy bien qué es ese algo, te lo aseguro.
Carlos se levantó y dio unas vueltas en torno a la mesa, cavilando. Tras un tiempo que me pareció eterno, quise decir algo, pero él debió de salir entonces de su ensimismamiento y empezó a hablar al mismo tiempo que yo. Nos interrumpimos cada uno para ceder la palabra al otro, que tomó él.
– Tal vez tengas razón. Nos estamos acomodando demasiado en nuestro matrimonio, sin verle ya alicientes dignos de un esfuerzo en común. No sé qué decirte... eso es normal y sucede en todas las parejas... Lo que sí sé es que si te vas ahora de viaje, consciente de que el motivo principal es replantearte no sólo las constantes de tu vida, sino nuestra relación..., sé que no lo podré soportar; que estaré esperando tu vuelta pendiente de tu decisión, con la espada de Damocles sobre mí... No creo que pueda soportarlo.
Carlos se acercó y me abrazó, agachándose, repitiéndome al oído su última frase, como para dar seguridad a su confesión. Me besaba, pegaba su mejilla contra la mía, para decirme que no podría soportarlo, que él me seguía queriendo, que me quería de verdad, que no podía dejarme marchar así. Nos besamos largamente, con fruición, como si se tratara de recuperar el tiempo malgastado en trabajar y descansar para volver a trabajar y no ocuparnos el uno del otro. Enseguida nos levantamos para seguir besándonos y acariciándonos de pie. Me cogió en brazos y me llevó, así, en volandas, al dormitorio. Yo sonreía.
En la cama los acontecimientos se aceleraron. Rápidamente me vi desnuda entre sus abrazos y sus besos, a merced de su boca ávida y jugosa, sedienta e insaciable. Casi sin transición se me puso encima y me penetró sin que yo se lo pidiera, ansioso por revivir el vínculo que habíamos dejado morir. Hundió su cabeza entre mi cuello y el hombro, lo que me permitió mirar nuestro reflejo en el espejo de la pared: me vi con las rodillas levantadas, incapaz de moverme, resoplando como para conjurar la llegada del placer. Me puse seria ante mí misma para alejarme del escenario de los hechos y observarlo todo con objetiva distancia. Intenté imaginar cómo amaría a Lucía, si también se perdería entre su hombro y su cuello... Me sentí mal, ridícula, manipulada, aun habiendo propiciado yo misma ese desenlace. Pedí a Carlos que me dejara ponerme a mí encima, a lo que accedió sabedor de que yo solía disfrutar más así que estando debajo. El cerró los ojos y se agarró a la cabecera de la cama, lo que me dio por pensar que así debía de follar con Lucía o con cualquier otra: ciego ante la llegada del placer. Yo quería sentir que Carlos estaba haciendo el amor conmigo y no que estaba simplemente haciendo el amor... con alguien. Cuando creí que su orgasmo se aproximaba, dejé que recuperara su posición inicial y que, así, pudiera manipular los movimientos a sus anchas. Y me volví a ver en el espejo: triste, desatendida. Cuando Carlos se separó, alcé las piernas para que su semilla se abriese camino con mayor facilidad en mis entrañas. Al bajarlas, él ya había recobrado el aliento; me besó en la mejilla y se metió en el baño. Cuando salió, me encontró echada sobre el costado, dándole la espalda. Esquivó la cama y se fue hacia el salón cerrando la puerta tras de sí. Enseguida se oyó el rumor tenso de la televisión.
Al cabo de una semana me volvió la regla. Y me alegré, la verdad sea dicha...

Me sentí durante un tiempo como en los días posteriores a la primera vez que Carlos y yo hicimos el amor. Tanto había insistido él en aquella ocasión que, cuando por fin acepté, los hechos no estuvieron a la altura de las expectativas creadas, dejándonos en un marasmo que duraría unos cinco o seis días. Ninguno de los dos sabía cómo reaccionar ante el acontecimiento al que otorgamos tanta importancia en nuestra relación, que selló de manera imperecedera nuestro compromiso.
Yo no era virgen cuando nos acostamos por vez primera, ni mucho menos. Sin embargo, Carlos, que aparentaba ser un chico conservador en sus planteamientos, no se molestó lo más mínimo cuando se lo conté. Le hice esperar mucho e insistir mucho hasta que por fin le dije que sí, que pasaríamos la noche juntos. De la misma manera que le hice esperar y suspirar muchos y largos días hasta que acepté su compañía cotidiana.
Nos conocimos a través de unos amigos comunes, una noche tomando copas. Estuvimos charlando un rato largo, de mil y una cosas, sin que por ello apareciese una afinidad fuera de lo normal: lo justo para seguir conversando cualquier otro día en que coincidiéramos. Al fin de semana siguiente, mientras mi amiga Sandra y yo avanzábamos cogidas del brazo hacia la puerta de un bar, apareció él con otro amigo en estado claro de embriaguez. Intercambiamos saludos y bromas, que mi amiga y yo aceptamos de buena gana pues los chicos estuvieron verdaderamente divertidos. Así que entramos juntos en el bar y pedimos juntos de beber. Una copa, otra copa, y la conversación que, en un principio había sido colectiva, se compartimentó. No sabría decir muy bien de qué hablamos, sólo que el tono se iba haciendo cada vez más íntimo. Llegó un momento en que Carlos no contestó a una pregunta que le había hecho, sumiéndose en un silencio enigmático. Creo que dijo algo así como que se iba a estrellar, y me pidió que le ayudase a detenerle en su caída. No puedo evitar pensar en esa escena de "Tesis", en que Eduardo Noriega le dice lo mismo a Anna Torrent encima de la cama de ésta. Los hechos por mí vividos son anteriores al estreno de esta película; por lo que, una de dos, o era una frase típica en el repertorio de la seducción juvenil (idea que no me complace demasiado), o es que hubo filtraciones (en este caso, Amenábar le debería a Carlos parte de los derechos de autor de su guion).
La cuestión es que Carlos acercó sus labios lentamente hacia los míos y yo no los rechacé: esa fue su manera de estrellarse. Nos besamos primero suavemente, después con pasión. Fue un beso con sabor a cubata y tabaco, con fondo musical popular, y escenario plagado de colillas. Seguimos toda esa noche juntos, como si el beso hubiera establecido un pacto entre nosotros. Aunque nada más lejos de mi intención, ya que había salido para bailar y divertirme con Sandra, no precisamente para cargar con un adolescente en estado de lírica embriaguez. Nos despedimos románticamente, sin quedar para los días venideros, que ya nos veríamos por ahí, quién sabía cuándo. No volví a verlo hasta cuatro o cinco días más tarde.
Yo trabajaba en aquel entonces en una pequeña tienda cercana a la zona de bares y tabernas en que nos habíamos conocido. En cuanto se enteró, Carlos empezó a pasar por allí con la excusa de que había quedado con tal o cual amigo para tomar un café, y que si me apetecía unirme a ellos. No, siempre no, nunca quise acompañarle a lo que sabía que era una trampa. Yo no me atrevía a decirle de viva voz que no me interesaba lo más mínimo, aunque él debió de darse cuenta porque mi recibimiento era cada vez más frío. Pero él jamás se amilanó ni cejó en sus intentos de quedar conmigo, ni dejaba de pasar por la tienda un día sí y otro también. Empezaba a molestarme tanta solicitud, incluso temía por la reacción de mi jefa ante la presencia de ese joven insistente a quien me unían misteriosos vínculos: nunca le comenté que se trataba de un ligue o de un enamorado, sino de un amigo un poco pesado.
Así que, un buen día, accedí a que quedáramos a tomar un café. Era una bonita tarde de primavera, soleada y llena de la esperanza que trae el buen tiempo. Caí en la trampa: paseamos un ratito, nos besamos, y completamos el camino cogidos de la mano. Ante nuestros únicos ojos nos convertimos en novios, aunque llevó mucho tiempo hacerlo oficial, es decir, que se enteraran nuestros respectivos amigos. Esto no hizo sino exacerbar las ansias de posesión de Carlos, que no deseaba otra cosa más que asegurarse mi adhesión y fidelidad.
Al final, un acontecimiento decidió por mí y me empujó a considerar la oferta sentimental de Carlos con verdadero interés. Tal vez no venga al caso profundizar en el asunto, pero un episodio de infidelidad me hizo replantearme mis sentimientos por él. Me sentí atada, necesitada de lo que había creído hasta entonces inagotable y que veía en ese momento peligrar debido a la acción de una tercera persona. Empecé a inquietarme realmente en saber qué podía interesarle a Carlos no sólo de mí, sino en general, de su trato con las mujeres: qué buscaba en ellas, qué le gustaba. Para ello repasé los innumerables relatos de antiguos ligues que me hizo sin prestar demasiada atención; y, asimismo, hice mis averiguaciones sobre esa tercera persona que vino a sembrar la discordia en la hasta entonces plácida relación que manteníamos.
El problema se solucionó con un pacto de amor y fidelidad que sellamos definitivamente una tarde de abril. Fuimos a pasarla a una ciudad vecina, con la encubierta promesa de dormir esa noche juntos en cualquier hotelito o pensión. Cenamos y, a la hora de decidirnos, tomamos el camino de vuelta. No dormimos juntos hasta un día en que un amigo de Carlos nos dejó una habitación que tenía alquilada en el barrio viejo de la ciudad: en ese asqueroso cuartucho, ruidoso por la cercanía de una zona de bares y discotecas, no pasé precisamente la noche más romántica de mi vida. Es más, recuerdo nuestros juegos eróticos como una obligación, como una asignatura pendiente cuyo estudio nos sorprendiera en mitad de la noche y nos conminara a ejercitarnos medio dormidos, con los miembros doloridos e irritados. Pero la ocasión así lo exigía.
Tras creer haber superado esos exámenes, nos concedimos mutuamente y de acuerdo tácito un pequeño período de vacaciones: extrañados de sentirnos obligados a seguir juntos, inexorablemente unidos por la costumbre y las expectativas creadas.

Ahora era otra mujer la que parecía interponerse entre mi marido y yo; y lo digo así porque estaba convencida de la validez de los indicios: Carlos me engañaba, probablemente con Lucía. Ella era el punto de fuga de nuestra relación, por el que se escapaba toda la energía latente de nuestra vida en pareja. Lucía aparecía como un obstáculo que ensombreciera cualquier proyecto que yo pudiera crear. Necesitaba saber algo más sobre ella; no me bastaba con los datos que ya poseía desde el instituto del Sagrado Corazón. Sí, habíamos coincidido en el équipo de vóley durante apenas un mes; la recordaba como una chica un pelín díscola, pero amable y gustosa de conversar con los profesores sin mostrar por ello sumisión ni pelotilleo; de fácil trato con los chicos, que la rodeaban no por poseer un físico extraordinario, sino porque sabía crear a su alrededor un clima lúdico e inteligente del que rara vez se disfrutaba en el instituto; además, su manera de vestir, moderna pero arreglada, colorista, con esa melena corta que le daba aires de mecenas centroeuropea, le otorgaba credibilidad a primera vista. Era una chica más adulta que el resto, a quien se le imaginaba más mundo y experiencias que a los demás, pobres angelillos de una ciudad de provincias. Eso no era suficiente; necesitaba saber más, sobre todo de la Lucía que ahora se estaba acostando con mi marido. Así que, cosa que creí que nunca haría, contraté los servicios de un detective privado.
Encontré su nombre en la guía de teléfonos, y, así, sin referencia alguna, puse mi caso en sus manos. Me citó en su despacho, un apestoso cuarto en una finca antigua del centro de la ciudad. "Mala suerte, he elegido mal", me dije al entrar allí. Pero me esforcé en no poner en duda su competencia sólo por el aspecto de su oficina. Cierto que unas dependencias más cuidadas pueden dar confianza al cliente, algo muy importante cuando tu trabajo se realiza de cara al público. Aunque este gachó debía de ocuparse de asuntos más bien oscuros... y tal vez no estuviese en el mejor momento de su carrera.
Él era un tipo de unos 45 años, mal afeitado, con un traje gastado y de corte pasado de moda, zapatos deslustrados y calcetines de color beige. Por cortesía me ofreció rápidamente asiento y me propuso un café u otra cosa –que yo supuse sería el sempiterno whisky de las peliculas, puesto que la botella esperaba al lado de la máquina cafetera–. Pero sus modales no pertenecían a los de una persona que yo tildaría de cortés. Se repantingó en su butaca y me espetó una inconveniente advertencia.
– Yo no me ocupo de divorcios, que quede bien claro. Si viene usted aquí por un tema de este tipo, puedo recomendarle a algún colega de la profesión que le atienda mejor que yo.
Me quedé verdaderamente pasmada, y debí de poner una cara de poema, porque el detective se dio cuenta y rectificó.
– Perdone por la brusquedad, pero prefiero que las cosas queden claras desde el principio. No, si ya me lo dice mi novia..., que debería preguntar antes de sacar mis propias conclusiones. Pero..., no se ponga usted así, señora, venga, discúlpeme..., dígame qué se le ofrece... Le ruego que me perdone.
Me repuse y de sopetón le expuse que lo único que necesitaba es que alguien investigara sobre los hábitos de una persona, de una mujer cuya conducta me hacía albergar sospechas.
No le pido que saque conclusiones sobre su modo de vida ni sobre las cosas que hace: sólo deseo que usted me informe de a quién ve, con quién se encuentra y dónde. Eso es todo.
El detective reflexionó durante unos segundos. Yo no sé si se debió a la lástima que mi reacción le había creado, o a que su cartera de clientes debía de andar más que floja por esos días. La cuestión es que me pidió datos sobre la persona que sería objeto de sus pesquisas. Yo dudé, pero al final accedí sin pensarlo demasiado, por quitarme de encima cuanto antes la responsabilidad de encargarle a alguien un asunto que me incomodaba. Así que le di nombre y apellidos de Lucía, y dónde trabajaba; datos que consideraba, le indiqué, más que suficientes para iniciar una investigación de tan poca envergadura.
A la semana me llamó para comunicarme que ya tenía resultados. Según sus indagaciones, Lucía acudía a la sucursal de mi marido dos veces por semana, además de a otros centros de negocios donde impartía cursos sobre recursos humanos. Llevaba alguna actividad deportiva, natación, que compaginaba con muchas visitas a galerías de arte y a cines. En lo tocante a su vida íntima, esta señora mantenía relaciones con un caballero que acudía cada dos o tres días a su piso, caballero que atendía al nombre de Carlos Rosales; y mantenía relaciones también con una señorita muy guapa, estudiante de bellas artes, cuya gracia era Julia Beltrán. Tenía un Audi 3 de color blanco, y le gustaba correr, eso aseguraba el detective.
Por otra parte, su padre, un señor ya mayor, de quien decía el detective que haría mejor en quedarse en su casita, era el propietario de una gran empresa de consultoría de ámbito internacional, así como asociado de la empresa en la que trabajaba "mi amiga".
Tuve que interrumpirle en el relato de la vida y milagros de Lucía: me bastaba con lo que tenía, más que suficiente. Al fin y al cabo, lo que había venido buscando era la confirmación de mis sospechas: que Carlos y ella se entendían. El resto era mera decoración, simples anécdotas que suelen rodear el núcleo duro de la banal existencia de las personas. Ni siquiera me inmuté ante el hecho de que Lucía se acostara también con mujeres. Aunque, pensándolo mejor, me dolió siquiera imaginar la posibilidad de que Carlos se acostara con dos al mismo tiempo...
– Mi trabajo es amargo a veces, porque revelar cosas así no es que suela poner contenta a la gente... ¡Resignación, señora! –me dijo con superioridad. Su sucia sonrisa me pareció integrarse perfectamente en ese ambiente gastado y rancio, impregnando su viejo traje y su cabello de los olores de la decadencia del negocio. ¡Cómo me dejé arrastrar hasta allí!
Las conclusiones de la investigación me dejaron triste y desarmada. Si antes las suposiciones habían ocupado un espacio difuso y lleno de incertidumbres, ahora flotaba en un universo de certezas y hechos consumados. Se abría ante mí un infinito de iniciativas, vasto e inabarcable, que estaba segura de tener que recorrer en soledad.
Al volver a casa me di cuenta de que vivía en un triángulo del que yo era un vértice insignificante pero no por ello menos necesario para la estabilidad del conjunto. Me vi como Andie MacDowell en Sexo, mentiras y cintas de vídeo: la devota y pusilánime esposa, sustituida en la cama por Laura San Giacomo. En la película se presenta una posible salida honrosa a la desesperada situación de la mujer con la llegada de James Spader: un alma cómplice dispuesta a empatizar, presta al entendimiento, necesitada de comprensión y afecto a niveles iguales o superiores a los del personaje de Andie. Sin embargo, yo, Margarita Lozano Arribas, acababa de descubrir la infidelidad de mi marido con una antigua compañera de instituto, y no tenía a nadie en perspectiva con quien poder compartir esa ansiedad; nadie a quien confiar lo más profundo de mi dolorida alma.

Carlos debía de estar al corriente del lesbianismo de Lucía, lo que de seguro revestía para él un atractivo añadido. Me pregunté si en alguna ocasión compartieron a la amante; estoy segura de que a Carlos no le hubiera importado, ya que es raro el hombre heterosexual que no se excite presenciando el amor entre dos mujeres. Recuerdo una ocasión en que, de visita en casa de unos amigos, se planteó la posibilidad de alquilar una cinta de vídeo pornográfica. Carlos exigió tajantemente que en la película no aparecieran hombres, pues le desagradaba sobremanera la visión de un miembro viril en erección. En ese momento temí detectar en esa violenta negativa un mecanismo de defensa ante la asunción de su posible homosexualidad, por el hecho de que en su infancia o adolescencia hubiese tenido experiencias en este sentido durante su intensa vida de campamentos y gimnasios. Sea como fuere, los dos hombres trajeron del vídeoclub una cinta de sexo exclusivamente entre mujeres. Concha, nuestra anfitriona, y yo demostramos escandalizarnos ante lo disparatado de tales actividades, lo que no daba sino alas a los comentarios de nuestros maridos sobre la naturaleza de las actrices–amantes. A la luz de sus exclamaciones, la búsqueda activa del placer en la mujer, sobre todo si lo halla fuera de las coordenadas del tálamo conyugal, era algo sucio, indigno, contranatura. Entre risotadas se dirigían infantiles a las chicas de la cinta, diagnosticándoles contra su enfermedad los parabienes de una buena polla; o que el motivo primero de esa desviación era no haber sido bien folladas. No tardamos ni diez minutos en refugiarnos en la cocina, Concha y yo. A ella volvieron al término de la película nuestros maridos con expresión triunfante, la expresión de quien se sabe necesario, imprescindible para el buen desarrollo de las cosas.
Bien pudiera ser que, en caso de conocer la doble sexualidad de Lucía, Carlos adoptara la actitud de quien cree poder redimir a una pecadora de su condena, esforzándose en recordarle lo bueno que podía ser hacer el amor con todo un hombre como él. Me lo imaginé durante las sesiones de formación en el banco: el alumno aventajado por la intimidad existente con la profesora; su superioridad de macho dominador; la conciencia de ser el antídoto contra lo que él consideraría un acceso de sofisticación innecesario en su amante, una enfermedad debida a la mala suerte en su pasado erótico. Fuera de allí, su orgullo viril se vería engrandecido, inconsciente de que Lucía lo estaba utilizando como mera herramienta de placer.
Aun siendo un mecanismo complicado el que yo creía ponerse en marcha para que Carlos se sintiera atraído por Lucía, estaba segura de que su atracción no se limitaba a ello y que había algo más. ¿Quién era Lucía, en realidad? No la conocía lo más mínimo. No sabía nada de ella, si era disciplinada o hedonista, voluptuosa o rígida. Poco a poco, estas incógnitas fueron haciéndose cada vez más importantes, hasta el punto de considerar necesario su esclarecimiento para conocer en qué consistía verdaderamente la atracción que sentía Carlos por ella. Creía que sólo lo que nos diferenciase podía resultarle interesante a mi marido, puesto que, hasta la aparición de Lucía, yo me había bastado para manternerlo satisfecho y contento, sin que su libido necesitara estímulos externos a nuestra intimidad.

Armándome del valor necesario, me aposté durante dos tardes seguidas en la cafetería en frente de la empresa del padre de Lucía. A la segunda conseguí verla aparecer sola por la puerta del edificio, andando en la dirección que me convenía. Habiendo abonado la consumición nada más pedirla, salí disparada a la calle, hasta llegar al lado opuesto del paso de cebra en el que ella se había detenido esperando a que el semáforo se pusiera verde. Iba impecable en su traje sastre color granito. Ella ni me vio cuando empezó a cruzar la calzada, lo que me permitió demorarme lo justo para que nos encontráramos a un par de metros de mi lado de calle. Pareció costarle trabajo reconocerme.
– ¿Marga? Eres tú, ¿verdad? ¡Qué sorpresa!
– ¿Lu... Lucía? ¡Qué casualidad! ¿Qué haces tú por aquí?
– Pues, mira, trabajo justo en ese edificio... ¡Qué pequeño es el mundo! Pero..., vamos hasta la acera antes de que nos atropelle un coche y lamentemos las dos habernos encontrado –dijo riéndose con suavidad–. ¿Y tú, qué haces tú por este barrio? Nuca te había visto antes por aquí.
Le comenté que, de haber cumplido estrictamente con mi deber, deberíamos habernos encontrado mucho antes, ya que no iba por el barrio tan frecuentemente como exigía la responsabilidad que yo tenía sobre una tienda. Me preguntó, claro está, que de qué tipo de tienda se trataba, a lo que contesté que era una franquicia de una gran empresa de artesanía floral, a un par de manzanas de allí.
– Oye, por qué no me acompañas, que sólo será cuestión de un par de minutos, y nos vamos luego a tomar un café juntas. Ha pasado tanto tiempo...
Ella pareció dudar, no atreviéndose tal vez a trastocar mis planes con su presencia. Aderecé la oferta proponiéndole que, si lo prefería así, podríamos acercarnos hasta una pequeña sala de exposiciones, casi puerta con puerta a la tienda.
– Me han comentado que hay algunos cuadritos impresionistas deliciosos... ¡Venga, anímate!
Ella siguió dudando hasta que el semáforo de los peatones se puso verde. Entonces, con una amplia sonrisa, accedió a acompañarme.
He de reconocer que no tengo mucha idea de arte ni de escuelas ni corrientes. Sólo conozco los grandes nombres que asoman de vez en cuando a los telediarios, y poco más. El Impresionismo me interesó en su momento por las capacidades decorativas que tenían láminas y reproducciones en estancias decoradas con flores. Así, conocía medianamente bien a Renoir y a Monet, sobre todo este último por haberle dedicado un pequeño artículo en una revista a propósito de las "Nymphéas". Del resto, y sobre todo del arte contemporáneo, no tengo más que una noción vaga y difusa, que no me da ni siquiera para mantener una conversación de café. Sabía que, con Lucía, me enfrentaba a alguien a quien yo suponía un conocimiento del tema más que superficial. Pero veía necesario entrar en un terreno en que ella se sintiera segura para la consecución de mis fines: llegar a saber qué le daba a mi marido.
En la exposición ella mostró interés por mis comentarios sobre los cuadritos en cuestión. No pudiendo dar mi opinión sobre cuestiones históricas o técnicas, me limité a hablar de bonito y feo, de delicioso y grotesco, dejándome llevar por mi pobre puesta en palabras de las emociones que tantos colores pastel despertaban en mí.
– Veo que eres una persona muy sensible a la belleza, Marga. ¡Qué diferencia con los compañeros de curso de Carlos, tu marido! Ellos son más bien indolentes ante este tipo de cosas. ¿Sabes?, siempre que les sugiero que introduzcan en su lugar de trabajo alguna que otra reproducción de arte para que su labor de dirección se realice en un ambiente más humano, todos, sin excepción, me miran con escepticismo, como preguntándose que qué dice esta tía...
Mentiría si dijese que me molestó el comentario. Al contrario, creí ver en él una nueva muestra de la ineptitud de mi marido para cosas que a mí me tocaban muy de cerca, una corroboración de su primitivismo emocional: condiciones que le alejaban de mí proyectándole hacia los brazos de Lucía.
Al salir de la sala, me contó que tenía una amiga que exponía en esos días. Que le resultaría interesante mi opinión. Puesto que era ese barrio donde se concentraba el mayor número de galerías de la ciudad, debía de ser allí al ladito. Providencialmente sonó mi teléfono móvil: mi madre, que necesitaba consultarme algo. Le dije a mi madre que sí, que podía acercarme hasta su casa en un instante. Así que me excusé ante Lucía proponiéndole que dejáramos esa visita a la exposición de su amiga para otro día, ¿por qué no para mañana?, a lo que ella respondió que excelente, que al día siguiente no debería salir a hacer curso a ningún sitio y que estaría libre más o menos a la misma hora.
– Dale recuerdos a tu marido, que ya hace días que no lo veo... – me dijo al despedirnos. Disimulé el dolor que me produjo tal encargo y, mientras me alejaba de ella, no pude evitar que mi imaginación me torturara con visiones de su felicidad clandestina.

Lucía y Carlos subían a la habitación que este último tenía asignada en el hotel. Él le quitaba el desleído vestido de flores, mientras ella le liberaba de la rigidez de su uniforme de conserje. Se echaban sobre la cama entre mil abrazos y vueltas, él en calzoncillos, ella en esa combinación color carne que una vez le tomé prestada a mi madre. Con la violencia de los revolcones, deshicieron por completo el orden de sábanas y mantas de la cama, terminando por caer sobre la alfombra del lado derecho. En su caída, golpearon la mesilla, donde aguardaba expectante un vasito que se arrojó al suelo. Carlos, imbuido por las funciones inherentes a su cargo, creyó necesario recoger los añicos del vaso, lo que le ocasionó un profundo corte en el pulgar. Su amante lo agarró por la muñeca, llevándose el dedo ensangrentado a la boca. Lo chupó con fruición, cerrando los ojos, como poseída por un éxtasis religioso. Abrió los ojos, que clavó en los de Carlos, y dirigió la mano de éste, engalanada por una roja mota en la punta del pulgar, hacia su bajo vientre. Al introducirlo en sus entrañas, exhaló un profundo suspiro mientras se retorcía dentro de su vieja combinación.
En ese preciso instante aparecí yo en escena, con un vestido de tergal y un abrigo largo que apenas podían disimular mi prominente embarazo.
– ¿Ves, Marga, como a ella sí que le gusta? –me dijo, hiriente, mi marido.

Me despertaba entonces nadando en sudores, encendiendo la luz de la mesilla para cerciorarme de que esa era mi habitación y no la de Charlotte Rampling en El Portero de Noche. Pero dejó de ser necesario dar la luz a partir de la tercera noche en que se repitió la pesadilla, pues debí de acostumbrarme a esa entrada brusca al mundo de la realidad desde el tortuoso ambiente de mis sueños. Todo tenía que deberse, sin lugar a dudas, al visionado de esa célebre película un par de noches antes. Recuerdo que la escena de la que extraje el material para mi sueño me impresionó sobremanera, tal vez por la delgadez extrema de la actriz, o por el gesto lívido, siempre asombrado, del actor de origen holandés.

En una ocasión, durante nuestro noviazgo, tuvimos un problema de infidelidad, del que ya he hablado antes. Una amiga común me avisó, al atardecer de una bella jornada de otoño, momento propicio para las confidencias –pensé en aquel entonces no sin sorprenderme a mí misma de mi sangre fría–, de que había visto a Carlos saliendo de un bar agarrado de la cintura de una joven rubia. Mi primera reacción fue de sorpresa, que dio paso a un intenso sentimiento de rabia. Decidí, sin embargo, tomar la iniciativa en un caso que debía resolverse de cualquier manera posible a mi favor.
Tras enterarme de quién era la bella afortunada, receptora de los devaneos de mi novio, me propuse averiguar sus cualidades, con el único fin de discernir hasta qué punto se trataba de una ligera aventura sensual o de una afinidad real. Mónica, que este era su nombre, estudiaba Magisterio especialidad Ciencias. Su carácter y su imagen contrastaban con el de sus compañeros: entre una generalidad de forros polares y zapatillas deportivas, Mónica embutía un cuerpo rotundo y fuerte en minifaldas y tops ceñidos; entre la unanimidad en el chiste soez y la ingestión bárbara de cañas de cerveza, la conversación de Mónica era inteligente y variada, así como sus gustos en la barra. El primer día que la avisté, recuerdo que fue cuando me acerqué a la Escuela de Magisterio a ver a la amiga delatora: sentadas las dos en un banco del pasillo central, la tal Mónica salía en ese momento del lavabo con un lado de la minifalda aprisionado por el elástico de la braguita. Es decir, con media cacha al aire. Más tarde forzaría un encuentro con ella en la cafetería de la Escuela, sin la menor intención de revelarle mi conocimiento del asunto. Ella no supo conservar la sangre fría y se escabulló como una trucha entre las manos.
Esto, lejos de convencerme, me incitó a apuntillar el trabajo con una pirueta si cabe aún más atrevida. Rechacé durante varios días las invitaciones para salir de Carlos, arguyendo constantemente que había quedado con Matías, un guapo compañero de mi facultad, para estudiar. La idea no era del todo mala, pues se acercaban fechas de exámenes, lo que permitía mantener la duda en la mente de Carlos y disipar toda posibilidad de que aquello fuera un montaje. Un buen día, pasé con Matías por una calle que yo sabía que Carlos solía tomar para dirigirse a su facultad, y agarré a mi acompañante del brazo con actitud familiar. Obtuve el efecto deseado, pues fuimos avistados por mi novio y sus amigos.
Fue una pequeña triquiñuela, lo confieso, una jugada malvada, pero que puso a Carlos a mi completa disposición. Este, claro está, me suplicó tras varias tentativas que accediese a hablar con él, pues teníamos muchas cosas que aclarar. Yo le conté que sí, que Matías me había pedido que saliese con él, y que me lo estaba pensando. Carlos se derrumbó viendo cómo estaba perdiendo una relación en la que se había encontrado tan seguro hasta entonces –de ahí que su sorpresa fuera mayor–. Me increpó que yo era una insensible, que no podía romper su relación con él así como así, sobre todo sabiendo como yo debía de saber que él me amaba de todo corazón.
– Todo eso es muy bonito, de verdad –le dije con la mayor frialdad de que era capaz, aunque por dentro me muriera de ganas de abrazarle–, pero no son más que palabras. Creo que no debo confiar en ti, que tras esa fachada de enamorado apasionado se esconde un mentiroso.
Se quedó paralizado y mudo, como confesando con su silencio que me había traicionado. Yo sólo esperaba que me relatara en plena confianza qué era lo que había pasado con Mónica –más tarde me contaría que se habían limitado a besarse y a algún que otro tocamiento infantil–, pero su cobardía me decidió a dejarle allí, en el sitio, pasmado.
Mi estrategia aún se extendió durante todo el mes de exámenes, que Carlos suspendió estrepitosamente y a mí me costó un desgaste mental superior a mis fuerzas. Una tarde nos cruzamos en el Paraninfo, y lo vi tan demacrado que consentí que me hablara. Retomamos la relación tras varios días de conversaciones y declaraciones desgarradas.
Creo haber tenido la sartén por el mango hasta que nos casamos. Entonces la cosa se relajó mucho, como si él pensara que yo, habiendo conseguido el objetivo buscado por tantas mujeres, daría por hecha su fidelidad a unos valores. Valores, los del matrimonio, que nos liberaban de la obligación de demostrarnos constantemente que nos amábamos.
La situación de infidelidad se volvía a producir, y yo creía poderla atajar con el mismo tipo de artes que me sirvió a los 20 años.

Sentada ante el ordenador, nos recibió una mujer de mediana edad con una enorme sonrisa, que saludó la entrada de Lucía en la galería. Tras una expresión de júbilo, se besaron en ambas mejillas y mi introductora pasó a presentarme como una amiga a la gerente de la galería que tan amablemente había cedido su espacio para que Julia expusiera su obra.
Nada de amabilidad –exclamó dirigiéndose a mí para deshacer el equívoco–: Julia se merece por completo que esta humilde galería le abra sus puertas. O, para decir mejor, es un inmenso honor que artistas de la talla de Julia nos elijan para exponer. Bueno, ¿qué te parece mi réplica, Lucía?
Eres un verdadero cielo, Angela, bonita. Todo esto, Marga, que no parece más que palabrería en boca de una oradora como Angela (pues te habrás dado cuenta de que una de sus principales pasiones es hablar), es un inmenso cumplido para Julia, ya que han pasado por aquí los mejores pinceles no sólo del país, sino del mundo entero.
Angela quitó hierro a tal afirmación con una sonora carcajada, añadiendo que la verdadera retórica era Lucía y no ella.
Todo esto unido al hecho de que Angela no deja de confiar en su olfato como galerista para promocionar valores ocultos y en principio poco comerciales …
Bueno, bueno…, menos lobos…
¿O acaso no obraste de esa manera en el caso de Casimiro, Angela?. No me digas que no. Era este un vagabundo, bueno, no, un…, vamos a decir un colgao del barrio que un buen día se puso a pintar. Huelgo decirte –me indicó– que su producción era de lo más variopinta y totalmente carente de un común denominador. Pues bueno, Angela acogió su obra e hizo con ella una exposición que para sí la habría querido cualquier artista consagrado. ¡Encomiable!
Angela no dejó de negar con la cabeza y de chasquear la lengua, incómoda por tanta alabanza.
– Tengo que añadir para enturbiar el retrato que ha hecho tu amiga, que logré vender toda su obra sobre cartón y sobre papel, lo cual me proporcionó no pocos beneficios…
– Es un encanto –aseveró Lucía al tiempo que le propinaba un sonoro beso en la mejilla. Julia debía de estar todavía en la cafetería de enfrente, nos informó, pues había tenido una súbita necesidad de comer algo y seguro que la cogíamos atizándose un buen bocadillo. Comprensiva, añadió que había tenido mucha actividad últimamente y que necesitaba alimentarse para aguantar tantas emociones. Depositando la confianza de sus ojos azules en los de Lucía, le pidió que la cuidara, que su bienestar dependía en parte de ella.
En efecto, Julia estaba en la cafetería dando cuenta de un hermoso bocadillo de jamón con tomate, de pie en la barra. Al vernos entrar pareció sentirse sorprendida en la comisión de un acto impuro e intentó tragar con rapidez el pedazo que le llenaba la boca.
– Así que mi artista preferida se merienda bocadillos de jamón. Para que veas, Marga, que el mundo del arte tiene un lado prosaico que los profanos desconocemos. Pero, a decir verdad –añadió Lucía justo antes de besarle ampliamente en la mejilla–, incluso el acto de devorar con avidez el más vulgar de los alimentos se convierte en algo exquisito cuando es Julia quien lo realiza. Lucía, te presento a Julia; Julia, esta es Lucía, una compañera del instituto que he vuelto a encontrar por azar.
Julia terminó de masticar y me dio dos suaves besos. Recibió tranquila el anuncio de parte de Lucía de que ésta deseaba mostrarme la obra expuesta en la galería, para lo cual necesitaba su presencia allí. Dicho esto, mi antigua compañera pagó la cuenta y salimos de la cafetería. Ya en la galería hicimos un recorrido por las dos escuetas salas que la componían. Todo lo allí expuesto me pareció trufado de referencias femeninas, desde el concepto de maternidad representado por muñequitos, hasta compresas y tampones que no vendrían sino a decir que las obligaciones de la mujer para con la naturaleza son muchas.
El arte conceptual está un poco pasado de moda –apuntó Angela por detrás–, pero cabe decir que la apuesta de Julia es suficientemente innovadora como para tenerla en cuenta.
Yo aceptaba atónita todo lo que me decían, sin saber muy bien en qué aguas estaba nadando. El único punto de arranque que podía encontrar para mis comentarios era la condición de la mujer, que intenté decorar con mis mejores palabras.
Lo cierto es que el tributo que pagamos al mundo por existir no es pequeño. La posibilidad de dar la vida nos plantea una serie de inconvenientes, de los cuales la renovación mensual de nuestras entrañas no es el menos importante. De hecho, la sociedad nos atribuye un papel difícil de asumir, debiendo mantener de cara a la galería una actitud “femenina“, si me permitís decirlo así, que dé fe de nuestra disposición a la maternidad. Y ello se traduce en la imagen, que pone de relieve nuestros atributos femeninos –o lo que es lo mismo–, nuestra capacidad de engendrar.
Julia había escuchado muy atenta mi discurso, que debió de provocarle reacciones internas. Se mantuvo un silencio discretamente largo, pues las tres mujeres consideraron que por alusiones era Julia la que debía responder a mis observaciones.
– Y eso es todavía más visible en el caso de una mujer joven que apenas está empezando a plantearse si debe cumplir el rol que le propone la sociedad, o, por el contrario, ausentarse de ese mercado de las entrañas para dedicarse en cuerpo y alma al puro desarrollo de su personalidad.
– Julia es todavía jovencita, sólo tiene 22 años –señaló Lucía pasando un brazo sobre lo hombros de su amiga.
– Por eso. Y me parece estupendo que sea la contemplación de mi obra la que te haya inspirado esas reflexiones, pues intento plasmar en ella todas esas inquietudes. Te lo agradezco, de verdad. Y a ti también, Lucía, por escoger tan bien a la gente que traes a la exposición.
El ambiente terminó de distenderse cuando Angela propuso descorchar una botella de cava para celebrarlo. Entre anécdotas y risas pude observar cuánta era la intimidad que existía entre las dos amigas, hasta el punto de hablarse entre cuchicheos mientras la dueña de la galería y yo conversábamos relajadamente. Y no sólo eso, sino que en un momento determinado se ausentaron para ir al cuarto de baño juntas: supuse que necesitarían esconderse para besarse. Alguien propuso que fuéramos todas juntas a cenar por ahí, que la noche era joven y que una mujeres hechas y derechas como nosotras no teníamos que rendir cuentas a nadie.
– Salvo tal vez tú, Marga, que estás casada, y con un hombre tan atractivo como Carlos –apuntó divertida Lucía.
– Pero eso se soluciona con una simple llamada –aseveró Angela señalándome el emplazamiento del teléfono en su mesa de trabajo.
Utilicé mi móvil para prevenir a Carlos, quien se habría preocupado mucho al no verme llegar a casa para cenar. Me limité a dejarle un mensaje en el contestador, aconsejándole que se preparara algo de lo que había en la nevera, que no llegaría tarde. Fue un gesto un tanto convencional por mi parte, sobre todo si lo comparamos con la enorme libertad con que contaban las mujeres que me rodeaban, pero necesario dentro de la política de un matrimonio tradicional como era el nuestro.
Cenamos en un coqueto y recoleto restaurante del centro, en una salita de pequeñas mesas y casi codo con codo con los clientes de la de al lado. En un ambiente de franca camaradería entre las tres amigas yo me sentía un poco desplazada, con la plena convicción de que ese mundo de viajes, exposiciones, películas y sesudos libros de ensayo no era el mío. Pero no por ello me dejaron de lado, sino que escucharon atentamente toda narración que de mí viniera como complemento a las suyas. Desde luego, mis salidas al extranjero eran mucho más banales que las suyas, pero no me acobardé y afronté mi propia vida con valentía, sin muestra alguna de autoconmiseración ni nada por el estilo. Eso no me evitaba contemplar mi situación vital con una sensación de ridículo difícil de evitar: me veía a mí misma como una ciudadana vulgar que sacaba sus conclusiones y sus pautas de comportamiento de las revistas femeninas internacionales y de las series de televisión que pretendían retratar a la mujer urbana profesional.
– La verdad es que me siento bastante identificada con la serie de Ally McBeal –dije en un fatuo alarde de referencias. Pero pronto me arrepentí de tal aseveración, viéndome como alguien previsible y moldeable por los vientos de las modas. Pienso ahora con ridículo al oírme decir eso de nuevo, en boca de una decoradora floral casada y con problemas de infidelidad.
– Es cierto que los medios de comunicación y la publicidad se empeñan en hacer de nosotras –arguyó Julia–, unos seres cuyos principales intereses residen en el amor y en la constitución de un marco favorable para nuestra condición de madres en potencia. Yo creo, sin embargo, en un nuevo tipo de mujer menos preocupada por ese tipo de consideraciones, más libre y menos sujeta a las garras de la sociedad –establecida, no lo olvidemos, en torno a la dominación masculina–. Ese desapego a los valores de la sociedad no significaría necesariamente que la mujer dejara de lado el amor, como manera de ennoblecer el instinto de conservación: el amor es importante, aunque no lo más importante. Estamos atravesando una época en que las posibilidades de desarrollo personal de la mujer pasan o por el trabajo o por la maternidad de un hospital (y la búsqueda incansable del amor no vendría más que a corroborar la satisfacción de esta última necesidad). Ahora bien, yo sostengo que el desarrollo de una persona sólo se puede llevar a cabo mediante la crítica de todos aquellos factores sociales que tienen como único objetivo hacer de la persona, y en el tema que nos toca, de la mujer, un ser maleable y manejable. Por eso soy artista, para, al crear un discurso crítico, emanciparme de las obligaciones a las que la sociedad querría someterme.
Mientras Julia hablaba, Angela no dejaba de afirmar con movimientos de cabeza; Lucía, por su parte, miraba fijamente a su amante, en una mezcla de atención y de reflexión propia, como si se estuviese planteando ella misma el alcance de su relación amorosa. Yo imaginaba que debía de sentirse orgullosa, por una parte, de la elocuencia de su amada; pero dolida por la otra, pues la aceptación y el orgullo de lo primero podría desembocar en el fin de su amor. Pero todo esto no eran sino consideraciones mías: tal vez ese nuevo amor que predicaba Julia, que pretendía cambiar por completo las constantes de las relaciones íntimas entre los individuos, formaba parte también de las convicciones de mi antigua compañera de instituto, y todo este discurso no hacía más que reforzar los vínculos entre las dos mujeres. Me sentí perdida por un momento entre tantas digresiones, y casi agradecí la negativa de Lucía a continuar la charla en algún pub: las dos teníamos que madrugar al día siguiente y a ella le esperaba una jornada monstruosa. Así que nos despedimos y tomamos dos taxis para volver a casa: yo uno, y las tres mujeres otro, que les conduciría a ese centro neurálgico de la ciudad donde ellas vivían y del que tanto a mí me separaba.
En casa, Carlos dormía como un bendito, cosa que no dejó de agradarme porque me evitaba tener que darle explicaciones. A la mañana siguiente, sin embargo, el encuentro durante el desayuno fue más bien frío.
– ¿No vas a preguntarme dónde estuve anoche? –le espeté en un tono mezcla de pesadumbre y cinismo. Lo único que se le ocurrió contestar, con un gesto de desdén, es que yo ya era mayorcita como para no deber rendirle cuentas a nadie, y que, no, que no me iba a preguntar nada porque eso no era asunto suyo. La altanería con que dijo todo esto, tan poco habitual fuera de los accesos de rabia contenida, me hizo ver que mi marido se estaba resistiendo a sucumbir en la típica escena de celos; que optaba por esconder ese sentimiento a veces tan poco reflexivo tras una cortina de mal humor y distancia, siempre preferible a tener que confesar haber perdido la seguridad de quien se cree vencedor en todos los frentes.
Se despidió de mí sin darme el consabido beso en la mejilla, mostrando su clara intención de establecer frialdad entre nosotros: desaprobación de mi conducta, castigo, incapacidad para afrontar con seriedad algo tan normal como mi salida nocturna... No sé, de todo un poco. Permaneció apoyado en el quicio de la puerta durante unos segundos, como pensando en algo que debiera exponerme de la manera más satisfactoria para su orgullo. Yo esperaba unas palabras que me hubieran sido muy útiles en ese momento, pero que no llegaron.
– A propósito: esta noche vienen Jaime, Alberto y otros a ver el partido de fútbol. Espero que no te moleste.
Esa era una manera típica de Carlos de aportar una solución a un conflicto dentro de la pareja: tras sembrar la discordia, me obligaba a entrar en su área de influencia para someterme a su voluntad; después las cosas volvían a su estado normal sin que hubiéramos aclarado los motivos del conflicto, lo que provocaba el almacenamiento de resquemores al que sólo dábamos salida en caso de enfrentamiento directo y montaraz. Entonces, la discusión provocaba algo que yo asemejaría a un incendio en ese almacén, poniendo en peligro las cajas que, apiladas según importancia o antigüedad, dormitaban esperando la llegada del olvido definitivo. Las ansias de herir al adversario con reproches, o simplemente de inhabilitarlo moralmente para emitir autoridad, nos obligaban a salvar de la quema del fuego del olvido aquellas cajas, aquellos acontecimientos dolorosos que, de no ser referidos en esas situaciones (puesto que sólo utilizables en las mismas), podían pasar al limbo de los hechos banales e inservibles. De ahí que cargásemos tanto las tintas en nuestras riñas.
Esta vez las cosas no serían diferentes, y la borrasca pasaría sin provocar destrozos mayores, aunque cargase de electricidad el entorno. De hecho me alegré de no tener que dar explicaciones, pues habría despertado las sospechas ante Carlos. Pero no me apetecía nada tener que soportar la compañía de sus amigotes en el marco de un partido de fútbol televisado.
Llegaron a eso de las ocho de la tarde, y se encontraron con la mesa llena de tapas y aperitivos. Durante la retransmisión creí conveniente ausentarme en la cocina, desde donde podía oír sus aullidos: tanta pasión derrochada en la defensa de un orgullo ajeno, de algo tan gratuito e inútil como una competición deportiva; prestar una atención desmedida a las declaraciones de un sudoroso y balbuceante futbolista, que en el peor de los casos apenas era capaz de hilvanar dos frases seguidas sin errores. Todo se me antojaba fútil e infantil, pero, a la vista estaba, alimentaba las pasiones de mi marido y sus amigos.
Al finalizar el partido me presenté en la salita para, por lo menos, participar un poco del encuentro. Carlos estaba relajadísimo, y reía distendido los comentarios y chanzas de los otros. Apuraron sus copas y se fueron, reinstaurando el silencio en la casa, tan sólo mitigado por la musiquilla de los anuncios de la tele. Empecé a recoger vasos, platos y ceniceros para llevarlos a la cocina. En el segundo viaje de acarreo, Carlos me alcanzó en el fregadero, depositando un sosegado beso en mi tenso cuello. Con los labios recorrió el espacio entre mi nuca y mi boca, donde se detuvo a la espera de su apertura. Yo me volví para abrazarlo y nos besamos profundamente, con la avidez de quien bebe tras muchos días de sediento caminar en el desierto. Poco a poco nos fuimos despojando de la ropa para terminar cayendo desnudos en la cama.
Carlos me poseyó en el estricto sentido de la palabra, sin darme opción a movimiento ninguno. Paralizada por su abrazo, con las piernas levantadas, miré temerosa nuestro reflejo en el espejo, en el que me vi de nuevo invadida y utilizada. Observé a Carlos y parecía estar trabajando ausente de mí, sudoroso y preocupado por el ritmo, poseído de un demonio del que pretendía liberarse mediante una ceremonia a la mayor gloria de su placer y de su persona. En su mirada creí ver la determinación del futbolista por culminar su carrera en las redes de la portería, esquivando para ello cualquier obstáculo personificado en un defensa del equipo rival o de su portero. Para inflingir mayor velocidad a su esfuerzo, el deportista bajó la cabeza y la escondió a un lado de la mía, a salvo de mi mirada. Allí se le deshizo el ímpetu, allí se le terminó la carrera, allí se quedó amarrado a las mallas hasta que el marcador electrónico lo llamó al vestuario. Se levantó dejándome las piernas abiertas y húmedas de sus sudores, abrumada y desorientada, confiscado mi orgullo y menospreciada mi presencia allí. La convicción de que mi marido se había masturbado en mi interior hizo que me sintiera súbitamente sucia, como si el esperma que en otras ocasiones había recibido con avidez se hubiera convertido en caldo de colector.
Salió del cuarto de baño reposado y limpio, sonriente. Sin decir palabra me dio un suave beso en la mejilla, que yo interpreté como el gesto del masturbador que cierra su revista pornográfica para dar por terminada su sesión de placer. Cuando hubo abandonado la habitación, sólo la rabia me empujó fuera de la cama, raptándome de la codicia de la tristeza.

La primera vez que me acosté con un chico tenía 22 años recién cumplidos. Lo conocí precisamente la noche en que salí con mis amigas del curso de inglés de la Universidad de Bradford, en Inglaterra, para celebrar mi cumpleaños. Era un italiano del sur, alto y fuerte, rubio y con ojos azules: todo un don Juan, poseedor de la totalidad de los tópicos del latin lover. Quedamos en llamarnos la noche siguiente, lo que hicimos para concretar una cita. La cosa parecía más o menos segura, en el sentido de que poco haría falta para que yo me dejara seducir por sus encantos. Pero entre mis intenciones y que esa misma noche un hombre me desflorase mediaba un abismo. Accedí a que tomáramos una última copa en su habitación de la residencia –la mía era de estricto acceso a señoritas–, donde los acontecimientos se aceleraron sobremanera. Él descubrió asombrado mi inexperiencia, y he de decir que supo llevar el asunto con suavidad. Tras largos prolegómenos, consiguió penetrarme con dulzura y sin dolor, como tampoco fue doloroso el vaivén de su miembro en mis entrañas en pos de su placer. Observando que yo asistía impávida a tanta ceremonia debió de dejarse ir y eyaculó sobre mi vientre. Me sentí entonces incapaz de articular cualquier tipo de movimiento, temiendo que ese líquido pegajoso desbordara el cuenco de mi abdomen. Tomó aliento y, ya más reposado, me limpió con un pañuelo de papel. Yo accedí al reflejo irracional de abrazarme a su cuerpo tendido en la cama para buscar tierna justificación a tan extraño acoplamiento y su desenlace, a lo que él respondió con una marcada indiferencia.
Como debiera ocurrirme en lo sucesivo y durante largos años hasta conseguir quitarme esa obsesiva obligación de la cabeza en mis relaciones con el otro sexo, me quedé convencida de que esa experiencia, para Fabio, estaba siendo más bien poca cosa y que su ardor necesitaba de mayores placeres. Recuerdo que le propuse masturbarlo, no sólo para satisfacerle sino también por curiosidad propia. La verdad es que no sabía muy bien cómo manejar su miembro para darle placer, pero a fe mía que me apliqué con empeño al menearlo de arriba abajo. Tal debió de ser la violencia de mi manipulación que el joven napolitano se apartó sorprendido y dolorido, terminando por reír ante mi inexperiencia. Ahora bien, no por eso dejó de reclamar la satisfacción que mi insistencia había anunciado. De muy buenas maneras y con la dulzura consabida se volvió a apoderar de mi bajo vientre para extraer de su suave humedad el roce que le procuraría el goce.
Esa primera ocasión sólo sirvió para que desconfiara de una actividad que mi imaginación había adornado con letras de oro: ni había disfrutado ni mi experiencia había sido acrecentada, además de que guardé la convicción de que Fabio me había utilizado vilmente, sentimiento este que se vio corroborado cuando mi amante rehusó toda continuación de trato íntimo que, a la larga, me habría resultado tremendamente frustrante.
Todo esto marcó indeleblemente mi posterior relación con los hombres en el plano erótico. Aún conocería a otro chico antes que a Carlos, un tal Jaime que se portó muy bien conmigo, pero a quien tuve que dejar convencida de que lo que más le interesaba era saciar su apetito: en medio de una total ausencia de comunión y de la mayor imposibilidad de comunicación profunda, sólo nos unían su insistencia y mi relativamente frecuente consentimiento.

Con Carlos fue diferente desde el principio, sobre todo por la espera a la que le sometí y que ya he comentado unas cuantas páginas antes. Ahora bien, no porque mi vida genital se desarrollara a partir de entonces con periodicidad rutinaria, ya fuera semanal u otra, dejé de experimentar la misma sensación de desazón al término de cada sesión erótica. Jamás llegué a percibir mi cuerpo como capaz de actuar en la propia búsqueda del placer. Tanto fue así que conseguí convencerme de que mi satisfacción en el sexo estaba únicamente determinada por la intensidad del goce de Carlos. Durante los primeros años aún colaboraba en que él disfrutara; luego pasé a entender el sexo como parte del débito conyugal, necesario para el buen funcionamiento de la pareja. Tal vez provenga de todas estas circunstancias que considere que la genitalidad masculina sea veleidosa y fútil: la misma arbitrariedad que determinaba el arranque del deseo conllevaba su corto alcance más allá de las fronteras del placer.
Así, no en pocas ocasiones llegué a alegrarme de que Carlos se hubiera buscado fuera de casa un apaño con Lucía: eso me eximía de tener que colaborar en un juego cuya recompensa personal siempre se me antojó pequeña.

Dos días más tarde recibí en mi móvil una llamada de Lucía, quien deseaba que volviéramos a vernos. Podíamos aprovechar e ir juntas a otra pequeña galería de la ciudad antes de probar suerte en un restaurante que una amiga le había recomendado.
– Aunque no sé si Julia y Angela estarán disponibles... ¿Te molestaría que fuéramos solas las dos, tú y yo? –me preguntó, cauta, lo que no dejó de sorprenderme, creyendo ver en esa cautela una tímida exposición de intenciones. He de confesar que me sentí incómoda; pero correr ese riesgo me permitiría tal vez adentrarme en la personalidad de Lucía, parte de los objetivos que me había marcado.
– No, no, qué cosas dices, cómo va a molestarme... Al contrario... Si apenas hemos tenido tiempo de hablar de nosotras mismas...
Lucía reaccionó con serenidad, mostrando un leve entusiasmo ante lo que suponía la concreción de un plan que su seguridad en sí misma ya había dado por hecho. Me propuso quedar en la cafetería frente a su oficina suponiendo que eso me serviría para cumplir con parte de la responsabilidad que yo tenía con la floristería de la franquicia que representaba en ese barrio. Cuando, ese día, llegué a la cita, mi nueva amiga me estaba ya esperando. No me dio tiempo siquiera para pedir algo, so pretexto de que la galería era muy puntual en su horario de cierre si no había ningún cliente en su interior.
En el taxi me contó por encima de quién se trataba: era un antiguo profesor de Angela en Bellas Artes, que trabajaba en torno al concepto de poesía visual y de los poemas–objeto que un tal Brossa había popularizado. Temí demostrar mi absoluta ignorancia y no pregunté nada acerca de esa poesía visual, pero en la exposición pude darme cuenta de qué significaba dicha denominación: grosso modo, todo consistía en plasmar de manera gráfica el resultado de la combinación más o menos afortunada, con un toque humorístico, de dos o más conceptos. Así, este Obdulio Fernández (vaya con el nombrecito..., me dije) jugaba muy a menudo con letras, a las que tocaba con un sombrero, disponiéndolas sobre la superficie del cuadro de mil maneras distintas. Etcétera. No me pareció muy ocurrente, la verdad, tal vez debido a mi falta de costumbre.
Lucía estaba disfrutando, a la vista de la sonrisa que no dejó de esbozar durante toda la vísita. En un momento en que nos habíamos detenido delante de un cuadrito que, bajo el título de "Idea Visual II", figuraba un sombrero hongo del que caía una lluvia de piedrecitas con una letra cada una, nos abordó un joven completamente vestido de negro que había venido observándonos desde que entramos en la galería. Preguntó a Lucía si ella era la amiga de Julia, pues la recordaba de haber hablado con ella en la inauguración de su exposición. Era por lo visto un compañero de estudios de la pintora, antiguo alumno él también del profesor Fernández, y artista en sus horas ociosas.
– Mi campo es la videocreación, terreno en el que, salvo Muntadas y alguno más, se hacen pocas cosas realmente interesantes en este país –nos comentó con la vista puesta en un lejano horizonte de glorias. Lucía me miró de soslayo con una sonrisa en los ojos, que no hizo sino confirmarme la personalidad advenediza del chaval. Con una entonación digna de la mayor de las admiradoras del artista, mi amiga le preguntó que qué le parecía la exposición. El joven tomó aire, se rascó la lampiña barbilla y el cogote, y contestó no sin haberse estirado previamente:
Creo que el lenguaje de Obdulio roza con esta su última producción el paroxismo expresivo que sólo podemos encontrar en pocos artistas de su generación.
Mi amiga me miró con complicidad, aprovechando que el joven artista se había quedado absorto rascándose de nuevo la barbilla. Nos sonreímos y, despidiéndonos de nuestro interlocutor y del encargado de la galería, salimos a la calle, donde sucumbimos a un ataque de risa. Cosa que, para ser sincera, no sólo distendió mucho el ambiente, sino que me evitó tener que dar mi opinión sobre lo que habíamos visto.
– Espero poder resarcirte de la baja calidad de la exposición con el restaurante –se lamentó Lucía sin perder la sonrisa–.
El camarero nos acompañó a la mesa que había reservado para nosotras y nos propuso un aperitivo mientras escogíamos en la carta. El local era muy agradable, con una luz muy buen dispuesta, así como una cuidada selección en los adornos de plantas y flores. Sonaba de fondo una muy suave melodía de violines, un cuarteto de cuerda debía de ser. Me sentí súbitamente a gusto y no pude por menos que esponjarme en mi silla, como si mi cuerpo quisiera demostrarle a mi pensamiento su autonomía.
Durante la cena hablamos mucho de la vida que habíamos llevado desde los tiempos del instituto. Coincidimos, en nuestros respectivos relatos, en haber viajado a países de habla inglesa para aprender el idioma. Pero en nada más, pues mientras el ámbito de Lucía había sido estrictamente urbano, en torno a centros de negocios y grandes escuelas de finanzas, yo me había formado en escuelas siempre localizadas en el exterior de las ciudades. Tal vez de ahí hubieran dependido también nuestras diferencias en materia de ocio, en gustos y aficiones.
Lucía desmadejaba el intricado relato de su vida con mínima afectación, dotándole de tanta normalidad como si se tratara de una excursión de boyscouts. Y no por mucho indagar con todos mis sentidos a pleno rendimiento logré descubrir un mero asomo de conmiseración al referirse a sus relaciones de pareja o a su pasado proyecto de matrimonio.
– Convinimos en que sería lo mejor para ambos: tras convencernos de que de nuestra inicial intención de casarnos sólo quedaba el aspecto social nos separamos. Él lleva ahora casado más de cinco años, y cuenta con dos niños en su haber. ¡Buen ritmo, desde luego!
Dijo no arrepentirse nada de la decisión tomada, puesto que las obligaciones de la vida en pareja casarían mal con su estilo de vida actual, acostumbrada como estaba a una independencia que había conseguido a fuerza de imponerse a una familia, la suya, de corte más bien tradicional. Ni su trabajo, ni el cuidado que decía poner en cultivar sus numerosas amistades, le hubiesen permitido cuidar de un matrimonio que, en caso de haberse consumado con el novio de quien me había hablado, habría resultado excesivamente asfixiante. Yo creí poder colegir que en ese momento no estaba saliendo con nadie, lo que le pregunté con el mayor tacto de que fui capaz.
– De hecho sí; estoy saliendo con una persona que me resulta muy beneficiosa en unos planos, pero muy peligrosa en otros...
Retiré rápidamente los ojos de su mirada firme, como para abortar cualquier posibilidad de esbozar siquiera un gesto de interrogación ante tal indefinición por su parte. Aunque casi quedé convencida de que en caso de mantener una relación heterosexual habría dicho 'con un hombre' en lugar del escapista 'con una persona', que no hacía otra cosa más que echar una cortina de humo.
– Pero, ¡basta ya de hablar de mí, que vas a pensar que soy una ególatra! ¡Por favor, qué poca modestia que demuestro! ¿Y tú?, cuéntame, ¿qué tal te sienta la vida de casada? Seguro que bien, con ese marido tan encantador que tienes...
Esperé unos segundos antes de contestar, que me torcieron el gesto pasando de la dulzura a la gravedad. La llegada del maître, quien quería conocer nuestro punto de agrado, vino a salvarme de poner en palabras mi descontento, llevada por el tono de confidencia que Lucía había sabido imponer a la conversación. Mi amiga elogió el servicio y la cocina, y aseguró haber quedado muy satisfecha con su elección. Ese mero con gratén de almendras le había parecido exquisito, y añadió que su amiga no había quedado menos contenta con sus medallones rellenos. Yo me limité a asentir con una sonrisa melancólica, que satisfizo al camarero e instauró un clima un tanto melodramático en la mesa cuando se hubo marchado. Lucía me acarició la mano con suavidad exquisita al tiempo que me ofrecía una mirada de empatía, inteligente, desprovista de toda carga de compadecimiento. Casi me sentí culpable al ser merecedora de tanta confianza, pues no dejaba de ser mi actitud una puesta en escena, una exageración de un estado de ánimo, que rara vez afloraba a mi expresión.
Nos levantamos en silencio, y calladas llegamos hasta la salida, donde me volví hacia atrás para ver cómo se despedía Lucía del camarero jefe. Y fue esa sonrisa luminosa acompañada de la mirada profunda de mi amiga, a la que se debía de haber enganchado mi marido. Era ella una persona cercana, de trato afable, que otorgaba a quien le hablaba confianza y calidez. Incluso caminar en silencio a su lado imponía seguridad.
Me propuso que tomáramos algo, pues sentía que la velada no se había terminado todavía.
– En esta zona hay muchos bares y muy buenos, pero tal vez nos apetezca más tomarnos una copa en mi casa, que está aquí cerquita...
Acepté con la curiosidad encendida por ver dónde y cómo vivía. Mi trabajo me lleva a considerar la manera en que una persona decora su casa como una extensión de su personalidad. Y lo que es más, el trato que la gente mantiene con las plantas en su casa, el lugar que estas ocupan en la misma, es revelador.
El piso era más sencillo de lo que yo esperaba para la hija de un gran empresario. Tan sólo se sentía la familiaridad con el lujo en algunos objetos sabiamente dispuestos; o en la profusión de grandes libros de arte, que yo siempre atribuí a la alta burguesía ilustrada; o en la composición de la pequeña bodega acomodada en una despensa aneja a la cocina. Tan sólo disponía de dos habitaciones: su dormitorio, marcado por la solemne presencia de una enorme cama, y el de los invitados, que un precioso armario de cerezo iluminaba con su brillo. Mi amiga había rechazado las ventajas de la posición económica de su padre para construirse un alojamiento más acorde con su independencia.
En cuanto a las plantas, el salón estaba engalanado por un estupendo ramo de rosas rojas, conspicuamente dispuesto en un jarrón encima de un mueble. Y justo delante de la puerta del balcón que daba a la calle, un enorme ficus mostraba agradecido el cuidado que Lucía le dispensaba. En la barandilla del balcón tres macetas con geranios, que ya en aquella altura del año dejaban entrever unos brotes llenos y cargados, que debían eclosionar en cualquier momento para provocar la explosión roja de su contemplación al subir la persiana todas las mañanas.
Bebimos un cava muy seco con fruición de náufragos, riendo por encima de la música que sonaba en su equipo ultra sofisticado. Un piano y un cello se disputaban el protagonismo de una melodía vivaracha. Por segunda vez en esa noche me sobrevino un arranque de bienestar, violento, casi de arrobo místico. Le dije a Lucía que tenía que dejarme ese disco, que era precioso. Me alcanzó la caja justo cuando empezaba a sonar la segunda pista, que era un movimiento lento. Lo saboree llenándome la boca de cava, con el olfato invadido por el picorcillo agradable del gas. Imaginé escenas de gloria, momentos de delectación extrema llevada por la música, que ni siquiera la nostalgia del cariño de Carlos vino a enturbiar.
– Te agradezco mucho que me hayas invitado a cenar esta noche, Lucía –le dije sinceramente emocionada, sin fingimiento alguno–. Estoy verdaderamente bien, no sé, como drogada, como poseída de una sensación de bienestar, de una sensación de armonía con el mundo que hacía mucho tiempo que no experimentaba. Debe de ser este cava tan rico que me estás dando... O la música... O todo a la vez. Sería tan feliz si pudiese disfrutar de momentos como este en mi vida de todos los días... No sé, a veces tengo la impresión de haber malgastado gran parte del tiempo vivido, de no haber aprovechado esas cosas que podrían haberme hecho un poco más feliz..., como la música, como el arte.... No sé..., como que no he cultivado lo suficiente ese aspecto de mi persona, del que me siento llena, del que me siento pletórica en momentos como este.
Lucía me miraba fijamente, estudiando tan pronto mi mirada como el movimiento de mis labios. Durante unos segundos nos mantuvimos mirándonos: ella con una sonrisa de orgullo ante mi arrobo, yo con un interrogante que necesitaba ser despejado.
– Es una pena que trabajando rodeada de la delicadeza exquisita de las plantas y de las flores no hayas conseguido poblar tu vida de belleza. Es incluso extraño que, viendo tu extrema sensibilidad, viendo tu capacidad de éxtasis, no te hayas dedicado en cuerpo y alma al arte.
Recibí esas palabras con un agradecimiento enorme, que casi me hizo llorar. Me sentí tan segura de su sinceridad que algo se rompió en mi interior para desbordarse en mis ojos. Asomó una frágil lágrima, amplificado su brillo por una sonrisa grandiosa que yo no ordené, que ninguna intención había determinado. Lucía acercó su cuerpo al mío en el sofá y me acarició la mejilla con la mano. Tenía la sensibilidad a flor de piel, y besé emocionada la palma de esa mano tan suave y olorosa. Nos abrazamos y nos besamos en las mejillas, ella sonriente, yo temblando como un pajarito entre sus brazos, esbozando tímidas excusas por mi actitud.
– Chica, de verdad, no sé qué me pasa...
Lucía me miró con dulzura y me besó largamente en la frente. Debí de sonreír beatíficamente, pues recuerdo que casi rompo a llorar cuando, desde la frente, trasladó sus labios hasta los míos. Sus besos cortos al principio se iban alargando a medida que recorrían toda la longitud de mis labios, entre una comisura y otra. Poseída por el arrobo, puse mis manos en sus mejillas y abrí ligeramente la boca para acariciar sus labios. Tuve ganas de desnudarme y de darme a ese cuerpo en que me veía reflejada; esos brazos, esas caderas, esas piernas que deseaba besar y acariciar como si besara y acariciara mis brazos, mi cadera, mis piernas... Nos abrazamos estrechamente y sentí mis pezones tiesos bajo la blusa, oprimidos por los de mi amiga, que enseguida rocé con mi mano, ávida de exploración y de conocimiento. Me besó las sienes y los ojos, me acarició el cuello y la nuca... Hasta que algó se despertó en mí para avisarme de que estaba bajando demasiado la guardia, que me estaba dejando llevar por una sensualidad extrema a la que rara vez me había abandonado antes. Tímidamente me pregunté que qué estaba haciendo, al tiempo que con la mayor tranquilidad y bienestar del mundo reposaba la cabeza en el hombro de Lucía.
– Creo que será mejor que me vaya...
– Sí, tal vez tengas razón.
Deshicimos el abrazo y le pedí permiso para ir al cuarto de baño, que me mostró con la mano. Ante el espejo me palpé la cara, que ardía completamente enrojecida. Mantuve el reflejo de mi mirada y, lejos de la buscada reprimenda que hubiese anunciado el subsiguiente perdón de la culpa, sonreí. Estaba abotargada, incapaz de pensar.
Lucía me acompañó a la calle para ayudarme a encontrar un taxi. Enseguida salimos a una gran avenida poblada de árboles y de fragantes jardines. Acababa de llover, y un profundo olor a tierra mojada se imponía sobre el habitual de los tubos de escape. La noche era oscura, y agradecí la cercanía de la mano de mi amiga, de la que apenas recogí un par de dedos. Un taxi apareció con su lucecita verde y levanté el brazo para detenerlo. Miré a mi acompañante con dramática expresión, que ella deshizo con un tierno beso en los labios.
– Adiós.
Hice todo el trayecto ensimismada, con doble miedo a las consecuencias de lo hecho y a que no se repitiera. Pero me auscultaba las entrañas y me sentía dichosa, sin duda alguna. Ya en casa logré no despertar a Carlos al acostarme, y ni siquiera sus ronquidos disiparon mi alborozo. Tardé horas en dormirme, pues desde que conseguí salir de ese marasmo emocional para analizar lo que había ocurrido, las ideas me venían en tromba a la cabeza, impidiéndome olvidarme de mí misma.
Era perfectamente consciente de haber fracasado en parte de mis objetivos, pues no sólo no había logrado hacer inteligibles las razones de mi marido para acostarse con Lucía, sino que yo había sucumbido ante una indefinible e inesperada sensualidad. Tal vez en eso consista el amor, me dije, en no poder razonar los motivos del bienestar de una.
Me dormí temerosa de mi incapacidad para controlar mis propios impulsos, nerviosa. Desperté con el día clareando por entre la persiana, con una sensación de plenitud provocada por las arenas movedizas de mi sueño, que me habían engullido hasta la profundidad de no sé qué paraíso desconocido...

Pero no sólo era ese el motivo de mi preocupación: también estaban mis prejuicios eternos contra la homosexualidad.
Esa misma tarde asistí con mi madre a un recital de lieder y diversas arias interpretadas por una soprano de nacionalidad belga, acompañada por un pianista de la ciudad. Recuerdo que, durante la emotiva interpretación del "Mi chiamano Mimi", de Puccini, observé la expresión de la cantante, presa de la concentración y del lirismo de la pieza. Su amplio escote anunciaba un regazo generoso y confortable, que debía de procurar una cálida sensación de sosiego mientras, al acariciarlo, su propietaria se deshacía en las mismas sonrisas que en ese instante estaba ofreciendo al público como agradecimiento por su ovación. Me sorprendió que afloraran a mi mente tales pensamientos, que nunca hasta ahora habían tenido el arrojo suficiente para abrirse camino entre la oposición de todos mis principios. ¿Acaso algo había cambiado en mí para que esas sensaciones se manifestaran en modo que nunca el pasado igualara? Me convencí de que esa capacidad de apreciar la belleza había existido siempre en mi persona en estado de germen, en estado seminal, que sólo necesitaba el banderazo de salida para zafarse de la resistencia de mis prejuicios. Y eso lo había provocado Lucía con su conversación, con sus caricias, con su presencia todavía tan viva casi 24 horas después de haberme separado de ella en esa húmeda avenida de la noche.
Esperando al ascensor me encontré con Carlos, que volvía de la oficina. Frialdad absoluta durante la subida al piso; desapego completo por mi persona; desdén manifiesto, en general. Me asaltó un devastador sentimiento de culpa.
– Carlos, tenemos que hablar.
– Lo siento, pero no tengo tiempo ahora. Me voy corriendo porque he quedado para cenar. Otra vez será...
Le pregunté que con quién había quedado, temerosa de que Lucía se repartiese entre nosotros dos.
– ¿Acaso te he preguntado yo qué hiciste anoche? Pues bueno; dejemos las cosas como están... –añadió, subrayando la violencia de su acento cerrando con fuerza la puerta del vestidor tras de sí. Me quedé pasmada ahí, de pie, en mitad del salón, como esperando a que una iluminación me sacara de mi marasmo y me ayudara a comprender. Cuando Carlos apareció de nuevo con un rebuscado toque informal en su atuendo, yo ya me había sentado ante la ventana que da a la calle, donde el atardecer se desgranaba en mil tonos pastel. Me indicó que, aunque no llegaría muy tarde, no le esperara levantada. Y se fue.
Empecé a cargarme de inquina contra Lucía, convencida de que Carlos no podía verse con nadie más que con ella. No sólo había logrado seducirme a mí y sacado partido de mi ternura, sino que también se aprovechaba de mi marido. Doble juego, doble pose, doble impostura que desvirtuó por completo las cualidades que tanto había apreciado en su persona. Humillada, en lo más profundo del embudo del desasosiego, creí mi felicidad terminada y rota mi vida, condenada a vagar por un bosque seco y sin sentimientos, que sólo podía dar salida a la más árida llanura en que me derrumbaría presa de la sed, víctima de la nostalgia.
Sonó mi teléfono móvil dentro del bolso, y lo dejé desgañitarse, hasta que se cansara quien estuviera llamando. Tanta insistencia me irritó, y corrí para apagarlo o para atenderlo. El número impresionado en la pantalla no estaba registrado, y me asaltó la curiosidad. Lucía. Tensión. Respiré sabiendo que, por lo menos, Carlos no estaba con ella.
– Escucha, Marga: me gustaría mucho verte otra vez. Y espero que sea pronto. Cuanto antes mejor, pues tengo miedo de que lo que pasó ayer te haya incomodado y se te hayan quitado las ganas de volver a verme... Lo siento, de verdad, siento haberme dejado llevar de esa manera...
Había en la voz de mi amiga tanta dulzura, tanta sinceridad para convencerme de que le importaba más lo que yo sintiera que la satisfacción de su deseo, que experimenté una muelle ternura, semejante al dejarse hundir en la bañera llena de agua caliente y jabonosa. Por eso, cuando me dijo que eso no volvería a ocurrir, yo le dije, haciendo acopio de todo el valor que poseía en esos momentos tan emocionados:
– Pero... a mí sí me gustaría que eso volviera a ocurrir...
Lucía calló. Sólo oía ahora el zumbido electrónico del teléfono móvil y mis palpitaciones, que acentuaba la presión del auricular sobre mi oreja. Me preguntó si de verdad deseaba que nos viéramos otra vez, y yo le dije que sí, que cuanto antes mejor.
En el trayecto en el taxi me esforcé en acallar el estruendo de la lucha que se estaba desatando en mi interior. Por una parte, la esposa se debatía entre la culpa y la liberación; por la otra la heterosexual convencida intentaba sobreponerse a sus prejuicios. Estaba muy nerviosa cuando llegué a casa de Lucía.

Me abrió la puerta con una amplia aunque reservada sonrisa, atenta a la reacción que pudiera ver en mí. Suspiré, como tomando fuerzas antes de cruzar la frontera que separaba una vida de otra; una vez dado el primer paso dentro de la casa de Lucía creí entrar en un mundo diferente y sin retorno posible. Se cerró la puerta detrás de mí y me dio la sensación de que los objetos del recibidor cobraban vida, iluminados por la relación que yo establecía entre ellos y esos primeros besos con mi amiga.
– ¿Te apetece tomar algo? –preguntó, denotando tranquilidad–. ¿Qué te parecería que abriéramos otra botella de ese cava que te gustó tanto?
Yo no hice más que asentir, presa de un extraño ensimismamiento. Pasamos al salón y nos sentamos en el mismo sofá que presenciara nuestros abrazos de la víspera. Lucía preparó una enorme cubitera llena de hielo sobre la mesita baja, en la que metió la botella para que alcanzara la temperatura ideal. Esperando esto, se hizo un incómodo silencio entre nosotras, que yo creí poder abortar adelantando la apertura del corcho. Mi amiga detuvo mi mano, asegurándome que sería mejor esperar todavía un poquito más, que ni siquiera mi mano se había enfriado al contacto con la botella. Acto seguido se la llevó a la mejilla, para comprobar su afirmación, y para que yo me diera cuenta de cuán ardiente estaba. Acaricié su mentón y la grácil línea de su mandíbula; pasé el dedo índice por entre sus labios, que ella abrió lo justo para imprimir un leve beso. Retomé la caricia de su mejilla, como si ésta fuera un punto de anclaje a partir del cual pudiese acercar mi barca a su orilla. Nos aproximamos la una a la otra y nos abrazamos con decisión, convencidas de la necesidad de tal acto. Permanecimos largo rato así, como si con ello fuéramos a despachar toda la tensión acumulada. Conseguí calmar un sí es no es mi nerviosismo y mis temblores de doncella enamorada, que Lucía supo apreciar con una mirada comprensiva y sonriente. Nos besamos, primero con cuidado, para después dejarnos llevar por la avidez absoluta de la otra. Labios, mejillas, ojos, frentes, cuello, escote, pechos... Nos besamos como si no hubiésemos deseado otra cosa en toda nuestra vida. Empezamos a desnudarnos, primero con timidez, luego con la urgencia que da el deseo. Cuando Lucía descubrió mi íntima humedad me pidió que fuéramos al dormitorio, que allí estaríamos mejor. Sentadas en la cama, me desnudó del todo, y, despojada por completo de barreras externas, me detuve en observar la desnudez de mi amiga: no era el suyo un cuerpo perfecto, modelado en gimnasios, pero era grácil y elegante de movimientos, que atraía la caricia curiosa y la incitaba a permanecer en su contacto. Nos besamos y abrazamos durante largo tiempo, que Lucía marcaba con el vaivén de su cadera, presa de una ciega excitación. Empezó a masturbarme con la mano y, súbitamente, me sentí incómoda; no porque repudiara el contacto femenino allí, en lo más íntimo, sino que no me sentía preparada todavía para dejarme llevar por una mujer en el terreno sexual: me faltaba confianza. Ella lo aceptó de buen grado y siguió abrazando y besando, devolviendo caricias y acomodando su mano a mis redondeces. Estábamos pegadas la una a la otra, sentadas de nuevo sobre la cama, cuando entre jadeo y jadeo Lucía me preguntó que si me importaría que se masturbara. Le dije que no, que todo lo contrario, que quería verla gozar. Conforme se aceleraba su paroxismo yo insistía en mis besos y en mis abrazos, hasta que explotó con su boca pegada a la mía. Se me derrumbó entre los brazos, preciosa, como un querubín en éxtasis de Dios.
– ¡Ay, qué sed tengo...! –exclamó con languidez. Me levanté y me acerqué al salón en busca del cava. El hielo se había derretido por completo y la botella nadaba entre el agua ya calentucha. La cojí y, con ella en la mano, le dije desde el quicio de la puerta:
– Esto ya no sirve para nada...
Nos quedamos mirándonos fijamente durante un ratito para explotar en carcajadas.
Nos levantamos para cenar algo, cosa que hicimos medio desnudas, en el sillón, en una distensión que me hizo olvidar todo lo que no existiera fuera de las paredes de su casa. Tanto fue así que permití que se hicieran las dos de la mañana, dejando de lado que al día siguiente tuviese que acudir al trabajo. Me vi a mí misma regresando a mi cama de matrimonio, intentando no hacer ruido para no despertar ese cuerpo indolente y egoísta que era el de Carlos, y me sobrevino una súbita inquietud, un miedo a volver a esa rutina dolorosa del enfrentamiento silencioso. Y yo estaba pasando la noche con su antigua amante...
– Tengo que decirte algo muy importante, Marga –me dijo en un tono serio que aún no había conocido en ella–. Tengo que confesarte algo que creo que no va a gustarte...
– Creo que ya sé a qué te refieres.
– ¿Cómo? ¿Cómo que ya lo sabes?
– Quieres hablarme de Carlos, mi marido, ¿verdad?
Lucía se quedó con la mirada puesta en mis ojos, en busca de inspiración. Debía de estar preguntándose en esos momentos que cómo podía acostarse una mujer engañada con la amante de su marido consciente del engaño. Cómo hacerlo sin poseer la sangre fría que le posibilitase soportar la humillación a la espera de poder inflingir un duro golpe de desquite. Debió de sentir miedo, seguro; miedo de que todo no fuera más que una farsa que me facilitase el camino a la venganza.
– Tú ya lo sabías...
– Sí, ya lo sabía. Y déjame contártelo todo, porque nada ha salido como yo esperaba. Desde ese almuerzo organizado por la empresa, yo sospechaba que Carlos se entendía con alguien. Por un descuido suyo supe que eras tú (y le conté el truco de la última llamada en el teléfono), e hice que os investigara un detective. No contenta con conocer la verdad, quise averiguar qué empujaba a Carlos a acostarse contigo, qué atractivo veía en ti para que deseara tenerte cerca; debía de ser algo que yo no poseyera. Así que tomé la determinación de acercarme a ti para saberlo, con el único objeto de conocer las necesidades de mi marido. El resto... bueno, pues ya lo sabes...: me he dejado llevar... Mientras con Carlos las cosas van de mal en peor, sobre todo a raíz de mis últimas sálidas nocturnas, contigo me he encontrado bien: me he reído, me has abierto las puertas de nuevos mundos que yo no había visitado y que estaban allí cerquita... Y no me refiero a la cosa sexual... No, no. Aunque a eso también. Han coincidido..., te lo aseguro, Lucía, todo esto es verdad, y si te lo cuento es porque no podía seguir con la mentira más allá. Han coincidido tu aparición benefactora con una serie de decepciones de mi vida con Carlos; me sentía totalmente falta de cariño y atención, y has venido tú ofreciéndome lo que no te pedí... Y yo necesitaba ese afecto, aunque contraviniese mis principios, te lo confieso...
Lucía parecía perder por momentos la serenidad, aunque esto sólo se manifestara en un suspiro emitido mirando al suelo.
– No debes, no puedes sentirte traicionada –le dije con aplomo–: eres tú quien se ha acostado con los dos; eres tú quien tiene la sartén por el mango...
– Sí, en eso tienes razón. Pero yo no lo he calculado todo maquiavélicamente; no he sido yo quien ha jugado con los sentimientos de alguien para saber de qué pie cojeaba el otro. No soy yo quien se halla en una posición de ventaja, utilizada como vara de medir tu amor por tu marido... Puedo parecer frívola a veces, pero estas cosas me duelen...
– Te prometo, Lucía –le dije con mi mirada firme en la suya–, te prometo que esto no estaba calculado. No esperaba que nos acostáramos, ni que nos besáramos siquiera... Todo esto ha sido algo inesperado para mí... Me he dejado llevar..., me he dejado llevar..., y no me arrepiento de haber llegado hasta donde he llegado: te aseguro que no he pensado siquiera un momento en otra cosa más que en besarte y en abrazarte mientras lo he hecho. Ni por asomo me ha venido mi marido a la mente... Esto no ha sido calculado, Lucía, esto no lo había previsto... Y me alegro de que no haya sido así.
Mi amiga se levantó de su asiento y anduvo inquieta por el salón. Encendió un cigarrillo del que dio enérgicas chupadas.
– Sí, bueno, pero tú ahora volverás a casa, a tu maridito y a tu vida de mujer respetable y..., fin de la historia. "Gracias por habernos ayudado a descubrir cuánto nos queríamos, Lucía. Has salvado nuestro matrimonio." Y basta. No es la primera vez que me pasa esto, te lo aseguro.
– Bueno, y ¿por qué no das tiempo al tiempo y esperas a ver qué pasa...? –le dije, conciliadora.
– Porque no puedo. Porque siento la urgencia de saber qué va a pasar. Porque me da miedo pensar que voy a amarte y que te perderé después de haberte intentado convencer de que mi amor es tan bueno como cualquier otro. Porque necesito amar, necesito querer ...
– Pero, tú tienes también a Julia, con la que existe tanta complicidad y todo eso..., ¿no? –le espeté con el ánimo de corregirla.
– Bueno, Julia... Ya le oíste el otra día sus consideraciones sobre el amor...
– Sí, de acuerdo. Pero todo eso no es más que fachada, ¿no crees?
– Sí, tal vez, pero Julia es joven todavía y no ha aprendido a amar. No es la mujer que me conviene en estos momentos...
– No me dirás ahora que quien te conviene soy yo...
– No lo sé, tal vez no. Que me convenga una mujer casada... , lo pongo muy en duda. Pero... , sólo haría falta que quisieras que nos siguiésemos viendo para que me enamorase de ti como una colegiala. Te lo aseguro, Marga.
No supe qué contestar. Le di un corto beso y callé. Me lavé, me vestí y anuncié que me tenía que ir. Lucía quiso acompañarme y le dije que no era necesario; y sonriendo, añadí que sería bueno que me fuera familiarizando con el camino, para ser capaz de hacerlo sola en un momento dado. Ella no sonrió, sino que recibió la frase con el aplomo de quien está acostumbrado a bregar con la ironía y el cinismo. Me hice una tan dolorosa composición de la vida que habría vivido Lucía en ese mundo de intrigas y traiciones, de superficiales pasiones pronto agotadas, de grandes palabras borradas por la contingencia, que en el pasillo que llevaba a la puerta me volví para besarla larga y dulcemente, con la vana intención de resarcirle de todas esas preocupaciones a las que yo había sumado mi entrada en su vida, aunque fuera anecdótica.
– Yo no voy a dejar de verte por esto, Lucía, te lo prometo.
Una vez en la calle me asaltó de nuevo el olor a tierra mojada de la gran avenida nocturna. Pasaban pocos coches y era tan intensa la fragancia de temprana madreselva que destilaban los jardines que parecía que el aire vibrase como si un grupo de palomas lo atravesara. De lejos vi un taxi libre. Levanté la mano y el chófer apagó inmediatamente la lucecita verde. El tiempo pareció detenerse hasta que el automóvil llegó a mi altura; cuando el taxista me abrió la puerta yo me sentía rejuvenecida, fortalecida por tan fértil aire de la noche. Lucía.

Carlos y yo nos fuimos distanciando de manera evidente, sin duda debido a la despreocupación que empezaba yo a mostrar ante sus cada vez más frecuentes ausencias. Estaba claro que había encontrado un nuevo acomodo para sus instintos y que ya no me necesitaba en ese sentido; pero no por eso dejamos de presentarnos ante los demás como la jovial pareja que siempre habíamos formado. Nuestros padres eran los primeros destinatarios de esa fachada, siempre vigilantes de que la felicidad de sus vástagos discurriera por los canales habituales.
Mi despreocupación se debía también, qué duda cabe, a que mis encuentros con Lucía se hubieran convertido en algo habitual. Ya no me enfrentaba a su intimidad con el candor que caracterizó los primeros compases de nuestra relación –término que acepté emplear en mis soliloquios tras no pocas peleas internas–, sino con el arrojo de quien sabe que en ello le va el amor propio, la propia dignidad, y, lo que empecé a considerar más importante, el placer de vivir. Por fin me concedía la posibilidad –intermitente, eso sí– de disfrutar sin tapujos de la sexualidad, concibiendo el placer sensual como un valor absoluto y libre de ataduras morales que lo limiten. Con Lucía aprendí a servirme de mi cuerpo sin tener que apagar del todo la cabeza: la única diferencia era que, por fin, la construcción de mi personalidad sexual dejó de decidir que el placer sólo debía llegarme por la valiente entrada de un pene en mis entrañas.
Sin embargo, lo más determinante en lo que pasaré a denominar como "mi nueva posición", fue una conversación que mantuve con mi madre en el apogeo del distanciamiento entre mi marido y yo.
– Oye, ¿ya te has enterado de lo de Encarnita la de Millán? –me dijo con su típico tono entre confidencial y conspirador–. Pues resulta que la vieron los de Rodríguez besándose con una chica en la calle. Qué desfachatez, desde luego. Que a la niña le gusten las mujeres, pase; pero de ahí a mostrárselo a todo el mundo... ¡Como si fuera algo para presumir...! Bueno, la cuestión es que sus padres se han enterado, y... qué quieres que te diga: están indignadísimos...
– Bueno, Mamá, tampoco creo que sea para tanto... hoy en día eso es de lo más normal como para que alguien se siga escandalizando...
– Ca, quita, quita. Una cosa es que aceptes lo que pase en el mundo, y que lo aceptes porque no te queda más remedio; y otra muy distinta es que esto suceda en tu propia familia. ¡Hay que ver! Con lo buena chica que ha sido siempre Encarnita y ahora resulta que ha salido virago... No, si no es que yo esté contra estas cosas... Lo que es inadmisible es que una mujer de su edad no se dé cuenta de que está haciendo el ridículo con esas tonterías. Dime tú qué adelanta esta Encarnita teniendo líos con mujeres...
Mi madre dejó de aparecérseme como la figura que emite juicios desde la altura que su posición familar le otorga, y que los hijos aplicamos como agentes judiciales, para antojárseme como una simple emisora de prejuicios inamovibles. No sé si todo esto se debía a la saludable influencia de Lucía o a que mi vida conyugal llevaba cierto tiempo discurriendo por terrenos más bien resbaladizos. Lo cierto es que en ese momento me sentí muy lejana de mi progenitora, como si creerme víctima potencial de esos comentarios despectivos me hiciera ver la injusticia de los mismos; y como si al sentirme menospreciada indirectamente por mi madre, de quien durante tiempo había seguido convencida los consejos, necesitara sustraerle toda su autoridad para proteger mi endeble identidad de esos ataques. Me sentí tentada de espetarle a la cara que su hija, esa buena chica que jamás les dio un enojo ni provocó escándalo alguno, se acostaba con mujeres, de cuyos jugos se llenaba la boca ávida, y que se restregaba las tetas en sus nalgas.
Pero no era necesario, ni útil. Sobre todo porque atacar frontalmente los esquemas que mi familia había intentado desde siempre inculcarme me habría parecido una actitud beligerante que no iba para nada con mi concepción de la relación con Lucía. No quería hacer de ella ni una toma de posición ni una protesta ante el convencional orden impuesto. Sólo deseaba disfrutar; y aunque tuviera que esconderme de todo y todos para ello, así lo haría: lo que menos deseaba en el mundo era que el exterior se colase en mi esfera íntima para decidir cómo y por qué tenía que disfrutar. “Lo personal es político”, me aseguró una vez una feminista; decidí, no obstante, que mi política fuera aliada de la discreción.
Me fui de casa de mi madre con la seguridad de estas reflexiones, pero con un puntito de inquietud que sólo podía atajarse en la intimidad de los abrazos de Lucía. Esperé en su casa a que llegara de no sé qué reunión de la empresa de su padre, con el ánimo a cada minuto más encendido por la inminencia del placer. Recordé un partido de tenis jugado sobre una pista recubierta de plástico; tras una hora aproximada de juego mi cuerpo se había cargado de tal manera de electricidad estática que, antes de llegar a tocar siquiera la mano de mi contrincante al término del set, se estableció una intensa corriente entre los dos, golpeándonos con un calambre inaudito. Así recibí a Lucía cuando entró, electrizada por el ansia de su caricia.
Creo que a esas alturas de nuestra intimidad ya había logrado disociar la violencia del deseo con su efecto reparador. En un principio, intenté justificar mi querencia a Lucía con la experimentación de un gran número de orgasmos, verdadera necesidad en que se había convertido antes de la absoluta sublimación de mi sentimiento de culpa. Más tarde conseguí mantener un suave y agradable control sobre el imperio férreo de esa necesidad, conduciendo mis transportes más sobre un muelle camino de roces y alientos que sobre una abrupta pista de montaña que se desea abandonar con prontitud. La satisfacción del deseo, que no se traducía ya necesariamente en la explosión del orgasmo, era más una sensación ascendente que otra cosa; más una plenitud que un vacío. El post-coitum no me convertía en un animal triste, sino pletórico.
Pero todo esto no me impedía abandonarme a la petite mort –como leí en un magazine femenino– con cierta frecuencia; no consistía esa nueva sensualidad mía en un dogma de fe. Lo que sí que es cierto es que al suavizar sus consecuencias nerviosas conseguí acrecentar la carga erótica (intelectualizada, me atrevería a decir) del sexo. Vi en ello tanta diferencia con mi experiencia heterosexual, casi siempre centrada en una sumisión más o menos encubierta, que todas las muestras evidentes de masculinidad agresiva se me hicieron poco soportables. Así, cuando sorpendía por la mañana a Carlos desnudo en el cuarto de baño, con el sexo enhiesto ante el espejo, con tal profusión de vello, me felicitaba del refinamiento del cuerpo femenino y su mayor distanciamiento de la naturaleza ruda y salvaje. O ante la contemplación de sus músculos tensos tras el esfuerzo en la bicicleta estática de la terraza, que tanto excitaba antes mis deseos de ser poseída, no podía evitar un acceso de asco. Todo ello no sé si se debía a una verdadera y ya epidérmica repulsión a los atributos masculinos, o más bien a una cierta pose distante y desdeñosa de quien está seguro de detentar el monopolio del buen gusto, considerando cualquier muestra de fuerza bruta como la suma de la vulgaridad. En esa actitud estetizante reconocía el influjo de Lucía, tan refugiada en su dandismo.
Dos meses más tarde aproximadamente, conseguí que Lucía se tomara unas pequeñas vacaciones para acompañarme a un encuentro de artistas florales en Palma de Mallorca. En realidad, las obligaciones adquiridas con la organización del evento no me robaron demasiado tiempo, así que aprovechamos para darle un poco de aire fresco a nuestros afectos. Casi por primera vez paseamos cogidas de la mano, besándonos con discreción en cada recodo de los preciosos caminos rurales que tiene la isla. Se acercaba ya la temporada de baños y el tiempo era excelente, lo que atrajo a no pocos turistas a la playa. Nosotras, rodeadas de gente pero en completa autarquía, teníamos la impresión de vivir en un paraíso extraño, poblado de animales con quienes toda comunicación era imposible. Esto, desde luego, excitaba nuestra hilaridad y nuestra sensación de intimidad, a la que dábamos rienda suelta en el hotel.
Hacíamos el amor con fervor religioso, como si el mundo fuera a acabarse tras esos días, como si toda esa belleza a nuestro alrededor fuera el prólogo del apocalipsis. Insaciables, agotábamos nuestros cuerpos, aun sufriendo la necesidad de darnos más. No sé, era algo verdaderamente curioso ese paroxismo del deseo, seguramente debido –sólo con esto nos aventuramos a justificar tamaños excesos– a la generosa luminosidad del Mediterráneo, explosiva en comparación con nuetra brumosa ciudad. Recuerdo especialmente una tarde en que, al despertarnos de la siesta, empezamos a hacer el amor entre risas, con la acostumbrada furia de esos días. Fue tan largo e intenso el anuncio de mi orgasmo que, poseída por la embriaguez, exigí a Lucía que me penetrara con algo grande. Nada me satisfacía, nada saciaba esa repentina necesidad de violencia. Al rato, charlábamos relajadamente sobre los hombres, sobre ese componente de violencia que imprimen al sexo, sobre penes, sobre las ganas que teníamos las dos de corrernos una juerga como antaño. Así que decidimos compartir un hombre, juntas, y exprimirlo como si fuera una mera herramienta sexual.
– Yo creo que sería mejor que buscáramos un profesional –opinó tajante Lucía–. Si nos ligamos a un guaperas en una discoteca no se preocuparía tanto de darnos lo que queremos como un profesional –añadió, con tono golfillo–. ¿No te acuerdas de esa película, "Cabaret", en la que Michael York se miraba en el espejo tensando el biceps y le soltaba a Liza Minelli aquello de "¿No crees que soy bello?", o algo así? Te aseguro que no lo soportaría.
Esa decisión tiñó indeleblemente toda la velada; y aunque le quitamos hierro con risas y chanzas, para darle el tono lúdico con que habíamos planteado la cuestión, no dejábamos de darle vueltas. Intentamos convenir en un tipo de hombre acorde al gusto de las dos, pero nos fue imposible. Decidimos al final que sería el azar y según se presentara el momento quien escojería por nosotras.
Ya tarde, por la noche, nos dirigimos a un gracioso club de strip–tease masculino cerca del puerto deportivo. Esperamos pacientes a toparnos con algún signo que nos identificara a un prostituto. Un mozo fornido, de unos cuarenta años, con apretada camiseta negra y pantalones de pinzas, nos preguntó con mucha amabilidad si estábamos esperando a alguien; que su función en ese establecimiento era procurar que todo el mundo encontrase lo que hubiese venido a buscar. Lucía, con su arrojo habitual le preguntó que todo dependía de lo que ofreciese.
– Si buscan ustedes algo para ponerse a tono, cualquier cosa, no tienen más que decírmelo. Si, por el contrario, lo que buscan es compañía, también tengo algo que les podría interesar.
Cinco minutos más tarde yo esperaba sentada a una mesita baja junto con un chico guapísimo, castaño con melenita corta, charlando con él de la manera más sosegada del mundo. Mientras, Lucía había acompañado al relaciones públicas a un cuarto privado para cerrar un pequeño negocio de compra de cocaína. Salieron hablando animadamente; se detuvieron antes de llegar a la altura de nuestra mesa, se hicieron una última observación al oído, y se echaron a reír. Se despidieron con un fugaz beso en la mejilla, tras el cual mi amiga se sentó con el joven y conmigo. Todo estaba arreglado.
Fuimos a una discoteca con el puto, que decía llamarse Toni y que tenía un sabroso acento catalán. Tomamos cada uno un par de copas entre bailes y charlas al calor de algún rincón. Dirigiéndonos hacia el hotel, con una Lucía exultante por los efectos de la coca, íbamos los tres agarrados del brazo, con el vestido ahuecado por una deliciosa brisa del mar. Mi amiga nos cortó el paso súbitamente y se puso delante de nosotros.
– Toni, si eres bueno, te lo vas a pasar de puta madre. Pero tienes que portarte muy bien porque esta noche es especial para nosotras.
Dicho lo cual, me abrazó y me besó con avidez la boca.
– Creo que no tendré muchos problemas, porque seguro que vosotras me lo ponéis... pero que muy fácil –dijo sonriente, lo que nos hizo reír.
En la habitación todo fue bastante rápido, aun cumpliendo con el ceremonial de los tópicos consistente en establecer un clima amistoso, aparentemente necesario para que las chicas se sientan en confianza. Nosotras nos limitamos a interesarnos levemente por sus actividades diurnas mientras le quitábamos la ropa. Todo fue muy natural y como previsto, pues de común acuerdo, sin mediar negociación, nos metimos los tres en el cuarto de baño para bañarle sus partes íntimas.
Fue una noche muy larga en la que Toni se ganó su sueldo con creces. Tan sumido estaba en el cumplimiento de sus funciones que llegamos a olvidarnos de que acabábamos de conocerlo: nos penetraba, nos manejaba según lo que creía que podíamos esperar; pero los abrazos eran nuestros, pero los besos nos pertenecían, pero los orgasmos eran el fruto de nuestro amor.
El despertar nos sorprendió solas en la habitación, abrazadas y con los pelos desordenados. Una rápida mirada al suelo emparquetado para percatarnos de los restos de la batalla de la noche: vasos, botellas, y unos cuantos preservativos. El sexo de Lucía, en ese mediodía resplandeciente de la isla, tenía un sabor ácido que nunca había sentido hasta entonces.

La conviviencia entre Carlos y yo siguió por los mismos derroteros. Apenas sí nos veíamos ya un ratito por la mañana, cuando uno de los dos volvía a casa para vestirse antes de ir a trabajar. En algunas semanas se daba la circunstancia de no encontrarnos siquiera. Nuestra casa se había convertido en un guardarropa, en un anónimo almacén que pudiesen compartir dos amigos cualesquiera con intereses más o menos parecidos; sólo nos unía ya la propiedad del espacio y de los muebles, así como todas aquellas cosas derivadas del mantenimiento de electrodomésticos e instalaciones: únicamente entonces nos poníamos en contacto para solucionar el asunto con la mayor celeridad posible. Era una situación que los dos aceptábamos con una cierta distancia, con la frialdad provocada por el temor a abordar el tema directamente: jamás hasta ese momento nos habíamos sentado a hablar, aunque sólo fuera para ponernos mutuamente al corriente de nuestras expectativas.
En un arranque, tomé la decisión de cortar por lo sano y romper definitivamente con Carlos: divorciarnos. Lucía, muy sensata, me recomendó que no me arriesgara a ser acusada de abandono de hogar y a perder por tanto todos los derechos sobre el domicilio conyugal. Convencida, seguí con la simulación ante mi familia y ante la pequeña sociedad de amigos y conocidos comunes, a pesar de que estos últimos estuvieran enterados de la realidad del asunto.
Para no ser acusada, pues, de ese abandono que Lucía me hizo creer tan terrible, empecé a utilizar de nuevo el piso como estudio. Compré algunos productos informáticos para hacer más creíble la situación, y pasaba algunas tardes allí trabajando. Tan absorbente era a veces la redacción de informes y proyectos para la franquicia, que se me hacían las mil y debía quedarme a hacer noche. Llevaba por esos días una vida de verdadera soltera, pues Carlos nunca aparecía ya si no eran cinco o diez minutos algún mediodía para recoger ropa u otras pequeñas cosas. No nos veíamos.
Una tarde en que había quedado para cenar en el centro con Lucía y Angela, la de la galería, recibí una nerviosa llamada del responsable regional de la franquicia, implorándome que le sacase de un apuro y que realizase el balance semestral por él, puesto que yo conocía el estado de cuentas y, en definitiva, el negocio, tan bien o mejor que él. Tuve que cancelar mi cena y quedarme en casa. El balance me llevó unas buenas cinco horas, de tal manera que permanecí levantada hasta las dos de la mañana. Me acosté y logré conciliar el sueño con facilidad, cansada como estaba. Pero, al rato, me despertaron unas risas en el salón. Se trataba de unas carcajadas histéricas que apenas comenzaban se veían reprimidas por chisteo de otra voz. Creí reconocer a Carlos en esa otra voz, moderadamente bebido, acompañado sin duda por una mujer en mayor estado de embriaguez que él. A los pocos momentos, pusieron música suave, que no permitió acallar el tintineo del hielo en los vasos y algún que otro cuchicheo delatador.
De repente, se abrió violentamente la puerta del dormitorio y entraron los dos muy decididos. La tenue luz que venía del salón iluminó la estancia lo suficiente como para que se dieran cuenta de que yo estaba en la cama. Carlos exclamó un "¡hostia!", y salieron despavoridos. De nuevo en el salón se mezclaron sus exclamaciones y juramentos con las risas apagadas de la mujer. Hubo unos minutos de silencio durante los que creí que se habían marchado; así que me levanté para ver en qué estado había quedado esa batalla campal de los deseos frustrada por mi presencia. Nada más abrir la puerta de mi dormitorio me vino un murmullo de jadeos y de crujir de muelles, procedente de una de las pequeñas habitaciones que daban al pasillo. Me quedé petrificada durante unos instantes, en los que mi respiración se acopló a la de los jadeos rítmicos de la chica.
Me interné por el pasillo, evitando hacer cualquier ruido que delatara mi presencia; vi la puerta abierta del cuarto de la plancha, y me asomé al quicio. En esa pequeña cama se debatían los dos cuerpos: el de una joven rubia de pelo voluminoso y alborotado, casi inmóvil, zafada por el abrazo; y el de Carlos encima, con la cabeza escondida tras el cuello de la señorita, yendo y viniendo con sus caderas. Permanecí en el umbral de la puerta unos pocos segundos, los suficientes para que la joven se percatara de que yo estaba allí. Me miró y yo le mantuve la mirada, asustada y expectante. Ella sonrió levemente sin cejar por ello en la intensa emisión de sus jadeos.
Me aparté de la puerta, sobrecogida por lo que acababa de ver. Por un lado me torturaba comprobar que Carlos se hubiera atrevido a acostarse con alguien aun sabiendo de mi presencia allí; por la otra, la verificación visual de que Carlos en efecto se entendía con otras mujeres me dolió. Ese cuerpo, que en otro tiempo considerara propiedad inalienable, prueba irrefutable de que nuestro vínculo era verdadero, ese cuerpo seguía en cierto modo perteneciéndome; por lo que me sentí robada. Sin embargo, estos fugaces sentimientos dejaron rápidamente paso a una calmada indignación que me retrotrajo a los tiempos en que me miraba en el espejo mientras Carlos me penetraba ausente de mí. Volví a ver su cara muda y sudorosa, afanada en la búsqueda del goce.
Aun me quedé allí un rato, estudiando las evoluciones de los jadeos de la pareja. La chica debió de tener un orgasmo, porque así nos lo dio a saber con sus exagerados grititos. Acto seguido, anunció que qué bien le había venido, que ahora le tocaba a él. Carlos aceleró su respiración para hacerla progresivamente más sonora, acompañándola de ayes que se fueron haciendo más audibles a medida que se acercaba al clímax. La chica le ayudó con nuevas muestras de placer y sonoros suspiros, hasta que los dos se sumieron en el silencio, momento que aproveché para volverme a la cama.
El calor de las sábanas me hizo sentir la humedad que había aflorado en mi intimidad. Estaba alterada, me había excitado a lo largo de todo el acto... Tuve un repentino deseo de masturbarme, lo que aun no había hecho sin estar en presencia de Lucía. Me debatí entre el deseo y la templanza, para reconocer la inhibición que venía de la cercanía de Carlos, del recuerdo de la intimidad común que se desprendía de todos los objetos del dormitorio, de la casa...
Me dormí y soñé de nuevo con la habitación de hotel de El Portero de noche: Carlos y Charlotte Rampling, quien lucía una exagerada peluca rubia, yacían sobre la alfombra a los pies de la cama; yo entraba en escena, acercándome a la pareja para besar a la mujer; acto seguido, me levanté el camisón y posé mi sexo sobre la boca de la onírica amante de mi marido. Me desperté cuando me sobrevenía el orgasmo, en medio de la oscuridad de mi habitación, donde empezaba a entrar la mañana por entre las persianas.

Algunos días más tarde, tomé por fin la decisión de dar parte a mi madre del estado de mi matrimonio. Ella aceptó con desgana que yo hubiese permitido que Carlos se fuera con otra; y, lo que es más, que él hubiera llegado a tomar la determinación de abandonar definitivamente el tálamo conyugal. Ella entendía que lo hubiera hecho sin temor a la soledad, puesto que ya disponía de otra mujer que lo atendiese como él necesitaba.
Pero, ¿y tú, hija mía? ¿Qué vas a hacer tú?
Se hizo un largo silencio que intenté colmar mirando a mi madre a los ojos, buscando en su mirada la necesidad de comprender una salida que fuera, a su entender, alternativa, una tabla de salvación a la ignominia de quedarse sola tras el abandono del marido.
A mí me parece estupendo que hayas encontrado el apoyo de esa antigua compañera de estudios, Lucía, y que te haya propuesto que compartáis su piso hasta que encuentres una solución definitiva. Pero..., bueno, tú y yo sabemos que eso no puede durar eternamente, que necesitarás encontrar otro hombre, rehacer tu vida, fundar una nueva familia..., ¡y tener hijos! Si los hubieras tenido, ¡otro gallo nos cantaría ahora!
En un repentino acceso de cobardía, le confesé con la boca pequeña que sí, que había alguien, que estaba saliendo con alguien incluso antes de que se planteara la separación definitiva. A mi madre se le iluminó el rostro de curiosidad: una nueva vida de intrigas amorosas se abría ante ella; eternas formulaciones de cábalas sobre la concreción del amor de ese hombre, que entre las dos deberíamos afianzar y consolidar, se anunciaban en el horizonte de sus desangeladas tardes. Coquetona, me preguntó que quién era, que cómo era, que en qué trabajaba ... Vaya, lo típico.
Se llama Toni, y es mallorquín –mentí, sacándome de la chistera el primer nombre que me vino a la mente, que resultó ser muy útil para mi escamoteo: hallándose entonces terminando unos negocios en su isla (pues él se dedicaba al mercado inmobiliario), no iba a poder volver a la Península durante tanto tiempo como yo necesitara para hallar la mejor manera de presentar a mi madre mi relación con Lucía.
Me alegro, me alegro... Y no te olvides decirle que ya me has hablado de él y que tengo muchas ganas de conocerle...
Fui una cobarde por no confesar de una vez por todas que amaba a una mujer. Tras ello debía esconderse un miedo atávico a forzar la convención; o, más sencillo todavía: en mis reservas debía subyacer un prejuicio negativo contra la homosexualidad. Algo habría de hacer antes de que explotara un conflicto en mi interior, pues en caso de que ese prejuicio existiera de manera activa yo estaría forzando a mi conciencia a convivir con él.
Porque, en definitiva, de lo que se trataba era de mi propio bienestar, que intentaba conservar gracias al constante refuerzo que suponía la compañía de Lucía. Había logrado por fin, aunque fuera someramente, respetarme a mí misma como persona digna de ser amada : o por lo menos de ser aceptada. En eso basaba la importancia de mi relación con Lucía, en que ella había logrado que yo me quisiera mucho más de lo que había viniendo queriéndome hasta ahora.
Con Carlos, todo había consistido en averiguar quién recibía y quién daba, siempre de manera desigual y con el mismo ganador. Habíamos vivido en una constante pugna por hacernos merecedores del afecto del otro –utilizando todo tipo de armas para ello: desde el chantaje emocional hasta la reprobación continuada. En ambos casos, Carlos aprendió con una rapidez asombrosa hasta qué punto podía hacerme dependiente de él mediante una sabia dosificación de ambas armas.
Y puesto que se trataba de quererse a sí mismo, finalmente, sólo cabía esperar que las dos comprendiéramos que nuestra relación debía ser un intercambio igualitario de refuerzos, conducentes a no sentirse amadas en desigualdad de condiciones. La satisfacción personal de cada una, por separado, debía repercutir positivamente en la de la otra: convencidas de la necesidad de ese refuerzo (incapaces de asumirlo de manera individual), alimentaríamos el interés en que el emisor del mismo estuviera en capacidad de ofrecerlo fuera de la sospecha de toda presión ni extorsión emocional.
Así me planteé mi vida sentimental para el tiempo a venir. Todo el mundo sabe que las limitaciones humanas para tal empresa son enormes y poderosas. Pero, no hay nada malo en proponerse un modo de amar menos acorde con ese concepto de amor desprendido y desinteresado con el que tanto nos han predicado desde púlpitos de dudosa credibilidad.
No existe ese amor, Lucía. Sólo existe el tuyo y el mío por separado, puesto que separadas estamos ante la vida y ante las cuentas que diariamente debemos rendir a nuestras propias conciencias. El amor es solitario por fuerza, querida, y lo único que podemos esperar la una de la otra es que nos ayudemos mutuamente. Todos tenemos nuestras limitaciones, ¿no estás de acuerdo?

Pasó el tiempo sin que Carlos y yo decidiéramos qué hacer con nuestro piso. Él se había instalado en casa de su nueva compañera, no sé si definitivamente. Lo cierto es que fue él quien insistió en sacarle rentabilidad económica a nuestra antigua casa. Yo consideraba accesorio dejarla a merced de unos arrendadores desaprensivos que maltrataran nuestros muebles, puesto que ninguno de los dos necesitaba el dinero del alquiler. Sin embargo me dijo que ya había hablado con una agencia inmobiliaria (“no te preocupes, la mejor de la ciudad”) que le daba las mayores garantía y seguridad sobre la calidad de los candidatos a ocupar el que fue escenario de nuestra pasada felicidad.
Yo me enfadé, aunque hubiera debido asistirme la costumbre de que Carlos me consultara una decisión con posterioridad a haberla tomado, como si consultarme fuera un imperativo legal de escasa utilidad. Como en tantas otras ocasiones transigí, no sin exigir el cumplimiento de la condición de mi visto bueno; en caso contrario jamás accedería a alquilar el piso por mucho que la mejor agencia nos ofreciera las más fiables garantías. Esta exigencia fue más el fruto de la indignación que de una verdadera convicción.
Al cabo de dos o tres semanas de esta conversación con mi marido, Lucía me comentó que Julia le había hablado de un joven profesor de su facultad que estaba buscando acomodo en la ciudad. La noticia me sorprendió.
– ¿Y cuándo has visto tú a Julia? ¿Desde cuándo os estáis viendo? –le espeté sin poder esconder mi desconcierto. Ella sonrió satisfecha de suscitar en mí un irrefrenable sentimiento de exclusividad.
– ¿Acaso te molesta? No me digas que vas a ver con malos ojos que hable con otras mujeres...
Me hizo la pregunta en un tono de suficiencia que le permitía adoptar su facilidad para tomar a chanza mis excesos sentimentales. Yo era plenamente consciente de que Lucía estaba bromeando, pero sabía que en caso de seguirle la corriente ella podía mostrar una disposición más irónica todavía que me sería insoportable: yo no sabía bromear con mis sentimientos; siempre me sentí insegura respecto al afecto de los demás. Preferí, pues, evitar el juego que me proponía Lucía.
Ese joven profesor había tenido serios problemas para encontrar un piso de alquiler de su completa satisfacción. Llevaba un par de meses viviendo con una compañera de trabajo sin disfrutar de intimidad ni independencia, siempre a expensas de cómo hubiese decidido su benefactora ocupar su tiempo libre. Se trataba, por consiguiente, de venir en ayuda de una persona recomendada, que por ello mismo disfrutaba de las máximas garantías. Sin embargo el carácter, digamos, humanitario de la cuestión me importaba poco cuando llegar a ese acuerdo supondría alentar la posibilidad de que Julia y Lucía tuvieran de nuevo algo que compartir. Era un miedo que debía vencer para satisfacer a mi compañera, y, tal vez lo que fuera más importante, recobrar mi plena confianza en ella.
No con pocos argumentos logré convencer a Carlos de que ese joven profesor era el mejor candidato que podríamos encontrar. Eso sí, deberíamos bajar un poco el alquiler, pues el piso era demasiado espacioso para una persona sola. No se trataba además de un alquiler eventual, sino para un período largo de tiempo, tanto como él considerase quedarse trabajando en la facultad de Julia.
El joven profesor, de nombre Marcos, se mostró muy agradecido por la confianza que depositamos en él, y, para convencernos de que esa confianza no era infundada insistió en pagarnos dos meses de fianza en lugar de uno, que era en realidad lo que le pedíamos, así como en añadir una cláusula de preaviso de un mes para no hacernos perder dinero en caso de que tuviera que abandonar el piso antes de lo previsto.
Durante los cinco primeros meses todo discurrió como la seda, sin que ningún problema se presentase a ensombrecer nuestra relación comercial. Marcos empezó a tener a partir de entonces –según me contaba Lucía que Julia le había referido– serias desavenencias con el director del departamento al que él estaba adscrito, llegando incluso a peligrar su permanencia en la facultad. Marcos nunca llegó a cuajar allí, siendo su temperamento muy diferente del de los profesores locales, educados y formados todos ellos en el clientelismo y el amiguismo de una pequeña universidad de provincias. La cuestión era que seis meses y medio justos después de haber firmado el contrato, Marcos me llamó para contarme lo sucedido y anunciarme que iba a dejar el piso; que si necesitaba que me comunicase formalmente el preaviso para que contase un mes a partir de entonces me enviaría una carta certificada que diera fe de su intención de dar término al contrato de arrendamiento. Yo le dije que no se preocupara, que podía irse cuando quisiera y que le serían devueltas la mitad de la mensualidad en curso y la fianza. Lo cual me agradeció enormemente halagando mi generosidad y mi constante deseo de ayudarle en lugar de sacar partido de él. Me pareció exagerado, aunque cierto en lo tocante a aprovecharme de él: yo no iba a hacerme rica o menos pobre alquilándole el piso.
Quedamos una tarde para solucionar los últimos asuntos, el papeleo y la revisión del piso y la devolución de lo estipulado. Pero ese día me era completamente imposible acudir, ya que debía asistir a una reunión con el presidente de la franquicia en la que mi presencia era indispensable por haberme ocupado yo en los últimos tiempos de hacer los balances. Le pedí a Carlos que se encargara de todo ello él solo y que cumpliera con lo estipulado aunque le costara trabajo; que se lo tomara como un favor que me hiciera a mí.
Por la tarde, volví a casa y me recibió una furibunda Lucía que me trataba de traidora y pesetera.
¡No me digas que no estás al corriente de todo, que no me lo creo! No te digo, los pijos estos...
Yo no podía imaginarme de qué se trataba, por lo que perseguía denodadamente a mi huidiza compañera para averiguarlo. Pero ésta se limitaba a lanzarme diatribas y a rehuirme sin cesar. Hasta que me enfadé yo también y le pregunté a gritos que qué era lo que pasaba, que no comprendía nada.
Pues que le habéis mentido, que nos habéis mentido a todos. Que me parece de una bajeza tremenda lo que habéis hecho con Marcos. Mira que cobrarle el mes entero después de haberle prometido que le devolveríais la parte proporcional... Bueno, él ha aceptado las condiciones como persona honesta que es, lo cual no impide que considere que habéis cometido una injusticia con él. Ahora bien, lo que es Julia, que lo ha acompañado... lo que ha tenido que soportar la pobre. Tu marido es un hijo de puta, Marga; y quiero creer que no es verdad lo que me ha dicho Julia. ¡Necesito saber que no es verdad!
Pero, qué estás diciendo –logré balbucear, completamente anodada ante lo que estaba oyendo–. Te aseguro que yo no sabía nada de esto y que le había hecho prometer a Carlos que cumpliría con mi compromiso. No sé qué es lo que ha podido sucederle para que... ¿Qué es lo que le ha dicho?
Lucía tomó aire antes de mirarme fijamente a los ojos con expresión fiera. Yo temblé como temblaba cuando veía avecinarse una discusión fuerte con Carlos.
– Tu marido ha asegurado que la decisión de no devolverle la mitad de la mensualidad no completada era tuya, y que todo lo hacías para que Julia y yo nos enemistáramos y que ella dejara de hacer peligrar tu relación conmigo. ¡Me parece de un ridículo tan espantoso! Pero necesito que me digas que no es verdad.
El corazón me dio un vuelco por saberme cazada en unas intenciones nunca comunicadas. Carlos había actuado en nombre propio para sabotear una situación que jamás aceptó de buen grado. Su descontento procedía más de la impotencia de quien quiere imponer las condiciones y se las ve imponer a sí mismo. Con su acción, que en nada era justificable aunque sí comprensible para cualquiera que lo conociese de cerca, ponía en tela de juicio mi capacidad de compromiso, mi seriedad, y, lo que era peor, me dotaba de un inseguro infantilismo emocional que me incapacitaba para merecer cualquier tipo de confianza. El efecto fue doble: por una parte dinamitaba una situación que siempre le había desagradado, y, por la otra, asestaba un golpe vengativo a mi posible armonía con Lucía. Quien había sido, no hay que olvidarlo, su amante en el pasado.
De todas maneras, por mucho que Carlos hubiese sabido descubrir mis miedos en el asunto del alquiler –como si se tratase de ideas escritas con tinta simpática en un viejo palimpsesto–, yo jamás pensé siquiera en actuar como lo hizo él, so pena –aunque solamente fuera por eso– de parecer ruin y rastrera. Cuarenta mil pesetas más o menos no merecían el planteamiento de dilemas morales: más vale pecar de generoso que de agarrado. Pero, si el objetivo perseguido por Carlos era provocarme problemas en mi relación con Lucía, no cabe duda de que lo había conseguido, a tenor del estado de ánimo en que encontré a mi compañera.
–Esto no puede ser más que el fruto de una confusión –contesté con la mayor serenidad de que fui capaz–. Le había dado a Carlos instrucciones muy precisas sobre Marcos. Pero ya sabes cómo es él... Sí, ya sé que eso no justifica nada... –admití en respuesta a sus meneos de cabeza.
Le aseguré que el problema se iba a solucionar, que yo misma daría una explicación a Julia y a Marcos y me ocuparía de cumplir lo prometido.
Me gustaría que estuvieras presente cuando haga eso –le solicité con humilde seriedad–. Tal vez podrías acompañarme para, así, restar importancia a las palabras de Carlos, puesto que ni tú misma se la das. ¿O es que sí se la das?
Lucía cogió un cigarrillo y lo encendió, para expeler violentamente el humo de la primera calada.
– No lo sé. No sé qué decirte. Es cierto que eres un poco posesiva... tal vez demasiado; hasta un extremo casi compulsivo, maniático. Pero no creo que hubieses permitido que las cosas llegasen hasta este punto, me refiero a permitir que un amigo de Julia alquilase tu piso con todo lo que eso supone, para estropearlo todo a última hora –aclaró, más relajada, deteniéndose en su recorrido nervioso del saloncito–. Reconozco haberme dejado llevar por la ira, pero es que Julia me ha descrito la situación como algo indignante; y yo no he tenido en cuenta el carácter explosivo de esta chica.
Mujer, el asunto es fastidioso, desde luego... –intenté añadir.
Sí, pero no era para tanto. Julia no tenía ninguna necesidad de hacer una defensa tan agresiva de los intereses de Marcos..., a no ser que buscara utilizar este asunto para rebajarte a mis ojos...
Cosa que, visiblemente, ha conseguido –concluí en un tono vecino a la burla comprensiva. Lucía me miró fijamente un largo espacio de tiempo, durante el cual su mirada pasó de los vestigios de su temible expresión inquisidora a la petición de clemencia.
Perdóname, por favor. Te lo ruego.
Le dije que no se preocupara, que el perdón lo tenía siempre de antemano, y que la culpa era, en primera instancia, mía, por haber demostrado tan poco dominio de mí misma con mis temores y mis celos.
Ahora mismo voy a llamarles –le dije, resuelta.
Espera –me cortó Lucía al tiempo que se acercaba a mí con una suave sonrisa en los labios. Posó sus brazos sobre mis hombros y se quedó allí, pegado su cuerpo al mío, con sus ojos clavados en los míos hasta que, de tan grandes, los perdí cuando avanzó la cabeza para besarme.
Habíamos quedado en una pequeña taberna del centro histórico, que se hizo famosa por la calidad de las raciones y la variedad de los vinos. La planta del local se hallaba por debajo del nivel de la calle, de tal manera que, antes de entrar, se divisaba la totalidad de taburetes de la barra y de mesas en la sala. Presidían la parte trasera del mostrador dos enormes toneles de madera a los que habían añadido unos estantes, repletos de botellas de vino. En una esquina, una pizarra señalaba, escrito con tiza de varios colores, cuál era el vino del mes, junto con su precio y una somera descripción de sus características.
Lucía me abrió la puerta y nada más poner el pie en el primer escalón de descenso al local los avisté acodados a la barra: Marcos bebiendo de una fina copa, y Julia hablando y hablando sin parar hasta que nos llegamos hasta ellos. Besé en primer lugar a la ex–novia de mi compañera, para ponerme a continuación en situación de poder besar a Marcos y observar al mismo tiempo a las dos mujeres. Se dieron unos besos largos en cada mejilla, como para intentar eternizar el contacto de sus bocas sonrientes, incluso de sus narices, que se golpearon a mitad del trayecto de una mejilla a otra. El detalle esquimal les hizo sumergirse en una hilaridad que continuó más allá del tiempo que Marcos y yo ya habíamos utilizado en decirnos las dos o tres cosas de rigor de toda salutación. No sabía adónde mirar para esconder mi azoramiento y que Lucía no me supusiese presa de un repentino ataque de celos. Mi compañera se separó del abrazo estrecho de Julia –aunque sin dejar de mantener el contacto con ella a través de un brazo anclado en su cadera– para saludar al joven profesor de universidad.
– ¿Qué os parece si vamos a una mesa, eh? –dijo Lucía en una de las tonalidades más alegres en que jamás le oí declamar una propuesta–. ¡Venga, vamos!
Los jóvenes cogieron sus copas para seguir a mi compañera, mientras yo me quedaba en la barra esperando a encargarle al camarero que nos sirviera en la mesa. Allí, Lucía y Julia estaban sentadas muy juntitas, sus caderas pegadas y uno de sus brazos inmóvil, debido a la cercanía de los cuerpos. Lucía desbordaba simpatía y buen humor, borracha de la presencia de Julia.
– ¿Qué, cómo ha terminado el asunto de la facultad? Vaya movida que te han montado, ¿no? –le preguntó a Marcos en un tono mezcla de interés y jocundidad.
– Pues sí, ya lo puedes decir... Nunca imaginé que una facultad hiciera tan patente y descarado el deseo que tenían de quitárseme de encima. Y pensar que rechacé la oferta de una facultad en otra ciudad para quedarme aquí...
– ¿Qué estás diciendo? ¿Tenías otra oferta y...? ¡Vaya putada! –añadió preocupada Lucía
– Sí, sí –contestó Marcos con resignación–. Y no es que no pareciera una oferta interesante: una gran universidad pública, con todo lo que significa de meter el pie dentro del sistema... Lo que pasa es que me dio un ataque tremendo de pereza: aquí ya me había hecho amigos, llevaba una vida más o menos arreglada; y después del tiempo que me había costado encontrar un piso y estar por fin a mis anchas, ponerme de nuevo a buscar y hacer la mudanza...
– Así que cuando vivías conmigo no te sentías a tus anchas, sino todo lo contrario –le replicó Julia uniendo el enfado a la broma–. No, si ahora aún pretenderás quedarte un tiempo en mi casa después de lo que has dicho...
– Mujer, yo no quería decir eso... –explicó Marcos aceptando la broma pero creyendo necesario aclarar sus palabras ante dos personas desconocidas–. Aunque, mejor pensado, ya iría siendo hora de que alguien te quitase de la cabeza la idea de que eres fantástica e hiciese saber al mundo lo difícil que es vivir contigo...
Los jóvenes reían con sana sinceridad. Lucía, a quien yo había estado observando con atención mientras miraba bobamente a su ex–amante, pasó de la más grande alegría a una seriedad que iba desleyendo la sonrisa de su rostro a medida que los dos amigos bromeaban abiertamente entre ellos.
En ese momento apareció el camarero trayendo todo lo que le había pedido: una botella de vino del Segre –que me había recomendado Lucía como un caldo amistoso y alegre– junto con varias tablas de quesos, patés, ibéricos y suaves cecinas. Conforme iba llenando la exigua mesa con las viandas, se despertaba la admiración de nuestros invitados ante tantas cosas apetitosas. El camarero se retiró agradecido ante nuestras expresiones de júbilo. Todavía quedaban en el mundo de la hostelería personas corteses y que basaran parte de la calidad de su servicio en un trato cordial, en lugar de pretender dotar de exclusividad a su local a fuerza de violentar la amabilidad de los usuarios.
– Bueno, Marcos y Julia –anuncié tras un relajado tiempo de degustación–: espero que sepáis perdonarme por lo inesperado del final de nuestra relación comercial. Os pido disculpas, sinceramente. No fui yo, de verdad, quien decidió en el último momento contradecir lo que habíamos acordado. Y aunque todavía no lo he aclarado con él, creo que mi marido reaccionó así por despecho: de alguna manera quería crear discordia entre nosotras para que el resultado le fuera provechoso.
– Tendrías que haberlo visto, Marga, de verdad –explicó Julia–: la rabia con la que soltó todo ese cúmulo de despropósitos se contagiaba; consiguió que nosotros también nos sintiéramos traicionados por tu decisión, y que la culpa del tono que estaban tomando las cosas la trasladásemos a ti.
– Pero... –intervino Lucía–, ¿de verdad creíste que Marga os estaba puteando para provocar que salieras definitivamente de mi vida, que no te interpusieras más en su camino...?
Julia refugió la mirada en una de las tablas que todavía ocupaban el centro de la mesa. Dejó que el silencio se propagara por la totalidad del local, que se hizo doloroso a medida que levantaba la cabeza y depositaba todo el azul de sus ojos en los de Lucía. Ésta le mantuvo fijamente la mirada, como para asegurar el tránsito de una información incomprensible para mí, hecha de momentos vividos en común, de ternuras pasadas, de una complicidad afectiva que yo sabía –lo estaba comprobando– perfectamente activa y viva. Como seducida por los recuerdos, los ojos de mi compañera empezaron a pasearse por los labios y el cuello de su antigua amante: ávida, sedienta de su contacto, pensé. El silencio, que se hizo interminable a pesar de abarcar sólo unos pocos segundos, pareció quebrarse ruidosamente cuando Julia respondió a la pregunta:
– Sí: de verdad lo creí, parecía tan seguro de lo que decía... O tal vez era que me convenía creerlo...
La expresión toda del rostro de Lucía se transformó con la invasión de una sonrisa de gratitud. Que transformó la expresión de mi rostro: nunca he sabido disimular las emociones intensas, ya que mi cara se comportaba una vez más como el espejo de un alma dolorida, que revivía las más incómodas inseguridades que fueron tan habituales en los tiempos de mi vida con Carlos. Todos debieron de darse cuenta, además, de mi ceño pesaroso cuando Julia me cogió de la mano para decirme que ahora sabía que eso no podía ser verdad, que había dudado porque no me conocía.
Cuando salimos de la taberna alguien propuso que fuéramos a tomar una copa a un pub un tanto alejado del lugar. Teníamos que caminar por estrechas aceras durante un buen trecho, por lo que se compartimentó el grupo: encabezaban la comitiva Julia y Lucía, hablando quedamente y riendo sin estridencias, cogiéndose de la cintura de vez en cuando con la excusa de ofrecer pasar primero a la otra cuando el camino se estrechaba; seguíamos Marcos y yo, silenciosos el uno detrás del otro salvo cuando el joven profesor intentaba con poco éxito hilvanar una conversación. Al llegar a la puerta del pub, yo me sentía tan desfondada que apenas me quedaban ánimos para anunciar que prefería retirarme, pues estaba cansada y al día siguiente me esperaba un montón de asuntos que resolver. No fue necesario defender mi postura: Julia intentó tímidamente convencerme de que me quedara, que tan sólo tomaríamos una copa y nos marcharíamos todos; Lucía se limitó a mirarme sin decir nada, con el rostro atravesado por una expresión parecida a la que tenía cuando se recuperaba de los embates del placer físico. Les besé a todos las mejillas y me fui para casa liberada de la obligación de ocultar la incomodidad que me asolaba, conforme aunque dolorida con el cariz que había tomado este avatar de mi vida sentimental: de nuevo tenía que asumir la infidelidad; de nuevo tenía que aceptar el dolor de verme relegada, dolor que debía aceptar como parte integrante de mis relaciones amorosas; otra vez debía enfrentarme al miedo atroz a que mi pareja me dejara por otra.
Llegué al piso con al ánimo por los suelos. Me desvestí dejando la ropa tirada de cualquier manera en un silloncito de la habitación, y, en el cuarto de baño, me quedé pasmada ante el espejo sin que se me ocurriera siquiera coger el cepillo de dientes o la crema limpiadora. Me acosté sintiéndome sucia del todo, utilizada y abandonada. Lloré un rato en la cama hasta que me convencí de la necesidad de aceptar la fatalidad como viniese; en caso contrario no me quedaba más que romper con todo y salir por la tangente de una de dos maneras: o escapar de mi relación con Lucía, o abandonar para siempre las intrigas y las peleas que conllevaba la vida sentimental. Incapaz de tomar decisión alguna, no logré conciliar el sueño aunque sí una cierta paz interior gracias a un ejercicio de respiración abdominal que me enseñaron en unos encuentros espirituales.
Lucía llegó a cosa de las cuatro, oliendo a alcohol, humo y restos del perfume que llevaba Julia. Yo fingí estar dormida, pero escuchaba atentamente mientras mi compañera se desvestía en silencio y se metía en la cama sin cuidado ninguno de no molestarme: bruscamente, revolviéndose violentamente hasta hallar una posición propicia para la llegada del sueño. Enseguida se quedó dormida, respirando aparatosamente sobre mi nuca. Yo me sentía sola, escandalosamente sola acompañada de la que había sido la razón de mi alegría en los últimos meses.

A la mañana siguiente me levanté y me fui de casa sin que Lucía se despertara. De camino a la oficina principal de la franquicia, no podía evitar comparar a la gente y su aparente sosiego con mi pesar y mi mala suerte. En todas esas jovencitas a las que el verano subía el nivel de las faldas veía a Julia, cargada de seducción latente y presta a traducirse en el objeto de la pasión de cualquiera en cualquier momento. El mundo se me antojaba hostil y difícil: campo de batalla entre el dolor infligido y el dolor sufrido, en el que este último salía vencedor siempre e indefectiblemente.
Me crucé con un señor de unos 60 años, muy digno en su traje marrón, a quien imaginé una vida estable y segura en sus afectos. Debía de haberse despedido de su mujer para dirigirse a la labor de todos los días, pisando convencido de la necesidad de su presencia en ese escenario. ¡Qué fáciles se me antojaban las condiciones de vida de los demás, y qué difíciles las mías! Decidí detenerme en una cafetería para reconstituirme el ánimo. Tras un par de cafés con leche y unas pastas me convencí a duras penas de que todos esos pensamientos eran el fruto de la depresión, que me estaba produciendo unas alucinaciones que jamás había destilado mi optimismo a prueba de bomba. Tal vez a mis 35 años estaba aprendiendo que la difícil aceptación de los golpes de la vida era un complicado camino que concluía o bien con un escepticismo necesario para soportar la vida consciente –que puede desembocar en un tenaz cinismo– o con el abandono de la existencia. No me atreví a decir que fuera mejor tarde que nunca... No me daba miedo aprender, aunque el aprendizaje fuera duro y en él tuviera que pasar penas y sacrificar alegrías.
Pasé todo el día pendiente del teléfono, esperando que Lucía me llamara y me contara cómo había pasado la velada. Ya estaba creando una estrategia de lectura de su relato, en cuyos pasajes oscuros esperaba percibir la ocultación de detalles escabrosos o, por lo menos, que comprometieran el tácito acuerdo de fidelidad existente entre nosotras; o, dependiendo de su tono de voz, esta ocultación podía servir para despertar mi interés hacia aquellas cosas que mejor le servirían en su proyecto de tenerme y mantenerme sujeta con la tensión de la duda. Pero el teléfono no sonó en toda la mañana, lo que me sumió en una tremenda agitación que me impediría atender los compromisos de la tarde. Decidí tomarme el resto del día libre e irme a comer a casa –a casa de Lucía–, donde tal vez pudiera pensar mejor sobre el derrotero que estaba tomando el polvo de estrellas de mis sentimientos: pues así los concebía en ese momento, como un extraño totum revolutum, disperso y caótico, navegando a la deriva hacia quién sabe qué lugar de la galaxia.
En casa me vi incapaz de alcanzar el sosiego necesario para la reflexión, pues el recuerdo de Lucía estaba en todas partes. Allí unas fotos, aquí su frasco de perfume, en el galán su camisón ,... Recuerdos miles que hacían referencia a un rico pasado poblado de caras extrañas, enemigas; un pasado en el que yo no podía entrar por mucho que lo deseara y que se me antojaba manantial de experiencias ya inalcanzables para mi pobre y reducido pasado. Toda esa profusión de fotos y de objetos provenientes de sus antiguos amantes se me aparecía como hitos en el relato de su vida, como trofeos en su continua caza de la tranquilidad y la seguridad de sí. Su presencia me era tanto más dolorosa cuanto que yo sabía que cualquier día podría figurar allí mi cabeza, en un lugar más o menos prominente dependiendo de la importancia que Lucía quisiera darme. Me asaltó entonces una sensación de miedo al vacío que suponían para mí el pasado y el futuro de mi amiga, que jamás podría alcanzar ni hacer mínimamente míos. Sólo era mío, sólo podía participar en el presente; yo era algo pasajero como lo es el tiempo estrictamente actual, que sólo sirve para proyectarnos hacia el tiempo futuro. Y tuve celos de su vida vivida, y de su vida por vivir, que yo sabía inaccesible a mi falta de experiencia, a mi candor, a mi imposibilidad de hacerla realmente feliz.
Hacerla feliz. Creía no saber hacerle feliz, incapaz de sacrificar mis miedos y mis inseguridades para que la persona depositaria de mis afectos se alzara hasta la estratosfera, para mí en definitiva inalcanzable, de la valentía y la seguridad ante la vida. Incapaz de dar la mejor de mis cualidades, la abnegación y el don de mí misma, para conseguir que la persona por mí más querida viviera feliz y despreocupada.
Temblé, como había temblado tantas otras veces antes, por lo que creí ser la constante de mi vida amorosa: sacrificio. Pero, y yo, ¿qué? ¿Acaso nadie me tenía en cuenta? La respuesta era que no, que ya que yo había demostrado constantemente mi inclinación a dar más que a recibir, las dos personas que habían entrado en mi corazón la habían tomado como una necesidad personal, y no habían creído necesario alimentar otra tendencia. Ni siquiera yo había creído necesario alimentar otra tendencia, haciéndome totalmente dependiente del bienestar de los demás; sólo viví en función de la vida de los otros, pendiente de sus cambios de humor, de sus alegrías y sus penas. Pero absolutamente ajena a las mías propias: terreno baldío que no había preparado para ningún tipo de cultivo; que había dejado agostarse por dedicar todos mis esfuerzos a cultivar la parcela ajena. Empezando por mis padres, siguiendo por Carlos, y terminando por Lucía, a quien yo creía diferente en sus afectos: pero tan aquejada de vampirismo como cualquier otro.
La solución del problema era doble: o aceptaba con todas sus consecuencias mi papel de víctima –adoptando con ello la estética del sufriente, de quien se eleva en la utopía del inalcanzable amor correspondido–, o me hacía yo también vampiresa: difícil aprendizaje para quien estaba acostumbrada a la espera ansiosa y a que fueran los demás quienes tomaran las decisiones que me afectaban muy de cerca.
Debía, pues, aprender un nuevo papel, convencerme de la necesidad de adoptar una nueva estrategia en esta guerra civil de los nacidos, consistente en adelantarme a los acontecimientos, en provocarlos a mi antojo y conveniencia. Establecí una serie de pautas que me conducirían directamente al dominio de mi entorno sentimental, pensaba. Escondería mis emociones, no expresaría mis necesidades sentimentales, ni solicitaría devolución de mis favores. Mostraría absoluta indiferencia ante las debilidades de los demás. Demostraría escepticismo ante las promesas de amor o de fidelidad, aunque éstas me colmaran de esperanza. Dosificaría con cuentagotas la demostración de mis afectos, adoptando una retórica utilitaria digna del mayor de los canallas. Y, lo que sería más importante y efectivo en todos los frentes, todas mis acciones tendrían un claro objetivo solipsista: el mundo sería yo, y el resto, mis satélites.
Para llevar a cabo todo esto debía ser muy fuerte y no flaquear en ningún momento. Una falla cualquiera, momentánea, en la solidez de mi construcción podría derrumbar todo el edificio y echar por tierra el proyecto. Estaba en juego ya no mi felicidad –pues adoptar una actitud escéptica ante todo me hacía dudar incluso de su propia existencia como concepto–, sino mi estabilidad y la seguridad en mí misma: las dos tan vapuleadas durante los últimos años.
Debía ser fuerte y empezar a serlo ya, tomándomelo con disciplina espartana y voluntad de hierro.

– ¿Se puede saber qué te pasa?
– A mí no me pasa nada –dije, mirando al suelo.
– No te creo. Se te nota que estás cabreada. Anda, dime qué es lo que te pasa por la cabeza, qué te preocupa.
Aparté la vista de la tostada que estaba untando de mantequilla, y, haciendo acopio de valor, la miré a los ojos sin que se me moviera una pestaña: una mirada seria, severa, desafiante.
– Mira, no sé qué pretendes a estas horas de la mañana, pero me da igual. No intentes amargarme el día, por favor.
He de confesar que me sorprendí a mí misma con semejante presencia de espíritu a la hora de mostrar una actitud fingida, que no pertenecía a mi naturaleza. Lucía mantuvo los ojos puestos en mí, fijamente, incluso cuando yo ya había dejado de mirarla y me concentraba en mi tostada. Como no obtenía respuesta a su interrogante mirada, se sentó frente a mí con el fin de captar mi atención. Aún se mantuvo en silencio cosa de medio minuto, como rebuscando entre las miguitas de pan que quedaban sobre la mesa el inicio de una conversación.
– ¿No me vas a preguntar nada?
– ¿Qué quieres que te pregunte?
¿No te interesa saber qué tal me ha ido con Julia?
La verdad es que no. Si te has propuesto llevar una vida sentimental en paralelo, no creo que eso tenga nada que ver conmigo.
Pero, ¿qué estás diciendo, Marga? Qué rara estás esta mañana...
He comprendido, al final he comprendido qué significa ser libre en la pareja. No te preocupes por mí: yo también sabré ser liberal.
Pero, Marga...
Pero qué. Si quieres buscarte aventuras fuera de casa yo también me las puedo buscar, ¿no crees? Al final, lo que cuenta es el compromiso entre nosotras, ¿no?, y mientras no lo rompamos lo que pase fuera de entre nuestros brazos no es asunto de nadie.
Creo que estás haciendo una interpretación demasiado rápida. Lo que te falta es confianza; y sin confianza..., si no confías en mí no podemos seguir juntas.
Tal vez tengas razón. Tal vez sea mejor separarnos y olvidar que una vez estuvimos juntas.
Escúchame, por favor, Marga. Imagínate por un momento qué tipo de relación de pareja podríamos llevar si cada una de las dos fuéramos a buscar la satisfacción a nuestros deseos fuera de casa. ¿Qué nos quedaría para compartir: los problemas en el trabajo, las decepciones amorosas, las letras de los electrodomésticos?
Hay parejas que viven perfectamente así. Y no veo por qué nosotras no podríamos, sobre todo si tenemos en cuenta que tú has decidido no dejar a Julia.
Si hay parejas que son capaces de mantener una vida de pareja así, ¡mejor para ellas! Yo no puedo, ¡ni quiero! No podría vivir contigo si necesitase alimentar constantemente mi deseo con otras personas; no podría dormir en la misma cama que tú evitando rozarte. Y para mantener vivo mi deseo por ti necesito no malgastarlo por ahí, necesito tener ganas de abrazarte y de acariciarte todos los días. Porque vivimos juntas, porque al volver a casa por la noche tú estás aquí, porque comparto casa por amor, no porque me sea más rentable o cualquier otra cosa... Compréndelo, Marga, por favor. Necesito que lo comprendas.
Pero a mí me gustaría comprenderlo, y estar segura de tu fidelidad. La duda me corroe por dentro, y si sigo contigo aun a pesar de eso, y con una separación todavía tan cercana, es porque te quiero, Lucía. Y para estar contigo y que tus infidelidades no me ofuscaran estaba decidida a buscarme yo también una aventura. Para no sentirme en inferioridad de condiciones respecto a ti y a tu vida fuera de las paredes de esta casa. Para no ser menos y no desmerecer ante ti y tu concepto de pareja liberal. ¡Pero no puedo! ¡Y estoy harta!
Al decir esto en voz alta, parecí desear poner el punto final a la conversación. El eco de mi grito todavía resonaba en las baldosas de la cocina, y se amplificaba por el conducto de la campana extractora, y la luz del sol dibujaba con él arabescos en el aire. Lucía puso una mano sobre mi hombro, que yo rechacé enfadada. El silencio se hizo entonces pesado y molesto.
– En cuanto a Julia..., no puedes permitir que los celos te hagan daño. Julia y yo estuvimos juntas mucho tiempo, demasiado para que podamos olvidarnos así como así, de la noche a la mañana. Debes comprender que me interese saber qué tal le va, si es feliz o no. Me siento en cierto modo responsable de su estado actual de ánimo, si no totalmente, sí en parte, pues yo he tenido influencia sobre ella durante todo el tiempo que estuvimos juntas. ¡Como ella la ha tenido sobre mí! ¡Yo soy un poquito Julia, tal vez esa parte que más te gusta de mí! No lo olvides: a ella la dejé por ti.
El melodrama se estaba instalando en nuestra relación, de eso me estaba dando perfecta cuenta. Y no podía permitirlo, ya que sabía que en ese tipo de guion yo siempre iba a tener el papel perdedor. Un acceso de cinismo, como no había conocido hasta entonces en mí, me sobrevino violentamente.
– ¡Venga ya! ¡No me vengas con cuentos! Si dejaste a Julia para estar conmigo es porque tenías miedo de que ella te dejase por alguien más joven. Tenías miedo a que ella ya no se interesase por ti en cuanto tus contactos y tus influencias se le quedaran pequeños. Y eso sería como confesarte a ti misma que Julia estuvo contigo sólo por ser hija de quien eres y lo que eso podía significar para su ascensión como pintora.
Lucía me miraba aterrorizada, sorprendida de que pudiera tratarla así, sin miramientos, con tanta crueldad. Me dolió leer que su mirada me recriminaba haberla engañado, que se hubiese enamorado de mí por carecer de esa capacidad destructiva tan habitual en las relaciones de fuerza. Una capacidad que nacía con vigor y que me proporcionaba un placer inmenso. Lo sentí salir de mí como un surtidor, imparable, húmedo, procaz.
– Y no sólo eso: yo te vine estupendamente para que te decidieras a cambiar de pareja. Conmigo encontraste a alguien fácil de manejar, dócil, y, además, de tu misma edad: con tus mismos problemas y con tus mismos miedos. Ese temor a que te dejaran plantada por alguien más capaz, eso es lo hizo que te enamoraras de mí. ¿Verdad?
Silencio. Nos estábamos mirando fijamente: ella sorprendida, y yo, calibrando el alcance de mis palabras. Mientras Lucía no salía de su asombro, yo no pude evitar que aflorara en mi rostro una sonrisa de satisfacción: el poder. Me sentía satisfecha no sólo de haber sabido presentar batalla, de haberme atrevido a empuñar un arma; sino también de haber tenido la suficiente presencia de ánimo para asestar con ella un golpe, y sentirme súbitamente un guerrero temible. Aparté mis ojos de la pelea que entre nuestras miradas se estaba librando, y sonriendo me concentré de nuevo en mis tostadas. Lucía se levantó de la mesa sin decir palabra y se fue de la casa.

Mi nueva actitud sorprendió a todas las personas que compartían rutina conmigo. Ya no trataban a la modosita y correcta Margarita, sino a un espinoso cardo con cuyo contacto podían pincharse a no ser que lo acariciasen en el sentido conveniente. Mis compañeros del café de media mañana cambiaron; empecé a relacionarme con lo más selecto de la maledicencia de la empresa, todos aquellos directivos que siempre hicieron gala de la mayor capacidad de crítica: eso sí, siempre velada por el elemento festivo que sabían dar a sus explosivos comentarios. Eran en su inmensa mayoría artistas florales que se ocupaban de labores administrativas y de organización, casi todos muy afeminados, que hacían bandera y arma de su posible homosexualidad, lo que les elevaba a una posición de autoridad que les permitía determinar quién tenía y quién no tenía estilo, gusto, el glamour suficiente para ser dignos de su elogio. Un sentido del humor afilado y crudelísimo que no dejaba de repasar y repasar la superficie visible de los demás. Gente muy fina, en principio, pero perfectamente capaces de despellejar en dos segundos al más pintado.
– Marga, tú eres una chica que ha ganado mucho desde que dejaste a tu marido, que debía ser el típico macho ibérico de aquí te pillo y aquí te mato. Antes eras un poco monjil, ¿no? Pero qué marcha tener un tío así en la cama, ¿verdad?
– Tú, sin embargo, has mejorado mucho desde que no te comes una rosca: se te ve como más simpático con todos los chicos guapos de la oficina. Y ya iba siendo hora... Te lo dice una que habla con todos.
Empecé a frecuentar gente diferente, casi toda proveniente de las empresas con que la mía tenía tratos; o del gimnasio al que me apunté con el pretexto de mantenerme en forma. Mi nueva disposición ante los demás, la enorme seguridad que destilaba, me atrajeron las atenciones de muchos hombres y mujeres nuevos, que venían a mí porque sabían que siempre había algo reservado para ellos. Y lo más increíble era que incluso aquellos o aquellas a quienes traté con más indiferencia o mayor desdén volvían con la lengua afuera, ávidos de su dosis de desprecio, doloridos, y expectantes por que se produjera un cambio en mi opinión y les ofreciera siquiera la mínima atención.
Una semana después de la discusión con Lucía en la cocina se me presentó, por vez primera, la ocasión de tener una aventura con un tiazo de una empresa afín a la nuestra que frecuentaba mi gimnasio los jueves por la tarde. Me propuso que cenáramos juntos en un restarante cerca de su casa, que no estaba demasiado lejos de la mía. Yo acepté en una primera instancia, a la espera de que algo me decidiese finalmente o a acudir a la cita o a llamarle para cancelarla. Me estuve debatiendo en casa entre una y otra posibilidad, mientras me arreglaba para salir. Cuando Lucía llegó y me vio ante el espejo del cuarto de baño pintándome los labios se le vino abajo toda la alegría que traía: había comprado un par de botellas de nuesto cava preferido, así como todo lo necesario para preparar una cena estupenda. Yo la vi tan vulnerable, tan dependiente de mí en ese momento, allí, en el quicio de la puerta del dormitorio, que tuve que hacer un esfuerzo para no abrazarla y colmarla de besos y caricias.
– Otra vez que hayas preparado algo para las dos, avísame para que pueda organizarme. Esta noche me es imposible: ya he quedado...
¿Y no puedes dejarlo para otro día? No sé, llama y di que al final no puedes...
¿Y no podría esperar tu cena hasta mañana, por ejemplo? –le espeté.
Esa noche cené con mi pretendiente. Ligerito, para no amuermarnos después, para que la copa no se eternizara y pudiéramos pasar rápidamente a lo que yo ya había dado por hecho cuando Lucía me hizo la escena de la esposa despechada. Tuve que vencer muchas resistencias para acostarme con él, pues todavía titilaba vívido el recuerdo de la sexualidad invasora de Carlos, mi ex–marido. Pero mi nueva vida, el nuevo rumbo que debía darle a mi existencia así lo requería. Siempre tomando la iniciativa sin que se notara, dejé que César se consumiera en deseos de quitarme la blusa, de arrancarme la falda, de someterme a los deseos de su mirada y de sus ávidas manos. Desnuda me vi rápidamente entre sus velludos brazos, momentáneamente menuda e indefensa, presa de un cazador hambriento. Quise dominar el desasosiego con decisión y le hice saber que no quería estar desnuda yo sola, para lo cual comencé a a despojarle de su ropa. Quedaron al descubierto sus fuertes pectorales y sus temibles hombros, así como un tenso vientre surcado por un marcado canal que prometía continuar más allá del cinturón. Hasta que no le quité del todo el pantalón no me atreví a mirarle al bajo vientre: la excitación le había hinchado los calzoncillos desde la base del sexo hacia un lado. Quise concentrame en ello, para no vacilar ante mi temeridad. Sin desviar la mirada del dilatado paquete, paseé mi mano a lo largo de su miembro, cosa que le provocó un profundo gemido: el suspiro del que espera algo y sufre mientras se demora su llegada.
Con delicadeza le bajé el calzoncillo hasta las rodillas, para dejar que su sexo se irguiera amenazadoramente ante mí. Me pareció tan poco dotado de intimidad, de profundidad, ese garrote cabezudo, tan decididamente proyectado al exterior, que tuve que reprimir una repentina sensación de vergüenza ajena antes de poner mi mano sobre él y comenzar a acariciarlo en toda su longitud. La maquinaria corporal de César se puso en funcionamiento como si hubiese accionado en su miembro el sistema de arranque de un motor: su voluminoso pecho se hinchó desmesuradamente, las nalgas se le tensaron, y los muslos. Me dio súbitamente asco tanto pelo y tanta fibra en tensión, pero contesté solícita cuando se agachó para besarme largamente en la boca en señal de reconocimiento.
En realidad fue todo muy suave, si exceptuamos los momentos en que mi amante sentía la proximidad de su orgasmo. Entonces parecía olvidarse de mí, y, aferrándose a mis nalgas, entraba y salía con brutal convencimiento hasta que se deshacía entre jadeos. Luego, al quitarse el preservativo, descubría su miembro inerte, relucientes las arrugas y oculta la cabeza por el ridículo prepucio.
Me tiré a ese tío, lo dejé agotado a las cinco de la mañana, tirado en su cama cuando yo me fui a mi casa para encontrarme a mi desvelada amiga fumando en la habitación.
– ¿Qué tal? ¿Te ha gustado?
– Te rogaría que abrieses la ventana: prefiero dormir aterida que asfixiada. ¿ No sé por qué fumas en la cama si sabes que me molesta el humo?
– Igual lo hago por eso...
Se me quedó con la mirada fija en una posible reacción mía. La miré con el ceño fruncido y cansado, rehuyendo cualquier estúpida discusión a esas horas de la mañana.
Muy bien me parece. Haz lo que quieras, que para eso estás en tu casa –le repliqué al tiempo que sacaba mi camisón de debajo de la almohada y me lo llevaba a la habitación pequeña, la de los invitados.
Dormimos separadas bajo el mismo techo aquella noche, sin que discusión ninguna hubiera enturbiado el ambiente. Cosa que jamás se repetiría, pues Lucía no volvería a fumar en la habitación, ni siquiera como represalia para recuperar el respeto que creía haber perdido. Su actitud fue a partir de ese momento rayana en la sumisión, constantemente al cabo de mis deseos y ansiosa por complacerme en lo que fuera. Cualquier atisbo de enfentamiento que apareciera lo rehuía para darme la razón y permitir que fuera mi opinión la que imperase, y que fueran mis caprichos –pues sólo podía ser capricho cualquier deseo que necesitase ser realizado a toda costa– el guion de nuestra actividad conjunta. Sólo así –debía de temer ella– existía la posibilidad de hacer algo juntas.
Lucía, tan vulnerable, tan complaciente, tan temerosa de perderme. Qué no habría dado yo por evitarte todos esos sufrimientos y hacerte bien, y dejar de lado esta intriga para convertirme de nuevo en tu confidente, en tu amiga, en tu fiel compañera. Pero no me lo podía permitir: el miedo acechaba ahí al lado, a la vuelta de la esquina; una bajada de atención, un descuido y toda mi estrategia se vendría abajo. Estrategia que, para decirlo claro, me estaba beneficiando por completo: una devota esposa a mi completa disposición y servicio, un poderoso amante pronto a darme tanto placer como quisiera, una envidiable posición en mi empresa... Todo lo que se podía pedir dentro del decoro que me marcaba mi orgullo lo tenía. En cuanto a lo demás, la amistad desinteresada, el amor correspondido, la comunión con algún alma afín..., estaba desengañada y lo relegué al virtual mundo de las novelas, en el que creí durante mucho tiempo que se basaban las relaciones humanas.
Nunca en la vida me había sentido más poderosa, dueña de mi mundo y de mis afectos, que por fin estaba dirigiendo con mano segura. Por fin.

Lucía se iba debilitando por momentos, demostrando una capacidad de adaptación extraordinaria para una mujer de su temperamento. Sus demostraciones de cariño eran cada vez más frecuentes, así como sus peticiones de correspondencia por mi parte, que yo sólo satisfacía en la medida en que contravinieran o no mi estrategia. Recuerdo una ocasión en que acepté acompañarla a la Filmoteca, donde se había organizado un ciclo de cine alemán. Asistimos a la proyección de una de las últimas películas de Fassbinder, en la que se narraba las peripecias de una mujer para ganarse el pan durante la posguerra de los 40. Hay una escena en que la protagonista, de nombre Maria Braun, visita con su amiga de la niñez los restos de la escuela donde juntas aprendieron a leer; se sientan codo con codo en una viga al descubierto imaginando ahí el emplazamiento de su pupitre. Ríen recordando las travesuras de ese mundo perdido de la niñez, y en un acceso de melancolía se abrazan efusivamente. Lucía me agarró entonces de la mano, con fuerza, como buscando en ella el calor de una ternura pasada, tan pasada como la inocencia del primer amor. Sentí su mirada fija en mi perfil, que decidí recibir con gesto sereno. Mi amiga debió de pensar que eso suponía un atisbo de recuperación de nuestra antigua complicidad, y abalanzó su cara hacia la mía en busca de un beso. Yo giré el rostro y sus labios se estrellaron contra mi mejilla, donde permanecieron hasta que su mano intentó separarse de la mía, defraudada. Se lo impedí tirando con fuerza de su brazo para retenerlo en mi regazo.
Esa noche, durante la cena, Lucía bebió mucho, tal vez con el fin de encontrar las fuerzas necesarias para preguntarme, preocupada, que qué me ocurría, que eso no podía seguir así, que qué me había pasado para que mi actitud con ella cambiase de manera tan radical. Yo ardía en deseos de decirle que todo eso no era más que una pose, que todo lo estaba fingiendo para recobrar una dignidad que precisamente mi afán de sinceridad había echado por tierra en el pasado, que me debía a la recuperación de mi amor propio para poder amar como yo creía necesario. Pero no pude. No quise. Y lejos de disipar las terribles dudas que le estaban martirizando, me levanté de mi silla para espetarle un lacónico “nada” mientras deambulaba por el salón.
– ¿Cómo que nada, Marga? Esto es increíble. Te lo pido por favor, necesito saber qué te está pasando estas últimas semanas; qué te ha hecho cambiar tanto. Porque está claro que no eres la misma de antes... Si he hecho algo que te haya dispuesto así contra mí..., me gustaría saberlo para intentar solucionarlo como sea. De verdad, Marga.
– Pues..., ¿qué quieres que te diga...? No sé, no sé, no estoy ahora de humor como para pensar en eso.
– Te lo estoy pidiendo por favor, Marga. ¿No te das cuenta de que esto es muy importante para mí? Se está yendo nuestra relación al carajo y tú eres incapaz de mover un dedo para solucionarlo...
Lucía estaba cada vez más nerviosa. Se había levantado ella también de la mesa y deambulaba por el lado opuesto del salón en que yo me encontraba apoyada en la pared. Se abalanzó sobre su bolso con la pasión de un náufrago para sacar de él un paquete de cigarrillos. Cogió uno y se lo llevó a la boca con violencia, sin mirarme siquiera cuando mordía el filtro y se daba lumbre.
– Por lo menos podrías pedirme permiso para fumar, ¿no crees? –le recriminé para añadir leña al fuego de mi insidia.
– Me toca las tetas si te molesta o te deja de molestar. ¿Acaso haces tú algo para que me deje de molestar esa actitud tuya?
– Eres tú quien se molesta, Lucía, permíteme que te lo señale. Y, por favor, no te pongas nerviosa: no es necesario.
– De acuerdo, me tranquilizaré si eso va a ayudarte a entrar en razón. No me digas, porque sabes muy bien que no es cierto, que no has cambiado de actitud con respecto a nosotras. Que ya no eres la misma; que no tienes ni un solo detalle conmigo; que te tengo que robar las demostraciones de cariño; que mantienes una distancia gélida e indiferente; que ya no te interesa lo que yo piense, diga o deje de pensar o de decir. No me lo digas otra vez, porque no me lo creeré. Y creo poder dar una fecha a ese cambio: desde que fuimos a cenar con Julia y ese profesor amigo suyo, cuando yo me quedé con ellos hasta tarde. Desde entonces estás así, transformada por los celos, contra los que te has blindado para no sufrir; contra los que te defiendes ofreciendo pelea, intentando darme celos a mí. Dime que no, anda, dime que me equivoco.
Mi compañera era más perspicaz e inteligente de lo que yo creía. Y sobre todo tenía mucha más experiencia que yo. Un estremecimiento de orgullo me subió por la espalda, felicitándome de haber hecho temblar las posiciones de alguien tan aguerrida como Lucía.
– No te diré que no sea cierto que pasé un par de días malos después de tu encuentro con Julia. Pero lo superé y allí se terminó todo. En cuanto al resto, he de decirte que te equivocas. Tal vez no esté tan afectuosa como solía, pero eso yo no lo finjo, ni lo preparo. Es posible que todas las reflexiones que me hice a propósito de mi inseguridad y mis celos me hayan empujado a ver las cosas de una manera diferente... Y que para aprender a confiar en ti haya tenido que esforzarme en que no me afectaran tanto tus salidas, tu libertad tan querida, tu independencia... ¡Vaya!, todo lo que hace de ti quien eres.
– De acuerdo. Todo eso lo puedo comprender. Y me parece lógico. Pero es que has hecho de lo que debía de ser un proceso interno, de lo que sólo debería tener consecuencias para ti, algo que te ha incapacitado para todo contacto físico. Al abolir en ti el dolor de los celos... no puedes prohibirte demostrar tus sentimientos, Marga. Porque seguro que los tienes todavía, aunque estén muy trastornados. A no ser que toda esa historia que me has contado de mi libertad, mis salidas, mi independencia..., haya dejado de parecerte atractivo en una persona...
– Creo que algo debe de haber de eso, Lucía. No sé, tal vez todas esas reflexiones que me he hecho, y el deber forzar una parte de mí misma, de mis sentimientos, a no existir... No sé, tal vez todo eso ha apagado algo en mi interior. Creo que ya no te quiero como antes, Lucía. Ni me resultas tan atrayente como antes. Y es posible que esta distancia que tú dices ver en mí sea el fruto de una espera, y...
–Pero..., también podrías hacer algo para que la ternura y el cariño acudieran como antes. Algo, darles un empujoncito para que de nuevo se establezcan entre nosotras... Debes buscarlos, Marga, debes llamarlos para que vengan.
– Ya. Pero yo no sé fingir. Si han de venir, vendrán por sí solos. Si me los he de inventar más vale que lo deje. Prefiero esperar.
Pronuncié estas últimas frases con un laconismo tal que Lucía se quedó petrificada, contagiada de mi frialdad. Estaba preciosa, realmente preciosa, tan alterada, con el pelo alborotado, los ojos brillantes y vivos; tan ávidos de encontrar algo, una señal, un gesto, que se salían de sus órbitas. En medio del paroxismo, mi amiga atravesó el salón en dos zancadas y se introdujo en la habitación, cerrando la puerta tras de sí. La satisfacción de haberme salido de nuevo con la mía no me permitía moverme del lugar en el que había terminado la discusión. Lucía había conseguido arrancarme muchas más palabras de lo que mi estrategia debía permitirme en un principio. Pero había hecho creíble mi actitud gracias a que había expuesto unas preocupaciones verdaderas evitando someterme a su influencia. Había sido constantemente dueña de la situación sin que por ello Lucía hubiera creído llegado el momento de lanzarme un ultimátum. La reconciliación había estado cerca, cosa que habría sido fatal para mi plan, y sin embargo no la había hecho imposible. Haría falta tal vez que Lucía viera mi buena disposición a un arreglo, a una solución.
Una hora más tarde, Lucía seguía encerrada en la habitación, de la que no salía ni un solo ruido. Mi mente novelesca me ofreció la posibilidad de pensar acaso en que mi amiga hubiera cometido alguna tontería. Lo descarté rápidamente, pues ella era fuerte y le tenía demasiado apego a la vida. Para eliminar cualquier tipo de duda pegué el oído a la puerta y pude escuchar el característico sonido de la chispa del encendedor. Debía de estar llenando la habitación de humo de cigarrillo, lo que debiera molestarme en exceso. Nada más lejos de la realidad: había convivido con fumadores toda mi vida, y era tal mi costumbre al tabaco que incluso lo echaba de menos cuando habían pasado unas horas desde que algún fumador me agradara con su olorosa presencia. Mi beligerancia para con el humo era parte de mi estrategia; y debo confesar que había sido hasta el momento muy provechosa.
Si entraba en la habitación, lo que allí pasara podía ser decisivo para los días por venir. Así que me armé de sangre fría y llamé con los nudillos. Lucía me dio permiso, y, al abrir, me dirigí directamente a mi lado de la cama para sacar de allí mi camisón de noche. La ventana estaba abierta de par en par.
– ¿Qué haces? –me preguntó preocupada.
Coger mi camisón. Supongo que después de la discusión lo mejor será que me vaya a dormir al cuarto de los invitados.
No te vayas esta noche. Por favor.
Lucía. Mi Lucía querida. Tan bella en su preocupación, tan tierna y tan vulnerable en su amor. Preciosa. Sonreí a ese rostro cargado de espera, desbordante de petición, que me sonrió levemente con sus ojos grises, hinchados y enrojecidos. Esa mujer me quería de verdad. Se movió sobre la cama para venir hasta mi lado de colchón, desde el que le serían mucho más accesibles mis labios. Me besó con una dulzura que me recordó aquella primera noche en que nos abrazamos con candor y cuidado de niñas. Nos besamos larga y detenidamente hasta quedarnos sin ropa, sin defensas, sin barreras. Pero con una pequeña lucecita encendida en mi interior que ya no encontraría tregua ni reposo, siempre presta a dar la alarma y llamar a filas a todos los ejércitos de mi guerra particular.

Había conseguido canalizar parte de mis necesidades afectivas en esa noche de caricias y grandes transportes de pasión. Lucía había visto cumplirse la reconciliación tan esperada, sin que por ello yo hubiese perdido un milímetro del terreno que le había disputado a su poder. La estrategia no había dejado de ser aplicada a pesar de esa caída en la complaciente ternura, cuya demostración parecía echar tierra sobre mis planes. Mi compañera mostraba cada día mayor sumisión a mi voluntad, y, aunque ello no dejara de halagarme, observaba con una cierta melancolía la manera en que ella abandonaba antiguas posiciones en pro del buen funcionamiento de nuestra relación. Digamos que me dolía saberla sacrificándose de manera tan evidente ante una situación ficticia que yo, por mis miedos e inseguridades, había provocado. Pero ya llegaría el día en que, una vez dominados los temores, pudiese dar rienda suelta a la expresión de mi ternura; que no esperaba más que eso, constantemente agazapada y engordando bajo el peso de la contención.
Veía este libre fluir de mis afectos como el agua embalsada tras una enorme presa, cuyo cierre no hace otra cosa más que someter a la mayor de las sequías a las tierras que estén aguas abajo. Sin embargo la lluvia no deja de caer y los ríos de aportar nuevos caudales, con lo cual el nivel del embalse crece y crece hasta sobrepasar la altura de la presa. Afortunadamente, ese exceso de contenido es vertido sobre la reseca tierra –con todo lo que de liberación puede siginificar–, sedienta de tales demostraciones de buena voluntad. Pero, ¿no se corre el riesgo de que, bajo la presión de semejantes cantidades de agua, la presa se resquebraje y deje salir todo el líquido contenido en medio de una violenta explosión? Eso supondría una gran catástrofe, el fin del proyecto de almacenamiento, la conversión de la energía potencial del caudal retenido en devastadora energía. Las tierras agua abajo se anegarían, y, ahítas de agua, lamentarían su cercanía al invento; el ingeniero del mismo sería hecho culpable de la catástrofe y relegado al ostracismo, olvidado de la profesión e incapacitado para volver a proyectar presas.
Yo era consciente del riesgo que corría. Sabía que Lucía no soportaría durante mucho tiempo tanta contención ni tanto amago, y que el fin de su paciencia y de su pasión podrían poner en peligro mi proyecto. Debía actuar, pues, con sabiduría y dosificar el uso de la oferta incumplida.

El ansia de poder se estaba adueñando de mí, y, como si de una potente droga se tratara, el recuerdo del placer que me procuraba me acompañaba en todos mis pensamientos. Lo percibía en ocasiones como una cálida serpiente que se enroscara alrededor de mi cuerpo para, a partir del bajo vientre, escalar hasta el cuello donde se detenía, plácida y tranquila, como si hallara allí su feliz morada. Tenía entonces que tragar saliva, o beber algo..., o prometerme satisfacer el ansia.
Los buenos resultados que estaba arrojando mi estrategia con Lucía me proporcionaban una sensación constante de triunfo, envalentonándome a continuar. El único temor que tenía era a que esta sensación de ebriedad desapareciera, y que por falta de estímulo fuera agostándose poco a poco. Necesitaba, desde luego, nuevas víctimas que someter a mi imperio, que revitalizaran el nuevo concepto que me estaba forjando sobre mí misma. La Marga antigua había sufrido con sumisión las ansias de expansión de los demás, ya fueran éstos padres, familiares, amigos, novios o marido; todos ellos debían de haber sentido la misma ebriedad en su momento. Pero yo no: me había apagado voluntariamente para que la gente que me rodeaba brillase con su luz amplificada por la mía, que me robaban. Me bastaba con eso, creía, para ganarme su dependencia de mí: mi aplauso siempre presto tenía que hacérseles necesario día tras día, y su falta, una carencia.
Ahora al fin me ofrecía el aplauso a mí misma, vengando así tantos años pasados a la intemperie de la baja autoestima. Ahora que ésta subía como un globo sonda me veía necesitada de su constante presencia: su desaparición me habría sido fatal en esos momentos álgidos. Estaba, pues, vengando mi vida pasada al lado de tantos vampiros de mi vitalidad y de mi aprobación. Así que mis víctimas ideales serían aquellas personas que en el pasado hubieran construido su personalidad en detrimento de la mía.
El primer candidato que se me apareció de manera clara en mi horizonte fue Carlos, mi todavía marido a quien no había visto desde hacía mucho tiempo. La mera exposición de mi intención de someterlo me colmó de un placer inmenso, que imaginé ínfimo en relación con la satisfacción que me daría tenerlo a mis pies, suplicante y humillado.
No me fue demasiado complicado citarle para un encuentro en principio fugaz. Sabía que era un hombre con recursos y que no iba a acudir a mi llamada si tan sólo le ofrecía la esperanza de llenar su soledad. Por lo que me contó por teléfono, estaba viviendo con alguien diez años más joven que él, trabajadora primeriza venida de una lejana provincia. Su dependencia a él debía de ser extrema, sola y extraña en nuestra ciudad. Sin embargo conseguí que acudiera la misma noche de la mañana en que le llamé.
Quedamos en un restaurante del centro, donde se suponía que íbamos a hablar de algo que afectaría a nuestro estado civil. Él acertó al imaginar que le pediría el divorcio, pero no por un motivo tan inhabitual como este: deseaba tener un hijo y, puesto que no encontraba candidato mejor para actuar como padre biológico, había pensado en él.
– Tu carácter y tu personalidad son cosas que una buena educación pueden modelar. Pero tus líneas faciales y tu cuerpo son perfectos como herencia para mi hijo –le dije con la seriedad del científico que expone hechos irreefutables.
Él se sintió halagado en lo que yo sabía que podía afectarle. Poco le importaba la idea que los demás pudiera hacerse de su personalidad, de su gusto, de su carácter. Para alguien tan básico como Carlos contaba sólo lo que a primera vista podía palparse, constituyendo un valor seguro de cada persona: el físico. Por lo tanto sólo podía congraciarse con una aseveración de tal calibre.
– Pero no sé –añadí preocupada–, no sé si sería bueno pedirte esto: luego te engancharías a mí y no habría quien te aguantara. Siempre llamando para ver si podíamos repetir, con la excusa de que una sola vez no basta... No, no sé si sería una buena idea...
– No creas. Date cuenta de que estoy ya instalado con Cristina, y de que mi situación es súper estable con ella.
– ¿Os va bien, entonces...? –le pregunté, fingiendo interesarme.
– Sí, sí, desde luego. Muy bien. O sea, que no sería por necesidad de... estar contigo..., sino todo lo contrario. Hombre..., si tú y yo llegamos a un pacto... Aunque tratándose de un hijo mío...
– ¡Ah, eso sí que no! –le refuté categórica–. ¡Te pido esto con la condición de que reniegues de todo derecho paterno sobre el niño! Pues sólo faltaría eso... No te querría tener cerca, como un moscón, mendigando el reconocimiento de tu paternidad... No, ni muchísimo menos, Carlos.
Eso era lo que necesitaba Carlos para sentirse azuzado en su amor propio: que le dijeran que no. Un acicate para que él intentara imponer su voluntad contra viento y marea. Una voluntad que, por otra parte, no existía a menos que alguien se la indicara por medio de su contrario.
Logré dejar el tema en reposo, a merced de lo que deparase el desarrollo de la velada. La cena transcurrió en un galante intercambio de nostalgias, referidas al tiempo en que vivíamos juntos y las supuestas bondades que dejamos atrás al separarnos. Todo ello encaminado a convencerme de que podía confiar en él, de que una vez introducida la posibilidad del encuentro físico no se desaprovechara en inútiles diferencias de pareceres. En el momento de los postres Carlos ya había adoptado su característica caída de ojos para enternecerme, cosa que no dejó de hacerme gracia, así como me satisfacía darme cuenta de su carácter de jugarreta: al contrario de lo que había ocurrido durante tantos años de vida en común.
La casualidad quiso que Luis, un compañero del trabajo muy apuesto y galán, hubiese elegido el mismo restaurante para agasajar a un viejo amigo de facultad. Luis llevaba tirándome los tejos de manera bastante evidente durante la última semana, por lo que el encuentro fue para él una oportunidad extraordinaria de acercar simpatías. En cuanto le hube presentado a Carlos como a mi ex–marido, pareció aumentar su buena disposición, animado por la invalidación de lo que él había creído ser una cortapisa a sus intenciones, así como por la presencia de su amigo, ante quien mostró sus mejores artes de seducción como si fuera un pavo real. Estuvimos charlando y riendo unos buenos cinco minutos, durante los cuales pude convencerme del partido que podría sacarle a tan inesperado encuentro: Carlos empezaba a debatirse en su asiento presa de un incómodo nerviosismo, que se acrecentaba a medida que le miraba de soslayo entre risa y risa que le ofrecía a Luis.
Mi compañero de trabajo se despidió por fin de mí, besándome largamente en cada mejilla y prometiéndose que nos veríamos en circunstancias parecidas en una ocasión no muy lejana. Mi ex–marido ordenaba y desordenaba compulsivamente los cubiertos.
– Ese tipo es un verdadero pesado. ¿No se daba cuenta de que molestaba?
Levanté los ojos del plato para dedicarle una tensa mirada que, sin desacreditarlo, pusiera en entredicho la conveniencia del comentario.
– Además... se creerá muy guapo, el tío... Seguro que es marica, ¿no? ¿No te lo parece, Marga?
Mi mirada permaneció posada en él, indolente mientras masticaba. Al tragar el bocado seguí contemplando cómo el odio le dibujaba una mueca en el rostro; pero rápidamente mi atención se concentró en la selección de un nuevo trozo de pastel que llevarme a la boca.
– La verdad, no sé cómo te has podido reír tanto con un tiparraco así. Si es todo superficie... No te pueden gustar los hombres así, Marga. A ti siempre te han gustado los hombres más..., menos sofisticados, más sencillos, que te divirtieran con historias más de todos los días..., y no como las que contaba este tipo tan estirado... Sí, sí, a ti siempre te han gustado los hombres sencillos y rectos, que te hicieran sentir segura...
– Espero que no lo dirás por ti, Carlos... –le interrumpí con tono sarcástico, lo que sirvió para que enmudeciera y se quedara fijado ante mi media sonrisa.– ¿No te habrás puesto celoso?

La velada se rehizo medianamente bien. Mientras tomábamos café atendí a sus preguntas sobre mi vida en común con Lucía, a pesar de la molesta suficiencia que creía otorgarle haber pasado antes que yo por sus brazos. Pensé que sería una buena oportunidad para azuzar su orgullo viril contarle las excelencias de nuestra intimidad, y sobre todo hablarle de detalles que sabía que él jamás había experimentado con su antigua amante. Dejé que el entusiasmo se apoderara de mí al narrarle pequeñas anécdotas sobre las sensaciones que en ocasiones acometían mi cuerpo, hasta entonces completamente ignorante de semejantes posibilidades. Carlos centraba su sexualidad de manera excesiva, casi enfermiza, en los genitales, lo que le impedía imaginar siquiera la existencia de cualquier otro campo de estimulación. Mi cuerpo permaneció para él un perfecto extraño, puesto que siempre creyó que la atención que dispensaba a mi bajo vientre me satisfacía lo suficiente como par dejar de lado otras cosas.
– He aprendido la importancia de mantener viva la excitación sin que el orgasmo sea su necesaria culminación. Y te puedo asegurar que eso es como un larguísimo y mantenido clímax. Ese intenso placer jamás lo conocí contigo. Pero, ¡vaya!, no se puede tener todo: ser guapo, rico y encima ser un excelente amante...
– Rico no soy... –corrigió con la boca empequeñecida por la hombría puesta en tela de juicio. Estuve a punto de estallar en una carcajada, que pude afortunadamente dominar.
– Pero lo mejor no es sólo eso, sino el amplio mundo de sensaciones que me ha abierto un mejor conocimiento de mi cuerpo. No es únicamente con Lucía, sino también con los hombres. Hace poco tuve un encuentro con uno que, para qué negarlo, no era un experto, pero...
– Prefiero que no me lo cuentes, en serio –me interrumpió visiblemente molesto–. No me interesa saber qué haces con otros hombres...
Otra pequeña victoria. Una nueva posición ganada. Las expresiones de aflicción que le provocaban mis explicaciones eran para mí como el enfervorizante tono de una arenga. En el rictus de su boca recordaba tantas y tantas sobremesas terminadas en silencio, mi ánimo ahogado por el sentimiento de culpabilidad que Carlos conseguía insuflarme. Mi estabilidad emocional dependió durante largos años de la manera en que me tratara, del modo en que él considerara mis acciones y opiniones. Años más tarde, en ese restaurante a punto de cerrar, consideraba un pago a tanto desdén sufrido el hecho de que mi ex-marido reevaluara lo que creía haberme dado durante nuestro matrimonio. Todo lo que él creía fundamental en la construcción de su personalidad –todos aquellos hechos de la historia personal de cada uno que otorgan orgullo o lo roban– se estaba derrumbando por acción de mis palabras. Ese hombre reafirmado día a día en el sometimiento de alguien más débil se estaba negando a sí mismo en un difícil ejercicio de revisión de lo que él había considerado hasta entonces hazañas, y que habían resultado ser meras escaramuzas sin objeto.
Era agridulce la sensación de venganza, casi incómodo saber tu amor propio salvado por el sacrificio del verdugo. Curioso estatus el de la víctima vocacional, que incluso en el momento de haberse librado del yugo del opresor se siente culpable de su buena suerte.
Carlos me acompañó en su automóvil a casa. Halló un aparcamiento justo en frente del patio de Lucía, en el que encajó el vehículo con cierta torpeza. Hizo ademán de querer parar el motor, pero le sugerí que sería mejor no seguir dándole vueltas al tema, que ya tendríamos tiempo de hablarlo.
Además, Cristina debe de estar muy preocupada sabiéndote fuera con otra mujer...
Todo es una mentira, Marga; toda mi vida ha sido una mentira. Lo que creí importante puede dejar de serlo en pocos minutos. Todo se derrumba...
Mientras se lamentaba, no pude evitar considerar inútiles su examen de conciencia y el dolor ante la baja calificación que se concedió: a ese hombre en apariencia roto le esperaba una jovencita en la cama dispuesta a hacer suyo su sufrimiento con tal de hacerle feliz. Al cabo de dos días, esas trágicas lamentaciones habrían quedado sepultadas bajo otros escombros, y el deseo de enmienda olvidado.
Le dije que ya me llamaría cualquier día de estos, que hablaríamos de todos los temas tratados esa noche –"que ha sido de verdad intensa, ¿eh?"–. Le besé en una mejilla y salí del coche. Cuando llegué a casa, aún le pude ver desde la ventana rehacer la maniobra para desaparcar y alejarse despacio. ¿Satisfecha? No del todo, aunque saberme dueña de la relación con mi ex me proporcionaba una agradable sensación de confianza en mí misma, de seguridad, de fuerza en definitiva.

A la semana, volví a llamar a Carlos para que charláramos otra vez. Se sorprendió gratamente de que deseara volver a verle después de la desastrosa velada que habíamos pasado. Le quité hierro al asunto, le señalé que me parecía un logro que por fin se atreviera a dar rienda suelta a sus sentimientos, cosa que jamás le vi hacer mientras estuvimos juntos.
– Sí tal vez tengas razón. Ahora es..., te veo más como una amiga, como si ser tu marido me hubiese obligado a mantener una actitud...
Quedamos, pues, para volver a cenar juntos al día siguiente. Lucía, que había asistido con un libro entre las manos a la conversación por teléfono, me miraba se soslayo de vez en cuando para intentar captar en mi rostro la expresión que me delatara, que le diera la certeza de que allí estaba pasando algo que la arrinconara en el olvido. Tenía razón, sólo en parte, puesto que mis intenciones con Carlos no la concernían en absoluto: no debían perjudicarle lo más mínimo, ni beneficiarle demasiado –tan sólo en la medida en que su amante, yo, se sintiera más segura de sí misma y, por consiguiente, de sus afectos–. Seguía Lucía, pues, mirándome tímidamente sin osar siquiera intervenir, temerosa de contrariarme. Yo la sabía preocupada, me daba cuenta de que su humor se estropeaba día tras día debido al estado de nuestras relaciones; ella necesitaba saber dónde pisaba, posicionarse en la vanguardia del destacamento para marcar bien decidida la ruta. Ser relegada a un papel subordinado no debía de sentarle demasiado bien a su sólido orgullo, poco acostumbrado a rebajarse. Yo la sabía preocupada por que quedara con Carlos: tal vez temiera que, cansada de ella y de su demostrada debilidad, yo abrigara la intención de reconciliarme con mi ex–marido. Haciendo acopio de valor, decidió preguntarme.
Estás saliendo mucho últimamente con Carlos... Qué pasa, ¿volvéis a ser amigos?
Lucía me miraba desafiante, aguantando mi mirada con ojos temblorosos pero decididos a desentrañar la verdad. Aún esperé unos instantes para mantener la tensión: formaba parte de mi aprendizaje.
No tienes por qué preocuparte. Aún quedan algunos asuntos pendientes entre nosotros, y cuanto antes los solucionemos, mejor. Además –añadí mientras describía un círculo en torno a su butaca–, creo que estoy empezando a conocer a Carlos, de verdad. Ya no lo veo como el hombre dominador y desdeñoso que siempre creí que era. No sé, estoy descubriendo algo de sensibilidad detrás de esa armadura... –al decir esto, permanecí con la mirada fija en un punto en el infinito, como si estuviera adentrándome en una ensoñación. Lucía me miraba fijamente, y las dos permanecimos inmóviles, como si de una escena congelada se tratara. La oí expulsar con fuerza el aire retenido, tras lo cual se levantó para dirigirse a su cuarto. Allí me quedé sola, sin público para mi representación. Sabía que había conseguido por fin que fueran creíbles mis falsas reacciones, pero me preguntaba si no estaría yendo demasiado lejos en mi melodrama.
Me reuní con ella en el dormitorio; me senté a su lado, encima de la cama, y le acaricié las manos posadas inertes sobre los muslos. Creí que cobrarian vida sólo con el contacto de mi piel, pero allí permanecieron inmóviles, sin que un solo dedo reaccionara ante mi caricia. Cogí una de ellas y me la llevé a los labios, besándola largamente, con dulzura, al tiempo que pasaba mi brazo sobre sus hombros. Nos miramos y la besé suavemente, beso que ella recibió con todo el peso de la cabeza, que ya se abalanzaba sobre mí buscando el reposo de mi hombro. Le acaricié el rostro con la avidez de quien quiere hallar una rugosidad en un terso pergamino.
Tengo miedo, Marga. Tengo miedo de que vuelvas con tu marido. Y me siento atenazada por esa posibilidad. ¿Vas a dejarme? Quiero saberlo antes de que me lo sueltes así, de sopetón, cualquier día de estos.
En ese momento, su actitud ante la adversidad me pareció estar a años-luz de la que yo siempre había mostrado ante el fracaso en que se convirtió mi matrimonio: jamás me habría atrevido a hacerle semejante pregunta a Carlos durante los peores tiempos de mi enfermiza dependencia. Lucía se negaba a dejarse llevar a ciegas por un terreno movedizo y escabroso, por lo que exigió que se hiciera algo de luz en la oscuridad. Prefirió afrontar su posible fracaso con gallardía antes que encajarlo con débil estoicismo. La admiré por una fuerza que yo jamás demostré tener, pero en la que me estaba ejercitando con denuedo.
La apreté contra mi pecho, sintiéndome presa de un acceso de ternura que no quise reprimir. Le besé la frente, los ojos, la nariz y los labios, en los que me demoré para decirle –convencida de que su boca tenía que escucharme– que no iba a dejarla, que la quería, que no se preocupara. Nuestro abrazo se prolongó, trocando el frío de nuestros cuerpos en un calor que nos invadió el rostro, una febril subida de temperatura que nos hacía temblar la una en brazos de la otra. Le abrí la camisa y descubrí su escote tibio, por el que paseé mi mano aventurera; sus pezones se pusieron duros como piedra, destacándose en la tela del sostén, pidiendo a dolorosos gritos la liberación. Le deshice el corchete de la espalda e introduje mi rostro en medio, desafiando con mi lengua la dura ereción, ora del derecho, ora del izquierdo. Ella suspiraba en mi oído, recorriéndolo cauta con sus labios. Nos volvimos a abrazar estrechamente, lo que me hizo necesitar el contacto de sus pechos con los míos, que se empezaban a quejar en su asfixiante escondite. Saltaron con una alegría desacostumbrada cuando los descubrieron las ávidas manos y boca de mi compañera, que recorrió con la sabiduría de un cartógrafo. Bajó por el abdomen para deshacerme la presión del pantalón, para dejarme en braguitas al antojo de su deseo.
El mío, mi deseo, la desnudó a su vez para sentirla sobre mi piel tan cercana como me había prohibido durante esos últimos tiempos. Antes de terminar detuvo sus caricias y sus besos para advertirme, con gesto lastimoso, de que estaba en plena regla. Yo me culpabilicé de no estar al tanto de la intimidad de mi pareja, de desconocer su calendario y de no haberlo sincronizado con el mío, cosa fácil en una mujer de tanta regularidad como yo. Le dije que no se preocupara, que ya sabía ella que no me molestaba, tras lo cual le quité las frágiles braguitas para descubrir el hilito del tampón. Tiré de él y apareció intensamente manchado. Me enternecí súbitamente ante la contemplación de su sangre, que con increíble facilidad interpreté como fruto de la herida que mi actitud estaba abriendo, día a día, en sus entrañas; limpié y saneé la herida con mis manos y mi boca, haciendo mío su dolor y apropiándome de sus impurezas. Cuando levanté la cabeza del abrazo de su bajo vientre, mi mirada se encontró con la suya observándome sorprendida; cogió una punta de la sábana, con el que me limpió los labios levemente manchados, y me besó profundamente, como si nunca hubiera esperado otra cosa en la vida, como si el mundo se fuera a acabar allí mismo, como si su salvación se escondiera en mi garganta.
Como si buscáramos recuperar el tiempo perdido, nos amamos durante largas horas; nos lavamos la una a la otra, para caer de nuevo en los brazos del deseo. Una tenue luz, que entraba por las rendijas de la persiana, nos sorprendió abrazadas, agotadas pero temerosas de perder, aunque fuera momentáneamente, el contacto. Así, estrechándonos la una a la otra, nos dijimos que tal vez sería conveniente dormir un poco, un par de horas antes de ir a trabajar. Apagué la luz de la mesilla y pegué mis labios a los suyos, abandonándome poco a poco al sueño que me traía el ritmo de su respiración.

Fue fácil tiranizar a Carlos gracias al estado en que lo había dejado nuestra última cita. Quedamos en un bar a la caída de la tarde para picotear algo. Se mostró grave y serio, dominado por una secreta preocupación. Y aunque la convivencia con él me había llevado a conocerlo profundamente, convencida de que era un manipulador capaz de fingir cualquier estado de ánimo –y llevarlo hasta sus últimas consecuencias–, decidí seguirle la corriente en lo que adiviné como parte de su estrategia conducente a llevarme a la cama esa misma noche. Se suponía que yo era su despechada ex–esposa, abandonada por el desmedido gusto de su marido por el otro sexo, deseosa de recobrar su amor. Eso daba alas a su imaginación, la seguridad de que yo sólo esperaba que los acontencimientos se acelereraran a favor de nuestra reconciliación. Sobre todo cuando, entre bocado y sorbo a mi copa de vino, le confesé en un susurro, mientras le escrutaba profunda y mantenidamente los ojos, que estaba en período de plena ovulación. El rostro se le relajó de repente, se le detuvo todo el juego de tensión y distensión al que estaba sometiendo a sus músculos faciales para simular preocupación, y se quedó mirándome sin verme. Debió de visualizar el roce de su peludo cuerpo contra el mío, la invasión violenta de mi sexo por el suyo, el frotarse cada vez más rápido e insistente de su pene en las paredes de mi vagina, la descarga tórrida de su simiente en la profundidad de mis entrañas.
Al salir de su ensoñación no quedaba en su rostro ni rastro de su anterior preocupación, sino la más viva determinación. Permaneció en silencio durante largo rato, escuchando atento todo lo que yo dijese, tal vez con la esperanza de que alguna alusión claramente sexual le permitiese abrirse una vía hacia su objetivo. Así lo pensé en aquel momento, y a tenor de los resultados no muy desencaminadamente. Le estaba relatando cómo se había presentado la última campaña de sensibilización para el uno de noviembre, y en medio de mis comentarios sobre mis compañeros de trabajo y sus aportaciones a la estrategia, me propuse insertar algo que le resultase llamativo, útil, para la consecución de sus fines.
– Joaquín Gil estaba proyectando en una pantalla una serie de gráficos, y mientras hablaba no sólo me di cuenta de que usaba algunas expresiones que ya te había oído a ti, sino que guardaba un cierto parecido físico contigo: moreno, de pelo negro y brillante, con la sombra imborrable de la barba, la mandíbula angulosa y fuerte. De repente, no sé, lo imaginé con el torso desnudo y a su cuerpo le aplicaba el recuerdo que tenía de tu pecho; y como llevada por una inercia adquirida a lo largo de los años, recorrí su vientre que era el tuyo; y lo desnudé de cintura para abajo y todo lo demás era tuyo también...
Su mirada se concentró en mis ojos, frunciendo para ello las cejas y enfocando el cristalino, buscando en mi expresión un destello revelador. Apuró su copa y me propuso que fuéramos al piso que todavía nos pertenecía como matrimonio. Yo lo miré con sonrisa dubitativa, fingiendo sorpresa e impresión; sonreí con picardía más traviesa que libidinosa para decirle que estaba de acuerdo.
El trayecto en taxi se desarrolló en un extraño silencio que ni siquiera su mano a la búsqueda de la mía logró alterar. En el ascensor me besó, primero dulcemente y luego con fruición, acariciándome el cuello tal y como él sabía que me provocaba violentos estremecimientos. Entramos en el piso cogidos de la mano, rodeados de un curioso mutismo que no sólo nos impedía hablar, sino que también nos llevaba a hacer el menor ruido posible al andar. Me sentí como una adolescente que lleva por primera vez a su novio a casa en ausencia de los padres, debiendo esconder por ello cualquier señal que delatara esa presencia prohibida ante el genio de la casa.
Al llegar a la habitación, Carlos me abrazó con fuerza durante unos instantes que debieron de parecerle eternos, pues la violencia con la que se pegó a mis labios y a mis carnes nació repentinamente, sin que nada anunciara su llegada. Viendo el cariz que iban tomando las cosas le pedí que hiciéramos como siempre: que se desnudase primero él, lo que aceptó con una amplia sonrisa. Estaba delgado, sin duda por exigencias de su nueva compañera, o por estrés continuado. Se quitó el pantalón y brillaron en medio de la penumbra de la habitación sus habituales calzoncillos blancos de lycra; se despojó de ellos y su sexo osciló tímidamente, irguiéndose a medida que se acercaba a mí. Yo reculé hasta tocar el inútil refugio de la pared, presa de una estudiada impresión que sabía que sería del agrado de Carlos: cuando llegó hasta mí, su pene había alcanzado su máximo nivel de erección. Carlos volvió a estrecharme en un abrazo, esta vez para apoderarse de mis nalgas, de mis pechos y de mis caderas, al tiempo que me besaba ruidosamente en el cuello y el nacimiento de las orejas. Inspeccioné su espalda y su trasero, tan firme como recordaba, pero rugoso en comparación con el de Lucía. Él suspiró para separarse un poco de mí y disponer de espacio para buscar mis pechos con la boca. Al incorporarse de nuevo, agarré su miembro con una mano y empecé a recorrerlo en toda su longitud. Carlos se detuvo, electrificado, concentrándose en esa caricia en que parecía irle la vida. Abrió los ojos y se abalanzó sobre mi boca, en la que introdujo una lengua indagadora que movía al ritmo del ir y venir de sus caderas sobre mi queda mano. Con la otra le acaricé los testículos, lo que le hizo acelerar sus movimientos y meterme las manos por debajo del suéter para liberar mis pechos de la presión del sostén. Me los jaleó un poco, dejando enseguida el izquierdo a su suerte para pasar una mano por debajo de la falda. Me excité sobremanera, y tuve verdaderos deseos de darle la señal conocida por los dos para que me desnudara y me llevase a la cama, pero no era ese mi objetivo para esa noche. Así que dejé de acariciarle el pene y rechacé su boca, separándome de él y de la pared en la que me había aprisionado.
– ¿Adónde vas? –me dijo en el tono cariñoso de nuestos primeros años de noviazgo.
– Tú espera aquí.
Salí de la habitación y fui al cuarto de baño a recomponerme un poco la cara. No podía presentarme así en casa de Lucía, con todo el rimmel, el maquillaje y el carmín engullidos por el ansia devoradora de Carlos. Mientras me maquillaba no pude evitar que un estremecimiento de satisfacción me hinchara el pecho y exhalara un profundo suspiro.
Cuando entré de nuevo en la habitación, Carlos estaba tumbado en la cama, desnudo, con las piernas abiertas y ligeramente arqueadas. Al verme todavía vestida me preguntó con amable inquietud que qué hacía así, que me acercara.
Mira, Carlos: creo que es mejor que lo dejemos aquí. No estoy demasiado segura de querer tener un hijo tuyo. Lo siento, pero me estaba empezando a dejar llevar por el deseo y eso no era lo que buscaba. No. No puede ser que mi hijo nazca de la indecisión.
Carlos se incorporó e hizo además de venir hasta mí.
Pero..., ¿qué estás diciendo...? Con lo a gustito que estábamos...
No, no: no te acerques. Quieto allí –le ordené–. Creo que no comprendes que todo esto lo estaba haciendo para quedarme embarazada. Nada más. Pero no puedo actuar con tanta frialdad. Es mejor dejarlo aquí, ¿vale?
Dicho esto me escabullí cerrando tras de mí la puerta de un golpe. Casi corriendo salí del piso y cogí las escaleras, que bajé a la mayor velocidad de que fui capaz. Ya en la calle no me costó mucho trabajo encontrar mi coche, que había dejado aparcado allí por la tarde, lo suficientemente cerca de la puerta como para reconocer a quien saliese por la puerta del patio. A los diez minutos apareció Carlos con la chaqueta doblada en un brazo, mirando a derecha e izquierda. Entonces arranqué el coche, salí del hueco en que estaba aparcado y pasé por delante de él sin acelerar demasiado. Al verme levantó la mano hasta media altura en señal de advertencia, quedándose inmóvil mientras me veía pasar sin que me detuviera. Por el espejo retrovisor vi cómo seguía allí plantado, observando la marcha de mi coche como quien ve irse el último tren que le llevara de vuelta a casa.
Mi victoria había sido de corto alcance, pensé; los beneficios obtenidos en la operación no habían sido demasiado cuantiosos, me dije. Pero me quedó la satisfacción de haber sido dueña de la situación durante todo el tiempo, absolutamente capaz de modificar las circunstancias en el sentido que más me convino.
A la mañana siguiente recibí un ramo de rosas en la oficina, para asombro y regodeo de mis compañeros. En la nota, su nombre y unas palabras garabateadas con cuidado: "Espero que sepas perdonarme. Besos, Carlos." A los pocos minutos, un mensaje en mi teléfono móvil: "Siempre me he dejado llevar por los impulsos y jamás te kejaste. Ahora sé ke tendré ke ir con más calma contigo. Te han gustado las rosas? Besos, C." El alcance de la operación había sido mayor del que creí en un principio: tenía a mi ex–marido completamente dispuesto a hacer lo que yo quisiera. Lo que no sabía él, el pobre, es que yo no deseaba hacer nada en absoluto.

Mi sed de poder no conocía saciedad. Ahora sabía qué fácil resultaba dominar a los demás mediante sencillas prácticas, cuyo único requisito era su voluntariosa aplicación. Tras el golpe que le di a la sumisión que antaño me imponía mi marido, con la casa y el despacho sosegados, mi satisfacción no era completa y sentía que faltaba todavía algún hueco que rellenar.
El tiempo presente –el presente de aquel entonces– me pertenecía por completo, poseedora como era por fin de todas las claves que decidían su desarrollo en un sentido o en otro: Lucía me demostraba constantemente una fidelidad absoluta, rayana en la docilidad; en la oficina había pasado de ser la dispuesta y pizpireta maruja –ama de casa devota de su amante esposo– a erigirme en durísima crítica, segura de su papel de autoridad –aunque éste se basara más en una actitud que en una verdadera sabiduría–. Pero todo esto no me satisfacía por completo, ya que era el fruto de maquinaciones y de estrategias finamente calculadas: no era yo, Marga, quien se había granjeado ese respeto y esa consideración ajenos, sino el personaje napoleónico que había hecho de mí misma. Se trataba, por ello mismo, de una situación que no dudaría en calificar de "bélica", con sus bastiones que conquistar y sus objetivos que cumplir.
Ahora bien, a lo que aspiraba en el futuro, por el bien de mi concepto personal y de mi vida relacional, era a la normalidad del tiempo de paz: a dejar la estrategia y a abandonarme a las cálidas aguas de la despreocupación. Necesitaba que mi trato con los demás se librase del siempre despierto espíritu de la intriga, de la tensión que creaba la imposición de objetivos, para alcanzar por fin el trato personal y relajado de la Marga de siempre. Y poder dejar de calificar tal o cual conversación en términos de rentabilidad.
Carlos había significado para mí un importantísimo elemento en la definición de mi personalidad: gran parte de mi historia personal giraba en torno a él y en la obligación impuesta por el ansia de unirme a él para siempre. Haciendo míos sus deseos, sus obsesiones y sus miedos, con el único fin de adecuarme a él comprendiéndole mejor, había abandonado la construcción de mi yo en beneficio de la sólida cimentación de nuestra unión. Superar ese estado significaba superar una parte de mi pasado que me había constreñido hasta el momento a olvidarme de mí misma; y lo que era más importante: lograr considerarme como parte interesada en el asunto, con mis propias necesidades y exigencias. Por fin me había concedido una existencia propia, hasta entonces negada por la obligación, digamos, vital que me había creado de vivir en los demás.
No obstante, esta nueva situación se me antojaba vacía e inútil, puesto que por mucho que la "nueva" Marga pretendiera construirse una existencia libre y autónoma, su sistema de referencias le había sido impuesto por la sociedad en que vivía. No podía romper completamente con todo lo aprendido desde la niñez, eso estaba claro: eso sería como negarme a mí misma. Pero sí podía cambiar mi relación con ese contexto cultural en que mi personalidad se había desarrollado. La familia y la escuela me habían educado más en la negación y el don de mí misma que en la afirmación como individuo poseedor de derechos. La abnegación me fue enseñada desde mi más tierna infancia como el modo ideal de alcanzar la dicha, o, por lo menos, la estabilidad; ceder la responsabilidad de decidir a los demás –al padre o al marido– tan sólo me había concedido la felicidad del esclavo, duradera mientras no despertase la conciencia de hombre libre que subyace en todo ser humano.
Esa conciencia había despertado en mí y estaba haciendo todo lo posible para imponerse, aunque sabía que era inútil, pues nunca conseguiría librarme por completo del sistema de valores en que había sido educada. Tan sólo me sentía capaz de acometer actos puramente simbólicos que por lo menos me reconciliasen conmigo misma y con esa necesidad de afirmación personal, caprichosa y voluble como lo es todo recién nacido.
Comprender cuál era el fin último de toda mi estrategia estuvo a punto de hacerme claudicar, pues me decía que tanto esfuerzo no valía los resultados que perseguía. Pero, aunque los cambios que se produjeran en mi vida no fueran radicales, necesitaba contentar a esa recién nacida conciencia como fuera, de cuyo veredicto me había hecho absolutamente dependiente. Sí, todo consistía en liberarme de las cadenas exteriores para someterme únicamente a las interiores y propias: paradójica motivación, desde luego.

Entre los actos puramente simbólicos que me quedaban por acometer, la relación con mi madre ocupaba una posición preferente. Ella personalizaba las ataduras con mi viejo mundo de referencias y valores; ella seguía ejerciendo sobre mí una influencia importante, como la de un sacerdote de cualquier creencia que pretende unir al fiel con su divino origen. Yo no quería abolir en mí la religión, sino modificar mi papel en la celebración de sus ritos.
Así que fui a visitarla una bonita tarde de noviembre. Llegué hasta el portal pisando las hojas amarillas que tapizaban el suelo, dando patadas a una sí y a otra también de las bolas que habían caído de los plátanos del paseo. La proyección del portal de mi madre sobre la acera estaba limpia de los frutos del otoño, como si de una imaginaria alfombra roja se tratara. Mi madre me recibió efusiva pero sobria, como siempre, poniendo más interés en la manera de expresar sus sentimientos que en la necesidad que ella o yo pudiéramos sentir de exteriorizarlos. Hacía varias semanas que no nos habíamos visto, por lo que me uní a ella en un largo y apretado abrazo del que tuvo que sacar la cabeza para respirar. Estaba envejeciendo, y notaba en su indumentaria, que cada vez tendía más a la sobriedad y a los colores apagados, un efecto de su alejamiento de los demás. Por un momento me pregunté si valía la pena asestarle un golpe tal a una persona ya enferma de soledad, si no sería como la puntilla hacer reivindicación de mi condición en detrimento de sus valores. Confiaba sin embargo en la inteligencia de mi madre.
Con mi padre en vida hubiera sido otra cosa. Aunque su sentido de la rectitud y del orden era muy estricto, bien era cierto que en ocasiones podía infringirse si el guión así lo exigía. Ahora bien, la decencia basada en esas dos virtudes debía ser intachable de puertas hacia fuera. Todo ello debía de venirle, sin duda, de su pertenencia a la clase militar, reserva de los valores que él creía esenciales del individuo, como el honor y el respeto a la jerarquía. Valores que él intentaba aplicarse a sí mismo y a su entorno, pero cuya vigencia podía acortar en función de la situación. El único y verdadero rescoldo donde ardía constante la llama de la personalidad era la dignidad: uno podía ser el autor de todas las tropelías imaginables, era la actitud digna –altiva, majestuosa– la que salvaría en última instancia al individuo de sus circunstancias. Era este un sistema de valores más basado en una visión folletinesca de la vida que en la realidad. Pero mi padre jamás permitió que esta, la realidad, le fastidiase la vida, negándose a cualquier contraste en el trato con los demás o con los nuevos aires que soplaban en la sociedad desde que Franco murió. Tal vez si yo hubiera sido un poco menos dócil y conformista, o si algún hermano varón hubiese abierto camino para que yo... No debía sacarme de encima mi parte de culpa echándosela a un hermano inexistente: como hija única, la responsabilidad era estrictamente mía.
Así, mi padre jamás habría aceptado que una hija suya, felizmente casada, no sólo abandonase a su marido, sino que se declarase lesbiana. El simple conocimiento de estos hechos le habría llevado a considerar su vida como una obra fallida, y a tenerse a sí mismo por un inútil incapaz de guiar a su única hija por los rectos senderos del honor y la honra.
En cuanto a mi madre, sí, confiaba en su inteligencia para comprender las motivaciones ajenas; temía sin embargo una reacción suya basada más en su sumisión a un concepto –ahora que estaba sola, único sustento del honor de la familia– que en las necesidades de su hija, quien por otra parte debía plegarse a las obligaciones que conllevaba ser portadora de sangre tan limpia.
Mamá, he de contarte algo que sé que no va a gustarte –le dije no bien hubo servido el té y las pastitas.
Tal vez no deberías decírmelo, hija mía, si sabes que me va a dar un disgusto.
Mira, Mamá: creo que tú eres una persona inteligente y que siempre has intentado apoyarme en lo que haya hecho. Cuando decidí dejar a Carlos..., no es que me aplaudieras, pero por lo menos no me criticaste abiertamente: te limitaste a compararme con las hijas de tus amigas. Pero jamás me negaste tu apoyo. Eso debo admitirlo.
Gracias, hija mía. Pero, venga, dime de qué se trata. No puedo ni imaginar qué será, pero prometo intentar estar a la altura –añadió esbozando una comprensiva sonrisa para infundirme confianza.
Tú sabes que vivo con una mujer, con Lucía...
Y que estás saliendo con un tal Toni, un joven de Mallorca..., sí, sí, ya lo sé.
Pues mira, te había mentido: no salgo con ningún Toni que valga. En realidad estoy enamorada de una mujer: Lucía.
Dicho así, de sopetón, mi madre no tuvo tiempo de reaccionar como esperaba, pues necesitaba tomarse su tiempo para asimilar y comprender la noticia. Se limitó a fruncir el ceño en señal de incomprensión.
Así es, como lo oyes. Nunca salí con ningún Toni, ni me fui a vivir a casa de Lucía porque necesitase compartir un piso con alguien tras mi separación. Me fui con ella porque la quería, y la quiero, y soy feliz con ella aunque tú pienses que eso es imposible, y que seguiré a su lado mientras estemos enamoradas la una de la otra. Y que tenías derecho a saberlo porque eres mi madre..., y yo a decírtelo no sólo porque sea tu hija, sino porque debes aceptarlo viniendo de quien viene..., porque se supone que una madre quiere lo mejor para su hija...
¿Y me quieres hacer creer que eso va a ser lo mejor para ti? –dijo levantándose de su butaca encaminándose hacia la ventana.
– Hay dos caminos posibles, Mamá: o pierdes a una hija que creías normal, o recuperas a una hija lesbiana. No creas que vas a conseguir que me sienta culpable por querer a quien quiero, ni por ser como soy. O me aceptas o me dejas: tú eliges. Pero trata de comprender que es importante para mí que mi madre no me criminalice.
Se volvió dando la espalda al espectáculo que se desarrollaba en la calle, me miró fijamente y, con el rostro contraído por la emoción me espetó:
¿Cómo quieres que elija? –tras lo cual se tapó la cara con las manos y corió a refugiarse a la habitación contigua. Debo confesar que no esperaba esa reacción tan melodramática ni mucho menos, ante la que me quedé un tanto asombrada. El mecanismo productor de culpa empezó a ponerse en marcha, y, lejos de la intención que me había llevado a hacer partícipe de mi vida a mi madre, me pregunté por el motivo de su reacción. Ante la posibilidad de que mi costosamente asumido lesbianismo la hubiese zaherido por lo convencional de su actitud vital, me reconvine diciéndome que tal vez habría sido mejor dejar las cosas como estaban y que cada uno viviera en paz según sus planteamientos. Ante la posibilidad de que fuera mi tono agresivo –pero necesario para reafirmarme en mi voluntad– lo que le hubiese molestado hasta ese límite, me acusé de soberbia con una persona que siempre había creído en una estricta codificación del tratamiento marcado por la jerarquía; y que habría sido más conveniente presentarle el asunto de manera gradual. Es decir, que me obligaba a mí misma a comprender, al mismo tiempo que eximía a los demás del esfuerzo necesario para ello. No quise dar mi brazo a torcer una vez más, y decidí acallar el sentimiento de culpa aunque para ello tuviera que batirme en duelo conmigo misma.
Permanecí sola en el saloncito durante un largo rato, aparentando serenidad ante mi persona –estaba empezando a basar mi dignidad en algo personal–, por lo que tomé como una obligación terminar el té y las pastas. Aún esperé cosa de cinco minutos, dudando entre irme o quedarme. Al final opté por lo primero, y, ruidosamente, me levanté y salí de la estancia. En el recibidor me demoré con la esperanza de que mi madre apareciera por el quicio de la puerta que daba a la habitación en la que se había refugiado, y justo cuando mi mano empezó a accionar el picaporte de la puerta de entrada, salió de su escondite. Vino a mí con el rimmel corrido –no sé si por acción de las lágrimas o de sus necesidades interpretativas–, pero con la actitud serena de quien ha aceptado su calvario con resignación. Yo me negué a considerarla con la conmiseración que ella esperaba sacar de mí.
– Hija mía, puesto que me haces elegir, he elegido ya: elijo recuperar una hija, sea como sea. Sobre todo te pido que no me olvides, que sabes que estoy muy sola en este piso tan grande...
Me abrazó con fuerza, como si con ello quisiera señalar su vasallaje a mis exigencias. Aunque sentido, fue corto su abrazo, pues rápidamente se separó de mí para besarme en ambas mejillas al tiempo que abría la puerta que daba al patio.
– Y no te olvides de venir, ¿eh, hija mía? Y trae a tu amiga si te apetece, que me gustaría conocer a la persona que hace feliz a mi hija, ¿verdad?
Salí al rellano y empecé a bajar las escaleras sin que mi madre agotase sus fórmulas de cortesía. Hasta que no llegué al piso inmediatamente inferior no cerró ella la puerta. Había conseguido que me sintiera como una persona extraña, ajena a la casa, merecedora de todas las convenciones de recibo de la vida en sociedad. Había conseguido que me sintiera como una visita a la que se trata con cortesía pero con distancia; a la que nunca se critica porque eso sería de mal tono; a la que se acepta siempre y cuando el río del relato de sus intimidades no salpique demasiado. Mi madre me aceptaba con ello en su sociedad, aunque rompiera su vínculo afectivo conmigo en función de la necesidad que tenía de poblar su soledad de viuda jubilada. No sin dolor lo acepté, a sabiendas de que ella dejaba la puerta abierta a una redefinición de nuestras relaciones –que era, en definitiva, el objetivo perseguido en mi visita.
Al salir del portal a la limpia porción de acera que le correspondía, vacilé un instante antes de adentrarme en la tupida alfombra de hojas secas. No hube caminado cinco metros cuando, al mirarme los zapatos, los encontré sucios del polvo acumulado en la hojarasca. Me embargó una vaga sensación de desvalimiento.

Decidí por fin terminar con la puesta en práctica de mi estrategia. Había conseguido ya que la gente que me importaba me respetara; aunque sentía que ese respeto se debía más al miedo que a mi verdadera personalidad. Por lo menos me había demostrado a mí misma que bastaba con actuar con segura iniciativa para que se cumplieran mis objetivos. No era una idealista: sabía que el éxito dependía en gran medida de la magnitud e importancia de dichos objetivos; por ello me los había planteado modestos con respecto a las posibilidades de las que me sentía dotada. Había sabido no perder el norte ni el sentido de la realidad, cosa que me había ayudado sobremanera. O, al menos, eso creía.
Se planteaba ahora un nuevo objetivo (me asusté por tener que aplicar nuevas estrategias, me dio miedo verme incapaz de separarme por completo de la intriga, del debe y el haber en mis relaciones con los demás), consistente en recuperar la confianza de Lucía. Había tiranizado hasta tal punto su deseo que sentía que su apego a mí se debía más al miedo a perderme definitivamente que a un afecto verdadero. Ignoraba por completo si sus sentimientos se habían mantenido intactos tras esos meses de tira y afloja. Tal vez en un exceso de complacencia magnifiqué el alcance de mi estrategia, al creer que los resultados conseguidos eran más que buenos. Por ello me creí obligada a comenzar casi desde cero para recuperar la confianza de mi amante; ella recobraría así su seguridad y su aplomo acostumbrados, cualidades que me agradaron desde que nos concimos. Quería enamorarme de nuevo una vez que mi autoestima había sido realimentada y reforzada.
No podía evitar, pues, crear una nueva estrategia para justificar ante sus ojos el cambio de actitud, en realidad tan brusco, que pretendía operar con respecto a Lucía. Esta consistiría en simular una grande y continuada fatiga debida a la acumulación de trabajo en la oficina. Ello me permitiría presentar en casa mi cara más vulnerable sin que pareciera debido a una clara voluntad. Lucía debería entonces sobreponerse a mi debilidad, hacer suyas las decisiones domésticas, y, en pocas palabras, ocuparse de mí. Su confianza, esperaba, iría reforzándose poco a poco hasta alcanzar el nivel deseado; y de nuevo mi espíritu y mi cuerpo navegarían, cuales seguros galeones, en el vasto océano de la pasión correspondida.
Empecé a llegar sistemáticamente tarde a casa, con trabajo pendiente que debía terminar tras la cena –lo que me vino estupendamente bien para avanzar en un proyecto que tan sólo existía antes en estado de germen–; pasábamos las veladas juntas, por lo menos, ella sentada leyendo un libro mientras yo tecleaba en el portátil de la empresa. De vez en cuando contenía una expresión de hartazgo, pero no lo suficiente como para que Lucía la percibiera: me conocía y reconocía mis señales de socorro, pero no tanto como para discernir si éstas eran falsas o no; entonces ella me recomendaba que parase un momento, que me relajara, que saliéramos a dar una vuelta aunque sólo fuera hasta un bar cercano. Mis continuas negativas justificaron la aparición de los síntomas habituales del estrés: tensión de cuello y pequeñas crisis de histeria. Lucía tomó la costumbre, durante esa semana en que fingí estar sobrecargada de trabajo, de aplicarme masajes en el cuello cada media hora–tres cuartos, lo que me dejaba como nueva para continuar tecleando y maquinando. El bienestar que me procuraban sus manos era tan intenso que no me costaba esfuerzo alguno abandonarme, tan de vez en cuando como lo permitiese la intriga, a la voluptuosidad; pasar de allí a no muy insinceras demostraciones de gratitud no podía resultar sospechoso, por lo que me dejé llevar en más de una ocasión por el deseo de acariciarle o besarle las manos, o de seguirla hasta el sofá o donde pudiese continuar con sus masajes. Era dulce entonces aferrarme a su cuerpo como si fuera la tabla de salvación ante la vorágine del mundo exterior, justificando esto toda manifestación de afecto que pudiera acometer.
El miércoles de esa misma semana debí cancelar la reserva que había hecho en un restaurante para cumplir con la tradicional cena de media semana que llevábamos haciendo desde casi el principio de nuestra vida en común. Lucía lo aceptó sin ningún problema, comprendiendo cuán importante era para mí en ese momento disponer de todo el tiempo posible para satisfacer mis exigencias profesionales. Le aconsejé que saliera, en un exceso de liberalidad que me sorprendió a mí misma, ya que no iba a ser la mejor de las compañías sentada ante el ordenador y la calculadora. Ella aceptó socorrerme en semejante trance, prestándome a alimentarme y a relajar mi cuello. Fue tan solícita conmigo, y tan metida en la caracterización del estrés me sentía yo, que me fue fácil simular cargo de conciencia ante el reconocimiento de su sacrificio.
– Estás siendo muy buena conmigo, Lucía –le dije mientras daba cuenta de una sabrosa crêpe que había preparado–. Yo, en tu lugar, seguro que habría salido por ahí a divertirme un rato... Porque la verdad es que tú también, cuando estás hasta las orejas de trabajo, no veas cómo te pones ...
– ¿Y no estuviste tú allí cuando a mí me iba mal? ¿No me atendiste cuando más necesité tu apoyo?
– Sí, la verdad es que sí –afirmé mirando al suelo, perfectamente consciente de que estaba mintiendo.
– Pues eso. Así que ahora come y calla, que se enfrían.
Terminé el último pedazo que esperaba en el plato y, mientras bebía vino la observé a través del cristal de la copa; estaba ensimismada untando una rica mousse en una tosta, bella y altiva en su olimpo de perfección: una perfección humana porque la sabía capaz de ternura, capaz de bajar de ese pedestal de estatua clásica para mancharse con las miserias humanas, para empaparse del desprecio al que yo le había estado sometiendo durante tanto tiempo. Me asaltó un súbito temblor en la zona alta del estómago, para nada incómodo, anuncio de un transporte sentimental. Ella se percató de que la observaba atentísima, y sonrió al preguntarme, con una complicidad que pertenecía al pasado, que qué miraba, que qué me pasaba. Rápidamente me puse en su mirada para observarme a mí misma mientras dejaba la copa en la mesita, alargaba la mano para acariciarle el mentón y acercaba mi cara a la suya para depositar un lento beso en su mejilla. La sentí sonreír con mayor convencimiento aún, lo que supuso un aplauso a mi astuta representación. De la mejilla paseé mis labios hasta su cuello, apreciando cómo el músculo central comenzaba a vibrar al tempo de una inaudible música interior. Lamí con suavidad toda su longitud, haciendo míos los restos de su perfume. Me separé un tanto de ella para mirar sus risueños ojos, quienes me dieron licencia para posar mi boca en la suya y recrearme nada más que en el contacto, sin mover ni abrir los labios.
– ¡Huuuy, cómo te estás poniendo, Marga! –exclamó con elegante suavidad mientras se zafaba, sonriente, de mi abrazo–. Venga, déjame, que te estás perdiendo...
¡Déjame sólo un poquito así, así! –le pedí con infantil actitud para apoyar mi cabeza en su hombro. Ella accedió y permanecí allí no sé cuánto rato, sumida en un soporífero bienestar, acunada a un tiempo por el olor de su cuerpo y por la satisfacción por el objetivo cumplido que me subía desde el vientre hacía arriba, ejerciendo un efecto semejante al del ronroneo de los gatos. Me sentí repentinamente culpable de perfidia, de falta de espontaneidad, lo que me hizo abrir los ojos súbitamente y someterlos a la visión del escote de Lucía. Volví a la realidad con premura, dejando de lado la pertinencia o no de introducir una mano en su pecho, abrirme camino entre la tensión de los elásticos del sostén, y cubrir un seno con mi mano. El pezón se irguió, altivo.
¿Pero qué haces, loca? Venga, venga, déjame.
Posé mi boca de nuevo en la suya, sonriente y sorprendida, yo creo que satisfecha por vivir otra vez una escena de irrefrenable ternura –aunque, desde luego, cauta, porque si bien era enorme su capacidad de entrega, debía de temer que las flores de hoy sólo fueran mustios pétalos mañana. Yo sentía crecer el deseo en mí, imparable, que me convertía en una araña dotada de innumerables brazos y de una boca posesiva e invasora. Lucía rió unos instantes, hasta que se puso rígida ante mis continuados besos en el larguísimo hueso de su clavícula. La desnudé, me desnudó, y allí en el sofá dimos cuenta de nuestros temblorosos cuerpos con la avidez de una leona que se abriera paso en el vientre de una gacela para alcanzar sus entrañas, la parte más tierna y sabrosa, saciar su hambre y su sed, y eructar al final, ahíta, el alma de su presa que se le escapa por entre los incisivos colmillos.
Abrazadas la una a la otra, el tiempo pareció correr más despacio. Habíamos manchado el sofá, lo que nos haría reír cuando Lucía se diera cuenta y se quejara de tener que llevar la funda otra vez al tinte... El saloncito parecía un campo tras una cruenta batalla; nosotras, bellas durmientes, como ese soldado del poema de Rimbaud –oh, Lucía, qué de cosas me has enseñado– que yace en la vaguada, con los pies en la dalias, dos agujeros rojos en el costado. Cerré los ojos de nuevo y sentí el fragor de mi campo de batalla interno, en el que mis miedos sonaban las cornetas. Quise hablarle de todos esos meses pasados, de mis estrategias, del cuento que había hecho de mí misma. Pero no osé; temí perder no sólo la magia del momento, sino también la confianza de mi compañera; temí perderme yo misma en unos excesivos transportes que mostraran hasta qué punto era dependiente de unos brazos, de unos besos, de su afecto demostrado sin fisuras. Alcé la cabeza y me contenté con besarle las mejillas otra vez, abrazarle más fuerte, mirarle a los ojos y besarla larga y efusivamente los labios, para marcar el final del abrazo.
Se levantó, se puso una bata, recogió un poco todo el cambalache, y extendió una mano hacia mi desnudo cuerpo, yaciente apelotonado en el sofá. "Venga, deberías levantarte y terminar lo que te habías propuesto hoy", me dijo. Yo sonreí porque, en realidad, ya había conseguido lo que me había propuesto, e incluso antes de tiempo. Así que me di impulso con su mano para levantarme y ponerme de pie; le abrí la bata y me metí dentro de ella, abrazándola directamente sobre la piel. "¡Que le den morcilla al trabajo!", exclamé. "El único proyecto realmente importante es el que tengo ahora entre manos, que es el de cuidar esta flor para que no se me marchite." Lucía rió agradecida y me abrazó con los faldones de su bata, dentro de los que le acompañé hasta la habitación.
Aún quedaba mucha noche por delante, que utilizamos para cuidar la una de la otra: nos bañamos abrazadas, enjabonándonos la una a la otra; nos dimos cremas, nos limamos las uñas... Mil y una cosas que nos permitieran mantener nuestros cuerpos en contacto, cómplices de intimidad, que nos acercaran la una a la otra... Yo quería decirle de manera no verbal toda la culpa que me hinchaba el pecho, todo mi arrepentimiento, todo lo agradecida que le estaba por haber sabido permanecer al lado de alguien incapaz de dejar de tomar la vida amorosa en términos de campaña militar. Era algo que debía aprender de nuevo, para lo que tendría que civilizar mis sentimientos y dejarlos libres, fuera de la ordenada y disciplinada vida del cuartel.
O eso o asumir la promoción de grado como algo connatural a la vida militar, que condujera indefectiblemente a la soledad del general; rodeado por meros engranajes de la máquina de su ambición, pero solo definitivamente en su elevada posición de autoridad, incapaz de compartir las miserias del soldado.

A la mañana siguiente, Lucía se deshizo de mi abrazo y se deslizó al cuarto de baño sin que yo me percatara. Me despertó el frío de su lado de cama y enseguida oí el ruido del agua al caer en el lavabo. Me desperecé alegre y relajada, con el recuerdo todavía vívido de nuestros afectos; subí la persiana y miré afuera, donde se había adueñado de la calle una densa niebla que apenas sí podían cortar las farolas todavía encendidas. El día ya había amanecido, y yo estaba tan tranquila observando el panorama desde la ventana... Fue la costumbre más que la necesidad real lo que me empujó a apresurarme, aunque en realidad no hubiera la más mínima urgencia en que yo apreciera a primera hora de la mañana en la oficina: tan sólo debía mantener la farsa ante Lucía.
Llamé con los nudillos en la puerta del lavabo y solicité su permiso para entrar. Desde dentro su voz me llegaba disminuida, por lo que no entendí que me negara la entrada. Al abrir la puerta la encontré sentada en la taza del váter, sorprendida de que la importunase en ese momento tan personal. Le dije que tenía mucha prisa, que tenía que empezar a arreglarme para no llegar tarde al trabajo. "¿Pero no ves que estoy haciendo de vientre?", me dijo. La miré y olfateé el aire, percibiéndolo cargado del perfume de sus entrañas al que ya me había familiarizado tras esos meses de compartir cuarto de baño. "¡Ya lo creo que me doy cuenta...!", le espeté, bromista. Ella se rió de buena gana contagiándome la carcajada, y me acerqué a celebrarlo dándole un beso. Mientras posaba mis labios en los suyos nos vino otro acceso de risa y rompimos a reír las dos, como dos memas. La abracé y le dije que me encantaba el olor de su caca, que era lo más limpio y tierno que había olido nunca, y que toda ella era limpieza y santidad. "¡Venga ya!", me contestó, a lo que le repliqué que nada me gustaría más que lavarla esa mañana en reconocimiento a todo el amor que me había dado la noche anterior. "¡No lo dirás en serio...!", me disparó. Yo permanecí mirándola sin decir nada, y debí de poner cara de circunstancias porque en ella encontró Lucía respuesta a su pregunta. Estiró la mano para agarrarme del cuello y atraerme hacia ella para besarme y preguntarme después: "Si quieres limpiarme tendrás que empezar ahora mismo." Yo sonreí para asentir, de verdad sorprendida de que ella accediera a compartir su más secreta intimidad conmigo. La vi realmente tan pulcra con su cuerpecito envuelto en una camiseta blanca sin mangas que sentí un arrobo desconocido hasta entonces, una alegría extraña de saber que todas las puertas de acceso al cuerpo de mi amante estaban abiertas para mí; que todo lo suyo, incluso lo más impuro, los restos, los compartía conmigo dejando de lado prejuicios y pudores. La besé con ternura y sentí el sabor de la noche todavía presente en su aliento.
"Vamos a ello, pues", le dije. Hice que encorvara la espalda para llegar a limpiarle los restos de caca que se le hubieran quedado pegados al ano. Utilicé varios trozos de papel en esa operación delicada y tierna, que se hizo eterna debido a que, al acurrucarse sobre sí misma, su boca se situaba tan cerca de mi vientre que me hacía cosquillas con su aliento, o con los dientes, o con sus besos. Riendo terminé con el papel y empecé a llenar el bidé con agua caliente, evitando echar agua fría. Cuando acercó las nalgas para sentarse en la cubeta, tan sólo necesitó que la piel aflorara el agua para darse cuenta de lo caliente que estaba. Le indiqué que esperara sentándose en los bordes del bidé, con las piernas abiertas, mientras yo le quitaba la camiseta y descubría de nuevo sus preciosos pechos: los pezones, erectos, sólo esperaban una hábil caricia para empujar el vaho de su propietaria al húmedo ambiente del cuarto de baño. La besé mientras me apoderaba con ambas manos de sus senos, que no pude evitar mirar desde mi privilegiada altura: entre medio se abría un canal perfecto que continuaba por el abdomen, bien marcado hasta el vientre; mi mano se aventuró por esa senda camino del pubis. Cuando puse un dedo entre sus labios sentí la humedad cálida de la secreción reciente, que le había inundado el sexo de flujo. Sabiamente, guiada por la costumbre y el conocimiento de los resortes de su placer, le acaricié el clítoris, arrancándole un gemido largo, que parecía brotar de las profundidades de su estómago. Envalentonada por sus demostraciones, me agaché para introducir el índice de la otra mano en la vagina, por detrás. Nuevo gemido que, unido a los anteriores, marcó un nuevo acento en el ritmo de su respiración. Metí el pulgar en el ano, limpio de inmundicias pero recientemente humedecido por el vapor del agua del bidé, que entró atrevido y sin encontrar resistencia alguna.
Mis dos manos entraban y salían del cuerpo de Lucía, arrancándole suaves chillidos al compás de la respiración; parecía que le estuviese arrebatando la vida por esos orificios, y que ella se defendiese de mi acoso brutal. Cuando le sorprendió el orgasmo le sacudieron el vientre unas convulsiones violentísimas que a punto estuvieron de lesionarme la mano ocupada en acariciarle el sexo por delante. Se relajó y alzó la cara, extremadamente congestionada y con los ojos a medio abrir; una expresión voluptuosa le surcaba la mirada grave, inmersa en la seriedad y la ceremonia del placer. La besé y ella se agarró a mí con las fuerzas que el exceso le había dejado.
Mientras ella se recuperaba yo me planté ante el espejo para recogerme el pelo antes de ir a la ducha, pero me asaltó un repentino escrúpulo al acercar mis manos a la cabeza: debería lavármelas antes de tocar cualquier cosa, impregnadas como estaban de las intimidades de mi amante. Me llevé los dedos a la nariz para reconocer sus olores, los olores de su interior, acto en el que ella me sorprendió por el espejo. Nos mantuvimos la mirada, olfateé de nuevo, y me metí la uve de mis dedos en la boca: al lado del sabor reconocible de sus secreciones vaginales percibí otro, extraño, acre, que me impidió mantener el contacto más allá. Me lavé los dedos y me enjuagué la boca, tras lo cual sorprendí la sonrisa de Lucía en el espejo: yo creo que orgullosa de mi atrevido experimento.

Las semanas fueron pasando y Lucía recuperaba poco a poco la confianza perdida en sí misma. Tras el acontecimiento del cuarto de baño, que debió de parecerle la señal del fin de las hostilidades, no hubo un día en que mi mujer no volviera a casa con algún presente. Al principio fueron flores, que iba reponiendo periódicamente con nuevos ramos que sustituyeran a los que empezaban a marchitarse; pronto la casa entera estuvo llena de floreros a rebosar, lo que hacía del deambular por las estancias una especie de navegación por odoríferos océanos de bienestar. Cuando las flores fueron perdiendo interés por habernos acostumbrado a ellas, Lucía traía otros presentes destinados a señalar el júbilo: una botella de vino que había hallado en una bodega, un disco recomendado por una amistad, un par de billetes de avión para ese mismo fin de semana. Tantas otras sorpresas que tenían como finalidad mantener viva la llama del afán de celebración.
Lo más interesante de todo eso era que Lucía empezó, tras esos meses de silencioso comedimiento, a exponer sus opiniones con la misma fuerza de cuando nos conocimos. Si antes su deseo de ir a ver una película se expresaba mediante una tímida opinión, que encerraba visiblemente una petición, ahora la misma se exponía con arrojo y seguridad, señalando la obligatoriedad de la asistencia. O un concierto, o una exposición: todo recobró el tono de consejo dado desde el púlpito de su gusto refinadísimo y convencido de su superioridad.
Me sentí realmente dichosa cuando pude recuperar el respeto que antes me inspiraba mi mujer; las cualidades que antaño me sedujeron volvían a tener la importancia acostumbrada. Sus juicios y sus opiniones marcaron de nuevo el ritmo de nuestros días, ya que yo me plegaba de buena gana al gusto que sabía que guiaba sus elecciones de una película, una exposición, una visita, un restaurante... Recuperamos la costumbre de cenar fuera todos los miércoles, que por nada del mundo me hubiese perdido en ese período de paz. Todo parecía volver a su cauce, al lecho de la seguridad que da saber por qué estábamos juntas: ella su buen gusto, yo mi autoridad, que aún debía utilizar de vez en cuando para dejar bien clara mi posición en la pareja.
Lo negativo de todo esto fue que nunca pude abandonarme totalmente a mi pasión. Saber qué me ataba a Lucía convirtió mi amor por ella en algo mensurable: como una regla con escala que podía alargar o acortar en función de mis necesidades amatorias. De esta manera, el día en que veía a mi amante en exceso retraída ante mi desdén de la víspera bajaba la guardia y permitía que su cabeza sobresaliese de la niebla para tomar aire; el día en que, por el contrario, la veía demasiado gallarda, dos o tres observaciones bien hechas la ponían en su sitio y me devolvían a la posición que yo sabía inalienable.
Nada fue, en ese sentido, como antes. De la rutina en que se instala toda pareja segura de los roles que asume cada una, pasamos aquí a la alternancia periódica, por la que tan pronto la una como la otra se instalaba en la autoridad. Eso provocaba que nunca supiéramos a priori cómo iba a funcionar la cosa, puesto que todo dependía de nuestro estado de ánimo. Lucía nunca sabía cómo iba a reaccionar yo, por lo que dejó de tomar iniciativas de celebración ante el miedo de que mi mal humor se las chafara. Por eso tomé la decisión de regularizar los períodos de alternancia: cada dos días cambiarían las tornas, dos días de completa aceptación de sus opiniones, dos días de negación y de consiguiente imposición de mi voluntad. Lucía podría así saber a qué atenerse, y reconocer gracias al pasado inmediato a qué momento de ánimo le había llegado el turno.

Estaba planteando un estado de permanente y medida zozobra, del que yo creía poseer las claves y por el que pensaba poder moverme con completa seguridad. Ahora bien, ¿cómo evolucionarían los sentimientos de Lucía en ese ambiente enrarecido, en el que la franca camaradería había sido abolida por completo? Y yo, ¿estaba dispuesta a cambiar la sincera emisión de los afectos por la seguridad de quien piensa controlar la situación? Creo que había llegado a un punto en que los afectos y los sentimientos habían perdido la importancia que antaño tuvieran; entendía que eran más un lastre que una demostración positiva. Su presencia en mi horizonte se me antojaba peligrosa, por lo que creo que no pude hacer nada mejor que abolirlos. A partir de ese momento comprendí que todo sería una inmensa farsa, que la sensación de cercanía a mi amante era completamente ficticia, puesto que no era más que una endeble construcción, cuyo fin era la de contrafuerte de mi personalidad. Pero, ¡qué se le va a hacer!, era lógico que en el nuevo derrotero que había tomado mi vida existieran las dudas; por lo menos, éstas, las nuevas dudas, me sentía capaz de asumirlas, mientras que las otras, las antiguas, estaban totalmente fuera del alcance de mi comprensión. El conflicto no se había resuelto, pero ahora se me antojaba un conflicto propio, propiciado por mí; el conflicto en que había vivido hasta entonces tenía existencia completamente autónoma, no dependía de mí y, lo que es más, me hacía depender de él. Algo había salido ganando, creo... ¿O acaso me estaba engañando a mí misma con ese endeble mecanismo de defensa?
No lo sé; realmente no lo sé. Y lo digo tras lectura detenida de estas páginas, en un momento en que puedo decir que la continuidad de mi estrategia ha pasado por momentos altos y bajos. Nos respetamos mutuamente, eso desde luego; nos proporcionamos aquello que nos satisface a las dos... Ahora bien, ¿seguimos (o sigo) haciéndolo por su propio valor o esperando que cotice constantemente en el debe y el haber de nuestra relación?
Me da miedo pensar, me horroriza imaginar siquiera, que he apartado de mi vida la sinceridad de unos sentimientos pretendidamente gratuitos, que antaño creía que no esperaban nada a cambio. El sentido de intercambio es ahora tan evidente que me siento incapaz de vivir fuera del te–doy–porque–me–das. Me horroriza, pero sigo en esa tesitura, absolutamente impotente ante cualquier tipo de comportamiento alternativo: esto ya no es el amor con el que siempre había soñado, libre de ataduras y únicamente sometido a la fuerza de una tormentosa pasión. Las ataduras están repletas de sentido, y la pasión ... me veo obligada a renovarla casi diariamente. ¿He cambiado yo o me ha cambiado mi relación con Lucía?
Y así sigo. No sé si continuaré así, tras haber propiciado la situación de mutua dependencia, o si algún día me lanzaré a la carretera buscando la libertad de movimientos del autoestopista. Ahora circulo con la seguridad de quien tiene el depósito lleno y muchos kilómetros por delante de conducción sosegada. ¿Para llegar adónde? Quizás alguien me señale que lo verdaderamente relevante es viajar, que importan poco el medio de locomoción y la velocidad mientras una se esté moviendo. Y viajando, con la duda como medio de locomoción, he llegado a este paraje que ha resultado ser un desierto de respuestas.


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